El sobre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace poco, llegó un sobre sin destinatario ni remitente al buzón del cielo. Cuando Dios recibió la correspondencia y miró la envoltura con una hoja en blanco, sonrió paternalmente y caminó, al lado de los ángeles, hasta la morada de las almas.

Llamó a José, uno de los más recientes moradores del paraíso, a quien entregó el sobre e informó que lo enviaba su hija menor, quien cotidianamente lloraba desconsolada y extrañaba su presencia en el mundo.

Dios abrazó a José. Admitió comprender la alegría y plenitud del nuevo huésped celestial, mezclada, es cierto, con la nostalgia de su familia que sufría lo indecible por su reciente ausencia física.

El alma de José era pura y resplandeciente. Durante su jornada mundana, pasó todas las pruebas y ganó, por lo mismo, la inmortalidad prometida. Por eso, Dios solía dialogar con él, y le encomendó responder a su hija con una misiva de amor y sabiduría.

Al recibir el sobre, José palpó humedad en la hoja. Eran las lágrimas de su hija que habían borrado el texto. El papel conservaba la fragancia del perfume femenino. Cerró los ojos, abrazó la carta ilegible y derramó lágrimas que escaparon por una de las ventanas del cielo para llegar hasta la Tierra cual luceros que alumbraron la noche de incontables tonalidades.

Las letras se habían borrado por las lágrimas que deslizaron en la hoja de papel mientras la hija escribía; pero fueron inscritas con tal amor y vehemencia, que cada palabra quedó grabada en el universo, en la Tierra y en el cielo, en los corazones de los seres humanos más sensibles, en las almas y en la esencia de Dios.

Uno de los ángeles que acompañaban a Dios, preguntó sorprendido cómo sabía que la carta pertenecía a la hija de José, y más todavía, le movía la curiosidad de conocer el motivo por el que le resultaba familiar el contenido del texto, cuando las lágrimas de la mujer lo habían borrado.

Dios volvió a sonreír y tras explicar al ángel que todo lo contempla por su naturaleza divina, le recordó que cuando un ser humano, como la hija de José, vive en el mundo con pureza en el alma y con fe, su esencia se manifiesta con más resplandor y le concede que sus sueños se conviertan en realidad.

Refirió al ángel que las oraciones y acciones de la mujer que tanto extrañaba a su padre, le daban el privilegio, acaso sin darse cuenta, de entrar al cielo una y otra vez para fortificar su alma.

El ángel entendió, en consecuencia, que la hija de José debía ser una mujer extraordinaria en el mundo para que Dios la identificara con precisión y le concediera tantos privilegios y bendiciones.

Aquella noche, alumbrado por su propio resplandor, José redactó una carta para su hija:

Hija amada, hoy, mientras me mecía en el columpio de la inmortalidad y disfrutaba los ósculos del aire celestial y el himno de los ángeles, recibí una sorpresa grata al entregarme Dios la carta que me escribiste, pero sobre todo, mi niña, al comprobar que te ama intensamente y que ha preparado para ti un espacio muy bello y especial aquí, en el cielo, que gozarás eternamente cuando llegue tu hora de retornar al hogar.

Me sentí feliz y orgulloso de ti al enterarme de que Dios te considera un ángel en el mundo y que concedió a tu alma, en consecuencia, el don de derramar bendiciones a través de tus actos y palabras.

Sé que lloras mi ausencia física, mi niña tierna; también tengo conocimiento de que cada semana acudes puntualmente al cementerio, al sepulcro donde yacen mis restos. Colocas flores en la tumba y lloras inconsolable. Te siento porque nuestras almas están conectadas. Eres mi hija y lo serás por toda la eternidad.

Las lágrimas que derramas se cristalizan y transforman en diamantes que forman un collar luminoso en la bóveda celeste, junto a otras estrellas que Dios dispersó al crear el universo; las flores que colocas en mi tumba se convierten en poemas y oraciones, en fragancias y colores, en palabras y ecos que expresan tu amor y agradecimiento de hija.

Repasas nuestra historia, las anécdotas, las imágenes, todo lo que nos tocó vivir y compartir. Unas veces, mi hija amada, el desconsuelo te embarga porque crees que me trataste mal cuando yo, atrapado en los barrotes de la ancianidad, me encaprichaba y actuaba como muchacho rebelde. Tenías que regañarme para que me comportara correctamente. Era por mi bien. Siempre lo supe y ahora, en la plenitud, lo comprendo absolutamente. Actuaste como tu interior te lo dictó, con amor e interés en mi estabilidad física y en mi dignidad humana.

Hoy te digo que tienes derecho a llorar y experimentar mi muerte física como tu interior te lo pida. Si una parte del proceso implica que cada semana asistas a mi tumba, tendrás que vivirlo; sin embargo, al hacerlo, evita quedar atrapada en los tintes de la muerte y la tristeza. Tus visitas serán simbólicas e indudablemente contribuirán a que te sientas unida a mí; pero no olvides experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con valores y con una gran espiritualidad.

En una época y un ambiente en que hombres y mujeres son proclives a las apariencias, a los asuntos baladíes, al brillo de los placeres transitorios y las superficialidades, a las posesiones, tú eres especial y diferente, acaso porque tu arcilla es superior, quizá por los principios y valores que te mueven, tal vez por añorar y desear el regazo de Dios.

