La historia habla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La historia habla. Da lecciones a cada generación. Solamente aquellos que desconocen el método para descifrar e interpretar sus mensajes, resbalan una y otra vez y quedan presos en los errores del pasado. Son pueblos que, como el de México, no entienden que sus gobernantes, los que durante décadas los han controlado y manipulado, diseñaron y tejieron una historia falsa, casi con santos y demonios, en la que es más importante memorizar nombres, fechas, acuerdos y batallas que comprender el sentido de los hechos y la realidad nacional.

Existen ciertos personajes históricos en México que son intocables. Supuestamente representan un patriotismo grandioso y los ponen de ejemplo para millones de personas; sin embargo, bastaría con escudriñar sus vidas, sus acciones, para entender lo que en realidad fueron. Así, si a la clase política le conviene enseñar que cierto presidente repartió la tierra en beneficio de los campesinos, y no explica que fue para arraigar a las turbas y evitar que se sumaran a un nuevo movimiento armado, con los consecuentes daños a la productividad agropecuaria al cuadricular los terrenos y propiciar resentimientos y pleitos comunitarios, o si sólo destaca que el hombre, casi un ángel, arrancó el petróleo de manos extranjeras y no delata los abusos que cometió al favorecer a sus descendientes, no le importa distorsionar la historia porque finalmente le es primordial tener las condiciones propicias para continuar saqueando al país. Efectivamente, una nación sin historia ni civismo.

Si a ellos, los que integran la élite del poder, les interesa más resaltar la grandeza de los revolucionarios y colocarlos en el nivel de paladines, sin mencionar que en su mayoría, ya libertinos y resentidos, actuaron como bandoleros, saqueadores, borrachos y violadores, a cambio de hundir la figura de un presidente que se convirtió en dictador, con sus luces y sombras, al que paradójicamente emulan al favorecer políticas que dañan a millones de familias, en realidad no los importa el destino nacional porque están empeñados en abusar y enriquecerse desmedidamente.

Antes, las mayorías andaban descalzas, no sabían leer ni escribir, se condenaban en las tiendas de raya, coexistían entre enfermedades y miseria, con trabajos infames; ahora, en el tercer milenio de nuestra era, la gente compra automóviles, posee tarjetas de crédito, adquiere celulares y equipos de cómputo bastante caros y sofisticados, acude a los clubes y aparenta lo que no es, sin percibir que continúa en la misma situación de mediocridad que hace más de una centuria.

Con una moneda transformada en chatarra, que no vale nada y proyecta el basurero en que se ha convertido México, y que ya ni siquiera presenta las imágenes de los héroes nacionales ni ideales patrióticos, los habitantes de este país están atrapados en las consecuencias de no haber asimilado las lecciones históricas. Una y otra vez cometen los mismos errores, y las consecuencias son, precisamente, gobernantes corruptos, políticas demenciales y progreso nulo..

La historia habla. Nunca miente. Hoy, la sociedad mexicana tiene un gobierno con tendencias autoritarias, represor, corrupto, insensible a las necesidades mayoritarias, falso, derrochador e injusto, más proclive al espejo, a la ropa cara, a las reuniones con la nobleza europea, a coquetear y prostituirse con la comunidad internacional, que a reaccionar y trabajar por el desarrollo de innumerables personas que coexisten en la pobreza.

Y si esta clase política mexicana se ha empeñado en distorsionar y ocultar la verdadera historia del país, su ambición e ignorancia la conducen a perderse por olvidar u omitir las consecuencias del abuso de poder. Los gobernantes, funcionarios y políticos siguen empeñados en su ceguera, en su irresponsabilidad histórica y social, sin recordar, acaso, que los síntomas de descontento social no son solamente notas periodísticas que generalmente pueden callarse a cambio de dinero y prebendas, sino una realidad creciente que al final desencadenará un estallido con lamentables consecuencias para todos.

El pueblo mexicano, históricamente sometido al capricho y a los intereses perversos de quienes lo han gobernado, no solamente enfrenta las consecuencias de políticas y acciones erróneas, sino la obstinación de sus gobernantes en que todo marcha bien, a pesar del escenario internacional, junto con la creciente descomposición que ha intoxicado casi todas las instituciones, desde la familia, que es el núcleo de la sociedad, hasta las más altas esferas del poder.

La historia habla y se repite. Actualmente, el menú no ofrece grandes alternativas. Alguien se adueñó de la cocina, del horno, de la alacena. La mesa está servida con todos los platillos e ingredientes que irremediablemente conducirán al caos. El mandatario nacional critica a quienes hablan mal del ejercicio y los resultados de su gobierno, y hasta da ejemplo de inversiones, generación de empleos e inflación supuestamente controlada -claro, todo estampado en estadísticas-, cuando bastaría con que saliera a la calle sin escoltas ni acompañado de los señores y señoras encargados de transformar los escenarios en los que se realizan las giras presidenciales, donde todo está fabricado con la intención de ocultar la verdad lacerante de las mayorías, para que descubriera que no es lo mismo que su esposa e hijas viajen al extranjero a comprar vestidos carísimos y rodearse de superficialidades, que ser uno más de los incontables mexicanos que diariamente coexisten en una realidad desafortunada.

Mientras los mexicanos continúen indiferentes a las condiciones que ya atentan contra su integridad, sus familias, sus patrimonios y su nación, alimentarán de manera permanente a quienes se han apropiado del país con el objetivo de beneficiarse económicamente. Sin duda, a pesar del malestar social contra la corrupción e impunidad crecientes, las injusticias, la represión, la inseguridad, los abusos y la incompetencia gubernamental, entre otros síntomas de descomposición, la actual gestión presidencial quedará como un capítulo más dentro de la oscura historia, igual que yacen en el olvido las administraciones nefastas de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid y otros.

Cierto, los capítulos se repetirán y formarán parte de un grueso volumen de historia salpicada de infortunios para millones de mexicanos que tienen en su memoria -así se los inculcaron- las imágenes de héroes y traidores, buenos y malos, santos y demonios, como si se tratara de una religión. Aquí, en la realidad mexicana, la gente tiene mayor interés en oír la estridencia de los bufones de la televisión y mirar el teatro futbolero, las telenovelas, los chistes y morbosidades que abundan en las redes sociales, beber la copa, que escuchar los susurros de la historia que anticipan que algo anda demasiado mal en este país.

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