¿Michoacán ya es otro?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Realmente no hubo sorpresas. El informe de actividades que presentó el gobernador Salvador Jara Guerrero, no alentó a los michoacanos. Se desarrolló igual que su gestión, carente de expectativas y rumbo. El hombre es académico, no un consumado político; aunque tuvo oportunidad de formar un equipo más capaz, comprometido y responsable con los michoacanos.

Ante la ausencia de autoridades electas y líderes políticos, e incluso de aplausos, el mandatario estatal consideró que hoy, Michoacán ya es otro, declaración que se contrapone, sin duda, con la opinión que tienen la mayor parte de los habitantes de la entidad.

Nadie niega que cuando Salvador Jara Guerrero asumió la gubernatura de Michoacán, las condiciones del estado eran bastante complejas en materias financiera y de seguridad, con una acentuada descomposición social, entre otros temas que lamentablemente no se han atendido porque la presente administración estatal prefirió “nadar de a muertito”, como dicen muchos mexicanos, que enfrentar los problemas y asumir su responsabilidad histórica ante la población.

La Federación, con todos sus abusos, contribuyó a medio estabilizar las condiciones de los michoacanos; pero tampoco erradicó los problemas que con frecuencia parecían más solucionados mediáticamente con tantas giras de trabajo por parte de funcionarios y exceso de anuncios sobre apoyos extraordinarios que aún espera la población.

El hecho de que no haya sido electo en las urnas, sino propuesto y más tarde respaldado por el Congreso del Estado, no lo eximía de cumplir, junto con su equipo de colaboradores, la responsabilidad de todo gobernante.

Con finanzas públicas en total quebranto, versus la miseria de incontables familias, la política de austeridad por parte del Gobierno de Michoacán fue arrojada al cesto de la basura. Basta revisar en cada dependencia estatal el número de académicos nicolaitas que ingresaron durante la corta gestión de Jara Guerrero, y con sueldos exagerados, quienes lejos de ofrecer resultados, únicamente han representado una carga onerosa, para calcular el derroche de las finanzas públicas.

El desastre financiero, aunado a la falta de una verdadera política en materia económica e industrial, a la inseguridad, a la excesiva burocracia, a la incapacidad de atender y resolver las demandas y los problemas sociales, a la impunidad de quienes desde hace años han saqueado al estado y a la debilidad gubernamental, pesan más, en verdad, que las cifras asentadas en un informe como el que presentó el mandatario michoacano.

Lo peor del caso es que desde hace aproximadamente 13 años, Michoacán se encuentra sumido en problemas de gravedad, con gobernantes mediocres y funcionarios que no siempre han actuado honestamente. Prácticamente, quienes entonces eran niños, adolescentes y jóvenes se convirtieron en parte de una generación perdida porque les echaron a perder su presente y futuro. Autoridades y gobernantes ineptos, muchos proclives a actuar con opacidad, han contribuido a ennegrecer el progreso de la infancia y juventud de Michoacán.

Las expresiones de malestar social son evidentes, aunque las autoridades lo nieguen. Michoacán no soporta seguir como hasta ahora. Es perentorio que tanto autoridades como población pacten un acuerdo para enfrentar los problemas, superar las crisis y propiciar condiciones para el desarrollo gradual, sostenido e integral del estado. De lo contrario, continuaremos con lamentaciones, sentados, como hasta ahora, en las gradas de la pobreza y mediocridad, observando cómo transita el progreso hacia las entidades vecinas.

Remembranzas de la catedral de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como péndulo que se columpia, que viaja de un lado a otro, las horas transcurren apacibles e inexorables, mientras el aroma expulsado de los incensarios y el crepitar de las veladoras, se expresan efímeros, fugaces, pasajeros, en la penumbra del recinto.

Péndulo de los minutos, de las horas, de los días, del tiempo que marca huellas, signos, en las imágenes sacras, en los muros catedralicios, en los rostros de los que acuden a la iglesia a agradecer, a llorar, a pedir.

Es el tiempo que deja constancia, jeroglíficos de su estancia, de su paso por el altar, por las bóvedas, por el campanario, por la cantera, por los portones, por las reliquias.

Ya en el interior, entre arcadas y bancas de madera, en un ambiente frío y oscuro, no se perciben las manecillas inquietas del reloj citadino; al contrario, parece que el tiempo ha detenido su marcha incansable, presurosa, desafiante.

No obstante, es una ilusión, una fantasía, porque los segundos caminan, se agregan a ecuaciones que forman horas, días, años, centurias.