Cuando te miro, desde el cielo, con tu falda y tu estilo peculiar de vestir, preparando algún platillo para nuestra familia o desarrollando una tarea en casa después de cumplir las responsabilidades de tu profesión, pienso en lo bendecido que se siente quien te ama y en lo privilegiados que son aquellos que reciben de tus manos la brillantez y los frutos de tus acciones.

Cultivaste flores en mi vida, abriste las ventanas de mi sonrisa, removiste la alegría en mi ser al convertirte en la pequeña consentida, devolviste años a mi existencia cuando te sostuve en mis brazos y te vi crecer, arrancaste emociones a mi corazón, decoraste mis días con tus ocurrencias y tu mirada, impregnaste las habitaciones de la casa con tu esencia irrepetible, sujetaste mis manos al desmoronarse mi cuerpo y acercaste tu rostro lloroso a mi pecho durante las horas postreras, hasta que el Segador apareció y me llevó consigo allende las fronteras del mundo, donde inicia la magia etérea, el milagro de la inmortalidad, el paraje eterno.

Mira a tu alrededor, hija mía. La humanidad se ha envuelto con la cobija del odio, la mentira, el terror, la violencia, el miedo, la superficialidad, el engaño, los vicios y la ausencia de valores. Es lamentable y patético lo que acontece a los seres humanos.

Tú, amada hija, junto con tus hermanos, tu madre y yo, recibimos la bendición de pertenecer a un hogar donde siempre prevalecieron el amor, la unión, el respeto y las virtudes. Compartimos, tú lo sabes, capítulos irrepetibles, bellos e inolvidables, dignos de una historia de ensueño, sublime, escrita y dirigida por Dios.

Los momentos que compartimos dentro de nuestra historia familiar, hija tierna, ya pertenecen a las obras del cielo porque se eternizaron por su belleza y excelsitud. Los coros de ángeles entonan sus cantos al leer la historia que protagonizamos como familia.

Mira tu rostro, observa tus manos, contempla tus facciones. Por tu sangre fluye la mía, unida a la de tu mamá, tu otro ángel; sin embargo, lo más importante no es que en el mundo compartamos los rasgos, sino la hermandad y pureza de nuestras almas que se tejen para llegar unidas al jardín de la inmortalidad.

Tienes dos ángeles, ternura mía, uno en mí, que soy tu padre y eternamente moraré en el regazo de Dios, y otro en tu madre, que se encuentra a tu lado en la Tierra y quien es mujer de virtud modelo. No estás sola. Nunca te sientas desolada porque bien sabes que eres muy amada.

Adicionalmente a nosotros, tu madre y yo, tienes un hermano ejemplar y tres hermanas adorables e igual que tú, formadas dentro de un hogar en el que siempre se ha practicado el bien. Se han sumado nuestros descendientes, también con el ingrediente de los principios sublimes. No cabe duda que somos bendecidos, ustedes en el mundo y yo en la morada celestial.

Tengo conocimiento de que tu existencia, en el período más reciente, ha registrado capítulos que jamás imaginaste experimentar, como mi muerte física; pero quiero que revises a tu alrededor, que escudriñes los días recientes, para que descubras que no estás sola, que eres muy bendecida por Dios, quien pretende hablarte por medio de los acontecimientos.

Algunas veces, inmersa en el aislamiento y el silencio, lloras afligida; aunque también es innegable que otras ocasiones, al dormir, tu ser experimenta una tranquilidad profunda, una paz demasiado intensa. Tal experiencia no es casual porque Dios derrama su amor y sus bendiciones en ti, mientras yo, tu padre, te cubro espiritualmente con mis sentimientos más elevados, como lo hacía cuando dormías en el cunero y contemplaba tu sueño feliz y sereno después de relatarte un cuento o de orar.

Quiero aprovechar mi diálogo para solicitar tu comprensión y perdón si alguna vez me excedí en tu formación. Bien sabes que por mi historia, por lo que aprendí y asimilé durante los días de mi existencia, fui demasiado estricto conmigo y algunas ocasiones con quienes me rodeaban; mas tú, hija, me conociste ampliamente y sabes que mi intención siempre fue buscar tu bien y el de nuestra familia.

Tengo conciencia de que Dios da libertad a cada ser humano de probarse a sí mismo y experimentar diferentes capítulos; no obstante, contigo ha actuado con más amor y consentimiento, al grado que me concedió la oportunidad de escribirte con los sentimientos de padre.

Ante todo, agradezco y valoro todo el amor, las atenciones, los consejos y el cuidado que me ofreciste como hija, principalmente al final, antes de que descendiera el telón de mi existencia. No lleves en ti la carga de responsabilidades y culpas que no te pertenecen. Siempre me ofreciste tu tiempo y cuidaste de mí, algunas ocasiones con regaños bien merecidos. Necesitaba reaccionar para no sufrir innecesariamente ni morir antes de la hora señalada.

Conserva tus valores, la esencia que une la espiritualidad; pero no olvides, mientras permanezcas en la Tierra, vivir plenamente, ser feliz, desenvolverte con las bendiciones y oportunidades que Dios te da cada día.

Todo, en el mundo, tiene un sentido, un lenguaje, un simbolismo, y por algo, hija mía, Dios te ha elegido para que protagonices una historia singular, la tuya, la que te realizará como ser humano y posteriormente, al ganar el cielo, en la eternidad.

