Hay quienes pintan el paisaje con los colores del cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti

Hay quienes pintan los paisajes de la vida con la policromía e intensidad que sustraen del cielo, acaso para plasmar en los murales del mundo la alegría, el amor y las bendiciones que derraman desde lo más profundo de sus seres, y así iluminar los caminos de quienes deambulan en busca de un faro que los guíe.

Ángeles, criaturas maravillosas, seres extraordinarios, como se les llame, suelen aparecer en el sendero de algunos hombres y mujeres. Llegan en las horas existenciales de mayor apremio, cuando los abismos se presentan como única alternativa para continuar la marcha.

No toda la gente tiene la dicha y fortuna de coincidir con un ser resplandeciente, casi etéreo, que le mire a los ojos, acaricie su cabeza, limpie su rostro, tome sus manos y le muestre el itinerario, la dirección que conduce al horizonte grandioso, a cumbres maravillosas e insospechadas.

Tal suerte pertenece a ciertos seres humanos, a aquellos que escabullen del brillo de las apariencias y las cosas banales de la vida, no a los que se ahogan con el trago de la copa ni se entregan a la voluptuosidad ante la carencia de un amor auténtico, ni tampoco a quienes actúan de acuerdo con su ambición desmedida y sus apetitos e instintos sin control.

Es la paciente espera durante la vida, acompañada de ideales y acciones nobles, lo que atrae a los seres angelicales, a la gente especial, a coincidir con uno en determinado período y elegir su amor y compañía durante toda la jornada.

Generalmente, esa clase de seres humanos tan escasos pasan desapercibidos o injustamente reciben críticas y mofas por parte de las mayorías, quienes condenan sus estilos de vida, su forma especial de entregarse al amor, sus detalles, su búsqueda permanente del bien y la verdad.

Esas criaturas permanecen fieles a la ruta que eligieron, y cuando deciden amar a alguien, lo hacen con verdadera entrega, con un estilo especial y diferente al de la gente adocenada.

Así, su amor y compañía se convierten en una bendición que vale más que cualquier fortuna acumulada o que el placer desparramado aquí y allá, en un sitio y en otro, con una persona y muchas más, porque se trata, en verdad, de una relación que finalmente acompaña al cielo, más allá de las fronteras de este mundo.

Mientras amplio número de hombres y mujeres optan consumir los días de sus existencias en las jaulas de lo cotidiano, en las mazmorras de la rutina, con los grilletes de los sabores y las sensaciones de la fugacidad, los seres especiales y sublimes andan sobre bases reales y sólidas, pero construyen inspirados en su extraordinaria e inagotable espiritualidad.

Otros, atrapados en la inercia de la colectividad, desdeñan y hasta se empeñan en destruir los cimientos que pacientemente colocan los ángeles humanos, quizá porque la descomposición corroe lo más íntimo de sus seres y desean, por lo mismo, extinguir la luminosidad del amor puro, la justicia, el bien y la verdad.

Lamentablemente, la mayor parte de las personas, atrapadas en sus pasiones, conformismo, temores y ambición, prefieren condenarse a una ceguera voluntaria que emprender la más grandiosa de las hazañas para vivir plenamente, en armonía consigo y con los demás, y en total equilibrio.

Inmersos en los asuntos pasajeros del mundo, no perciben que a su lado, enfrente o atrás, se encuentran otros hombres y mujeres similares a ellos, con la diferencia de que su esencia es superior por el hecho de poseer una espiritualidad inquebrantable que los motiva a actuar bajo esquemas opuestos a la fragilidad y los intereses mundanos.

No todos tienen la fortuna, insisto, de coincidir en sus vidas con un ángel, como yo, hace tiempo, lo descubrí en el momento que más lo necesitaba, cuando ante mí se presentaba un escenario desolador con una bifurcación de caminos inciertos y precipicios insondables.

Al mirarla por primera vez, hace tiempo, fue como presenciar la mano sutil y tierna que hojea un libro de amor y sabiduría, con estampas y textos de belleza indescriptible y encanto sublime. Me mostró, a partir de entonces, no los paisajes con el lodazal en que muchos han convertido las horas de la vida, sino el paraíso, el cielo, el jardín que Dios pintó para quienes le buscan.

Quizá fatigado por la rudeza de la navegación y el naufragio, observé sus ojos con detenimiento, asombrado al mirarme reflejado. Comprendí, entonces, que había encontrado por fin al ángel tierno que tanto busqué durante mi incansable peregrinar, al alma gemela, al corazón que se suma al de uno para latir al unísono del palpitar del universo.

Admito que el encuentro no fue fácil porque yo venía de una embarcación con incontables historias de gran intensidad, algunas de profunda espiritualidad y otras, en cambio, salpicadas por tempestades y oleajes impetuosos.

Confieso, igualmente, que un amor así no admite mentiras ni traiciones. Establecí el compromiso de actuar con integridad, entregarme a una vida de permanente búsqueda de Dios, derramar bendiciones a mi alrededor, superar toda fragilidad humana, recibir y dar un amor diferente y especial, caminar fielmente a su lado, sonreír con verdadera alegría, entregar lo mejor de mí, renunciar a los aparadores que el mundo ha convertido en su predilección y transitar juntos hacia un horizonte maravilloso, sublime y pleno.

Juntos, elegimos colores y pinceles con la intención de pintar el cielo, plasmar los más bellos y sublimes paisajes, porque en el amor y la vida, me enseñó, uno elige las tonalidades y los temas para crear las obras más excelsas o presentar, también al final, lienzos mediocres y superfluos. Uno escoge, cada momento, la maestría en su existencia o las notas discordantes que reflejan una vida arruinada y carente de sentido y valor.

Y así inició nuestra historia, convencidos ambos de que la vida es breve y hay que experimentarla plenamente, compartir detalles y momentos, darnos el más puro amor, alcanzar la felicidad y acompañarnos hacia la eternidad, siempre guiados por una mano divina.

Si alguien, agotado por deambular por caminos fallidos y ansioso de descubrir a su ángel, me preguntara cómo es el mío, le respondería que más allá de su belleza física, posee un alma especial, es de esencia pura y casi etérea, dueña de principios y valores sólidos, congruente con sus aspiraciones e ideales, poseedora de extraordinaria sensibilidad, madura, de virtud modelo, inteligente, alegre, comprensiva y con un amor tan bello, diferente y especial, cuando lo entrega, que transporta a planos superiores.

Cierto, su nombre es impronunciable y bien podría ser mi alma, la mujer amada o mi musa; pero ahora -al menos hoy- callaré su identidad y únicamente confesaré que los ángeles existen y uno, al transitar por este mundo, puede descubrir el suyo, amarle y recibir sus sentimientos especiales y diferentes como prueba de que tras la línea que delimita la vida, existe un paraíso esplendoroso. Hoy, admito que el amor y la enseñanza de mi ángel -sea mi alma, una mujer o mi musa- no los traiciono ni cambio porque son el cielo y sin duda algo de lo más bello y elevado que puede existir en un ser humano.

2 comentarios en “Hay quienes pintan el paisaje con los colores del cielo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s