Las campanillas de un añejo reloj colgado en alguna pared, anuncian que las horas no naufragan, que tienen destino, rumbo, y que a su paso dejan el lenguaje de la ancianidad.

Si los minutos acumulados y repetidos han cicatrizado los muros de cantera, los portones de madera y los rostros de los santos, evidente es, también, que las flamas de los cirios y las veladoras, junto con el aroma de las flores, del copal y del incienso, se disipan, huyen igual que las oraciones pronunciadas en voz baja, pausadamente, como para no lastimar el sosiego, la tranquilidad de las imágenes. Todo, en el mundo, queda marcado por el tiempo. El perfume de las horas y de los años lastima todo lo que existe en el planeta. Nada queda a salvo.

Casi mágica es la sensación que se experimenta en el interior de la catedral, cuando el ambiente, con esculturas y pinturas graves, solemnes, parece establecer un contacto, una red, para que el feligrés olvide, al menos por un rato, las horas de la ciudad, la compleja prueba de la coexistencia, la jornada por el mundo.

Sólo las ceremonias litúrgicas, el campanario o el golpe descuidado contra una banca de madera interrumpen el silencio y la soledad, porque el lugar parece refugio para la fe, lejos de las cosas del mundo; aunque ciertamente, quienes ordenaron su construcción y no pocos de sus sucesores, se caracterizaron por su apego a lo de esta Tierra. ¿Acaso la rivalidad entre los cleros regular y secular, en siglos pasados, no pertenecen a las cosas del mundo? Distantes de la espiritualidad se encuentran, verbigracia, la ostentosidad y la soberbia.

Horas subjetivas, casi irreales, que llegan y se van; pero que dejan huellas hasta en las cosas que simbolizan la divinidad, lo eterno, el mundo espiritual.

Emoción por los objetos añejos, virreinales, tal vez, o pasión por el arte, por la historia, por el pasado; mas lo cierto es que el aventurero, consciente de que se encuentra en una de las catedrales más bellas del México colonial, seguirá recordando datos referentes a tan majestuosa construcción.

Ya en el siglo XIX, Frances Erskine Inglis, conocida como la marquesa Calderón de la Barca, recordaba en una de sus cartas, reunidas en el libro “La vida en México”, que “acompañados por varios de nuestros amigos, entre ellos uno de los canónigos de la catedral, visitamos este espléndido edificio el segundo día de nuestra llegada”.

Agregaba: “su riqueza es todavía maravillosa, no obstante que durante las guerras civiles la han desposeído de unos 32 mil marcos de plata”.

Reconocía, además, que “deslumbran el oro y la plata de su altar mayor; la balaustrada que le une con el coro y las columnas que la sostienen, son de plata pura”.

“Se cubren de plata los dos púlpitos y sus escaleras, y si todos los ornamentos, que conservan muy pulcros, son numerosos y riquísimos, no parecen ni recargados ni de oropel en su conjunto, por el buen gusto en que disponen de ellos”.

Al referirse al coro, aseguraba que “es de una extraordinaria belleza”, como “lo es también su reja de madera tallada, y una de las puertas es de plata maciza, mientras que otra es un primor de escultura en madera”.

La autora de aquellas cartas -esposa de Ángel Calderón de la Barca, primer ministro plenipotenciario de España en México, nombrado como consecuencia del Tratado de Paz y Amistad firmado entre ambas naciones, en Madrid, el 28 de diciembre de 1836-, evocaba “la enorme pila bautismal”, que “es toda de plata, y de plata son las soberbias lámparas”.

“Admiramos, en particular, algunas bellas pinturas, casi en su mayoría de Cabrera, y nos llamó la atención la expresión excelsa de la Virgen: mezcla de amor maternal y de temor ante la divinidad presentida en el Hijo. Se dice que cuatro de estas pinturas fueron enviadas aquí por Felipe II. Son de un tamaño colosal y pintadas de mano maestra; pero víctimas de la incuria o de la falta de aprecio, están colocadas en lugares donde la luz no las favorece”.

Frances Erskine Inglis o madame Calderón de la Barca, quien nació en Edimburgo, Escocia, en 1806, y llegó a tierras mexicanas el 18 de diciembre de 1839, no olvidaba que en la catedral de Morelia les “enseñaron dos santos que enviaron de Roma, sobrecargados de joyas falsas, pero muy bien conservados en sus respectivas urnas. Sacaron todos los vasos sagrados y los ornamentos sacerdotales, y el tesorero, para que los examináramos a nuestro placer”.

Escribía, igualmente, que “la custodia, en donde se expone al Santísimo, costó 32 mil pesos, y el más rico de los paramentos, ocho mil. Hay un cordero hecho de una sola perla, con la cabeza y el vellón de plata; la perla es de gran tamaño y valor”.

