Vicente Segura, “El Niño de Oro”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Relataban los abuelos que años antes del movimiento revolucionario de 1910, cuando las calles teziutecas, en la sierra norte de Puebla, exhalaban el aroma de la fruta que abundaba en las fincas, de las tejas mojadas y de las macetas de barro que adornaban los balcones con herraje, los moradores, asombrados, presenciaban el paso airoso de un niño de bucles de oro, muy hermoso, con aspecto de príncipe, que vestía trajes de terciopelo con cuello blanco, inmaculado y de encaje, con zapatillas de charol y hebillas de plata, quien era acompañado, durante las mañanas nebulosas y frías, por un hombre de edad avanzada, su sirviente, cuyas grandes patillas y sombrero singular cautivaban la atención.

Niño elegante, aquél, que el viejo asistente acompañaba hasta el colegio, alguna casa o el templo y que contrastaba con los hombres y mujeres de gran refinamiento que vestían de acuerdo con las modas porfirianas y parisinas, y con los arrieros que guiaban y gritaban injurias a sus mulas cargadas con bultos pletóricos de chiles secos, café, maíz, tabaco y vainilla, y embestían o salpicaban de lodo a los infortunados que encontraban a su paso.

Desde las casonas con balcones o enrejados, las niñas y adolescentes lo miraban y suspiraban ante su paso, acaso porque les recordaba alguna de las estampas o uno de los personajes nobles que leían en sus libros de cuentos e historias durante las noches de neblina y lluvia. Parecía, aseguraban, un personaje de encanto que se había transformado en realidad. Transitaba por las callejuelas empinadas y cubiertas de neblina.

Lo mismo las familias linajudas que las que menos recursos económicos poseían, se preguntaban sobre la identidad de aquel niño de aspecto principesco, quien se encontraba hospedado con sus parientes en una de las casas ricas de Teziutlán, Puebla.

Si había, en aquella época porfiriana, una familia, la de los Castillo, que la gente apodaba “Los Burros de Oro”, a éste, al pequeño con aspecto de monarca, le denominaron “El Niño de Oro”, y no solamente fue por sus rizos dorados, sino por su alcurnia y riqueza.

Ante la cabalgata del tiempo, los teziutecos se enteraron de que “El Niño de Oro” era hijo de un matrimonio acaudalado de Pachuca, Hidalgo, cuya bonanza de la Compañía Minera de San Rafael y Anexas les brindó tan privilegiada posición social. Ellos, el padre y la madre, murieron jóvenes y quedó como tutor del infante heredero el magnate minero José de Landero.

A pesar del aislamiento habitual del cautivante personaje infantil, algunos mozalbetes privilegiados entablaron amistad con él; mas un día, por alguna causa, sus familiares abandonaron Teziutlán y nadie supo su paradero, hasta que al cabo de los años, cuando la etapa porfiriana se mecía en su ocaso, los habitantes de la Perla Serrana se enteraron de una noticia que acaparó su atención: “El Niño de Oro”, el elegante y pequeño príncipe que coexistió con ellos en el pasado, se llamaba Vicente Segura Martínez y era, para sorpresa de todos, célebre torero en México y España.

Dueño de una fortuna inmensa, Vicente Segura Martínez arriesgaba su vida y toreaba al lado de grandes figuras mexicanas y españolas. Disfrutaba, entonces, el dulce sabor de la fama y la opulencia. La gente argumentaba que era un ser extraordinario, un personaje envidiable, un hombre dedicado a su pasión. Hombre él, decían, de leyenda.

Si en Pachuca moraba su abuela tan amada, su espíritu aventurero lo motivó a estudiar en el Colegio Militar y también en un instituto norteamericano. Tuvo a su disposición una cuantiosa fortuna e incluso le perteneció la Hacienda de Guadalupe, en el estado de Hidalgo.

