Magia, tradición y sincretismo en la noche de muertos de la zona lacustre de Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permanecen desolados y silenciosos, igual que un libro abandonado y viejo que resguarda identidades, fechas e historias. Tan melancólicos como los sepulcros, los árboles inclinan sus ramas balanceadas por el viento. Las tumbas también contienen nombres anónimos, datos y hasta epitafios de quienes un día, una tarde o una noche, acaso sorprendidos por la fugacidad de la existencia, concluyeron la jornada, se retiraron del camino y abandonaron sus proyectos, juegos e ilusiones, con los claroscuros que significa la trama de la vida.

Todas las noches, cuando la bóveda celeste exhibe y presume el más magistral de los escenarios con incontables luceros que alumbran y estimulan a sentir la fuerza del universo, el frío envuelve las sepulturas en la zona lacustre de Pátzcuaro, mientras la neblina gravita como para cubrir la ausencia de quienes partieron a otro plano y se convirtieron en ayer, en recuerdo, en olvido.

El ambiente sideral se modifica la noche del 31 de octubre y las madrugadas del 1 y 2 de noviembre de cada año, cuando las estrellas plateadas comparten su luminosidad con velas, cirios y veladoras que de pronto, en los cementerios de los pueblos indígenas que rodean al lago de Pátzcuaro, son prendidas por quienes aún permanecen en el mundo y aguardan el retorno de las ánimas de sus familiares y amigos.

Nadie como el pueblo purépecha, especialmente en la zona lacustre de Pátzcuaro, en el estado mexicano de Michoacán, para celebrar la Animeecheri k´uinchekua o “fiesta de las ánimas”, o la Animecha kejtzitakua u “ofrenda de las ánimas”. En un sincretismo de la cultura prehispánica y las doctrinas evangelizadoras que los misioneros españoles emprendieron a partir del siglo XVI, la noche de muertos resulta emotiva, irrepetible y mágica.

De la oscuridad y desolación nocturna, en los cementerios purépechas, brotan los colores amarillo y naranja de las flores de cempasúchil, alumbradas por las flamas de velas y veladoras, como si la vida se empeñara, a pesar de las sombras de la muerte, en reaparecer, en manifestarse una y otra vez en un paraje que definitivamente pertenece a quienes se ausentaron del mundo.

Entre las sombras nocturnas y las llamas amarillas, azuladas, naranjas y violetas, surgen, apenas visibles, los rasgos indígenas de los purépechas que velan en los cementerios, el 1 de noviembre, a los “angelitos”, a los niños que renunciaron a los días de su existencia, a los juguetes, a la escuela, a la oportunidad de probarse como seres humanos, y el 2, en tanto, a los adultos, a quienes también se apartaron del camino por alguna causa, por una enfermedad, un accidente o de manera natural, y dejaron, en consecuencia, las páginas en blanco.

Fieles a sus costumbres y tradiciones ancestrales, los nativos acuden puntuales, cada año, a su cita con los muertos, a quienes colocan ofrendas con flores, agua, alimentos, panes, retratos, bebidas alcohólicas y objetos que identifican a quienes ya se marcharon y retornan una vez al año.

En un ambiente de misticismo, casi mágico e incluso de festividad, los purépechas esperan la visita de sus muertos con oraciones y ofrendas que les servirán para regresar a lo que definen como más allá.

Los arcos cubiertos de flores de cempasúchil, colocados devotamente en las tumbas, recuerdan un año o menos del fallecimiento de las personas, hombres y mujeres que alguna vez, en sus mejores días, también acudieron al cementerio con la intención de velar y esperar a sus muertos.

Ellos, los purépechas, preparan los altares en sus casas, con ofrendas y hasta con los retratos de sus seres amados, como lo hacen, igualmente, en los panteones. En el caso de los angelitos, de los pequeños que siguieron rutas diferentes y opuestas a las de la vida plena, sus familiares colocan en las ofrendas los objetos que les pertenecieron, los juguetes que los alegraron, las cosas que les gustaron, la comida y las golosinas que los deleitaron.

