2016

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nada es permanente. Todo, en el mundo, se consume. Del cunero al ataúd sólo hay, parece, un suspiro. La vida se convierte, al paso de los días, en evocación, en algo que sucedió dentro de la brevedad. Ni siquiera las fortunas materiales, los títulos académicos y nobiliarios, y la belleza física, salvan del gran final. Todo lo material se extingue porque carece de porvenir.

Y uno lo descubre a su paso. En diciembre, cuando la alegría y las reuniones se desbordan, sólo hay que esperar la caída del telón y el inicio del siguiente año, para mirar, en los botes de la basura, en un lugar y en otro, envolturas de regalos, botellas vacías de refrescos y bebidas alcohólicas, cajas que encerraron fantasías ilusiones y sorpresas, desperdicios de alimentos, igual que el féretro al concluir la vida. Sólo quedan, quizá, los buenos y los malos recuerdos.

Los recuerdos se transforman, con la caminata del tiempo, en lejanos ecos y murmullos para posteriormente, tal vez una tarde de lluvia o viento, dispersarse y quedar en el olvido. Las evocaciones tienen similitud con las hojas doradas y quebradizas que se desprenden de los árboles y barren los ósculos del aire.

Si el fatal destino de las horas es quebrantarse y confinarse en polvo, el de los seres humanos, en cambio, podría ser grandioso; sin embargo, los días se diluyen, generalmente, en asuntos baladíes, en lo cotidiano, en la rutina, en la ausencia de un proyecto existencial, hasta que la gente descubre con zozobra que las enfermedades o la ancianidad anuncian el minuto postrero.

Ante del inicio de cada año, innumerables personas en todo el mundo trazan rutas nuevas dentro de sus existencias, cambio de hábitos, mejorar sus condiciones espirituales, físicas, mentales y materiales; no obstante, la cotidianeidad los envuelve y abruma, hasta que nuevamente, como tiempo atrás, quedan atrapados en las cadenas que los esclavizan y se empeñan en convertir los momentos de sus existencias en notas discordantes. Se les mira, al regreso a clases o labores, con abrazos y pláticas efusivas, dispuestos a emprender sus planes; pero se trata de un paréntesis, de un capricho o una ilusión, porque al cabo de las semanas se les distingue igual que siempre, distraídos en sus asuntos cotidianos y en sus aficiones efímeras, como si los ciclos de sus vidas fueran recurrentes hasta el instante final.

Olvidan sus propósitos y regresan a sus modelos habituales, a sus esquemas repetidos de vida. Acaso los compromisos familiares, económicos y sociales, o quizá las deudas, los asuntos profesionales o de trabajo, o tal vez esas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen gran parte de la existencia, los distraen del sendero que habían diseñado con la finalidad de superarse como seres humanos.

La aurora del año entra por el dintel de la ventana, se anuncia por la puerta, pero también huye por alguna hendidura, como para que uno, al abrir y cerrar, comprenda que la vida es breve, que los días de la existencia son tan fugaces que parecen un suspiro, y entonces queden atrás, en el cesto de los desperdicios, la amargura, el resentimiento, las diferencias, el odio, la pereza, los vicios y las tristezas, para sustituirlos por las flores de la alegría, el amor, la verdad, el bien, la justicia, el trabajo productivo y los valores.

No hay que esperar, para comenzar a vivir en armonía, con equilibrio y plenitud, a que lleguen las arrugas y los padecimientos de la vejez, ni los accidentes o las enfermedades y las desgracias, porque el instante para experimentar y sentir la existencia es hoy, no al rato ni mañana, y no atrapados en la locura de quienes con estulticia creen que sus días son tan cortos que es preferible derrocharlos en vicios y pasiones fugaces. Eso corresponde a las bestias; a los seres humanos les está reservado algo más esplendoroso, pero necesitan creerlo, sentirlo y propiciarlo.

Si deseas un palacio, tienes ante ti el reto y la tarea de construirlo; si aspiras al más bello y sublime de los amores, debes colmar tus días de detalles y sentimientos excelsos; si pretendes conquistar el mundo, hay que estar dispuestos a enfrentar los desafíos y riesgos. Nada es gratuito. Lo grandioso se construye cada día con detalles.

Cada instante cuenta a partir de que empieza el año. El cambio inicia en uno, no en las cosas ni en las circunstancias, ni tampoco en los demás. Uno es quien se convierte en maestro de su existencia, en protagonista de su historia.

Por sí solo, el inicio de año, cada 365 días, no significa nada si no se le acompaña de acciones y resultados. La embarcación avanza, desde que uno nace, hacia el puerto donde ha de anclar, y su travesía es indiferente a lo que cada tripulante sienta, piense o quiera desde la comodidad de su asiento.

Casi todos olvidan que no son las fortunas, los títulos, la belleza física y los placeres pasajeros lo que engrandece a los seres humanos, sino el amor, las obras positivas, las huellas que se dejan a favor de los demás, la mano que da, la sonrisa que se regala, la palabra amable, la mirada consoladora, la decisión justa.

Por lo mismo, incontables personas, al no materializar sus aspiraciones materiales y hasta pasionales, experimentan un gran vacío. No se restauraron internamente ni se interesaron en los valores, antes de emprender la conquista del mundo que se impusieron al inicio del año. Hicieron planes, muchas veces bien intencionados, pero faltó un proyecto de vida basado en principios sólidos.

Hoy, al iniciar el año, cada uno posee un cuaderno con 365 páginas en blanco. Unos, los menos, lo concluirán con una historia bella, inolvidable, extraordinaria e intensa, con las luces y sombras que implica encontrarse aquí, en el mundo; otros, la mayoría, llenarán las hojas con garabatos, reflejo, es cierto, de capítulos monótonos, tristes y complicados. Cada uno será artista de su propia obra, la más grande de todas, la de su existencia.

2 comentarios en “2016

    • Agradezco tu comentario, Aída. Ojalá nos motivemos a aprovechar al máximo cada instante de nuestras existencias. Muchas veces, los seres humanos perdemos la noción del tiempo y olvidamos, en consecuencia, que es de lo que se compone la vida. Recobremos todos el gusto por vivir. Nunca es tarde mientras se pueda comenzar. Saludos.

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