El perfume

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Recuerdo tu perfume. La fragancia se impregnó en mi mejilla al besarte, en mi mano al estrechar la tuya, en mi camisa al abrazarte, como si la esencia se hubiera empeñado en acompañarme para recordarte toda la noche, al regresar a casa emocionado y con ilusiones, mientras las estrellas luminosas y silenciosas asomaban por la ventana de mi buhardilla.

Admito que el aroma pasó de ti a mí, como algo etéreo y mágico, símbolo, acaso, de la unión de dos seres -tú y yo- que ya se presentían antes de coincidir en un rincón del mundo.

Nunca el aroma de un perfume me había parecido tan especial como el tuyo, aquella noche de nuestro encuentro, acaso porque fue la hora en que me miré retratado en tus ojos, quizá por tomar tus manos y declararte mi amor, tal vez por el ambiente romántico entre flores y velas dispuestas en la mesa.

Gracias a la delicadeza de tu perfume, aprendí que existen fragancias capaces de estimular sensaciones y provocar recuerdos. El tuyo, lo confieso, delató tu estilo y la naturaleza especial de tu ser.

Intenté conservar la fragancia de tu perfume en mi olfato, en mi memoria, como quien guarda el pañuelo o la diadema de su amada en un cofre secreto; sin embargo, descubrí, también en casa, que se diluyó igual que los minutos que compartimos o la lluvia que admiramos y nos mojó mientras pisábamos los charcos, reíamos y jugábamos.

Esa noche, ahora te lo revelo, apliqué en mi piel y en mi ropa las últimas gotas de un perfume que durante muchos años conservé y reservé para un momento especial de mi vida, y fue contigo, sí, con la mujer a la que esa noche declaré mi amor, con quien lo consumí.

Aquella noche, al regresar a casa y todavía percibir la fragancia de tu perfume mezclado al mío, noté que conforme transcurrían las horas, se transformaban en ecos de historias compartidas, en recuerdos de instantes dichosos, en imágenes bellas e irrepetibles.

Más tarde, al despertar, la esencia de los perfumes de ambos ya formaba parte del ayer y yacía, en consecuencia, en mi memoria, en los latidos de mi corazón, en las evocaciones, en algún pasaje de nuestra historia.

Obtuve, tiempo después, el nombre de la marca de tu perfume, el que aplicaste en ti aquella noche durante mi declaración de amor, y lo anoté en una libreta para recordarlo siempre y un día, sorpresivamente, comprarlo y regalártelo como muestra de mi más puro amor.

Tras nuestro encuentro, tú lo sabes, compartimos incontables capítulos, y si unas veces jugamos y reímos como dos pequeños en medio de un mundo de ensueño, otras ocasiones, en cambio, las dedicamos al diálogo, a pasear, a conocernos y a viajar juntos por la aventura existencial; aunque jamás hemos perdido la costumbre de halagarnos con los aromas de nuestros perfumes, igual que la primera vez.

Es cierto que la esencia de los perfumes escapa, igual que el tiempo, la belleza y la vida, por ser de naturaleza efímera; no obstante, parece que parte del encanto del amor es eso, experimentar los detalles e intensificarlos, eternizar la ternura, prolongar la dicha.

Si con tu perfume logro extender tu presencia, aunque en determinados momentos no te encuentres a mi lado, y si al mezclarlo con el mío siento nuestra unión, ahora sé que la esencia no de una marca, sino de nuestros seres, es la que trascenderá las fronteras del tiempo y nos dará el encanto de vivir el verdadero amor.

Es por eso que hoy te propongo que mezclemos la naturaleza de nuestros perfumes y propiciemos que el mundo, la vida y el universo se impregnen de nosotros, de la fragancia del amor que una mano prodigiosa e incorpórea -la de Dios- aplicó dulcemente en tu alma y en la mía.

Vida y muerte

“Ya casi con un siglo encima, el violinista sentía un peso inaguantable y, además, los estigmas de las ausencias. Conocía el dolor de la partida. Alguna vez, en años juveniles, había dicho adiós a sus abuelos, padres y hermanos, como después lo hizo con toda la gente querida y con los signos que le resultaban familiares. Por vivir tanto, conocía la angustia y el drama de separarse de la familia, de los amigos, de los vecinos, de la juventud, del vigor, de la salud, de la vista y ya casi de la vida…” Fragmento de la novela “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo inicia con llanto y concluye con un suspiro, como si la vida y la muerte se empeñaran en anunciar que están conectadas, que son sucesión una de la otra en un ciclo que parece inacabable porque al consumirse el día, siempre llega la noche, y tras las sombras nocturnas, aparece la luminosidad de la mañana.

