Santa Clara del Cobre, su gente, su historia, su artesanía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la fragua, el artesano sostiene las pinzas que sujetan el cazo, mientras otro hombre estimula el aliento del fuelle para que el artefacto, enrojecido e irreconocible, reciba las caricias de la lumbre; más tarde, caen pesados y en sincronía los cuatro marros que cincelan y dan forma al cobre.

El calor, la lumbre, el martilleo, la técnica artesanal que data de centurias, el diseño, la creatividad, conviven en cada taller de Santa Clara, donde nacen el adorno, la campana, el cazo, la charola, el jarrón, la joyería, el objeto de cobre brillante, cubierto de plata, con laminilla de oro o con patina.

Del taller, las piezas pasan a las salas de exhibición en Santa Clara del Cobre. Tras un objeto fascinante, están, en la fragua, las bigomias, los fuelles, los marros, los martillos, las mochas, los punzones, las tenazas y una multiplicidad de herramientas.

Y es que en Santa Clara se transforma el cobre burdo, informe, en pieza de colección. Los pobladores, en su mayoría de origen purépecha, llevan el aliento y el color del cobre en el corazón, en la piel, en la sangre. Desde hace siglos convive con ellos y ya son, desde entonces, compañeros inseparables.

Centro metalúrgico con arquitectura típica y paisajes naturales, Santa Clara del Cobre fue asentamiento prehispánico de nativos que rendían tributo de sus labores al imperio purépecha.

Hace siglos, antes de que los navíos españoles cruzaran el océano que olía a aventura, a naufragio, a piratas, los pueblos de la región estaban próximos al río Sisipucho, llamándose algunos Anticua, Churucumeo, Cuirindicho, Huitzila, Itziparachico y Taborca.

Fue en 1530 cuando fray Martín de la Coruña agrupó a los nativos en la primera doctrina de la zona, denominada Santa Clara Xacuaro. La evangelización correspondió a misioneros agustinos, encabezados por Francisco de Villafuerte. Tres años más tarde, en 1533, fue expedida la Cédula Real para la fundación del pueblo, que recibió el nombre de Santa Clara de los Cobres.

Preocupado por los nativos recién agrupados y detectando su destreza en el manejo del cobre, Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, mandó por artífices españoles con amplia experiencia, quienes les enseñaron una multiplicidad de técnicas que les permitieron trabajar el metal con verdadera maestría. Los conocimientos ibéricos se añadieron a los precolombinos.

No conforme con la incorporación de nuevas herramientas y técnicas para la elaboración del cobre, ordenó la construcción de la huatápera, que fue la primera capilla de Santa Clara, donde actualmente reposa el Señor del Laurel.

Una de las materias primas que poseía el antiguo reino purépecha era, precisamente, cobre, metal con que los nativos fabricaban agujas, anzuelos, cascabeles, instrumentos de labranza, leznas, tarecuas y otros, que innegablemente inspiraban codicia en los aztecas.

Fue allí, en minutos de la Colonia, cuando los españoles ordenaron la construcción de una gran fundición para las monjas de la Regla de Santa Clara; sin embargo, en las horas del siglo XVII, un incendio consumió la factoría y parte del convento y del poblado.

De acuerdo con documentos de la época, Santa Clara de los Cobres estaba conformada, en 1765, por dos pueblos de indios naturales: Santa María Opopeo, conocido como El Molino, y Santiago de Ario.

Santa Clara del Cobre no sólo es arquitectura típica y artesanía; también es gastronomía e historia. Sus habitantes tuvieron una intervención bastante significativa durante el movimiento independiente del siglo XIX, ya que la población formaba parte del curato del insurgente Manuel de la Torre Lloreda.

Fue en 1858 cuando la población recibió el nombre de Santa Clara de Portugal, en memoria del brigadier Cayetano de Portugal, caudillo que murió durante su lucha por la libertad de México.

También se registró en Santa Clara del Cobre el primer levantamiento de armas en apoyo al pronunciamiento de Francisco I. Madero, encabezado por Salvador Escalante el 10 de mayo de 1911.

Cabecera del municipio de Salvador Escalante, Santa Clara del Cobre, también conocido como Villa Escalante, colinda con Opopeo y Zirahuén. La población conserva parte de su arquitectura típica que consiste, entre otros elementos, en muros de adobe, puertas de madera y tejados. Situado a 75 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, Santa Clara del Cobre forma parte del programa federal de Pueblos Mágicos.

El jardín principal posee kiosco con techo de cobre, pérgola, más de 50 bancas de hierro, fuentes y faroles que contrastan con los portales con postes de madera, caserío con tejas, callejuelas, dos templos añejos, huatápera y al horizonte, imponentes, montañas pobladas de árboles.

Cabe destacar que el templo más vetusto está catalogado como edificación barroca con una torre ricamente ornamentada; el segundo, en tanto, es resultado de una reconstrucción que data del siglo XIX y presenta algunos elementos decorativos de cobre. Uno de los templos está dedicado a Nuestra Señora del Sagrario y el otro a la Inmaculada Concepción; frente al segundo se localiza la huatápera.

