Vida y muerte

“Ya casi con un siglo encima, el violinista sentía un peso inaguantable y, además, los estigmas de las ausencias. Conocía el dolor de la partida. Alguna vez, en años juveniles, había dicho adiós a sus abuelos, padres y hermanos, como después lo hizo con toda la gente querida y con los signos que le resultaban familiares. Por vivir tanto, conocía la angustia y el drama de separarse de la familia, de los amigos, de los vecinos, de la juventud, del vigor, de la salud, de la vista y ya casi de la vida…” Fragmento de la novela “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo inicia con llanto y concluye con un suspiro, como si la vida y la muerte se empeñaran en anunciar que están conectadas, que son sucesión una de la otra en un ciclo que parece inacabable porque al consumirse el día, siempre llega la noche, y tras las sombras nocturnas, aparece la luminosidad de la mañana.

Un día, el padre y la madre, atrapados en sus alegrías e ilusiones juveniles, asisten muy puntuales a su cita con el destino, al nacimiento de sus hijos, y así protagonizan su historia en el pequeño mundo que llaman hogar.

Es allí, en el hogar, donde padres e hijos ensayan las interminables pruebas de la vida y la casa se convierte en guardería, con las cunas, los biberones, las sonajas y los pañales; en jardín de niños, con los juguetes, las risas inocentes y el aprendizaje; en escuela, en colegio, con los pequeños y adolescentes que preferirían quedarse entre las cobijas o distraerse en vez de realizar las tareas, y los jóvenes universitarios, preámbulo de hombres y mujeres que repetirán la historia; en biblioteca, cine, dormitorio, comedor, sala de juntas, capilla y escenario de incontables capítulos existenciales.

Igual que la flor que un día brota de la tierra y recibe el rocío de la mañana, en el jardín o en la campiña, y se marchita al caer la tarde y regresar la penumbra de la noche, los rostros humanos se cubren de jeroglíficos que anticipan una ancianidad inevitable, hasta que de pronto son reclamados por los sepultureros

Quedan como testimonio de las alegrías y la vida, de las ilusiones y tristezas, de la fe y la esperanza, del amor y el odio, de los triunfos y fracasos, de los sueños y la realidad, de lo bueno y lo malo, las acciones, las palabras que fueron pronunciadas, las cosas, los retratos, las huellas.

Uno mira, en los colegios y los parques, a los niños que sonríen, juegan y corren, con sus cuestionamientos e inocencia, en su etapa de formación; a los adolescentes, envueltos en su proceso de metamorfosis, con su rebeldía e inquietudes; a los jóvenes, en sus estudios y fiestas, en los sueños que forjan; a los hombres y mujeres de edad madura, en medio de la contienda; a los ancianos y enfermos, en sus horas postreras, entre sus recuerdos y realidad, apoyados en una mano fraterna, en un bastón o en los muebles y barandales, como si contaran el tiempo y sus historias repetidas.

Vita brevis. La vida es corta, los años son breves, como un suspiro, y tras navegar por los océanos de la existencia, uno se convierte en eco, en ayer, en fragmento, en historia, en recuerdo, en olvido.

La naturaleza enseña, a través de las cuatro estaciones, las etapas de la vida. Hay quienes piensan que la primavera es permanente, quizá porque no imaginan que el período final es el del invierno, sin olvidar, evidentemente, las pruebas del verano y el otoño. Hay auroras, mediodía, tardes, noches y madrugadas. Uno es el pasajero que recorre todas las estaciones sin posibilidad de quedarse permanentemente en alguna.

Resulta evidente que las manecillas del reloj transitan impostergables, indiferentes a la vida, a las cosas, porque su amo, el tiempo, impone marcas a quienes se atreven a desafiarlo.

Este día, mientras limpiaba y ordenaba la biblioteca, descubrí fotografías en las que aparecen mis padres, libros que leyeron, cuadernos en los que anotaron sus reflexiones, cartas que recibieron, objetos que sostuvieron en sus manos, trozos que atestiguaron su caminata por el mundo, y al mirarlos, al tocarlos, sentí su presencia etérea, acaso por el impacto de los recuerdos, quizá porque reencontré su esencia en algún rincón de mi alma.

Conmovido, seguí buscando documentos y fotografías, hasta que encontré los que correspondieron, en su época, a mis antepasados. Nadie los recuerda porque no solamente se transformaron, al paso de las décadas, en ayer, sino en polvo. Ellos -mis antecesores-, junto con sus ancestros y descendientes, están condenados, como la mayoría de los seres humanos, a que nadie los recuerde. Todo, al final, se vuelve polvo. El olvido, parece, es más supremo que el recuerdo.

A diferencia de otros días, hoy no quedé atrapado en la estación gris y desolada; preferí abordar el tren y seguir viajando por la vida. Guardé, en una parte especial del equipaje, los recuerdos, no porque me estorben ni por pretender quedar atado a sus ecos, sino como parte de mi historia y por si algún día, en determinado momento, los necesito para reencontrarme y repasar lecciones, pero nada más.

Una madrugada, en la brevedad de su agonía inesperada, mi padre señaló a mi madre su corazón y de inmediato se desplomó su brazo. Otro día, muy temprano, mi madre concluyó su jornada existencial cuando más dichosos nos sentíamos.

Por primera vez, con mis padres, viví la experiencia de la pérdida, la sensación de la ausencia. Miré la bóveda celeste y pensé que en mi mundo, al menos en mi existencia, faltaban dos luceros, hasta que aprendí que nadie muere porque la esencia es infinita y la vida se renueva cada instante.

Confieso que el llanto me asfixiaba cuando recordaba a mi padre, a mi madre, durante las noches silenciosas, al llover torrencialmente, en las madrugadas solitarias, al amanecer, cada instante de mi existencia, porque si miraba las estrellas, si sentía las caricias de la lluvia, si el sol alumbraba el jardín, creía que algo vital faltaba en mí y a mi alrededor; pero un día comprendí, y así lo sentí, que ellos se encontraban en mi interior, en mi esencia, y admito que entonces los encontré en la policromía de las flores, en los ósculos del aire, en las tonalidades de la campiña, en la majestuosidad del océano, en el perfume del bosque, en la sinfonía de las cascadas, en la libertad de las aves.

Si la flor, en su fugaz existencia, tiene oportunidad de renacer, y si las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, revientan al recibir la mirada del sol y el soplo del viento, y después de viajar por la corriente retornan a la fuente para un día volver a brotar, estoy convencido de que todos los seres tenemos la dicha de mecernos en el deleite de la inmortalidad.

Ahora que miro los otros días, los de antaño, y contemplo los de mañana, sé que me encuentro en medio, en la embarcación del hoy, y que sólo dispongo de este momento para ser dichoso, experimentarlo intensamente, dejar huellas indelebles y protagonizar la historia más grandiosa e irrepetible, la de mi vida.

Me encuentro, parece, en una embarcación que algún día anclará en un muelle para que descienda con mi equipaje, con lo bueno y lo malo de mi vida, con las luces y sombras de mi existencia. He decidido, por lo mismo, experimentar el paseo de mi existencia con plenitud.

Las cuatro estaciones -primavera, verano, otoño e invierno- me dan una gran lección. Ahora, al entender que no hay ocaso sin aurora ni vida sin muerte, comprendo que existe una conexión etérea entre ambas y que no tiene sentido pensar con dolor y tristeza que el nacimiento y la expiración son motivo de llanto porque la luz y la sombra, después de todo, se complementan para manifestar las leyes más bellas y sublimes de la creación.

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