Admitía, también, que “con trabajo subimos por unas escaleras de caracol al campanario, y se requirió de toda la belleza y vastedad del paisaje que se desplegaba ante nosotros, para compensarnos de nuestra fatigosa ascensión. Las campanas son de cobre, y muy sonoras”.

El pleno deleite con los capítulos, con las páginas de la historia, el turista recordará el texto de aquella mujer, quien decía que “el canónigo nos iba enseñando los diferentes sitios que fueron el escenario de sangrientas batallas durante la guerra de Independencia. La facilidad para obtener bastimentos y la misma naturaleza montañosa de la región, son las causas de que esta provincia se convirtiera en el teatro de la guerra civil”.

Refiriéndose al mismo personaje, ella, la autora, comentaba que los “llevó el padre a un gran aposento, una especie de oficina, alrededor de cuyas paredes penden los retratos de todos los obispos de Michoacán”.

Uno de los obispos “tiene un gran parecido tan asombroso con nuestro amigo don Francisco Tagle, que no nos sorprendió el saber que, en efecto, pertenecía a uno de los miembros de su familia que ocupó alguna vez la sede episcopal de Michoacán, y debajo del retrato estaba el escudo de armas de los Tagle, refiriéndose a alguna legendaria hazaña de sus antepasados. Representa a un caballero matando a una serpiente, y este es su mote: Tagle que la serpiente mató y con la princesa casó”.

La riqueza artística de la catedral de Morelia -la antigua Valladolid-, acosada constantemente por saqueadores y religiosos “innovadores” que cambiaron estilos a través de los años, debió de ser extraordinaria e impresionante.

Arrobado por los fragmentos del arte virreinal que todavía se perciben en el inmueble catedralicio, el visitante no olvidará un enorme cuadro al óleo que data, según los estudiosos, de postrimerías del siglo XVIII, y que está firmado por Pitacua; a la obra se le conoce como Epifanía Guadalupana.

Enigmática, la pintura representa a la Virgen de Guadalupe, tan amada por los católicos mexicanos, en plena veneración por parte de tres personajes con aspecto de reyes. No son los reyes adorando a la Virgen y al Niño Jesús, como lo cita el Nuevo Testamento, sino a ella, a la Guadalupana, a la patrona del pueblo mexicano.

Tal vez en ella, en la Virgen de Guadalupe, los tres reyes, originarios de tierras distantes, están adorando a la gente oprimida, a los indígenas y a los mestizos de la Nueva España.
Los investigadores cuestionan que si el Evangelio de Marcos expresa que los magos buscaban al Niño con intención de adorarlo y la Virgen de Guadalupe no posee al pequeño Jesús, ¿qué realidad alegórica oculta tal lienzo, al parecer incongruente con el contenido de la Escritura?

Tales estudiosos responden que la pintura de postrimerías del Virreinato, no pretende comunicar el hecho señalado en el Evangelio; al contrario, trata de proyectar una exaltación nacionalista.

La Epifanía Guadalupana fue renovada, según datos, por Jesús Pérez de la Busta, en 1877, en pleno siglo XIX.

Como anciana que conforme transcurren los días y los años pierde la dentadura, el maquillaje y los rasgos que se añadían a su belleza innata, la catedral de Morelia conserva muy poco de su obra pictórica.

Incluso, hace algunos años, los primeros del siglo XXI, tuvimos oportunidad de conocer a un anticuario que compró varias pinturas coloniales a algún religioso de la catedral y que posteriormente, en lo que le resultó un excelente negocio, vendió a un coleccionista de arte sacro.

Cabe recordar que entre las pinturas añejas, destaca una atribuible a Juan Rodríguez Juárez, en la que Cristo mantiene comunicación con San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino.

En la sala de ornamentos, se exhiben pinturas que indudablemente se encontraban, hace años, en el coro, como las del Salvador, la Virgen, María Magdalena, María Salomé, María Cleofás y los 12 apóstoles.

De esta manera, en la sala anexa se distinguen la Circuncisión y la Disputa con los Doctores, creadas entre los siglos XVI y XVII; al parecer, ambas pertenecieron a un retablo antiguo.

Llama la atención, igualmente, la obra pictórica conocida como la Virgen de la Trapana, concebida en los días del siglo XVIII.

En la sala capitular figuran el Patrocinio de San José, del siglo XVIII; la Anunciación, la Inmaculada Concepción y la Coronación de la Virgen; Cristo en Gloria; la Santísima Trinidad; San Pedro; la Virgen del Rosario con Santo Domingo.