Quizá la velación más célebre en el mundo es la de la noche del 1 y la madrugada del 2 de noviembre, cuando los indígenas esperan el regreso de las ánimas. La noche de muertos ha sido declarada Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Encuentro de dos culturas, la indígena, la purépecha, y la europea, la española. Sincretismo de dos civilizaciones, de dos estilos y creencias diferentes. La fiesta de muertos, en los pueblos de la región de Pátzcuaro, es digna de admirarse.

Y la mejor forma de conocer y disfrutar esa celebración indígena no es, como anualmente sucede en Pátzcuaro y Janitzio, arrojando basura, consumiendo bebidas alcohólicas y alterando el orden, sino recorriendo los altares y las ofrendas con respeto, dialogar con los purépechas, conocer sus costumbres y tradiciones, explorar las fiestas de los nativos, observar los altares y las ofrendas y divertirse con la alegría de la vida que se consume cada instante, igual que la noche y la cera de las veladoras atrapadas en bolsas blancas que con tanto esmero depositan las autoridades eclesiásticas en el vetusto e imponente atrio de Tzintzuntzan.

Uno puede recorrer gran cantidad de pueblos purépechas, alrededor del lago de Pátzcuaro, para encontrarse de frente con la noche de muertos y contemplar el paisaje lacustre.

Cuán bello, verbigracia, resulta trasladarse al mirador, entre Cucuchucho y Ucasanástacua, para contemplar el ambiente sidéreo, la profundidad de un cielo incendiado por incontables estrellas, y admirar, a la vez, las luces que provienen de los caseríos de las islas de Janitzio, Yunuén y La Pacanda y de otros poblados indígenas, reflejados en el manto acuático, ennegrecido por la noche helada que parece susurrar al oído los ecos de los campanarios y las voces purépechas, reunidas en los cementerios, para repetir “vive, vive, vive”.

OTRA VERSIÓN

¿Qué es una flor, si no un suspiro fugaz? ¿Qué la vida, si no una sucesión de capítulos y eventualidades que forman una historia, un libreto, una comedia que al final concluye y queda cual recuerdo y posteriormente, al descender el telón del tiempo, se extravía en el olvido?

Vida. Muerte. Recuerdo. Olvido. Día y noche. Risa y llanto. Alegría y tristeza. Claroscuros de la vida. Igual que las flamas de las velas que parecen danzar al recibir las ráfagas de viento helado y se extinguen ante la cabalgata de las horas, los hombres y las mujeres purépechas, en la zona lacustre de Pátzcuaro, escriben las tramas de sus existencias desde el cunero hasta el sepulcro.

Parece que conforme transcurren las horas, los días, los años, los difuntos pretendieran refugiarse en los corazones y no desvanecerse de la memoria de quienes aún conservan el aliento de la existencia.

Y es que en las tumbas, entre flores de cempasúchil y nombres y apellidos de personajes anónimos, todo parece tan efímero como el cielo nocturno cubierto de estrellas o el hálito del aire que barre la hojarasca y la dispersa en las calzadas rústicas custodiadas por sepulturas indígenas.

Cada sepulcro esconde una identidad, un rostro, una trama, una fecha, un proyecto de vida que en algún instante del ayer quedó trunco y que luego, cada 1 y 2 de noviembre, ellos, los nativos de los pueblos lacustres, recuerdan y honran con oraciones y ofrendas.

Carcomidas por las caricias del aire y la lluvia, por la visita de la polilla y el sol, u oxidadas por la acumulación de los minutos inexorables, las cruces de madera y de hierro asoman inclinadas y melancólicas en los montículos de tierra, compartiendo silencio y soledad con residuos de cera y flores marchitas, y acentuando su humildad, su sencillez, ante criptas de mayor fortaleza y ostentosidad.