Ahora que frecuentas el cementerio, sabes que los sepulcros están cubiertos de flores que se marchitan ante la caminata de las horas, la mayoría depositadas tardíamente, con remordimientos y tristezas, porque la gente no se atreve a protagonizar las historias que le corresponden ni a expresar los sentimientos que generalmente reprimen.

Tú tienes la bendición y la dicha de que fuiste la mejor hija del mundo. Te lo confieso como padre y lo demuestras cotidianamente con tu madre. Como hermana eres ejemplar. Amas a tu familia. No te encadenes ni pierdas la oportunidad de ser feliz. Visualízate dentro de algunos años, todavía en el mundo, y actúa para que no te quedes con el deseo de haber protagonizado la historia más bella, sublime e intensa que se haya escrito.

Durante mi jornada terrestre, supe que difícilmente se puede regalar un objeto a una persona acaudalada porque tiene todo lo material; en el caso de aquellos seres que poseen principios y virtudes, como tú, es complejo aconsejarlos, ya que su código de vida es rico. No obstante, por el amor tan grande que siento por ti como padre, te aconsejo que vivas mientras te encuentres en el mundo, feliz con lo que Dios te ofrece, pero derramando tu espiritualidad.

Quienes han caminado por el desierto, conocen lo desgarrador de la soledad. Vives tu hora de tristeza, hija mía; pero tu alma se restablecerá con la paz que proporciona Dios a aquellos que le aman y buscan por medio de los actos.

Cierra tus ojos esta noche estrellada y sola. Dentro del silencio, escucha los rumores que vienen del cielo, detecta el arrullo de los ángeles, distingue la voz de Dios, oye los susurros de la creación y atrapa mis palabras, hija entrañable, porque verdaderamente estoy contigo. Siénteme en tu interior.

Recárgate en mí, como cuando eras niña -oh, mi pequeña rebelde y traviesa-, para que sientas mi calor, mi presencia. Te estrecho con la calidez de mis brazos etéreos, acaricio tu cabeza y beso tu frente con ternura. Siente la luz. Nuestras almas permanecen enlazadas con la promesa divina de una eternidad compartida.

Te preguntas, cuando lloras, cuánto tiempo requerirás para disminuir el sufrimiento que cada día te lacera y con frecuencia ensombrece las horas con los tintes de la melancolía. Durará las horas, los días, los meses o los años que tardes en convencerte de que la verdadera vida inicia con la muerte física. Fallecer no es morir. El alma es incorpórea y eterna. Es nuestra bendición, la promesa que Dios cumple.

Tras las horas soleadas de la mañana y la tarde, surgen las de la noche oscura. Una vez que la noche es derrotada por la luminosidad del amanecer, se manifiesta el resplandor. Una tarde nublada y un aguacero nocturno, auguran una aurora fresca, iluminada y decorada con un bello arcoíris.

Ya es noche. Prometo que recibirás mayor número de misivas, hasta que un día, al concluir la trama de tu existencia, Dios y sus ángeles te reciban en el cielo ganado y te conduzcan hasta la morada que felizmente habito. Entonces, hija mía, nosotros, los de siempre, disfrutaremos eternamente nuestro hogar como lo hicimos en la Tierra durante la brevedad de los días.

Esta mañana, mientras reposaba en el edén, recibí dos noticias maravillosas que me conmovieron: la recepción de tu carta y el amor tan grande que Dios siente por ti. Confieso que a hurtadillas derramé lágrimas que se convirtieron en luceros y que a partir de esta noche, si te asomas por la ventana de tu habitación, contemplarás en el cielo. Tales son mi amor y mis bendiciones hacia ti, mi hija inolvidable.

Aprendí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aprendí que en el amor, la humedad de un día es insuficiente para derruir los pilares de un palacio majestuoso y que un abrojo, por sí solo, es incapaz de perturbar a las flores ufanas con las que juguetean el aire matinal y la lluvia vespertina.

También supe, por experiencia, que en el amor hay juegos muy bellos e intensos, hasta que los enamorados se transforman en dos pequeños felices, tiernos y sonrientes, capaces de volver a la inocencia; pero nunca debe considerarse una relación sentimental la partida a ganar porque entonces las heridas que se causan son desgarradoras e incurables.

No imaginaba a qué grado, en el amor, se comparten los días de la existencia, hasta que a tu lado lo experimenté. Entonces me di cuenta de que la vida se transforma en una historia de ensueño y realidades, con sus claroscuros, como prueba, quizá, para escalar y conquistar el paraíso ofrecido.

En el amor, ahora lo sé, la entrega es total cuando uno y otro, al mirarse, se descubren retratados. Ninguno permanece atrás ni distante porque ambos, ya identificados, toman sus manos y caminan juntos.

Generalmente, muchos seres humanos evitan involucrarse en las relaciones sentimentales cuando implican que no habrá placeres, sino momentos de apoyo, comprensión y silencio; pero el amor prueba su grandeza precisamente en las horas cruentas y ante los desfiladeros de la vida. Quienes superan los instantes complejos, las pruebas difíciles, aseguran capítulos de alegría, ilusiones y felicidad.