Dignas de mencionar son Ángeles adorando al Niño, Flagelación y coronación de Espinas, El sueño de San José, la Virgen con el Niño y San José.

Otras pinturas vetustas son la Virgen de Belén, con influencia de Murillo; una Piedad; San Luis Gonzaga, San Andrés Avelino y San Miguel; Virgen de la Antigua; arzobispos y obispos, entre otros.

En otro rincón de la catedral de la antigua Valladolid, el visitante descubrirá a los fieles católicos de pie, hincados, sentados, ante la imagen de pasta de caña, correspondiente al siglo XVI, del Señor de la Sacristía, un Cristo que de acuerdo con la tradición, fue manufacturado en Pátzcuaro y donado por disposición de Felipe II.

Las imágenes de Santa Bárbara y de San Juan Bautista, realizadas en el discurrir de las horas coloniales, proceden de antiguos retablos barrocos.

Cuatro fueron los crucifijos de bronce dorado que el insigne Manuel Tolsá elaboró para la catedral; uno se encuentra en el Sagrario del altar mayor y otro, en tanto, en la Sacristía.

Del siglo XVIII es la escultura de San Pedro Arrepentido, y del XIX son otras, como la de la Soledad, la Sagrada Familia, la Dolorosa y el Sagrado Corazón.

Y de la decimonovena centuria es la sillería del coro actual; a la misma época pertenecen, entre otros elementos, el facistol y el púlpito dorado.

La fachada del coro alto es de estilo churrigueresco, donde se encontraba, por cierto, uno de los dos órganos instalados en 1732; el actual, que es monumental, fue colocado en el amanecer del siglo XX.

Aunque acostumbrado a explorar rincones insospechados, el visitante no dejará su asombro al pararse ante las capillas situadas al lado poniente de la catedral, donde se veneran, desde hace mucho tiempo, las reliquias de los cuerpos de San Pío y San Cristóbal mártires, atrapados en urnas rococó del siglo XVIII.

En la segunda capilla encontrará, ipso facto, el sitio donde reposan los restos de algunos prelados, destacando Atenógenes Silva de Álvarez Tostado, Clemente de Jesús Munguía, Ignacio Árciga y Leopoldo Ruiz y Flores.

Al voltear hacia el altar mayor, donde yace el manifestador barroco de plata, creado en la segunda mitad del siglo XVIII y con más de tres metros de altura, el viajero rememorará que un inventario que data de 1787 lo describía como “un torreón de plata en el que se expone el Santísimo Sacramento, con 12 estatuas de los apóstoles, en el primer cuerpo, sobredoradas; tres ángeles sentados en las esquinas de las bases de las pilastras, también sobredorados…”

El documento aclaraba que “todo sobre su zoclo, también cincelado con cuatro sobrepuestos, y en el segundo cuerpo que sirve por remate, está la imagen del Salvador sobredorado, y en sus cuatro ángulos los cuatro evangelistas…”

Tal obra de orfebrería fue quintada por el platero Castillo y por el ensayador mayor del reino, Diego González de la Cueva, en el siglo XVIII; además, su estilo barroco delata la influencia de los hermanos Klauber, grabadores de origen alemán.

No dejará de suspirar el aventurero por la pila de plata con algunos elementos sobredorados -el resplandor del Espíritu Santo que se descubre al abrirse la tapa-, donde cuenta la tradición fueron bautizados, en el siglo XVIII, José María Morelos y Agustín de Iturbide, entre otros personajes de la historia mexicana.

En el inventario ya citado, se habla de la pila bautismal de plata en el sentido de “una fuente grande del agua del bautisterio, y una concha grande toda de plata, con peso de 20 marcos”.

La pila bautismal de plata es de estilo neoclásico. Al abrirse la tapa, la luz impacta con el resplandor dorado; entonces semeja un cáliz con su hostia.

Y si la plata cautiva la atención del visitante, la madera -la de los portones- le hechizará por su estilo tablerado y con aplicaciones de bronce, que simbolizan llaves pontificias.

Bronce, lienzo, madera, plata, piedra. Materiales sustraídos un día del ayer, casi olvidado, de los bosques, de las montañas, para darles forma sacra e inmortalizar, al menos en un intento, una doctrina, una fe, una religión.

Quizá sentado en una de las bancas de madera, el investigador repasará los datos de la catedral de Valladolid, hoy Morelia, construida de 1660 a 1744, y recordará que el inmueble mide 77 metros con 10 centímetros de largo por 30 metros y medio de ancho en el crucero. En el interior, la nave mayor y el crucero se erigen a 19 metros con 60 centímetros.