Los árboles desgajados y las ramas agachadas, cual fantasmas atormentados, hunden sus raíces en la intimidad de la tierra sin importarles compartir el espacio con cuerpos carentes de porvenir, con hombres y mujeres, con niños, jóvenes, adultos y ancianos que duermen profundamente, ajenos al palpitar de la vida en el mundo.

Sopla el aire helado. Es un viejo coleccionista, un avaro que reúne apasionada y esmeradamente, como el infante sus estampas, los pétalos y las hojas que caen y se secan, hasta fragmentarse y quedar consumidas, compartir el mismo destino de la gente.

Aquí y allá reposan los difuntos en la profundidad, entre piedras y tierra, indiferentes a la luz y a la noche, próximos a caracoles, gusanos y raíces. No desconocían, en vida, que tal sería su suerte. Así quedaron sus antecesores, hace siglos, sepultados con sus ídolos.

Con rostro oculto y diferente, es el otro pueblo. Hay colonias y secciones en los cementerios. Moran los indígenas que otrora, ayer o anteayer, eran habitantes de los poblados. Comparten territorio amigos, familiares y adversarios. Todos están juntos. Es su nueva población. Es morada de murmullos, penumbra y soledad. Son huéspedes. Los cuerpos duermen, permanecen quietos, hasta que se desmoronan y fusionan con el polvo, con la tierra, en un incesante palpitar.

Los caracoles se arrastran en los montículos, en las lápidas, en las calzadas sombrías de tierra; las lombrices se introducen a agujeros, se esconden entre raíces y hierba; los abejorros zumban, manosean cruces y sepulcros sin recato. Las flores silvestres y los matorrales crecen y cubren las tumbas olvidadas durante el año. Pululan los insectos ante la indiferencia de los muertos, pequeños y grandes, que yacen en el gran silencio y cuya esencia grandiosa reposa en planos superiores.

Finalmente, porque todo ciclo se cumple, han de coincidir la familia y los amigos, todas las generaciones. Habrán de estar juntos padres e hijos, abuelos y nietos, amigos y adversarios, parientes, hombres y mujeres que se amaron y otros, igualmente, que se odiaron, que escribieron anónimamente, sin sospecharlo, las historias de sus pueblos, compartiendo un destino, un sendero, en determinado lugar e instante. Quedaron cerca de su pueblo, donde las casas son de adobe y la lengua una dulce melodía que tiene similitud con las voces de los ríos, del aire y de la lluvia.

Las palabras de amor, las rondas infantiles, las miradas de ternura y odio, la felicidad y la tristeza, el nacimiento y la agonía, la esperanza y la desilusión, las tertulias, los proyectos, las jornadas en la campiña, todo se agota, se consume, se reduce en las tumbas. Nada queda. Desde el humilde y modesto sepulcro -montículo de tierra con cruz de madera o lámina-, hasta el más suntuoso -el de mármol-, es hogar, refugio, escondrijo de un cuerpo ausente de futuro, de una historia irrepetible, de una identidad con anécdotas y claroscuros.

Inseparables, acaso porque no se concibe uno sin el otro, el pueblo de los vivos y el de los muertos -necrópolis- comparten alegrías y tristezas. Ellos, los purépechas que aún moran en los poblados lacustres, acuden puntuales a su cita, a su encuentro, el 1 de noviembre de cada año, al cementerio, a las tumbas donde reposan los pequeños, los “angelitos”, como les llaman, para acercarles ofrendas, orarles y recordarlos con gran amor.
Sus padres, hermanos, abuelos, tíos, padrinos, todos los que sintieron amor por ellos, les llevan agua, flores, fruta, pan, juguetes y veladoras, que colocan en las tumbas recién lavadas, para posteriormente, muchas veces entre lágrimas, orarles y recordarlos como eran en el mundo, alegres, risueños, o tal vez huraños, tímidos, traviesos. Esa, al parecer, la trama de la vida.