Un día, el padre y la madre, atrapados en sus alegrías e ilusiones juveniles, asisten muy puntuales a su cita con el destino, al nacimiento de sus hijos, y así protagonizan su historia en el pequeño mundo que llaman hogar.

Es allí, en el hogar, donde padres e hijos ensayan las interminables pruebas de la vida y la casa se convierte en guardería, con las cunas, los biberones, las sonajas y los pañales; en jardín de niños, con los juguetes, las risas inocentes y el aprendizaje; en escuela, en colegio, con los pequeños y adolescentes que preferirían quedarse entre las cobijas o distraerse en vez de realizar las tareas, y los jóvenes universitarios, preámbulo de hombres y mujeres que repetirán la historia; en biblioteca, cine, dormitorio, comedor, sala de juntas, capilla y escenario de incontables capítulos existenciales.

Igual que la flor que un día brota de la tierra y recibe el rocío de la mañana, en el jardín o en la campiña, y se marchita al caer la tarde y regresar la penumbra de la noche, los rostros humanos se cubren de jeroglíficos que anticipan una ancianidad inevitable, hasta que de pronto son reclamados por los sepultureros

Quedan como testimonio de las alegrías y la vida, de las ilusiones y tristezas, de la fe y la esperanza, del amor y el odio, de los triunfos y fracasos, de los sueños y la realidad, de lo bueno y lo malo, las acciones, las palabras que fueron pronunciadas, las cosas, los retratos, las huellas.

Uno mira, en los colegios y los parques, a los niños que sonríen, juegan y corren, con sus cuestionamientos e inocencia, en su etapa de formación; a los adolescentes, envueltos en su proceso de metamorfosis, con su rebeldía e inquietudes; a los jóvenes, en sus estudios y fiestas, en los sueños que forjan; a los hombres y mujeres de edad madura, en medio de la contienda; a los ancianos y enfermos, en sus horas postreras, entre sus recuerdos y realidad, apoyados en una mano fraterna, en un bastón o en los muebles y barandales, como si contaran el tiempo y sus historias repetidas.

Vita brevis. La vida es corta, los años son breves, como un suspiro, y tras navegar por los océanos de la existencia, uno se convierte en eco, en ayer, en fragmento, en historia, en recuerdo, en olvido.

La naturaleza enseña, a través de las cuatro estaciones, las etapas de la vida. Hay quienes piensan que la primavera es permanente, quizá porque no imaginan que el período final es el del invierno, sin olvidar, evidentemente, las pruebas del verano y el otoño. Hay auroras, mediodía, tardes, noches y madrugadas. Uno es el pasajero que recorre todas las estaciones sin posibilidad de quedarse permanentemente en alguna.

Resulta evidente que las manecillas del reloj transitan impostergables, indiferentes a la vida, a las cosas, porque su amo, el tiempo, impone marcas a quienes se atreven a desafiarlo.

Este día, mientras limpiaba y ordenaba la biblioteca, descubrí fotografías en las que aparecen mis padres, libros que leyeron, cuadernos en los que anotaron sus reflexiones, cartas que recibieron, objetos que sostuvieron en sus manos, trozos que atestiguaron su caminata por el mundo, y al mirarlos, al tocarlos, sentí su presencia etérea, acaso por el impacto de los recuerdos, quizá porque reencontré su esencia en algún rincón de mi alma.

Conmovido, seguí buscando documentos y fotografías, hasta que encontré los que correspondieron, en su época, a mis antepasados. Nadie los recuerda porque no solamente se transformaron, al paso de las décadas, en ayer, sino en polvo. Ellos -mis antecesores-, junto con sus ancestros y descendientes, están condenados, como la mayoría de los seres humanos, a que nadie los recuerde. Todo, al final, se vuelve polvo. El olvido, parece, es más supremo que el recuerdo.

A diferencia de otros días, hoy no quedé atrapado en la estación gris y desolada; preferí abordar el tren y seguir viajando por la vida. Guardé, en una parte especial del equipaje, los recuerdos, no porque me estorben ni por pretender quedar atado a sus ecos, sino como parte de mi historia y por si algún día, en determinado momento, los necesito para reencontrarme y repasar lecciones, pero nada más.

