¿Y si se perdiera la modernidad?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La belleza de su rostro le estorbaba tanto como los anillos de oro y las uñas recién atendidas, parecía, por la manicurista, para desarrollar con eficiencia su labor de cajera en una agencia automotriz, al grado, incluso, que pidió anotara de mi puño y letra los datos de un formulario porque ella, aseguró, había perdido la capacidad de escribir con bolígrafo.

Dos o tres veces interrumpió sus funciones para enviar, sonriente y ajena al tiempo de los clientes, mensajes desde su celular. Sus uñas excesivamente largas y decoradas me indicaron que no solamente era inhábil para escribir con el bolígrafo; indudablemente le resultaba complicado realizar cualquier esfuerzo más allá de maquillarse o redactar mensajes en el whats app o el facebook.

Sentí que estaba ante una mujer artificial e incapacitada para el trabajo, contratada más para atraer clientes que con la finalidad de atenderlos con calidad. No obstante, acudieron a mi mente imágenes interminables de personas en oficinas, automóviles, escuelas, talleres, transportes colectivos, consultorios, despachos y negocios, entre otros espacios públicos, que consienten que el encanto cibernético y las redes sociales los envuelvan y seduzcan hasta enajenarlos, controlar sus vidas y rebasar su realidad.

Un alto porcentaje de hombres y mujeres dependen tanto de los avances científicos y tecnológicos de la hora contemporánea y olvidan desarrollar su inteligencia, creatividad e ingenio, que prácticamente se sienten limitados o perdidos cuando enfrentan cualquier situación sin los medios y herramientas modernos.

Al abandonar la agencia automotriz, reflexioné sobre el incidente y me pregunté, en consecuencia, qué sucedería si por alguna razón la humanidad perdiera 30 ó 40 años de su proceso científico y tecnológico, y volviera, como antes, a las máquinas mecánicas de escribir, al correo tradicional, a los telegramas, a las sumadoras manuales, a los aparatos de radio y televisión con bulbos o de transistores, a las cámaras fotográficas de rollo y a los teléfonos con marcación de disco, entre otros elementos que hoy, en la juventud del siglo XXI, parecen arcaicos.

Esos rostros inexpresivos que hoy miramos ensimismados en todas partes, casi ausentes de la realidad, con audífonos en los oídos o la atención en juegos y mensajes con faltas ortográficas, ¿serían capaces de reaccionar ante cambios abruptos o se comportarían igual que la cajera de la agencia automotriz que olvidó, por falta de costumbre, escribir con bolígrafo?

Resulta innegable que la ciencia y tecnología contribuyen, en gran medida, al desarrollo de los seres humanos; sin embargo, cuando son utilizadas sin sentido y se les permite que invadan los proyectos existenciales y la privacidad, que enajenen y manipulen, las oportunidades de crecimiento se transforman en obstáculos, en retroceso, en las uñas largas que adormecen la acción y la productividad.

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