No lo hagas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No puedes ocultarlo. Muchas veces, en las noches de intensa soledad y tristeza, confiesas tu necesidad de acudir al espejo del baño, revisar tus ojos dilatados, tus facciones alteradas por el dolor y el miedo, para así justificar tu acto y hundir el cuchillo en la yugular.

Quieres dormir, alejarte del mundo, porque argumentas que ellos, los hombres y las mujeres que te rodean, te han causado mucho daño, un padecimiento irreparable que sólo, insistes, se cura con renunciar a los días de la existencia.

Hay días en que luces un aspecto más sereno, pero siempre con la mirada inquieta, aquí y allá, en busca de la cuerda, la navaja o las pastillas que te conducirán allende las fronteras de la vida, donde nadie te molestará, según anuncias.

La tentación es muy grande. Aseguras que en la balanza de tu existencia hay más dolores, fracasos y tristezas que alegrías y triunfos. Alegas que necesitas separarte de la humanidad, alejarte de quienes te han lastimado, confinarte en el olvido.

Quizá la decepción amorosa te ha conducido a la orilla de los abismos, como a otros, en tanto, los han empujado las enfermedades, la desdicha, el llanto, los fracasos, la muerte de alguien muy querido o la melancolía. A todos los miro en el borde del precipicio oscuro, sin final, titubeantes, en espera de un instante de locura para arrojarse y no volver jamás.

Retrocede porque nada justifica que te arrebates la oportunidad de vivir. Por más atormentada y terrible que sea tu existencia, un día concluirá. No te anticipes. Todo momento llega. La vida humana es un punto imperceptible dentro de lo inconmensurable del universo, de la eternidad.

Lucha hasta el final. No llores por una enfermedad que no tiene remedio, y menos por un amor que no es para ti y te rechaza. Nada merece que uno se retire voluntariamente del camino existencial. Tienes que probarte con lo que eres. Hundir el cuchillo y trozar las venas, no es símbolo de valentía, sino de debilidad y cobardía. Nadie te recordará, si eso pretendes, por tu acción; al contrario, todos se compadecerán por unos días, reprocharán tu conducta y te olvidarán.

Y mientras la trama de la vida continúa en el mundo, con sus luces sombras, tú quedarás atrapado en un pozo sin final, oscuro y helado, donde tu acto vergonzoso se presentará en tu ser una y otra vez. No hay escalera para el retorno. Los seres que amas caminarán por un sendero diferente al tuyo porque si ellos eligieron la vida, por más señales de dolor y tristeza que existan, tú, en cambio, optaste por la muerte.

Impide asomarte por la ventana o abrir la puerta cuando el suicidio toque, porque si cedes a su llamado, por lo menos por ocurrencia o tentación, se convertirá en un inquilino en tu mente y corazón, morará en tu casa, caminará a tu lado y te convencerá, al final, de que seas su consorte.

No lo hagas, por favor. No eches a perder tu evolución. Nada en este mundo justifica que te robes la vida y la arrojes a un barranco profundo. Ningún padecimiento, por fuerte que sea, amerita el acto del suicidio.

Abandona la obsesión de la navaja, la cuerda o las pastillas. Mejor sujeta con tus manos la idea de que la vida es una prueba temporal y trata de alcanzar, con lo que tienes, el amor y la felicidad.

Un comentario en “No lo hagas

  1. Tal vez una de las acciones más complicadas en la vida es inyectarle vida a quien se ha declarado vencido. Esa necesidad de convencer que todo lo malo pasa y pasa justo en el momento en que uno lo decide así, deja, muchas veces, un sabor de impotencia y, a la vez, de esperanza. De impotencia por la interrogante de saber si fuimos lo suficientemente convincentes para que el otro desista de su intención fatídica y siga la vida, avance en el camino, evolucione en su desarrollo interior como usted asegura. Esperanza de haber tenido la sensibilidad de llegar al corazón, al alma del débil, del vulnerable. De haber logrado inyectar vida. Complicado, con toda seguridad complicado.

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