Una madrugada, en la brevedad de su agonía inesperada, mi padre señaló a mi madre su corazón y de inmediato se desplomó su brazo. Otro día, muy temprano, mi madre concluyó su jornada existencial cuando más dichosos nos sentíamos.

Por primera vez, con mis padres, viví la experiencia de la pérdida, la sensación de la ausencia. Miré la bóveda celeste y pensé que en mi mundo, al menos en mi existencia, faltaban dos luceros, hasta que aprendí que nadie muere porque la esencia es infinita y la vida se renueva cada instante.

Confieso que el llanto me asfixiaba cuando recordaba a mi padre, a mi madre, durante las noches silenciosas, al llover torrencialmente, en las madrugadas solitarias, al amanecer, cada instante de mi existencia, porque si miraba las estrellas, si sentía las caricias de la lluvia, si el sol alumbraba el jardín, creía que algo vital faltaba en mí y a mi alrededor; pero un día comprendí, y así lo sentí, que ellos se encontraban en mi interior, en mi esencia, y admito que entonces los encontré en la policromía de las flores, en los ósculos del aire, en las tonalidades de la campiña, en la majestuosidad del océano, en el perfume del bosque, en la sinfonía de las cascadas, en la libertad de las aves.

Si la flor, en su fugaz existencia, tiene oportunidad de renacer, y si las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, revientan al recibir la mirada del sol y el soplo del viento, y después de viajar por la corriente retornan a la fuente para un día volver a brotar, estoy convencido de que todos los seres tenemos la dicha de mecernos en el deleite de la inmortalidad.

Ahora que miro los otros días, los de antaño, y contemplo los de mañana, sé que me encuentro en medio, en la embarcación del hoy, y que sólo dispongo de este momento para ser dichoso, experimentarlo intensamente, dejar huellas indelebles y protagonizar la historia más grandiosa e irrepetible, la de mi vida.

Me encuentro, parece, en una embarcación que algún día anclará en un muelle para que descienda con mi equipaje, con lo bueno y lo malo de mi vida, con las luces y sombras de mi existencia. He decidido, por lo mismo, experimentar el paseo de mi existencia con plenitud.

Las cuatro estaciones -primavera, verano, otoño e invierno- me dan una gran lección. Ahora, al entender que no hay ocaso sin aurora ni vida sin muerte, comprendo que existe una conexión etérea entre ambas y que no tiene sentido pensar con dolor y tristeza que el nacimiento y la expiración son motivo de llanto porque la luz y la sombra, después de todo, se complementan para manifestar las leyes más bellas y sublimes de la creación.

Cuando llegaste

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando llegaste a mi vida, descubrí mi capacidad para distinguir entre la majestuosidad y el encanto del cielo y la belleza transitoria del mundo, acaso porque en ti percibí al ángel tierno que me tomó la mano para amarlo, quizá por ser la mujer que tracé en mis sueños, tal vez, ahora lo entiendo, por haberte delineado al fundirme en el universo y tocar a la puerta de Dios para pedirle un regalo infinito.

Oí un día, cuando era niño, que los ángeles existen y se manifiestan, en ocasiones, a algunas personas afortunadas. Siempre creí que alguna vez tendría un encuentro extraordinario e intenso con mi ángel, y así aconteció, lo confieso, cuando llegaste a mi morada.

Me encontraba en medio del mundo, entre las páginas de mi historia, con las luces y sombras de mi vida, cuando llegaste con un farol en la mano y una sonrisa resplandeciente, invitándome a seguir las huellas inscritas en el camino.

Oscurecía, parece, cuando llegaste y me reconocí en tu mirada luminosa. En silencio, enlazamos las manos, observamos embelesados nuestros reflejos y pegamos las mejillas para susurrar palabras mágicas a los oídos.

Los murmullos de las cascadas, los ríos, el océano y la lluvia se disolvieron, cuando llegaste, hasta tocar con sus manos invisibles las cuerdas del arpa y los violines, las teclas del piano, y junto con la pintura de las flores, los bosques y las mariposas, crear un paraíso para nosotros, tú y yo, los de siempre.

Fue esa ocasión, cuando llegaste, uno de los instantes más dichosos que he experimentado, y no porque tuviera ante mí una figura hermosa, como lo eres, sino por la riqueza interior que irradias.