Motivados por el amor tan intenso que sintieron por ellos y quizá porque ya palpitan en sus corazones, algunas comunidades indígenas, como la de Cucuchucho, acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces y gelatinas a los pequeños difuntos.

No obstante, hay quienes depositan juguetes en las criptas infantiles. Colocan las canicas, el carrito, el soldado, la muñeca, la estufa, los jarritos, la pelota y las tazas minúsculas, para que ellos, los pequeños que murieron e interrumpieron los capítulos de sus existencias, se diviertan como antes, cuando el colorido de la campiña se retrataba en sus pupilas, el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares y las ilusiones y risas eran su pasión. Suspendieron, por alguna causa, sus actividades mundanas. Concluyeron la jornada muy temprano.

Muñecas, pelotas, sonajas, objetos para un mundo minúsculo, dedicados a la memoria infantil, a las siluetas diminutas, casi desvanecidas, que se hospedan en la memoria, en los corazones, y provocan amargura y dolor. Llanto ante la ausencia del niño, de la niña, que una mañana nebulosa y fría o una noche desconsoladora y tempestuosa, se retiraron de la cuna, del juego, del campo, de la escuela, de las sillas que les correspondían, para arrullarse con el canto de la muerte coqueta, hechizante, seductora. Se fugaron de sus lugares. Dejaron espacios ausentes en los corazones, en las familias, en las escuelas, en las comunidades. Melancolía. Evocaciones. Incontables flamas de velas y veladoras en el ambiente nocturno. Oraciones. Llanto. Ofrendas. Risa. Añoranzas.

Fundados en el discurrir del siglo XVI, en el amanecer de la Colonia, los pueblos de linaje purépecha son costumbristas, fieles a sus festividades y tradiciones; por lo mismo, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el celaje, anunciando el ocaso, los moradores caminan por las mismas callejuelas que otrora, hace un día, una semana, un año o una centuria, transitaron sus difuntos. Caminan al cementerio, a las tumbas, a lo que en esos lugares suelen llamar “campo santo”. Es un ritual mágico.

Esa tarde, la del 1 de noviembre, al percibirse el aire frío que acompaña a las sombras, las familias llegan a los altares y ofrendas que previamente colocaron para sus difuntos. Los arreglos tienen flores de cempasúchil, calabazas, cirios, veladoras y otros motivos. Si el ser querido tiene un año o menos de haber fallecido, instalan en su sepulcro un arco de carrizo con flores de cempasúchil, que es la de los muertos.

Los altares, invadidos de flores amarillas y naranjas, reciben ofrendas, entre las que destacan calabazas, panes, cigarros, fotografías de los difuntos, fruta, agua para el regreso, e incluso la comida y el vino que acostumbraban consumir.

Tal es la vida, con su eterna dualidad, el día y la noche, la risa y el llanto, la alegría y la tristeza, el cunero y el ataúd. La noche de muertos es de tradición añeja, pero motiva a reflexionar sobre la estancia en el mundo.

EN CUCUCHUCHO

“Las tradiciones del pueblo purépecha son hermosas y profundas. Nuestros abuelos legaron una historia bella y grandiosa. Hoy, como cada año, esperamos con emoción el regreso de las ánimas de nuestros familiares, y por eso estamos reunidos aquí, en el cementerio de Santa Catarina, en Cucuchucho, con altares y ofrendas”, refiere Margarita Silvestre Santiago.

Envuelta en su rebozo y su vestuario autóctono, la mujer de 85 años de edad, acompañada de su esposo José Bernardino Pablo Villegas, con 94 años, arreglaron la tumba de la familia, la limpiaron, retiraron la hierba que invadía los bordes y colocaron un altar con flores de cempasúchil, velas, veladoras, panes, bebidas y alimentos como los que agradaban a sus parientes fallecidos.

