Lago de Camécuaro, su magia y encanto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si alguna vez, dentro de la brevedad de la existencia, uno se despojara, por fin, de las ataduras y del ropaje artificial, de la rutina y la monotonía, para sentir las caricias y el vuelo de la libertad? ¿Y si al caminar descalzo por sendas insospechadas, uno sintiera el roce de la hierba y las flores minúsculas, el barro, el agua helada, el viento húmedo? ¿Y si una mañana, al introducir los pies al lago, abrazar los árboles de cortezas musgosas o contemplar las burbujas que surgen diáfanas de la intimidad de la tierra, uno mirara hacia arriba, al cielo, para descubrir nubes plomadas de formas caprichosas? ¿Y si uno decidiera, entonces, correr bajo la lluvia vespertina, experimentar las gotas que se deslizan sobre la piel y percibir las caricias de la vida? ¿Y si, finalmente, tras el aguacero, uno marchara nuevamente hacia el puente colgante, a la orilla del lago, las raíces de los ahuehuetes o la alfombra de la naturaleza con la intención de buscar los poros de la vida y tocar los arcoíris?

La vida es bella y, a la vez, tan breve, como si con sus enigmas y siluetas se empeñara en invitar a experimentarla plenamente. Hay quienes no atienden los susurros de la naturaleza, disfrazados de aire, lluvia, río o trueno, y hasta los desdeñan, como si el concierto de las aves valiera menos que el hechizo de un aparador con reflectores; aunque a otros, en cambio, les cautivan los ecos del silencio, los murmullos de la creación, y aprenden a fundirse con la hoja que se desprende del árbol, con el agua ondulada al soplar el viento, con la flor polícroma y fragante, con el palpitar de la vida que está presente en cada expresión dentro de la flora y fauna.

Es en el lago de Camécuaro, que en lengua purépecha significa “lugar de baño”, donde uno experimenta, al caminar o pernoctar, la maravilla de encontrarse aquí, en medio de la vida y el mundo, con la opción de cavar una tumba para no admirar ni disfrutar las bellezas naturales, o al contrario, entregarse a los arrullos de la creación, al palpitar de cada rincón lacustre.

Desde que uno llega al parque nacional, enclavado en el municipio michoacano de Tangancícuaro y a aproximadamente 14 kilómetros de la ciudad de Zamora, queda arrobado al contemplar los ahuehuetes centenarios de troncos arrugados y raíces entrelazadas, similares a un tejido caprichoso que se extiende sobre la superficie, a la orilla del manto acuático de tonalidades azuladas y verdosas.

Unos ahuehuetes o sabinos emergen del lago, mientras otros, sus vecinos, miran sus ramas agachadas en el espejo de agua cristalina, de donde escapan incontables burbujas de la intimidad de la tierra. Algo maravilloso impulsa el burbujeo en los manantiales -mil 37, dicen unos, y más de dos mil, aseguran otros-, como si uno asistiera al espectáculo de la creación, al nacimiento del lago, a la formación del mundo.

Al iniciar la caminata, aparecerá, magistral e imponente, la orilla amurallada con árboles que parecen abrazarse desde horas no recordadas para custodiar el espejo acuático de jade y turquesa, morada de peces y patos silvestres.

Los enamorados, quizá tomados de las manos, correrán entre los árboles corpulentos y las raíces entretejidas, sin importarles, porque así son, empaparse, y hasta posarán para una foto aquí y otra allá, que un día, al mirarlas en el álbum de las remembranzas, les arrancarán hondos suspiros; las familias elegirán los sitios más bellos, donde convivirán y escribirán capítulos irrepetibles que siempre quedarán almacenados en la memoria; los poetas, artistas, pensadores y místicos buscarán los parajes más desolados, en los que sentirán la presencia de las musas para inspirarse y crear sus obras, descubrir las fórmulas y percibir el pulso del universo.

Habrá quienes prefieran nadar o bucear en el lago de Camécuaro, de donde relata la tradición purépecha que durante los días prehispánicos se desarrolló el romance intenso entre un joven guerrero y una sacerdotisa de belleza cautivante que habitaba un templo de Tangancícuaro.

De acuerdo con la tradición indígena, el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de dioses de barro y piedra, y el hombre de incontables aventuras y batallas, tuvo un desenlace trágico porque durante su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban ser dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora aciaga, según la tradición oral, los espíritus de ambos enamorados permanecen en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra versión de la leyenda, un tanto distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco y al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

Así, el espíritu de la doncella purépecha habita en las profundidades del lago de Camécuaro, que también significa, para otros, “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que ella, la joven desafortunada, desea un hombre, un ser del sexo masculino, sin importar su edad, alguien muere ahogado en el lago que en algunas zonas registra profundidades hasta de seis metros.

Quien camine lejos del bullicio, descubrirá un puente colgante que une las dos orillas, desde el que los viajeros admiran el paisaje lacustre, las montañas azuladas ante la distancia y los cultivos de intenso verdor que se extienden en la campiña. El agua se funde en el río Duero que tras su caminata infatigable, besa, kilómetros después, la corriente del Lerma.

El parque nacional de Camécuaro, tiene una reserva de 9.65 hectáreas y se sitúa a mil 700 metros sobre el nivel del mar; sin embargo, el lago y sus alrededores están protegidos y cuentan con bancas, asadores, restaurantes, juegos infantiles y algunas sendas. También es sitio para pasear en lancha, bucear, nadar y acampar.

Aquellos que alguna vez se han sentido enamorados e inspirados, quizá han dejado parte de su esencia en el parque nacional, en el agua pintada de matices azules y verdes con los pinceles de la creación, porque al caminar, al correr bajo la lluvia, al introducir los pies al agua, al sentir el barro que cubre sus pieles, han compartido la delicia de la vida y derramado las horas en el espejo del paraíso.

Y si las mañanas y las tardes asoman al lago, con sus auroras y crepúsculos postreros, en las noches la bóveda celeste aparece magistral, con incontables luceros que alumbran a los caminantes, estrellas que guían sus sendas, en un concierto de incomparable armonía y plenitud.

Días y noches de ensueño los que uno, al renunciar a la cotidianeidad, a la rutina, incluye en sus capítulos existenciales, en el volumen de una historia irrepetible, maravillosa e inolvidable, y la jornada en el parque nacional de Camécuaro, alrededor del lago, forma parte, sin duda, de horas intensas que igual que las burbujas que escapan de las hendiduras de la tierra, se diluyen porque eso es la vida, una esfera fugaz, una ilusión, un encanto pasajero.

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