Las naves laterales, por su parte, alcanzan 14 metros con 15 centímetros, mientras la cúpula mide 40 metros. Las torres miden más de 60 metros, convirtiéndose así en las más altas de América dentro del estilo barroco que les caracteriza.

No sin antes admirar la fachada, los elementos arquitectónicos del exterior y las características y decoración del interior, con todas sus reliquias, el turista pasará por la Mitra, obra que Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, obispo de Michoacán, ordenó construir en 1765 como complemento de la catedral de Valladolid.

De singular belleza son las arcadas del edificio colonial que posee, además, una cúpula elíptica que cubre la escalera y que llama la atención por su original forma, si se le observa desde el atrio.

Si antiguamente, en la Colonia, el atrio estaba libre, fue en 1854 cuando se tomó la determinación de colocar la extraordinaria reja que conserva hasta nuestros días, cuyo costo ascendió a 42 mil pesos de aquellos días.

El péndulo de los minutos, de las horas, se columpia igual que un niño alegre, divertido, hasta que el campanario se inquieta y avisa que la mañana se consume, que las manecillas intangibles del tiempo ya dejaron, como siempre, constancia de su paso por el bronce, por la cantera, por el lienzo, por la madera.

El vuelo de las palomas interrumpe las evocaciones, los sueños aislados de la vorágine citadina; es hora -siempre el tiempo- de caminar, de conservar en el corazón y la memoria el palpitar de la catedral de Valladolid, una de las más hermosas y señoriales que datan de la Colonia, orgullo y símbolo del pueblo moreliano.

Catedral de Morelia, su historia, su encanto, su arte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Relieves concebidos en la piedra rosada durante las horas coloniales, ya lejanas, casi olvidadas, desafiantes al aire, la lluvia, el sol y el tiempo, y acaso para inmortalizar, en los capítulos de la historia, una fe, una doctrina transmitida a indios que antaño tenían deidades, adoratorios y rituales.

Figuras sacras de cantera que asoman en los muros, igual que los viejos, en los pueblos, se sientan en las bardas, en sus rincones preferidos, en las bancas de la añoranza, para contar los minutos, el tiempo que huye, y sus historias repetidas.

Esculturas y relieves celestes, atrapados en la fachada, entre bloques que se suman para formar arte barroco, sacro, que no obstante las huellas y los signos de la ancianidad, cautivan por su belleza y majestuosidad.

Ya la aurora que apenas se manifiesta en el oriente, ilumina la cantera, la maquilla, dando un aspecto celestial y mágico a los personajes cautivos en la piedra, en los muros helados, no pocas veces acechados por palomas.

Antes de que el incesante y patético rumor desafinado de bocinas y motores automotrices ahogue el tañido de los campanarios añejos y el trinar de las aves que se refugian en los árboles de la Plaza de Armas, muy cerca del kiosco y de los portales que suspiran y exhalan ecos del ayer, prevalece en el ambiente la quietud para admirar el perfil de esas criaturas divinas talladas en piedra.

La fachada de la catedral, imponente, está dedicada, por cierto, a la transfiguración de Cristo. En la parte central de los relieves, aparece Jesús, en un monte, con los brazos abiertos y extendidos, mirando hacia la parte superior, donde se encuentra una paloma que simboliza al Espíritu Santo, y, evidentemente, la imagen de Dios con barba. Rodean al relieve principal otros dos laterales que escenifican la Adoración de los Reyes Magos y la Adoración de los Pastores.

En cuanto a la fachada oriente de la catedral, se distingue un relieve de la Virgen de Guadalupe. Se encuentran, adicionalmente, los medallones con las cuatro escenas de su aparición, los cuales son cargados por angelitos. El Espíritu Santo es representado por la paloma que se localiza en la parte superior.

Respecto al relieve del costado poniente, es preciso recordar que está consagrado a San José, quien aparece de pie, sobre la Tierra, con el Niño Jesús en brazos.

Mientras el viajero percibe el desasosiego de campanarios que pertenecen a otros templos antiguos -Capuchinas, El Carmen, La Columna, La Cruz, La Merced, Las Monjas, Las Rosas, San Agustín, San Francisco, San José, San Juan y otros-, el canto de las fuentes se repite una y otra vez, como una necesidad citadina, para evocar la campiña y los rincones provincianos que suspiran melancólicos ante la invasión de la modernidad agresiva e intolerante.

Es el momento, entonces, que elige el turista, el viajero, para contemplar la majestuosidad y la silueta irrepetible de la catedral de Morelia, desde distintos ángulos de la Plaza de Armas.