Alguien me recordó alguna vez, mientras lloraba tristemente, que cuando una persona se siente enamorada en realidad, es capaz de renunciar a muchas cosas y se atreve a unirse a quien le inspira y ofrece sentimientos tan hermosos, a pesar de que el mundo se oponga. Tú y yo lo sabemos. Me demuestras tu amor no con palabras ni por medio de promesas, sino con hechos, con realidades.

Igualmente, aprendí que el amor no es el náufrago que se abandona en una isla desolada; es, ahora lo sé, el sentimiento más excelso que cotidianamente, a toda hora, se practica y hace de la vida un estilo irrepetible y especial.

Mi relación contigo me ha enseñado que el amor es la vida y que unas veces pueden manifestarse amaneces dichosos y otras ocasiones, en cambio, alboradas ensombrecidas por el dolor y la tristeza; pero todo es superable cuando las bases de los sentimientos y los valores son sólidos.

Entendí, a tu lado, que el amor conduce a la libertad y plenitud de las almas, y es tan parecido al vuelo de las aves, a la brisa del mar, a las cascadas, a las gotas de la llovizna, al rocío y, sobre todo, a la sonrisa de Dios, que conmueve los sentidos y hace vibrar los corazones y al universo. Tú y yo lo sabemos porque todos los días lo experimentamos y compartimos. Tejimos nuestros sueños para materializarlos en la historia más subyugante.

Originalmente, también lo he aprendido contigo, el amor proviene de Dios, del universo, de la creación; pero tú y yo, los de siempre, tenemos la dicha y el encanto de vivirlo con nuestro peculiar estilo, unas veces sonriendo y otras en silencio, pero siempre dejando huellas indelebles en las almas de ambos para asegurar un espacio y una luz en la eternidad.

Como la primera vez

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Admito que cada día, al acudir a tu encuentro, experimento la misma emoción e ilusión que sentí durante nuestra primera cita, cuando expresé, ante tu asombro, “me encantas” y “te amo”.

No he perdido la costumbre de mirarte a los ojos para descubrirme retratado y contemplar, totalmente embelesado, el resplandor de tu alma y la belleza de tu rostro sonriente y tierno.

Tampoco he desperdiciado la oportunidad de guiñarte el ojo a hurtadillas, tomar tus manos repentinamente, estrecharte en mis brazos o darte el más delicado de los besos. Todo es como la primera vez, con asombro, alegría y emoción. Reconozco que hasta peinar mi cabello y aplicar el perfume en mi piel, es un proceso idéntico al de la primera ocasión que fui a tu lado. Parecía un adolescente feliz y enamorado, como me siento hoy.

Estoy convencido de que el amor se renueva cada instante cuando uno transforma la relación sentimental en oportunidad de saltar la barda del paraíso, no al capturarlo o reprimirlo, ni tampoco al condenarlo a la rutina y la monotonía.

Guardo en mi memoria los capítulos que hemos compartido, lo confieso; sin embargo, no los archivo en el desván empolvado ni sostengo la alegría y las ilusiones que nos unen a través de recuerdos estáticos, porque cada día renuevo nuestro amor con experiencias reales.

Igualmente, juego contigo sin temor a convertirnos, por momentos, en un par de chiquillos locos y traviesos, y cómo reímos cuando olvidamos las formalidades y los prejuicios del mundo.

El amor se vive cada instante, no se platica ni imagina, porque se alimenta de hechos, detalles y vivencias. Cuando agota reunirse con la persona amada, con la otra parte de uno, y se prefiere la compañía de alguien más, los más bellos sentimientos, si alguna vez existieron, comienzan a agonizar.

Amar no es coleccionar horas y noches de pasión sin sentimientos para después pasar a otras manos. Se trata de algo sublime, comparado, quizá, con el canto de los ángeles o la mirada del cielo.

Mientras camino a tu lado, feliz e ilusionado, aquí y allá, en un sitio y en otro, me preguntan cuál es la fórmula para eternizar el amor. Sonrío y contesto que acudir a cada encuentro como la primera vez, con alegría, emoción e ilusiones, para que al expresar “me encantas” y te “amo”, siempre asombre, cautive y enamore, aunque hayan transcurrido décadas desde que tales sentimientos se expresaran en lo que fue preámbulo de una historia maravillosa, sublime e intensa.

Oh, las historias de amor más irrepetibles, hermosas e inolvidables se escriben todos los días, cada instante, con detalles, sonrisas, cariños, miradas, juegos, palabras, silencio y hechos; pero yo, fielmente enamorado de ti, le agrego otro ingrediente, el de acudir a cada encuentro contigo como lo hice durante la primera cita, con asombro, alegría, emoción e ilusiones, insisto, acaso porque estar a tu lado, tomados de la manos y mirándonos con ternura, equivale a permanecer sentados en la banca de la inmortalidad.

Santa Clara del Cobre, su gente, su historia, su artesanía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la fragua, el artesano sostiene las pinzas que sujetan el cazo, mientras otro hombre estimula el aliento del fuelle para que el artefacto, enrojecido e irreconocible, reciba las caricias de la lumbre; más tarde, caen pesados y en sincronía los cuatro marros que cincelan y dan forma al cobre.

El calor, la lumbre, el martilleo, la técnica artesanal que data de centurias, el diseño, la creatividad, conviven en cada taller de Santa Clara, donde nacen el adorno, la campana, el cazo, la charola, el jarrón, la joyería, el objeto de cobre brillante, cubierto de plata, con laminilla de oro o con patina.