Dicen, los que creen saber, que duele nacer; pero me parece que se equivocan porque cuando llegaste a mi vida, experimenté regocijo ante la aurora que se anunció por el dintel de la puerta y la ventana.

Comprobé, cuando llegaste, que nunca es tarde para comenzar a vivir con plenitud. La vida empieza cada instante, y si alguna vez llega la tarde o la noche, existe la esperanza del amanecer.

Descubrí, cuando llegaste, que eres a quien dibujé, la mirada que me reflejó, el poema que compuse, la silueta que imaginé, el ser que sentí en mi interior, la musa que conocí en mi buhardilla de artista, la mujer que presentí desde algún rincón del alma.

Cuando llegaste al puerto desolado de mi existencia, yo era un náufrago que había perdido la embarcación durante una noche de tormenta implacable, en el océano más impetuoso. Miraste mi estado desgarrador en aquella playa solitaria, confiaste en mí y estiraste los brazos para recibirme.

Recuerdo que cuando llegaste al desierto de mis días, yo era un caminante extraviado en la arena, donde todos los rumbos parecían idénticos; sin embargo, al ofrecerte mi amor y mi vida, me mostraste el sendero al oasis, donde bebí agua cristalina y me recuperé.

Al observar las manecillas y el péndulo del antiguo reloj de pared, acuden a mi memoria las imágenes de cuando llegaste por primera vez a casa y tras beber café, hiciste una pausa con la finalidad de recomendarme que no intentara desarticular el engranaje y la maquinaria para frenar el tiempo, sino que aprendiera a vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre envuelto en el amor, la justicia, el bien y la verdad, porque los minutos son fugaces y sólo quedan los recuerdos, lo bueno y lo malo que se hace.

Nadie sabe que cuando llegaste a mi vida, portaba un libro -el de mi historia- con incontables capítulos escritos y protagonizados aquí y allá; pero también con innumerables páginas en blanco que preferí reservar para compartir y disfrutar contigo.

También, cuando llegaste, no lo olvido, descolgaste los cuadros de la tristeza que lucían en el muro de mis días, y los reemplazaste por pinturas alegres y hermosas, por imágenes iluminadas no con las luces artificiales, sino con el resplandor que solamente se desprende de los seres de esencia casi etérea como la tuya.

Estaba parado en la esquina, después de haber abierto y sellado cerraduras, cuando llegaste a mi lado con una llave distinta y me invitaste a entrar a otro recinto que hasta entonces presentía y que al conocerlo, quedé embelesado por las riquezas atesoradas.

Guardaba nostalgia en los expedientes de mi vida, cuando llegaste a mi archivero gris, al desván empolvado, con la intención de sacudir y destruir los documentos y fotografías entintados por las tonalidades de la melancolía. Sugeriste, entonces, que no hundiera los pies en el fango porque adelante, ante mi vista, la campiña era de intensa policromía y belleza. La diferencia, insististe, es mirar con alegría o tristeza, con amor u odio, con esperanza o desaliento, con ilusión o dolor.

Imaginé, cuando llegaste, que eras un ángel, uno de esos seres que Dios envía para amar y derramar felicidad, y no me equivoqué porque con el paso de los días, mi corazón ya palpitaba con el tuyo.

Estaba sentado en la canoa, solitario, cuando llegaste a mi lado, tomaste uno de los remos y me animaste a emprender un paseo por la vida. Remamos juntos, miramos paisajes, reímos con nuestras ocurrencias de niños inquietos y en medio del sigilo, el gran silencio, escuchamos las voces del universo, los gritos de la vida, los susurros de Dios.

Aprendí, cuando llegaste, que los años de la existencia son pasajeros y que lo mismo se consumen si uno es feliz o desdichado, porque la vida es indiferente, a menos que la decisión sea protagonizar la más extraordinaria e intensa de las aventuras.

Miraba la brillantez del cielo, cuando llegaste con el objetivo de informarme que si deseaba alcanzar la excelsitud o una estrella, tendría que construir un puente, una escalera, algo grandioso que impactara y dejara huellas en los demás. Fue, lo recuerdo muy bien, el día que me pediste que escribiera para que vibraran tu corazón y el del mundo.

Otras veces, cualquier día de mi vida, hubiera pensado que mi enamoramiento era un estado de ánimo fugaz, el espejismo de una ilusión sin fundamento, la hora que escapa ante el apresuramiento de las manecillas; pero cuando llegaste, descubrí que eres tú, la de siempre, el amor que conocí al principio de todas las cosas y que busqué incansablemente porque sé que contigo traspasaré las fronteras de lo humano para descansar en la banca inmortal.