Quizá emocionado por la imagen soberbia, por el perfil, por los trazos que aparecen ante su mirada, prepara su cámara fotográfica o de video con la intención de captar uno de los monumentos arquitectónicos más bellos y representativos de Morelia, Michoacán y México que naufraga desde días virreinales.

Hace algunas tomas desde el no menos hermoso inmueble que ocupa el Palacio de Gobierno -antiguo Colegio Seminario Tridentino que fue construido entre 1732 y 1770, el mismo siglo que se diseñó y edificó el acueducto de Valladolid, hoy Morelia-; allí, entre las arcadas de la planta alta, la mirada es atrapada por las torres enormes, rosadas, soberbias, que parecen querer alcanzar el cielo. Las torres de la catedral contrastan con las arcadas del viejo Colegio Seminario Tridentino.

No conforme con las imágenes que ha captado una y otra vez con su cámara, mezclando las arcadas y los detalles arquitectónicos del Palacio de Gobierno con la monumental catedral de Morelia, el aventurero se dirige a los antiguos y pintorescos portales, desde donde aprehende otro perfil, un rostro diferente de tan bella doncella de piedra.

Más tarde se traslada hasta la típica Plaza de Armas y quizá tomando parte de los árboles, de una banca, de una fuente o del kiosco, lleva en su cámara otro ángulo de la catedral. También hace una toma desde el ventanal de la casona virreinal que perteneció a Isidro Huarte, suegro de Agustín de Iturbide, donde alguna noche pernoctó Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, y que hoy es sede del Museo Regional Michoacano. Casona que conocieron, en diferentes etapas históricas, los dos emperadores del México mestizo. El cuadro es perfecto para una fotografía artística.

Lleva un botín. Es ladrón de imágenes. Ha hurtado, con su cámara, el encanto, la silueta de una princesa de la Colonia, la cara y el cuerpo de la catedral de Morelia, que más tarde, cuando haya concluido su viaje, compartirá, sin duda, con su familia y sus amigos.

Indudablemente, a fuerza de caminar alrededor de la catedral, descubre otros pillos -las palomas- que insisten en permanecer cerca de las esculturas y de los relieves, de los tableros barrocos, como si el palpitar de las figuras celestes, pétreas, les transmitieran algún secreto, una palabra mágica, para continuar jugando en el atrio, en el jardín, y volar hasta el campanario.

Escena, la de las palomas, inacabable, que se repite un día y otro en no pocas iglesias y plazas de México, Europa y el mundo; pero que en la catedral de Morelia, no obstante los daños, cautiva y se suma al ambiente, a las formas, a los trazos.

Y es allí, en la Plaza de Armas, entre árboles, bancas, fuentes y kiosco, donde más tarde, sobre todo los fines de semana, los niños corren y juegan, piden globos y golosinas, para en determinados momentos arrojar arroz, maíz o migajón a las palomas.

Sin repasar todavía la historia de la catedral de la antigua Valladolid, el paseante se sienta un rato en alguna de las bancas del jardín, en la Plaza de Armas, donde experimenta las primeras caricias del sol matinal y contempla, una vez más, la belleza del arte virreinal plasmado en la cantera.

Cual navegante osado, se traslada a los muchos días del ayer consumidos en un rinconcito del mundo -Valladolid-, hasta naufragar en las páginas de la historia y reconstruir las escenas que se presentaron durante la edificación de tan subyugante recinto.

Y es que allí, en lo que hoy es el centro moreliano, acudieron, muy puntuales a su cita con el destino y la historia, conquistadores, misioneros e indígenas que en su mayoría, sin dejar constancia de sus nombres, participaron en la construcción de la ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541.

Silenciosos, acaso evocando ritos de sus antepasados, o cantando y hasta hablando en su lengua, cientos de indios expertos en cantería, herederos de los constructores de adoratorios, cincelaban la piedra, le daban forma, la sumaban cual ecuación para erigir un templo diferente, un recinto, una catedral, que por siglos se convertiría en uno de los distintivos de la capital de Michoacán.

Ellos, los nativos, se reunían por docenas para arrastrar un bloque de cantera; eran tantos, que aquello parecía, y así lo era, la construcción de un nuevo mundo con casonas y templos fortificados, muy ajeno, por cierto, a las ciudades indígenas. Participaban en la edificación de una ciudad nueva y diferente, ajena a sus adoratorios, plazas y juegos de pelota.