Del taller, las piezas pasan a las salas de exhibición en Santa Clara del Cobre. Tras un objeto fascinante, están, en la fragua, las bigomias, los fuelles, los marros, los martillos, las mochas, los punzones, las tenazas y una multiplicidad de herramientas.

Y es que en Santa Clara se transforma el cobre burdo, informe, en pieza de colección. Los pobladores, en su mayoría de origen purépecha, llevan el aliento y el color del cobre en el corazón, en la piel, en la sangre. Desde hace siglos convive con ellos y ya son, desde entonces, compañeros inseparables.

Centro metalúrgico con arquitectura típica y paisajes naturales, Santa Clara del Cobre fue asentamiento prehispánico de nativos que rendían tributo de sus labores al imperio purépecha.

Hace siglos, antes de que los navíos españoles cruzaran el océano que olía a aventura, a naufragio, a piratas, los pueblos de la región estaban próximos al río Sisipucho, llamándose algunos Anticua, Churucumeo, Cuirindicho, Huitzila, Itziparachico y Taborca.

Fue en 1530 cuando fray Martín de la Coruña agrupó a los nativos en la primera doctrina de la zona, denominada Santa Clara Xacuaro. La evangelización correspondió a misioneros agustinos, encabezados por Francisco de Villafuerte. Tres años más tarde, en 1533, fue expedida la Cédula Real para la fundación del pueblo, que recibió el nombre de Santa Clara de los Cobres.

Preocupado por los nativos recién agrupados y detectando su destreza en el manejo del cobre, Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, mandó por artífices españoles con amplia experiencia, quienes les enseñaron una multiplicidad de técnicas que les permitieron trabajar el metal con verdadera maestría. Los conocimientos ibéricos se añadieron a los precolombinos.

No conforme con la incorporación de nuevas herramientas y técnicas para la elaboración del cobre, ordenó la construcción de la huatápera, que fue la primera capilla de Santa Clara, donde actualmente reposa el Señor del Laurel.

Una de las materias primas que poseía el antiguo reino purépecha era, precisamente, cobre, metal con que los nativos fabricaban agujas, anzuelos, cascabeles, instrumentos de labranza, leznas, tarecuas y otros, que innegablemente inspiraban codicia en los aztecas.

Fue allí, en minutos de la Colonia, cuando los españoles ordenaron la construcción de una gran fundición para las monjas de la Regla de Santa Clara; sin embargo, en las horas del siglo XVII, un incendio consumió la factoría y parte del convento y del poblado.

De acuerdo con documentos de la época, Santa Clara de los Cobres estaba conformada, en 1765, por dos pueblos de indios naturales: Santa María Opopeo, conocido como El Molino, y Santiago de Ario.

Santa Clara del Cobre no sólo es arquitectura típica y artesanía; también es gastronomía e historia. Sus habitantes tuvieron una intervención bastante significativa durante el movimiento independiente del siglo XIX, ya que la población formaba parte del curato del insurgente Manuel de la Torre Lloreda.

Fue en 1858 cuando la población recibió el nombre de Santa Clara de Portugal, en memoria del brigadier Cayetano de Portugal, caudillo que murió durante su lucha por la libertad de México.

También se registró en Santa Clara del Cobre el primer levantamiento de armas en apoyo al pronunciamiento de Francisco I. Madero, encabezado por Salvador Escalante el 10 de mayo de 1911.

Cabecera del municipio de Salvador Escalante, Santa Clara del Cobre, también conocido como Villa Escalante, colinda con Opopeo y Zirahuén. La población conserva parte de su arquitectura típica que consiste, entre otros elementos, en muros de adobe, puertas de madera y tejados. Situado a 75 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, Santa Clara del Cobre forma parte del programa federal de Pueblos Mágicos.

El jardín principal posee kiosco con techo de cobre, pérgola, más de 50 bancas de hierro, fuentes y faroles que contrastan con los portales con postes de madera, caserío con tejas, callejuelas, dos templos añejos, huatápera y al horizonte, imponentes, montañas pobladas de árboles.

Cabe destacar que el templo más vetusto está catalogado como edificación barroca con una torre ricamente ornamentada; el segundo, en tanto, es resultado de una reconstrucción que data del siglo XIX y presenta algunos elementos decorativos de cobre. Uno de los templos está dedicado a Nuestra Señora del Sagrario y el otro a la Inmaculada Concepción; frente al segundo se localiza la huatápera.

Una casona, en el mismo centro, es sede del Museo Nacional del Cobre, en cuyas salas exhibe hermosas piezas elaboradas por artesanos del lugar. En el patio del recinto se encuentra la réplica de un taller. El portón de la finca fue labrado en cobre por distintos artesanos purépechas.

Si inútil fue la vida de Pito Pérez, llamado en realidad Jesús Pérez Gaona, se trata de un personaje que inmortalizó José Rubén Romero en su obra literaria. Contra la envidia de quienes no trascienden a pesar de dedicar toda su existencia al estudio y al trabajo, Pito Pérez o Jesús Pérez Gaona, hombre alcohólico, amargado, cínico, holgazán y poeta, es recordado en Santa Clara del Cobre y su casa modesta es en la actualidad biblioteca pública. Curioso y paradójico que la habitación que albergó a un individuo haragán y vicioso, sea recinto de conocimiento. En la biblioteca se encuentra la primera edición de “La vida inútil de Pito Pérez”, ilustrada con dibujos alusivos al personaje.

