Ni en 1883 ni en 2015

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya en 1883, en su obra “Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo”, Juan de la Torre, quien fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, escribió: “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria”.

No obstante, el autor admitía que “puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Continuaba el investigador al referirse que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, de cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces”, y terminaba con un etcétera que motiva a suponer que las otras actividades eran irrelevantes.

Igual que hoy, hace 132 años predominaba el comercio en la capital michoacana, mientras la industria era insípida. Llegaban los productos del campo y se comercializaban, según reseñaba, en la plaza. Juan de la Torre explicaba que el comercio consistía “en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Morelia, la capital de Michoacán, no se ha caracterizado por contar con grandes industrias, como tampoco la mayor parte de la entidad; sin embargo, desde postrimerías de siglo pasado, en la década de los 90, gobernantes y funcionarios públicos han hecho creer a la población que se instalarán armadoras de automóviles, que existe interés por parte de reconocidos inversionistas mexicanos y extranjeros en establecer fábricas, que se encuentran en “pláticas” con capitalistas importantes, y al final, hay que recordarlo, todo queda igual porque resulta una farsa o los supuestos dueños del dinero optan por alternativas diferentes.

No hay que gastar los recursos públicos en más estudios e investigaciones sobre el tema, cuando la realidad se encuentra ante la mirada de toda la sociedad: las vocaciones de Michoacán son, invariablemente, las actividades agropecuarias y el turismo; la industria es factible y debe dirigirse, principalmente, a los sectores fuertes del estado, no a fantasías ni mentiras.

Bien es conocido que Michoacán ocupa primeros lugares en diferentes productos agrícolas, como también es evidente que no solamente hay que comercializar e incluso exportar las frutas y verduras frescas, sino darles valor agregado, con lo que mayor número de familias resultarán beneficiadas económicamente.

Las agroindustrias que tanto se han mencionado en los discursos de gobernantes, funcionarios públicos y políticos, deben concretarse en Michoacán para dar mayor valor a la producción agropecuaria. Mientras las autoridades no den énfasis ni trabajen con resultados en ese rubro, los michoacanos seguirán cortando trozos de periódico para envolver las papayas y arrojarán a los desperdicios toneladas de mangos, toronjas y otras frutas.

Obviamente, Michoacán es rico en minerales y diversos materiales. También es fundamental aprovechar esa potencialidad que se mantiene olvidada y que, en otros casos, es motivo de saqueo.

Paralelamente, una estrategia bien diseñada y aplicada en materia industrial facilitará la atracción de otra clase de industrias; no obstante, antes habrá que dar prioridad a lo que ya se tiene, a las fortalezas del estado.

Hay que admitir que ni Morelia, como capital del estado, ni Lázaro Cárdenas, con su puerto tan reconocido, son modelo de éxito industrial. En la zona costera de Michoacán, la mayor parte de los habitantes coexisten en la miseria e inseguridad, y solamente miran el paso del progreso en el ferrocarril insensible de hierro, con su silbato imperturbable, hacia el Distrito Federal, Estado de México y otras zonas del territorio nacional.

Si la industria acerera ha prosperado, es porque en aquella región costera se encuentran los yacimientos; pero los conflictos sindicales, la inseguridad y los problemas sociales representan una continua amenaza para esa clase de fábricas que invierten millones de dólares.

En el caso de la Ciudad Industrial de Morelia, la asfixian las colonias, los asentamientos irregulares que le rodean, los fraccionamientos. Es un parque fabril de juguete comparado con los de los estados vecinos de Jalisco, Guanajuato, Querétaro y Estado de México.

Carente de infraestructura acorde a las necesidades de la hora contemporánea, la actual Ciudad Industrial de Morelia mezcla sus actividades fabriles con bodegas y calles desiertas en las que la seguridad es deficiente.

¿Algún inversionista del ramo automotriz tendrá interés en establecer una de sus plantas en la zona industrial de Morelia o de otra ciudad michoacana? Aunado a lo anterior, la efervescencia e inestabilidad social, junto con gobiernos tambaleantes y poco o nada comprometidos y responsables, más la inseguridad, los conflictos, las finanzas públicas deterioradas y la ausencia de un proyecto estatal que contemple a todos los sectores, se convierten en ingredientes tóxicos para cualquier empresa, independientemente del ramo al que se dedique.

Maestros, normalistas, moradores de casas de estudiantes, sindicalistas y otros grupos no tienen idea del daño que causan a las actividades productivas cuando bloquean carreteras, accesos a ciudades, caminos, instituciones bancarias, edificios públicos y avenidas.

Con relación al turismo, es tan poco valorado por las autoridades estatales, que hasta hace unos días el edificio sede de esa actividad, estuvo en riesgo de ser donado a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, de modo que la dependencia, de por sí con un presupuesto recortado, hubiera enfrentado problemas graves para conseguir un espacio rentado.

Tal actitud define, en breves palabras, lo que el turismo significa para los gobernantes: nada. La presión social influyó para que los legisladores recién salidos, que se caracterizaron, en gran parte, por arrogancia, discusiones estériles, falta de transparencia, ignorancia e improductividad, no aprobaran la desincorporación del edificio emblemático que corresponde a la Secretaría de Turismo en el estado.

Si las autoridades y los políticos son incapaces de fortalecer e impulsar las dos vocaciones de Michoacán -sector primario y turismo-, sus declaraciones, estrategias y políticas siempre resultarán fraudulentas y lejanas de la realidad, y cualquier promesa sobre la atracción de inversiones productivas en el rubro automotriz o en otros ramos, se desmoronarán como ha acontecido hasta el momento.

Michoacán necesita con urgencia políticas, estrategias y acciones reales, acordes a los planteamientos contemporáneos, que verdaderamente redunden en el progreso integral de sus habitantes, no dependencias que favorezcan a los funcionarios y sus amigos, desde las que no pocas veces se hacen negocios particulares.

Los grandes parques industriales serán una realidad en la medida que se ofrezcan y garanticen las condiciones para el establecimiento de fábricas sólidas, generadoras de empleos e impuestos que se traduzcan en riqueza. Mientras no suceda, los michoacanos verán pasar el progreso en un ferrocarril que les ha robado dinero y tiempo al atravesarse y maniobrar en la capital michoacana cuantas veces se les ocurra a sus directivos y empleados.

Con casi década y media perdida como consecuencia de malos gobiernos, Michoacán comienza a presenciar su funeral en materia empresarial. Si las autoridades y los políticos no reaccionan ni enmiendan el camino para atraer capitales y fortalecer las actividades productivas, el escenario fabril resultará similar al de 1884, cuando en su obra Juan de la Torre señalaba “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria”, con la diferencia de que la sociedad de 2015 no es la de hace 132 años.

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