Discurría la primera década de la vigésima centuria, cuando en Pachuca se le veía en un automóvil italiano, conducido por un chofer, sobrino, por cierto, de un cardenal; pero también era del conocimiento popular que él, Vicente Segura, tenía gran inclinación por los toros y la charrería. Así, cuando tenía 24 años de edad, tomó la alternativa en México de manos de Antonio Fuentes Zurita un 27 de enero de 1907, de modo que durante la tarde del 6 de junio de aquel año, encontrándose en Madrid, España, se le concedió el título de doctor en tauromaquia.

Fuentes Zurita lo apadrinó en España, teniendo como testigo a Ricardo Torres “Bombita”. Tuvo una brillante participación en un cartel que compartió con Fuentes, “Bombita” y “Machaquitó”.

Nadie desconocía que en España, antes de su retorno a México, era admirado por condesas y duquesas, quienes le expresaban su amor; pero también fue evidente que compartió cacerías con parte de la corte de Alfonso XIII.

Ya en México, el torero Vicente Segura ofreció una corrida inolvidable, e incluso solventó dos trenes de recreo para que los otros, sus amigos que vivían en Pachuca, Hidalgo, asistieran y compartieran con él su triunfo.

Un día, cuando inició la Revolución Mexicana, Vicente Segura, “El Niño de Oro”, renunció a su romance con la celebridad y la fortuna material, al grado que optó por las arma. Invirtió en la formación y el equipamiento de una brigada revolucionaria, que fue conocida como “Hidalgo”, y en ocasiones, seguramente en su honor, “Torera”, la cual luchó en La Huasteca y se unió a las fuerzas de Pablo González.

Sus contemporáneos manifestaban que a diferencia de otros personajes acaudalados que estaban conformes con Porfirio Díaz Mori en el poder de la nación porque su permanencia les garantizaba la oportunidad de continuar incrementando sus fortunas, él, “El Niño de Oro”, decidió participar en el movimiento revolucionario.

Hay que recordar que de acuerdo con el censo de 1910, el 75 por ciento de los mexicanos eran analfabetos. De los 15 millones de mexicanos, únicamente el 25 por ciento moraban en las zonas urbanas, mientras el resto de la población era rural.

Discurrían los meses de 1911 cuando Vicente Segura se incorporó al movimiento maderista y fue Venustiano Carranza quien le confirió el grado de general. Cambió el semblante de la fama por el de la batalla.

Conoció el fragor de las batallas, el aroma de la sangre, el sabor del peligro. A sus experiencias de niño acaudalado y consentido, de torero aclamado, se sumaron las de revolucionario.

Al concluir, por fin, el movimiento revolucionario, decidió regresar al Teziutlán que alguna vez ya distante, en los minutos de su infancia, lo acogió con amor y asombro, y allí, en la Perla Serrana, ofreció una corrida. Los hombres que antaño, en la infancia dorada, convivieron con el afamado heredero, ex revolucionario y torero, lo saludaron con emoción y revivieron, juntos, la epopeya que compartieron.

Relata la historia que en octubre de 1921 regresó a lo que tanto amaba, a los toros, reapareciendo en la temporada de 1922. Destinaba sus honorarios de torero a obras de beneficencia.

En la época en que reinició su carrera de torero, la correspondiente a la década de los 20, los generales revolucionarios, los que supuestamente lucharon por causas justas, estaban empeñados en arrebatarse el poder a cualquier precio, mientras él, “El Niño de Oro”, repartía su riqueza a quienes más lo necesitaban.

Con un pasado de leyenda, Vicente Segura, “El Niño de Oro”, instaló su despacho en la casa que perteneció al acaudalado Pablo Escandón, y así partió un día, como todos, con la novela de su existencia. El huérfano y heredero niño de bucles de oro que sintió la llovizna teziuteca, el torero que experimentó la emoción del peligro, el joven con aspecto de príncipe que arrancó suspiros a las doncellas acaudaladas y linajudas de España, el revolucionario que solventó el equipamiento de su brigada, quien nació en Pachuca, Hidalgo, el 12 de diciembre de 1883, murió en Cuernavaca, Morelos, el 20 de marzo de 1953, llevándose en su memoria la experiencia de haber sido un personaje irrepetible. Partió con un costal pletórico de anécdotas, capítulos, experiencias e historias con más valor que la fortuna que acumularon sus antepasados.

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