Sí, cuando llegaste, el jardín de mi existencia floreció y crecieron, aquí y allá, flores fragantes, ufanas, multicolores, donde las mariposas de intensa policromía suelen posar en su vuelo alegre y ligero.

Olvidaba decir, por la emoción, que cuando llegaste al bosque de mis días, el ambiente umbrío se disipó ante tu caminata resplandeciente, quizá porque tu paso seguro indicó que conoces el itinerario, el sendero a la mansión más excelsa.

Ya no tiene caso llevar sobre la espalda el cargamento de los días nublados porque cuando llegaste, musa mía, me transformé en tu amante de la pluma y vislumbré los escenarios paradisíacos que esperan nuestra llegada. Sólo hay que ir tomados de la mano.

Todos los colores del universo se fusionaron y transformaron en arcoíris cuando llegaste, acaso porque en tu morral cargabas el lienzo y los pinceles para pintar nuestro paraíso.

Únicamente los seres privilegiados, los hombres y mujeres bendecidos, tenemos la dicha de unir los años de nuestras existencias a ángeles que rondan en este mundo para derramar todo su amor y sus virtudes, y eso lo comprobé cuando llegaste.

Yo sé que cuando llegaste a mi vida, a mis sentimientos, el cielo se aproximó al mundo con todo su esplendor. Así, al mirar arriba o estirar las manos, empecé a alcanzar las estrellas y a tocar el edén que creía tan olvidado y lejano.

Otras veces, insisto, hubiera pensado que se trataba de una fantasía, un sueño de esos que uno tiene al suspirar por un amor; pero cuando llegaste, musa mía, me convertí en tu amante de la pluma, en el corazón que palpita con el tuyo al unísono del concierto universal, con la música de la vida que se percibe en la lluvia, el río, la cascada y el viento.

Cuando llegaste, aprendí que no se trata de contar las estrellas que asoman en la bóveda celeste, y menos apagarlas, sino admirarlas y gozar su compañía en la inmensidad de un espectáculo irrepetible; comprendí que el sentido de la vida no es inventariar los árboles del bosque, las burbujas que surgen de los manantiales y las gotas de la lluvia, porque se trata de disfrutar y vivir magistralmente, auténticos y plenos, libres de ataduras.

Admito que cuando llegaste, tu risa natural, la dulzura de tus palabras, tus valores, tu inclinación al silencio interior, la búsqueda permanente de Dios como propósito de vida, la congruencia entre tus principios y tus actos, tu estilo especial y excelso, me parecieron, porque así lo son, diferentes a los de la mayoría del mundo.

Entendí, cuando llegaste, que eres distinta a la humanidad y, por lo mismo, fácilmente condenable por quienes te desearían por sus apetitos, por el afán de coleccionarte entre sus pasiones, por el embeleso de un coqueteo falso, y fue así que acepté unirme a ti por medio de un amor diferente, mágico, especial, intenso, superior e inolvidable.

Imaginé, cuando llegaste, que contigo protagonizaría una de las historias más esplendorosas y románticas que se hayan escrito en el mundo, y también, lo confieso, que serías mi inspiración para componer una obra especial, un libro sobre el amor, textos que quedarán como constancia de los sentimientos que desde entonces acompañan y fluyen desde nuestro interior.

Evidentemente, cuando llegaste, ya sabía que pocas mujeres son como tú, y que si los necios te llaman anticuada y tonta sólo por no acceder a sus apetitos y caprichos, eres de virtud modelo y capaz de dar todo tu amor y hacer feliz a quien te acepte, valore y respete.

No me equivoqué, cuando llegaste, al ofrecerte mi amor para cada día de nuestras existencias e incluso por toda la eternidad, porque la unión de ambos garantiza que navegaremos por los océanos de la inmortalidad.

Cuando llegaste, nací de nuevo, reí y miré los días de mi existencia como el azul del mar y el cielo al besarse en el horizonte. Desterré, en caso de que existieran, la soledad, el dolor, la tristeza y el miedo, porque a cambio recibí una cascada de encanto y felicidad.

No niego que cuando llegaste, Dios agregó nuevos colores, creó música e inventó el vergel más cercano a su hogar, tal vez porque tú y yo, la musa y el amante de la pluma, acordamos enlazar nuestras manos con la intención de caminar y mecernos en el columpio de la inmortalidad.