Una casona, en el mismo centro, es sede del Museo Nacional del Cobre, en cuyas salas exhibe hermosas piezas elaboradas por artesanos del lugar. En el patio del recinto se encuentra la réplica de un taller. El portón de la finca fue labrado en cobre por distintos artesanos purépechas.

Si inútil fue la vida de Pito Pérez, llamado en realidad Jesús Pérez Gaona, se trata de un personaje que inmortalizó José Rubén Romero en su obra literaria. Contra la envidia de quienes no trascienden a pesar de dedicar toda su existencia al estudio y al trabajo, Pito Pérez o Jesús Pérez Gaona, hombre alcohólico, amargado, cínico, holgazán y poeta, es recordado en Santa Clara del Cobre y su casa modesta es en la actualidad biblioteca pública. Curioso y paradójico que la habitación que albergó a un individuo haragán y vicioso, sea recinto de conocimiento. En la biblioteca se encuentra la primera edición de “La vida inútil de Pito Pérez”, ilustrada con dibujos alusivos al personaje.

Desde la casa que habitó tan singular personaje, hoy representado en obras de teatro, se distingue la torre de la iglesia donde solía permanecer durante incontables horas, narrando al escritor José Rubén Romero sus aventuras y quizá recitando: “¿qué favor le debo al sol por haberme calentado…?”

Entumido, irreconocible, envejecido, el campanario del templo agustino de la Purísima Concepción fue escondrijo de Jesús Pérez Gaona, quien rehuía las responsabilidades y atendía, en cambio, las insinuaciones de la cantera para sentarse, descansar, beber, contemplar el caserío y arrullarse con las caricias dulces y sensuales del viento.

Tras siete años de recorrer el “mundo”, Pito Pérez regresó a Santa Clara del Cobre como un pobre desconocido. Tocó las campanas del templo con el propósito de celebrar su retorno, ya que años antes había prometido volver triunfante; mas su osadía le costó la cárcel.

Desde el campanario pulsan las evocaciones de tan peculiar hombrecillo, quien compartió el pecho de su madre con un niño huérfano, fue castigado en la escuela con azotes, bebió vino y robó limosnas del templo… Tantas aventuras en una existencia de apariencia insignificante.

En la huatápera, primer templo colonial de Santa Clara del Cobre, reposa la antigua y enigmática imagen del Salvador del Laurel, busto de Cristo al que aman y veneran los moradores de la región. Cada año, tres días antes del domingo de Ramos, las familias de los seis barrios se organizan con la finalidad de ir a la campiña, a la llanura, al cerro, donde recolectan laureles. Unos se trasladan a caballo y otros caminando. Es día de fiesta.

Dedican todo el día a la recolección de laureles. En el pueblo, algunas mujeres preparan el almuerzo y la comida en gran cantidad para toda la gente que se reúne en el campo en busca de laureles.

Ya de regreso, elaboran una corona de laurel que colocan en la cabeza de la imagen colonial. En una mano porta un laurel y en la otra una palma.

El Salvador del Laurel es bendecido durante el domingo de Ramos. Lo llevan en procesión por las principales calles adornadas por las familias, quienes reciben laureles benditos.

De acuerdo con la tradición, el Salvador del Laurel es velado el viernes santo y lo regresan el sábado de Gloria a la huatápera con cohetes y música de viento, entre la algarabía del gentío que lo adora.

Otra costumbre ancestral de los habitantes de Santa Clara del Cobre es celebrar, el viernes de Dolores, la Procesión del Silencio. Sacan la imagen del Señor de la Agonía, el Santo Entierro y La Dolorosa que junto con incontables Cristos participan en la Procesión del Silencio durante la noche del viernes. Encapuchados cargan las imágenes sacras. Caminan en silencio. Algunos llevan velas. Otros tocan maracas a un ritmo fúnebre. Es noche de duelo.

El Sagrario, templo que colinda con la plaza principal, resguarda la imagen de un Cristo café de bella manufactura y la hermosa e inigualable escultura de la Virgen de Dolores, quien vestida de negro, siempre de luto, muestra un gesto dulce, tierno y, al mismo tiempo, triste. Se notan lágrimas en su rostro.

La gastronomía de Santa Clara del Cobre consiste, principalmente, en borrego preparado de distintas formas y platillos a base de maíz, entre los que destacan corundas y uchepos. También son célebres las tortas de carne molida cocida con limón, queso de puerco y una tostada de maíz en medio.

De piel morena por el linaje purépecha, ellos, los artesanos, dejan caer, uno a uno, los marros sobre el cobre, mientras otros sostienen las tenazas que sujetan el artefacto que abraza la lumbre febrilmente, hasta que a fuerza de trabajar surge la joya que ha de embellecer a la joven turista o la pieza que quedará en algún rincón de la casa o de la oficina como fragmento de una tradición ancestral en Santa Clara.

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