Desde la casa que habitó tan singular personaje, hoy representado en obras de teatro, se distingue la torre de la iglesia donde solía permanecer durante incontables horas, narrando al escritor José Rubén Romero sus aventuras y quizá recitando: “¿qué favor le debo al sol por haberme calentado…?”

Entumido, irreconocible, envejecido, el campanario del templo agustino de la Purísima Concepción fue escondrijo de Jesús Pérez Gaona, quien rehuía las responsabilidades y atendía, en cambio, las insinuaciones de la cantera para sentarse, descansar, beber, contemplar el caserío y arrullarse con las caricias dulces y sensuales del viento.

Tras siete años de recorrer el “mundo”, Pito Pérez regresó a Santa Clara del Cobre como un pobre desconocido. Tocó las campanas del templo con el propósito de celebrar su retorno, ya que años antes había prometido volver triunfante; mas su osadía le costó la cárcel.

Desde el campanario pulsan las evocaciones de tan peculiar hombrecillo, quien compartió el pecho de su madre con un niño huérfano, fue castigado en la escuela con azotes, bebió vino y robó limosnas del templo… Tantas aventuras en una existencia de apariencia insignificante.

En la huatápera, primer templo colonial de Santa Clara del Cobre, reposa la antigua y enigmática imagen del Salvador del Laurel, busto de Cristo al que aman y veneran los moradores de la región. Cada año, tres días antes del domingo de Ramos, las familias de los seis barrios se organizan con la finalidad de ir a la campiña, a la llanura, al cerro, donde recolectan laureles. Unos se trasladan a caballo y otros caminando. Es día de fiesta.

Dedican todo el día a la recolección de laureles. En el pueblo, algunas mujeres preparan el almuerzo y la comida en gran cantidad para toda la gente que se reúne en el campo en busca de laureles.

Ya de regreso, elaboran una corona de laurel que colocan en la cabeza de la imagen colonial. En una mano porta un laurel y en la otra una palma.

El Salvador del Laurel es bendecido durante el domingo de Ramos. Lo llevan en procesión por las principales calles adornadas por las familias, quienes reciben laureles benditos.

De acuerdo con la tradición, el Salvador del Laurel es velado el viernes santo y lo regresan el sábado de Gloria a la huatápera con cohetes y música de viento, entre la algarabía del gentío que lo adora.

Otra costumbre ancestral de los habitantes de Santa Clara del Cobre es celebrar, el viernes de Dolores, la Procesión del Silencio. Sacan la imagen del Señor de la Agonía, el Santo Entierro y La Dolorosa que junto con incontables Cristos participan en la Procesión del Silencio durante la noche del viernes. Encapuchados cargan las imágenes sacras. Caminan en silencio. Algunos llevan velas. Otros tocan maracas a un ritmo fúnebre. Es noche de duelo.

El Sagrario, templo que colinda con la plaza principal, resguarda la imagen de un Cristo café de bella manufactura y la hermosa e inigualable escultura de la Virgen de Dolores, quien vestida de negro, siempre de luto, muestra un gesto dulce, tierno y, al mismo tiempo, triste. Se notan lágrimas en su rostro.

La gastronomía de Santa Clara del Cobre consiste, principalmente, en borrego preparado de distintas formas y platillos a base de maíz, entre los que destacan corundas y uchepos. También son célebres las tortas de carne molida cocida con limón, queso de puerco y una tostada de maíz en medio.

De piel morena por el linaje purépecha, ellos, los artesanos, dejan caer, uno a uno, los marros sobre el cobre, mientras otros sostienen las tenazas que sujetan el artefacto que abraza la lumbre febrilmente, hasta que a fuerza de trabajar surge la joya que ha de embellecer a la joven turista o la pieza que quedará en algún rincón de la casa o de la oficina como fragmento de una tradición ancestral en Santa Clara.

Paseo al cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si esta noche, antes de dormir, tomo tus manos y te llevo al cielo? ¿Y si tocamos a la puerta de la eternidad y solicitamos autorización a Dios para ingresar a su morada y su jardín? ¿Y si pedimos la compañía de los ángeles para que nos guíen al hogar de las almas? ¿Y si juntos, ayudados por el resplandor angelical, descubrimos el alma de tu papá? ¿Y si al reencontrarte con él, me aparto un rato para que lo abraces con emoción, lo mires y dialoguen? ¿Y si al conversar, acaricia tu cabeza, besa tu frente, reciben las caricias del silencio y susurra a tu oído que está bien y se mece en el columpio de la inmortalidad? ¿Y si tras confesarte que la vida eterna y plena inicia al morir el cuerpo terreno, promete que siempre estará contigo y con la familia que formó en el mundo hasta que sus almas se reúnan en la mesa celestial, y experimentas dicha y paz interior? ¿Y si al llorar, tus lágrimas se convierten en estrellas, en brisa de mar y en gotas de lluvia? ¿Y si al despertar, sientes alegría intensa en tu alma, como si guardara el secreto de un encuentro y una confesión en el paraíso? ¿Y si en la noche, al observar la constelación, te recuerda que los luceros son faros que conducen a un sitio insospechado que ya late en tu corazón? ¿Y si a partir de entonces comprendes que el alma de tu papá se encuentra contigo y que mientras permanezcas en el mundo, debes vivir en armonía, con equilibrio y plenitud, para ser muy feliz, hasta que un día, quizá el menos esperado, te encuentres ante la puerta del cielo?

