Mi vida y mi cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día, al mirarla, me descubrí en el reflejo de sus ojos y comprendí que era el ser que había buscado aquí y allá, en un rincón y en otro del mundo, allende las fronteras, en la campiña y el caserío, entre la muchedumbre y en la desolación, durante las mañanas calurosas y las tardes de lluvia; entonces, decidí estrechar sus manos, sentirla y permanecer a su lado siempre porque supe que se trataba de ella, mi vida y mi cielo.

Al afirmar que es mi vida, admito que he depositado en ella lo que soy, mi historia, la ruta de mis días, un itinerario grandioso y de ensueño, capítulos insospechados, mi ayer, mi hoy y mi mañana.

No pretendo convertirme en carga para que me arrastre porque entonces ya no sería mi vida, sino recolectora de tristes suspiros. Al contrario, al ser mi vida, significa que juntos, ella y yo, los de siempre, tendremos capacidad para contemplar el firmamento con todos sus luceros, el oleaje del mar con su grandeza universal, el encanto de la lluvia, la magia de los arcoíris y los colores de las mariposas y las flores.

Tengo la dicha de que ella, la de los ojos que devolvieron mi imagen, sea mi vida, y eso equivale a unir los latidos de nuestros corazones, respirar el amor, palpar los sentimientos más sublimes, escuchar los murmullos del universo, percibir las fragancias más deliciosas y captar los sabores del mundo y la creación.

Estoy seguro, lo confieso, de que el hecho de que alguien represente la vida de uno, significa que se entrega lo mejor de sí para multiplicar la alegría, el amor, la risa, el milagro de sentir el soplo que proviene de lo alto.

Gracias a aquella imagen mía que miré retratada en sus ojos, tomé la decisión de arrojar el ancla y descender al puerto de su existencia, donde me quedaré con ella para protagonizar nuestra historia, la más grandiosa de amor, porque no a cualquier persona se le entrega la vida.

Imagino que de no haber coincidido con ella, seguirá navegando por océanos impetuosos, totalmente entregado a mi búsqueda, desolado y triste por su ausencia, por presentirla y no encontrarla.

Es mi cielo porque al entregarme su amor, su risa, sus juegos, sus detalles, su espiritualidad, sus sueños y sus ilusiones, y al aceptar los míos sin restricciones para unirlos y volverlos proyecto de vida, me conduce a la morada de los ángeles, a la puerta de Dios, al jardín de la eternidad.

Ahora entiendo que no cualquier hombre o mujer posee la dicha de coincidir en su existencia con un ser especial y mágico, transformado más en ángel que en humano, y yo, lo confieso, me siento la criatura más feliz de la creación al saber que ella es mi vida y mi cielo.

Mi amor por ella, la de los ojos que relejaron mi imagen, es tan grande que le llamo vida y cielo. ¿Qué sería de uno, en este mundo, ante la ausencia de vida? ¿Qué sucedería, me pregunto, si no existiera la esperanza de un cielo? Cuán afortunado me considero al saber, porque así lo siento con ella, que la vida y el cielo son reales.

Oh, ella es mi vida y mi cielo por todo lo que significa para mí. Las personas, al unirse, no siempre pueden asegurar que sus parejas son su vida y su cielo, acaso porque su amor no es tan fuerte, quizá por resbalar a lo cotidiano y la rutina, posiblemente por traicionarse, tal vez por olvidar que los sentimientos no son apetitos pasajeros dentro de la brevedad de la existencia, sino el camino para alcanzar la inmortalidad.

Por ser mi vida, siento, cuando estoy con ella, que me encuentro en el instante mágico en que brotó la primera flor en este mundo; al ser mi cielo, experimento, a su lado, la sensación de formar parte del firmamento, de un paraíso que se intuye en lo más profundo del ser.

A su lado, tomado de su mano y con mi corazón unido al suyo, contemplo la aparición de las estrellas en el firmamento y percibo la delicia de la llovizna, las burbujas que revientan al ser tocadas por el aire, las nubes rizadas e incendiadas por el crepúsculo y que transitan peregrinas y cambian sus formas caprichosas al mirarse reflejadas en los lagos.

Sonriente y agradecido, sé que bien valieron los años de búsqueda intensa porque finalmente, al mirarle a los ojos, la descubrí en mi camino, coincidimos en el sendero, y hoy la considero mi vida y mi cielo. Al tomar sus manos y estar a su lado, entendí que no es la colección de romances ni el brillo de la superficialidad lo que provocan la dicha y conducen al camino de la eternidad, sino el amor y los sentimientos que le rodean, y eso, lo acredito, lo encontré el día que le miré a los ojos y decidí quedarme a su lado y considerarla mi vida y mi cielo.