Ahora que te miro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, recuerdo que son las mismas que un día, en mi infancia, acariciaron mi cabeza y mis mejillas, cuidaron de mí, me enseñaron a dar y me guiaron.

Hoy, cuando buscas tus anteojos sin darte cuenta que los portas, observo tu mirada agotada, la misma que a una hora y otra de antaño me leyó oraciones con la intención de fortalecer mi fe y cuentos para arrullarme, crear a mi alrededor un mundo asombroso y mágico, y así mitigar mis temores ante las sombras y tormentas nocturnas.

Al escuchar tu voz entrecortada, evoco los años en que con dulzura me aconsejaste y relataste innumerables historias. Tus palabras tiernas brotaban de tu boca igual que las burbujas diáfanas en un manantial.

Ya no escuchas, como antes, las conversaciones familiares, los conciertos, el trinar de las aves, el susurro del viento y las voces de la lluvia, los ríos, las cascadas, el oleaje y los truenos. Te hablamos al oído que años atrás -oh, ¿qué es la vida?- escuchaba nuestro llanto infantil y te motivaba a atendernos.

Tus brazos y piernas lucen trémulos e irreconocibles, como si pagaran el costo de una vida prolongada, útil y productiva, dedicada al bien y la verdad; no obstante, son los que me protegieron desde la cuna hasta los años de la adolescencia, y todavía en la juventud y madurez insistieron en cobijarme.

El médico dice que tu corazón se fatiga porque ya es viejo. No lo creo. Son argumentos de un especialista en la salud del organismo. Solamente late con menos fuerza porque descansa con el objetivo de llegar firme hasta el minuto postrero; pero es el órgano que se relaciona con el amor, con los sentimientos, y los tuyos siempre han sido sublimes.

Con frecuencia observo tus cabellos encanecidos, tu rostro arrugado, tu semblante reflexivo. Te veo en un ensimismamiento insondable, como si por lapsos te ausentaras del mundo, quizá por tus recuerdos, tal vez por la hora que se acerca, no lo sé; pero eres tú, así lo siento, el ser humano de siempre, quien alguna hora del ayer estiró la mano y bajó una estrella del cielo, y luego otras más, para que el soplo de un Dios benévolo formara la vida y naciéramos nosotros, tus hijos.

Al escudriñar tus pies hinchados, descubro que están empolvados y heridos no por falta de higiene y cuidado, sino por la caminata incansable que realizaste por diferentes senderos para dar lo mejor de ti a tu familia. Distingo tus huellas junto a las nuestras y compruebo, con los ojos cubiertos de lágrimas, que nunca nos dejaste solos, ni siquiera cuando la arena era ardiente o la tierra estaba alfombrada de cardos. No te importó espinarte al regalarnos los pétalos de las rosas.

Hoy que te descubro en el sillón, acuden a mi memoria imágenes de los otros días, cuando el hogar que formaste se convirtió en pequeño mundo donde protagonizamos la historia familiar más maravillosa, irrepetible, extraordinaria e intensa. Diste todo.

No podría seguir mi camino sin ti. Al abrir mis ojos por primera vez, te miré y fuiste, desde entonces, mi ángel en el mundo. Un día los tuyos se cerrarán, como quien ha cumplido su misión, y seré testigo de la despedida.

A otros, en la calle, el restaurante o el consultorio médico, seguramente les estorbas porque tus movimientos y reflejos se volvieron torpes. Camino a tu lado y te ayudo, como tú lo hiciste durante mis primeros años de vida, con un amor tan intenso que me sentí el hijo más bendecido y privilegiado.

Tal vez no reciba herencia material de tu parte porque todo lo repartiste al caminar por los senderos de la vida, y ahora que el almanaque casi llega al final, admito que tu legado es el más grande y excelso de todos, superior a cualquier fortuna, porque está basado en valores sólidos, en principios que si sigo y experimento con plenitud, me transportarán al sueño de la eternidad.

Ahora que miro tus manos débiles, apoyadas en las mías para subir o descender escalones, pienso que una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche desolada y fría, con los ojos humedecidos por las lágrimas y la voz entrecortada, diré ante ti: “fue una bendición y un honor ser tu hijo”.

3 comentarios en “Ahora que te miro

  1. Santiago, así es, hemos tenido algunas personas la bendición de tener unos padres magníficos, que hicieron de nosotros lo que somos, nuestros valores y sentimientos se los debemos
    Cumplieron su ciclo de vida y aunque nos sea doloroso es ley de vida, pero siempre estarán para sus hijos (nosotros) como ángeles que nos cuidan y claro que si , una noche de sueño profundo bajaran a encontrarnos y reconfortarnos con sus abrazos.
    Saludos.

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