Carta desde el cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hija mía, hace dos semanas abandoné mi cuerpo, la envoltura física que cada día, bien lo sabes, envejecía e impedía que me comportara como antaño, cuando eras niña y te arrullaba con ternura, te cargaba con la ilusión de comprarte un globo o un dulce, te aconsejaba, te relataba cuentos, te llevaba a la escuela y te tomaba de las manos para después soltarte y mirar emocionado tus primeros pasos.

Te consta que ya no podía con la carga física que llevaba, y no porque me hubiera dado por vencido, sino por el agotamiento inherente a la edad. Bien hubiera deseado tener energía para convivir contigo y con nuestra familia, compartir los alimentos en la mesa, acompañarte en tus oraciones, sumar mayor número de capítulos a la maravillosa e irrepetible historia que nos tocó vivir.

Quienes nos atrevemos a desafiar al tiempo, enfrentamos una hora y muchas más sus embates, y si yo lo hice, mi niña amada, no fue para prolongar, como otros seres humanos, mi estancia terrena con sus placeres y locuras, sin un sentido justificable y real, sino con la intención de permanecer contigo y con la encantadora y bendita familia que tu mami y yo formamos con tantas ilusiones. Me encantaba estar con ustedes, y vaya que al final de mis días, ya con mis debilidades y padecimientos de la ancianidad, disfrutaba, aunque no lo creas, los consejos, las reprimendas y los cuidados que me dabas, ¿y sabes por qué? Porque me sentía amado y consentido por un ángel que orgullosamente es mi hija.

No sabes cuánto valoro el amor, los detalles y el tiempo que me regalaste, sobre todo porque los días de la vida son como las hojas que se desprenden de las ramas. Llega el momento en que el árbol, al envejecer, se deshoja totalmente, y tú, mi hija amada, cediste parte de tu vida para cuidar de mí, un anciano que aparentemente desatendía tus indicaciones, pero que en el fondo te escuchaba y agradecía a Dios por tenerte como bendición. No sabes cuánto te lo agradecía.

Admito que traje conmigo el calor y la ternura de tus manos, el tono de tu voz, tu mirada brillante y límpida, y hasta las palabras que me repetías al llegar de tus actividades y dedicarme aquellas tardes y noches que jamás olvidaré.

Te he mirado caminar por el cementerio, ante la tumba donde amablemente sepultaron mi cuerpo, y si bien entiendo tu tristeza por mi ausencia física, me preocupa tu dolor. Al deslizar tus lágrimas por tu rostro, se han convertido en perlas diáfanas que milagrosamente penetran por los poros de la tierra para iluminar y disipar cualquier sombra. Así eres de angelical. Me siento agradecido y orgulloso de ti.

Tu sufrimiento y tristeza han tocado hasta la puerta del cielo, donde permanezco pleno y atento a ti y a nuestra familia. Sé que un día se dulcificará tu dolor y lo que hoy son lágrimas, tormento y melancolía, mañana serán recuerdos gratos, riqueza espiritual y bendiciones.

Recientemente, hija mía, expresaste que te falta un trozo de corazón porque partió conmigo; sin embargo, quiero recordarte que las almas son etéreas y puras, y de ninguna manera, al llegar a la morada de Dios, arrebatan la felicidad a quienes se quedan en el mundo, y menos a aquellos que tanto aman.

Tu corazón es muy hermoso, mi niña, y no le falta una porción porque yo no me la llevé al cielo, donde esperaré pacientemente tu llegada y la de nuestra familia, cuando sea el momento señalado por nuestro Creador. Lo que sí traje conmigo son tu imagen y la de nuestra familia, los capítulos que compartimos en el mundo, los recuerdos, el amor que derramamos entre nosotros.

Gracias a Dios y a que eres de otra arcilla, tu corazón está intacto porque lo necesitas en el mundo para seguir viviendo y derramando tus más nobles sentimientos. Consérvalo íntegro porque yo estaré contigo cada instante de tu existencia. Siénteme, hija.

Nuestras almas están unidas, hija preciosa, y así permanecerán toda la eternidad porque es una promesa y un regalo que Dios nos ha concedido. Es un alivio saber que la vida no termina con la muerte del cuerpo. La finitud corporal sólo es el inicio de la jornada espiritual por la inmortalidad.

Me siento muy agradecido contigo, pero también orgulloso de ti porque tu alma es resplandeciente e innegablemente se refleja en el gran ser humano que eres. Me tranquiliza saber que al marcharme del plano terreno, se quedan mis descendientes como parte de los seres humanos que desean trascender.

Cuando me miraste inmóvil y yerto en el ataúd, con tus ojos cubiertos de lágrimas y tu corazón inconsolable, notaste tranquilidad en mi semblante. Hija, no equivocaste. Mi rostro inerte irradiaba alegría y paz no solamente por el gozo de haber entrado al reino de Dios, sino por la dicha de tener una familia ejemplar y maravillosa, de la que formas parte.