Casi siempre, los indios se proveían de sus alimentos; el oscurantismo de aquellas horas, propiciado en gran parte por los religiosos que con frecuencia parecían más aliados de los implacables conquistadores que de las doctrinas que predicaban, acentuaba la desdicha del pueblo mexicano.

Inmueble del Virreinato, la catedral de Morelia exhibe el poderío que debió tener la Iglesia Católica en Valladolid; no obstante, hoy, como ayer, su monumental apariencia continúa encantando a quienes la conocen y exploran sus rincones, a pesar de que en distintas etapas de la historia ha enfrentado saqueos.

Desde 1541, año en que se fundó Valladolid con autorización del virrey Antonio de Mendoza, los españoles que diseñaron la ciudad, reservaron un espacio al centro de la enorme plaza principal, que posteriormente ocuparía la catedral.

Interesado en el palpitar de la historia, el aventurero recuerda que respecto al clero regular, que en la Colonia contaba, en Valladolid, con los templos de El Carmen, Las Catarinas, La Compañía, La Merced, San Agustín y San Francisco, el secular sólo disponía, en esa época, de dos recintos que eran, por cierto, de aspecto humilde ante los ya mencionados, hasta que en 1660 inició el proyecto soberbio del arquitecto Vicente Barroso de la Escayola.

Hay que recordar que el verdadero nombre del arquitecto italiano que realizó la traza de la catedral de Valladolid, fue Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien finalmente pasó a llamarse en este lugar Vicente Barroso de la Escayola.

Él, el arquitecto italiano, dirigió la obra hasta el día de su fallecimiento, registrado en la aurora del siglo XVIII, en 1704. La obra quedó inconclusa por un tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla.

Fue Pedro de Guedea quien continuó la obra hasta 1716, concluyéndola José de Medina, que se encargó, además, de la construcción de las fachadas y las torres. Así se añadió, gradualmente, la suntuosidad catedralicia.

Por cierto, la torre poniente registra el año 1742; la que se localiza al oriente, en tanto, fue fechada en 1744. Tales datos proporcionan una idea más clara de la época en que se edificaron las torres.

Casi al mismo tiempo que el paseante entra al recinto, no sin antes contemplar las dos torres imponentes, coincide con las páginas de la historia en que con la conclusión de la catedral de Valladolid, el clero secular impuso su supremacía sobre el regular.

Fue precisamente en 1744, en el siglo XVIII, cuando se concluyó la catedral y, a la vez, terminó la pugna entre Pátzcuaro y Valladolid. Hay que recordar que Pátzcuaro fue elegido por Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, como capital de la provincia, y que Valladolid, que contaba con el apoyo del virrey Antonio de Mendoza, no logró arrebatarle el título a la población ribereña mientras vivió el prelado.

El proyecto de Vasco de Quiroga, concebido en el siglo XVI, de legar a Pátzcuaro una catedral -hoy Basílica de Nuestra Señora de la Salud-, quedó eliminado con la conclusión del inmueble de Valladolid.

Con las campanadas matinales que se propagan en el centro histórico de Morelia, el turista repasa los capítulos del ayer, cuando el Obispado de Michoacán se erigió en Tzintzuntzan, de acuerdo con la bula emitida por el Papa Paulo III, el 18 de agosto de 1536.

Posteriormente, en 1540, un año antes de la fundación de Valladolid, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, trasladó la diócesis a Pátzcuaro, población que en nuestros días es una de las más hermosas, pintorescas y típicas del estado y la República Mexicana.

Así, 40 años más tarde, en 1580, el obispo fray Juan Medina Rincón estableció la sede en Valladolid, intentando erigir una catedral de adobe y madera que fue consumida por un incendio antes de su conclusión.

Haciéndose cargo del Episcopado en 1640, Marcos Ramírez del Prado dispuso la construcción de la catedral, iniciándose la obra en 1660; la edificación, proyectada por Vicente Barroso de la Escayola, duró 84 años.

Las torres barrocas de la catedral de Morelia, irrepetibles y suntuosas, desafían a las centurias, a la historia, a la lluvia, al sol, al viento; además, con sus más de 60 metros, representan para no pocos investigadores las más altas de América dentro de su estilo.

Desde las bases de las torres hasta la segunda cornisa, en la fachada, incluyendo los muros laterales, el imponente monumento exhibe bajorrelieves en forma planimétrica. Evidentemente, la fachada exterior muestra 162 pilastras con tableros, encontrándose, igualmente, 41 esculturas, nueve relieves y 21 escudos.

Según la historia, los huecos principales de las torres ostentaban, en los años virreinales, un total de ocho escudos enormes de España, hasta que fueron destruidos en 1826 porque así lo establecía un decreto que ordenaba desaparecer los símbolos nobiliarios.