Margarita ha cumplido, no le ha fallado a su suegra, Catarina Villegas Ramos, quien falleció hace 38 años. “A diferencia de antes, ahora ya no podemos cocinarle su platillo favorito porque se extinguieron los patos que vivían en el lago. Le encantaba el caldo de pato con guajillo colorado”, aclara e indica que le llevaron sus cigarros Faros.

Conforme las horas caminan imperturbables, los descendientes de Margarita y José Bernardino llegan al cementerio. Ponen canastas con pan en forma de animales, pero también tamales, naranjas, chayotes, calabazas y elotes. La mujer lo mencionó en purépecha: curunda, purú, capopo, tiriapo, y aclaró: “si usted hablara purépecha, podría narrarle tantas historias para que conociera la belleza y profundidad de nuestro pueblo, lo que significan para nosotros la vida y la muerte”.

Margarita sabe que el tiempo huye y la vida se consume. Habla pausadamente y recuerda que sólo un año no acudió al cementerio porque se sintió enferma. Se quedó en casa a dormir, pero en un sueño febril apareció ella, su suegra, quien le pidió que se levantara de cama y se trasladara al panteón a velarla.

“Es que ellos, nuestros muertos, regresan a las 12 de la noche y parten de nuevo alrededor de las seis de la mañana”, aclara Margarita, quien explica que les preparan comida con mucho gusto y los esperan para estar en contacto una vez al año.

En otra zona del cementerio de Santa Catarina, muy próximo a la orilla del lago de Pátzcuaro, permanece solitario Carlos de Jesús, quien vela a sus hijas, a sus niñas que un día sellaron sus ojos y se entregaron al sueño de la muerte. Sólo él conoce su dolor.

Carlos de Jesús gastó más de mil 500 pesos en el altar y la ofrenda que dedicó a sus hijas. Reconoce que en Cucuchucho, como en muchos pueblos, es alto el índice de mortandad entre la población infantil y juvenil.

Cerca de la barda perimetral del cementerio de Santa Catarina, la familia Hipólito convive. Horas antes, en el lapso del día, rezaron cuatro rosarios en casa, donde también instalaron un altar y ofrendas.

Reunidos alrededor de la tumba de sus antepasados, dialogan y hasta bromean. El altar y las ofrendas representan un valor de cinco mil pesos, sí, cinco mil pesos en un país donde el salario mínimo es de 70 pesos diarios.

La familia Hipólito disfruta el altar con sus ofrendas y espera la llegada de las ánimas de sus antepasados. Colocan algunos objetos y alguien asegura con risa: “eso no se pone en la cabeza, sino en el corazón”.

LA TUMBA SOLITARIA

Los óleos de la vida y la muerte se reúnen y funden esas noches y madrugadas de noviembre para plasmar las costumbres y tradiciones ancestrales del pueblo purépecha. Las familias, reunidas alrededor de los sepulcros con altares y ofrendas, esperan a sus muertos; pero hay algo que trae congoja y son, precisamente, las tumbas abandonadas, solitarias, olvidadas por quienes alguna vez, sin duda, derramaron lágrimas ante la partida de sus seres amados. Por diversos motivos, los sepulcros permanecen solos, con mayor melancolía que otras noches, quizá porque uno siente, al mirarlos, que la trayectoria existencial puede ser tan bella y grandiosa que al final quede como legado una historia inolvidable que alumbre los caminos de los demás, o al contario, tan opaca y triste que deambule perdida en la oscuridad del olvido y la tristeza.

3 comentarios en “Magia, tradición y sincretismo en la noche de muertos de la zona lacustre de Pátzcuaro

  1. Me gusto mucho tu texto. Cucuchucho fue mi parte favorita. No me había puesto a pensar que la comida de nuestros muertos cambia con el tiempo, que el ecosistema cambia. Tampoco me puse a pensar en el gasto que hace la gente para elaborar un altar o decorar una tumba. Yo solo he admirado su belleza.

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