Lo que me enamoró de ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Admito que no fue tu belleza física, sino tu riqueza interior, lo que me enamoró de ti, porque de nada sirven el cuerpo y los rasgos atractivos si las personas carecen de sentimientos.

No fue la camisa que me regalaste la primera vez, sino tu interés de rescatarme del abandono en que me encontraba, tu intención de que siempre luzca ante los demás con porte distinguido y seguro, y tu recomendación para que defienda mi dignidad humana, lo que me cautivó de ti.

Tampoco fueron los arreglos florales que te envié o que muchas veces, haciéndome pasar por el florista o el mensajero, llevé a hurtadillas a tu domicilio, sino tu capacidad de asombro y la nobleza de tu ser para devolverme las gracias envueltas en las más bellas y tiernas palabras, lo que me atrajo a ti.

Estoy seguro de que no fueron los restaurantes y lugares que recorrimos juntos, sino tu disposición a ser feliz y compartir el amor y la vida conmigo, lo que me encantó de ti.

Gritamos henchidos de emoción al jugar en el jardín, al perseguirnos en el bosque, al atravesar el río por un tronco, al mirarnos y reír como dos locos enamorados; pero tengo la certeza de que no fue la idea de distraerme y renunciar, en determinados períodos, a la formalidad, sino la alegría de estar contigo, lo que influyó para tomar tus manos y mirarme retratado en tus ojos.

Iba  por mi ruta existencial, pero no fue, lo confieso, el hecho de haber coincidido contigo en algún paraje, sino la oportunidad de darles sentido a nuestros caminos, a la vida de ambos, lo que me estimuló a elegir el sendero más resplandeciente.

El anillo que antaño coloqué en tu dedo y el que tú, a la vez, pusiste en el mío, en medio del palpitar de la naturaleza, ante las voces del río, el concierto de las aves y los gritos de la vida, no fueron causa para intentar atraparnos, y así sentí que el amor de ambos era libre y auténtico, pleno y seguro, luminoso y eterno.

Ahora estoy convencido de que no fueron la canoa, el yate, la banca, el puente, el jardín y la fuente, sino la sencillez de tu ser tan especial y distinto, lo que provocó que desmantelara mi mundo artificial para juntos, siempre tomados de las manos, presenciar las auroras y los ocasos, el sí y el no de la vida.

Musa mía, no fue el arrebato de una pasión, como sucede con la gente de aparador, sino la promesa de un amor diferente, pleno y sublime, lo que finalmente me convenció de que eres tú el ser especial que busqué toda la vida.

Observo el ayer, el hoy y el mañana, siempre a tu lado, porque ahora sé que no fue un gusto pasajero, sino un amor auténtico, lo que me unió a ti, con todo lo que somos, con nuestras luces y sombras, con los trozos de historia que cargamos, con las puertas y ventanas que abrimos y cerramos, con el sueño que compartimos de ascender los peldaños de la escalinata que conduce hacia la dicha infinita.

Ahora que te miro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, recuerdo que son las mismas que un día, en mi infancia, acariciaron mi cabeza y mis mejillas, cuidaron de mí, me enseñaron a dar y me guiaron.

Hoy, cuando buscas tus anteojos sin darte cuenta que los portas, observo tu mirada agotada, la misma que a una hora y otra de antaño me leyó oraciones con la intención de fortalecer mi fe y cuentos para arrullarme, crear a mi alrededor un mundo asombroso y mágico, y así mitigar mis temores ante las sombras y tormentas nocturnas.

Al escuchar tu voz entrecortada, evoco los años en que con dulzura me aconsejaste y relataste innumerables historias. Tus palabras tiernas brotaban de tu boca igual que las burbujas diáfanas en un manantial.

Ya no escuchas, como antes, las conversaciones familiares, los conciertos, el trinar de las aves, el susurro del viento y las voces de la lluvia, los ríos, las cascadas, el oleaje y los truenos. Te hablamos al oído que años atrás -oh, ¿qué es la vida?- escuchaba nuestro llanto infantil y te motivaba a atendernos.

Tus brazos y piernas lucen trémulos e irreconocibles, como si pagaran el costo de una vida prolongada, útil y productiva, dedicada al bien y la verdad; no obstante, son los que me protegieron desde la cuna hasta los años de la adolescencia, y todavía en la juventud y madurez insistieron en cobijarme.