Los ciclos, el tiempo, perturban la existencia humana. Había, asimismo, ocho carátulas -cuatro en cada torre- que indicaban la medida de las horas. Igualmente, 32 santos de piedra, colocados en sus respectivos nichos, han acompañado el desasosiego de los campanarios.

Fascinado por las dos cúpulas y las torres, el turista percibe, tras una minuciosa observación, que el interior de la catedral es un tanto pobre, delatando que durante las horas del ayer se registraron destrucción de retablos por cambios en los estilos y saqueos.

No obstante, la experiencia permite al aventurero y al investigador descubrir huellas, un lenguaje, signos de la antigua riqueza catedralicia de Valladolid, destacando, verbigracia, la pila bautismal de plata, creada en el ocaso del siglo XVIII.

La pila bautismal de plata es excelsa, irrepetible, suntuosa, Refiere la tradición que allí fueron bautizados, en la decimoctava centuria, personajes como José María Morelos y Agustín de Iturbide, ambos originarios de Valladolid. El primero es considerado Siervo de la Nación y el segundo, en tanto, consumador de la Independencia y primer emperador de México.

Al permanecer cubierta, simula una gran copa; pero al abrirse, semeja un cáliz enorme, majestuoso, supremo, con su hostia gigante, resplandeciente, con la imagen del Espíritu Santo.

Otros tesoros que resguarda el grandioso recinto son dos Cristos de bronce dorado, del ilustre Manuel Tolsá, y el sagrario neoclásico de plata en el altar mayor.

En la decorada sala capitular, destaca un Cristo de marfil; además, paradójicamente, la catedral es depositaria del báculo y el sombrero que pertenecieron a Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI, quien impuso la ciudad de Pátzcuaro, sobre Valladolid, capital de la provincia.

La catedral moreliana resguarda dos pinturas de Cabrera: el Nacimiento de Cristo y el Sueño de San José. Ambas son obras invaluables que se suman a las reliquias del recinto.

Náufrago del siglo XVIII, es el suntuoso manifestador de plata que mide tres metros con 19 centímetros de altura; es, indiscutiblemente, obra irrepetible de la Colonia. Hay que recordar que 42 relieves y 29 estatuillas de plata sobredorados, se identifican con el Antiguo Testamento; empero, en la segunda estructura del manifestador, figuras eucarísticas conviven con los apóstoles. El tercer conjunto, en tanto, presume relieves de los cuatro evangelistas y de los doctores de la Iglesia Católica. En la misma obra orfebre de la Colonia, se distinguen rasgos de la Santísima Trinidad.

Al contemplar el altar y el manifestador de plata, el visitante descubre, primero, la cautivante y churrigueresca fachada del órgano, y después el instrumento monumental que desde 1905 yace en el antiguo coro de la catedral.

Por cierto, el impresionante órgano alemán que todavía se utiliza en los conciertos anuales que se celebran en Morelia, es considerado uno de los que mejor se conservan en la República Mexicana.

En medio de la nave principal, el viajero contempla las pilastras adosadas. Allí mira, arrobado, los pilares y las arcadas que se repiten de manera exquisita. Al observar la nave lateral y contemplar desde allí la central, recuerda que el interior de la catedral fue renovado en su totalidad a partir de 1898, para lo que se utilizaron, según los especialistas, grutescos italianizantes en las bóvedas y en las pilastras, a los que se añadieron casetones floreados y en relieve en los arcos y en la cúpula.

Antes de trasladarse al claustro de la Mitra, construido en 1765 con un anticipado estilo neoclásico, porque en aquella época prevalecía el barroco, el viajero admira las tres naves catedralicias con arquerías y bóvedas decoradas.

Las horas han transcurrido dentro del recinto. Las pesadas campanas tañen una y otra vez, demostrando su linaje y supremacía. Impresionan sus voces. Como que conservan su acento del pasado, el timbre consumido entre la historia y las horas.

Huele a incienso, a copal, a santos, a tiempo. Las horas, los días, los años, se han desvanecido como se disipan las nubes y los sueños o se fuga la existencia.

Los constructores de Valladolid y los días de entonces, se consumieron, ya no existen; sin embargo, la obra maestra, la catedral de Morelia -una de las construcciones más bellas de la Colonia en la Nueva España-, se mantiene imperturbable y señorial.

Todo cambia; nada es permanente. Morelia, la antigua Valladolid, suspira melancólica, quizá añorando sus horas de infancia, sus días de esplendor, y esperando, como la joven a su amado, que alguien la rescate y se enorgullezca de su catedral.