Hoy no necesito darte consejos porque eres una mujer de valores sólidos. Conserva tu esencia porque tus principios y trayectoria te conducirán hasta los jardines del cielo.

Posees un código de conducta y valores que asimilaste desde pequeña. Vive plenamente tus principios, hija querida, pero no olvides, mientras permanezcas en el mundo, diseñar y protagonizar tu propia historia.

Si alguna ocasión, en vida, te hice sentir mal o te causé aflicciones, te pido disculpes mis actitudes o palabras. Fui un hombre con los claroscuros de todo ser humano, tal vez muy estricto por mi formación, pero siempre interesado en dar lo mejor de mí en beneficio tuyo y de toda nuestra familia.

Quiero recordarte que la vida, con sus luces y sombras, es bella y preámbulo de la eternidad. Sólo hay que vivirla en armonía, con equilibrio y plenamente. A veces hay que ceder y experimentar unas cosas por otras, pero mientras conserves tus valores y actos, tendrás la salvación.

No olvides vivir. Voltea a tu alrededor y descubrirás que existen muchos motivos para ser feliz. No renuncies a tu dicha. Dios coloca pruebas a los seres humanos y por algo da oportunidad de evolucionar. No todo es tan rígido ni tampoco endeble como para prohibirse la verdadera felicidad. El cielo se conquista por medio del amor, de los valores y de las acciones.

La vida no es nada comparada con la eternidad que nos espera. Te lo digo yo, tu padre, quien ahora moro en el hogar de Dios. Cierra tus ojos e interpreta los susurros del viento que te dice “vive, vive, vive”. Sé que tienes ante ti muchas bendiciones y la oportunidad de protagonizar una historia intensa, noble, bella, irrepetible, excelsa e inolvidable. No te detengas. Sube a la mejor embarcación, a la que te conduzca a lo más sublime en todos sentidos.

En cuanto a tu mami, hermanos y sobrinos, son tu gran tesoro. Ellos, tú y yo siempre seremos bendecidos y ricos porque nos identifican una historia compartida, capítulos mutuos, la familia a la que pertenecemos, y si algunos estamos aquí y otros allá, nuestras almas palpitan al unísono del amor de Dios. Ámense y cuídense unos a otros.

Resulta innegable que entre el cunero y la tumba sólo existe un suspiro. Vive lo que te corresponde como ser humano porque habrá días alegres y tristes, horas de ilusiones y otras de desaliento; mas el amor auténtico, aunado a los valores y a los actos, salva.

Para consuelo de tu ser, hija bella, el alma no muere; al contrario, goza el privilegio de una vida eterna y dichosa. He observado tu llanto, y es natural, mi pequeña; por lo mismo es que deseo comunicarte que aquí estaré siempre, unido a tu alma. Únicamente bastará que en medio del silencio y la soledad, cierres tus ojos y llegues hasta tu alma para sentir la mía.

Anoche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Anoche, mientras dormías, derramé en las calzadas del parque las letras del abecedario y las palabras del diccionario para correr, jugar y reír contigo sobre la alfombra que formé y así, tomados de las manos, mostrarte el poema de amor que compuse para ti.

También, mientras te arrullabas en el sueño, sustraje agua del pozo con la ilusión de crear un lago que todos los días, al amanecer y al atardecer, refleje nuestras imágenes, abrazados, durante las horas de contemplación y silencio que tanto disfrutamos, y que en las noches retrate la constelación que pretendo bajar para ti.

No descansé anoche porque visité los nidos de las aves, en las frondas del bosque, para solicitarles sus notas y componer, inspirado en ti, el más subyugante de los conciertos.

En la noche, cuando el resplandor de la luna asomaba por tu ventana, recogí pétalos de rosas que dispersé sobre la tierra y la hojarasca con la finalidad de recostarnos tú y yo, los de siempre, y mirar las nubes rizadas e incendiadas por el sol, con sus formas mutantes y caprichosas, en su interminable peregrinar.

Gocé el ambiente nocturno, a la hora que te mecías en el sueño, principalmente al contar las estrellas que descolgué con paciencia para regalarte un collar de brillantes.

Armé, en la madrugada, un columpio para mecerte y jugar contigo como dos pequeños, reír igual que un par de enamorados imparables y brincar obstáculos, piedras, troncos y zanjas.

Igualmente, antes de que la luminosidad del amanecer disolviera las sombras nocturnas, recolecté libélulas, pájaros y mariposas para invitarte a volar por rutas y parajes insospechados en total libertad.

Me dediqué a fabricar baúles y cajas de madera para contener el viento de la noche y la madrugada que atesorado, como lo tengo, susurrará a tus oídos la voz de Dios, los suspiros de la creación, el palpitar de la vida y los latidos de nuestros corazones.

Emocionado, poco antes de la aurora, construí una escalera para llevarte a la altura, donde coros de ángeles con arpas y liras cantarán y tocarán melodías para nosotros.

Observé la puerta y las ventanas de tu casa durante el ocaso para llegar a tu lado y llevarte conmigo a confundirnos entre las olas, correr en la arena, escondernos en la maleza, arrancar a la fruta el sabor de la vida y abrazar la alegría con el amor que reflejan nuestras miradas y sentir el pulso de tu corazón y el mío al unirnos. La de ayer fue una noche de labores porque tendí el puente al amor y la felicidad que pretendo obsequiarte esta mañana prodigiosa y de ensueño.