El médico dice que tu corazón se fatiga porque ya es viejo. No lo creo. Son argumentos de un especialista en la salud del organismo. Solamente late con menos fuerza porque descansa con el objetivo de llegar firme hasta el minuto postrero; pero es el órgano que se relaciona con el amor, con los sentimientos, y los tuyos siempre han sido sublimes.

Con frecuencia observo tus cabellos encanecidos, tu rostro arrugado, tu semblante reflexivo. Te veo en un ensimismamiento insondable, como si por lapsos te ausentaras del mundo, quizá por tus recuerdos, tal vez por la hora que se acerca, no lo sé; pero eres tú, así lo siento, el ser humano de siempre, quien alguna hora del ayer estiró la mano y bajó una estrella del cielo, y luego otras más, para que el soplo de un Dios benévolo formara la vida y naciéramos nosotros, tus hijos.

Al escudriñar tus pies hinchados, descubro que están empolvados y heridos no por falta de higiene y cuidado, sino por la caminata incansable que realizaste por diferentes senderos para dar lo mejor de ti a tu familia. Distingo tus huellas junto a las nuestras y compruebo, con los ojos cubiertos de lágrimas, que nunca nos dejaste solos, ni siquiera cuando la arena era ardiente o la tierra estaba alfombrada de cardos. No te importó espinarte al regalarnos los pétalos de las rosas.

Hoy que te descubro en el sillón, acuden a mi memoria imágenes de los otros días, cuando el hogar que formaste se convirtió en pequeño mundo donde protagonizamos la historia familiar más maravillosa, irrepetible, extraordinaria e intensa. Diste todo.

No podría seguir mi camino sin ti. Al abrir mis ojos por primera vez, te miré y fuiste, desde entonces, mi ángel en el mundo. Un día los tuyos se cerrarán, como quien ha cumplido su misión, y seré testigo de la despedida.

A otros, en la calle, el restaurante o el consultorio médico, seguramente les estorbas porque tus movimientos y reflejos se volvieron torpes. Camino a tu lado y te ayudo, como tú lo hiciste durante mis primeros años de vida, con un amor tan intenso que me sentí el hijo más bendecido y privilegiado.

Tal vez no reciba herencia material de tu parte porque todo lo repartiste al caminar por los senderos de la vida, y ahora que el almanaque casi llega al final, admito que tu legado es el más grande y excelso de todos, superior a cualquier fortuna, porque está basado en valores sólidos, en principios que si sigo y experimento con plenitud, me transportarán al sueño de la eternidad.

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, pienso que una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche desolada y fría, con los ojos humedecidos por las lágrimas y la voz entrecortada, diré ante ti: “fue una bendición y un honor ser tu hijo”.

Paréntesis

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es un viaje que de pronto parece interminable y, no obstante, un día concluye en cierta orilla, en algún sitio, porque la realidad humana se relaciona con la brevedad, como el día que espera la noche para diluirse, el arcoíris fugaz que aparece tras un aguacero matutino o la mariposa policromada que aletea al recibir las ráfagas del amanecer.

Nada es permanente. Uno, al transitar por el mundo, observa paisajes, hombres y mujeres que caminan aquí y allá, frecuentemente apresurados y distraídos, inmersos en sus asuntos cotidianos, en sus intereses, en sus colecciones de dinero y apetitos momentáneos, en su monotonía y rutina.

Otros, en cambio, andan en busca de la felicidad, pero la vorágine de la vida los envuelve y arrastra a abismos de los que difícilmente salen. La caminata de las horas, los compromisos y sus estilos de vida los atan a estacas inconmovibles, hasta que las ilusiones y los sueños se desvanecen irremediablemente y son sustituidos por frustraciones, miedo y tristeza.

Millones de seres humanos inician los días de sus existencias en el cunero y los concluyen en el sepulcro, carentes de una historia con valores, inagotable, bella, interesante, feliz, grandiosa, irrepetible, plena e inolvidable.

A veces están tan ocupados en sus jornadas, en sus asuntos, que durante la travesía carecen de tiempo para dedicarlo a quienes les rodean y expresarles, al menos con detalles o palabras, el amor que les tienen. Por eso la gente coloca rosas ante los ataúdes y en las tumbas, o las llevan a los hospitales donde los moribundos ya no pueden apreciarlas. No dispusieron de instantes para entregarlas en las manos. No tuvieron un momento especial para reír, de modo que al concluir la sonata existencial, derraman lágrimas y derrochan incalculables dosis de arrepentimiento y tristeza.

