El muro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta tarde, mientras paseaba y reflexionaba por las callejuelas de la ciudad, transité silencioso a un lado del muro, de la pared de piedra que, por la hora, proyectaba tintes sombríos, como para llamar la atención de los caminantes, sacudir su conciencia y anticiparles, parece, que la fugacidad de las horas se relaciona con la brevedad de la existencia.

Todos caminaban distraídos, unos con sus parejas, otros con niños y algunos inmersos en sus preocupaciones, asuntos cotidianos y pensamientos. Nadie prestaba atención al lenguaje del muro, a las voces del silencio, a los susurros del tiempo.

Un viento suave y melancólico sopló, quizá para recordar las tardes otoñales, cuando las hojas se desprenden de los árboles y sus otrora rostros verdes se tornan en laminillas doradas y quebradizas que se dispersan hasta pulverizarse en el olvido.

Mientras caminaba, contemplé el muro de cantera que separa la aurora del ocaso, las luces de las sombras, las sonajas de los sepulcros, el bullicio del silencio, la vida de la muerte. Allende la pared, percibí los murmullos de lo que parece a muchos el gran final. Entre las tumbas solitarias flotaba el ambiente de la muerte; afuera, en cambio, el bullicio.

Comprendí, entonces, que entre la vida y la muerte sólo existe una división, una franja endeble, un muro que ofrece, en un lado, las flores multicolores y la posibilidad de escribir una historia -buena o mala-, y en el otro, en tanto, el sueño, el final mundano, la conclusión de la vida humana.

La vida es tan breve y frágil, que si hoy uno deambula por la campiña multicolor, al rato, dentro de algunos instantes, días o años, la jornada existencial acudirá puntual a su cita irrenunciable y finiquitará los capítulos de una historia que indudablemente quedará inconclusa. Casi siempre la trama de la vida queda interrumpida y, por lo mismo, las historias de los seres humanos -grandiosas o insignificantes- no se completan; aunque lo importante, hay que recordarlo, no son la cantidad de años ni las conquistas materiales lo que cuentan al final, sino lo bueno o malo que se hizo durante la caminata.

Invitan los sepulcros al dolor, principalmente en los cementerios vetustos; no obstante, las tumbas abandonadas y frías o cubiertas de flores marchitas -recuerdos de dolores y ecos de lágrimas-, estimulan a la reflexión, a meditar sobre la vida y la muerte.

Tal vez recuerdan la fugacidad de la vida y que uno, como hombre o mujer, irremediablemente transita hacia ese final tan temido por muchos. La belleza física y la juventud carecen de porvenir, y tal realidad quebranta los esquemas de las mayorías, al grado, incluso, de que atrapados en su ausencia de valores y perdidos ante la falta de un itinerario, optan por experimentar los días de la vida al máximo, según ellos, en una aparente felicidad que consta de la embriaguez de los sentidos, los placeres sin amor y la inmediatez. Prefieren vivir artificialmente y sin rumbo que ser protagonistas de una epopeya.

Así, en innumerables tumbas podría leerse el mismo epitafio: “aquí yace quien un día nació con todas las posibilidades de ser extraordinario y consumió las horas pasajeras en la cotidianeidad y la rutina, en una melancolía fatal, en el brillo de las copas, la ambición desmedida, los placeres carentes de amor y las preocupaciones”, y podría agregarse, de acuerdo con las creencias: “duerme el sueño eterno aquel que desperdició cada instante en banalidades. Entregado a ocupaciones baladíes, olvidó cultivar detalles y amor, dar lo mejor de sí a los demás, dejar huellas indelebles y convertirse en una persona extraordinaria, única e inolvidable”.

Toqué el muro de piedra que me separaba de la vida y la muerte. Sentí la textura de la cantera que aún conservaba la tibieza del crepúsculo postrero que minutos antes incendiaba el horizonte, igual que un cuerpo que pierde la vitalidad.

Reaccioné. Casi llegaba a la esquina, al final del muro perimetral, cuando recordé que cada instante, sumado, compone los años de la existencia, hasta que un día, el menos esperado, desciende el telón y se acaba la obra.

Decidí, en consecuencia, mirarme, escudriñar lo que soy, voltear a mi alrededor, precisamente antes de llegar a la esquina, donde concluye la barda. La caminata hacia el final del muro me pareció impostergable porque todos vamos al mismo rumbo; aunque la diferencia consiste, creo, en elegir las luces o las sombras.

Hace algunas horas modifiqué mi marcha hacia la esquina, al final del muro, y decidí no voltear más a las sombras y las historias irrecuperables, de no ser para asimilar lecciones, porque en lo sucesivo fijaré la mirada en la alegría de la vida, en los colores de la naturaleza, en la sonrisa, en el amor y en los detalles y principios que elevan. La barda de cantera me habló e insistió: “ve la luz, no las tinieblas, porque la vida es amor, belleza, alegría, sencillez y valores. No seas como quienes interrumpieron sus historias al sentir el arrullo de la muerte. Transita a la eternidad, sigue el camino de la inmortalidad”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s