Es por eso, amada mía, que hoy he decidido hacer un paréntesis cada día de mi existencia para tocar a tu puerta, asomarme a la ventana, y mostrarte una sonrisa, la alegría expresada en mi rostro y la felicidad que brota de mi ser. Abrir espacios dentro del tiempo, paréntesis, no con el objetivo de ser el intruso de tu vida, sino el amor, la felicidad y el cielo de tu existencia.

Tengo el proyecto, lo confieso, de abrir espacios dentro de la vorágine cotidiana, no para resbalar y quedar abandonado en las llanuras interminables de la rutina, sino con la finalidad de que escuches mi voz expresándote los más nobles sentimientos o simplemente decir que pienso en ti y te percibo en mí.

Estoy dispuesto a cavar, depositar el escombro en parajes lejanos, para construir el más bello camino, el sendero que me conduzca a ti, a tus sentimientos, a tu risa, a tu felicidad, al vuelo que juntos, siempre unidos, emprenderemos a un paraíso mágico y esplendoroso.

Inmerso en mis sentimientos, en el proyecto existencial que te incluye para cada día, hago un paréntesis dentro de mis actividades cotidianas para susurrarte al oído que te amo, guiñar el ojo, abrazarte, tomar tu mano, besar tu frente con ternura, caminar juntos y entregarte los ósculos más dulces e intensos que haya probado cualquier ser humano.

Gracias a ti, al amor que me compartes, a tus detalles inigualables, a tu estilo especial, hoy he decidido abrir espacios dentro del tiempo para consagrártelos plenamente y así, al concluir la jornada, descubras atrás y a los lados las huellas de ambos, el testimonio de nuestro paso, y adelante, en tanto, el horizonte por el que andaremos libres y dichosos.

No me cansaré de correr a tu lado, reír, cargarte sobre mi espalda o girar hasta que caigamos al pasto felices, pasear, compartir la comida y los vinos más deliciosos, cocinar juntos, deleitarnos con la música, leer, admirar una pintura, asistir a un concierto, hundir los pies en el río y el barro para sentir el pulso de la vida, arrojarte los cojines de la sala, beber café y hasta jugar como dos chiquillos traviesos en su época dorada.

Alguna vez tendría que hacerlo, lo confieso. Es la hora de abrir paréntesis en mis actividades, contemplar anclajes durante la travesía, para dedicar los mejores instantes a ti, sí, a ti, mi musa, la mujer casi etérea que se convirtió en mi amor -el que soñé desde mis primeros años-, en mi inspiración, en mi dicha, en mi vida, en mi proyecto para la inmortalidad.

El amor y lo mejor de la vida se obtienen cuando se les dedica tiempo, cuando uno se entrega. Hay que hacer espacios dentro de la cotidianeidad, paréntesis sólidos, con la intención de colocar las bases, los cimientos, y así construir castillos, felicidad, sueños, realidades.

Hoy, al abrir un paréntesis, pienso en ti, te siento en mí y reflexiono profundamente. ¿Y si de pronto te comparto, amada mía, los paréntesis con detalles y tiempo especial? ¿Y si cumplo con la dinámica de los asuntos y compromisos formales, pero descubro cada día oasis para arrullarnos en la almohada y en el columpio de la dicha, el amor, la verdad, el bien y la plenitud? ¿Y si un día, al mirarnos a los ojos y volver a descubrirnos como hoy, ayer y otros días, acordamos unir nuestros corazones y fusionarlos con el palpitar del universo? ¿Y si en vez de entregar en tus manos una rosa, te regalo el más fragante y policromado de los jardines? ¿Y si refrendamos la invitación a caminar, tomados de la mano, por el mejor sendero, por el camino que conduce a los vientos de la inmortalidad, a los parajes de la eternidad? ¿Y si lejos de distraernos en lo mundano, en lo pasajero, diseñamos la ruta al más sublime de los sentimientos, al verdadero amor, hasta llegar a la morada de un Dios benévolo y grandioso? ¿Y si decidimos ser felices y amarnos siempre para no arrepentirnos alguna noche oscura, helada y silenciosa de lo que no hicimos? ¿Y si nos amamos toda la eternidad? Claro, necesito hacer paréntesis toda la vida para entregarte detalles con el más excelso de los amores.