Mi amor por ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El amor no es baratija de mercado ni objeto para satisfacer apetitos callejeros y de cantina; es el sentimiento más sublime que fluye, cuando es auténtico, por fibras etéreas del alma, y solamente los seres privilegiados lo experimentan porque Dios, al crearlos, les concedió la dicha de vivirlo. No está a la venta ni se le remata, ni tampoco se mendiga ni se desecha, porque entonces se convertiría en mercancía o en limosna y basura. El amor que me inspiras, musa mía, ya es tuyo para hoy, mañana y siempre, aquí y allá, en el mundo y la eternidad. Es probable que durante mi jornada cotidiana, al dedicarte mi arte y mis letras con la constancia y vehemencia con que lo hago, haya quienes hundidas en el fango de la saciedad, la pasión desbordante o el vacío y la monotonía de sus existencias ante la ausencia de valores y una historia interesante, pretendan arrebatar el amor que reservo para ti; sin embargo, al morar tú en mi corazón y en mi mente, en lo más profundo de mi ser, deambularán en su ceguera porque yo no traiciono ni te sustituyo por el brillo de la lascivia. No entienden que las sábanas definitivamente no simbolizan, por sí solas, el más sublime de los sentimientos; el amor, vida y cielo mío, es una serie de capítulos compartidos, con sus luces y sombras, que componen la más bella, inolvidable, magistral y plena de las historias. Es el vehículo para transportarse hasta las olas de la inmortalidad. Durante años te busqué y cuando finalmente, tras recorrer una y muchas rutas por el mundo, te descubrí aquella noche, tu esencia se impregnó a la mía, al grado de entender, lo confieso, que nuestras almas siempre permanecerán unidas en el más sublime amor. Y siempre no significa algunos momentos; contempla ayer, hoy, mañana y la eternidad, con todos los actos y detalles que implica la entrega del corazón. Quienes pretenden arrancarme de los días de tu existencia, no comprenden que tu alma y la mía ya son inseparables. Desconocen que tú y yo compartimos el secreto del amor, y que por ti soy capaz, una mañana o una noche, de sumergirme en las profundidades del océano con la intención de regalarte uno de sus tesoros naturales o subir hasta el cielo y tocar a la puerta para entregarte su encanto inmortal. Tal es mi amor por ti.

Si no existieras

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Olvidé decir, al dedicarte mis poemas, que si no existieras e intentara dibujar tu rostro e inventar tu silueta, definitivamente no coincidiría contigo porque eres irrepetible, el modelo que Dios, al crearte, atesoró con cerrojo en uno de los arcones del cielo.

Estoy seguro de que mis palabras, tejidas en el poemario igual que la constelación que uno mira arrobado una noche de ensueño y romance, resultarían insuficientes para definirte si no existieras.

Mis lienzos, arrumbados en el desván, iniciados en la buhardilla o expuestos en alguna sala de arte, tal vez cautivarían, pero ninguno, en su belleza y resplandor, se aproximaría a ti por ser única e insuperable.

Tal vez, no lo dudo, los pinceles trazarían rasgos similares a los tuyos y hasta confundido por la emoción, creería vanamente que se trataría de tu esbozo, de ti plasmada en el lienzo; pero al cabo de los minutos, tras observar tu retrato una y otra vez, entristecería por no poder reproducirte. Algo faltaría.

Al esculpirte, sin duda renunciaría al martillo y al cincel por no poder darle tu forma a la piedra yerta o quizá por tenerte en una reproducción fría y sufrir la impotencia de no escuchar los latidos de tu corazón y el concierto de tu voz, ni disfrutar tu sonrisa y contemplar el resplandor de tu mirada.

Estoy seguro de que Dios, al crearte, solamente te reprodujo una vez y te hizo muy especial, porque entonces cómo explicar que mi búsqueda por el mundo fue fútil mientras no coincidí contigo. Encontré, al andar por caminos y parajes, incontables rostros de mujeres, unos encantadores y otros no tanto, con sus historias y realidades; pero ninguno comparado a ti, probablemente por ser tú uno de los ángeles consentidos del cielo y por contener una fórmula de especial y mágica esencia.

Inspirado por el amor y cautivado por tu naturaleza, te convertí en mi musa, en mi vida y mi cielo, en mi ángel tierno, y no para alivio de mis pasiones, como lo hace el mundo, porque entonces enlodaría tu esencia y atentaría contra la inteligencia superior que te inventó, sino con la intención de fusionarnos en el más sublime de los sentimientos, escribir una historia prodigiosa y juntos llegar a la morada.

Gracias a que Dios, al crearte, impregnó su perfume en tu interior, no tengo necesidad de inventarte en mis obras literarias ni de reproducir tu voz en un concierto. Mientras la humanidad, confundida en su mayoría ante el destello de los aparadores y los reflectores de la superficialidad, los apetitos pasajeros, la ambición y la estulticia, deambula en la noche oscura, cerca de precipicios y abrojos, tú alumbras mi mirada y mi ser con tu amor tan especial, tus códigos y el encanto de tu alma.

No me sorprende que seas diferente, lo confieso, porque un ser a quien Dios creó bajo una fórmula especial e irrepetible para posteriormente guardarla en uno de los cofres del cielo, actúa con el alma y no con la apetencia carnal, con la inteligencia y no con la brutalidad, con el amor del corazón y no con el odio del vulgo, con los sentimientos y no con los instintos. Esa es la diferencia entre tú y el mundo.

Al no existir, aspiraría inventarte, reproducir tu belleza y perfil en mis relatos, en el poema, en mis lienzos, en la escultura y en los conciertos, y quizá me aproximaría, por mi natural empecinamiento, a presentarte ante el mundo como obra de arte; pero admito que por más excelsa y cautivante que fuera, experimentaría un hondo vacío porque faltaría tu esencia, la fragancia que Dios, al crearte, impregnó en ti para marcar la diferencia entre tú, mi musa, y quienes masificadas se han convertido en juguetes de historias carentes de huella y sentido. Hoy, tras mi búsqueda por el mundo, celebro el regalo que el cielo me ha concedido al recibir tu amor y tus manos que estrechan las mías para juntos regresar al jardín más bello, y qué bueno que formas parte de mi vida y palpitas en mi ser, porque de lo contrario, si no existieras, tendría que reproducirte en el arte e inventar una mujer como tú, distinta y especial, con la idea de pedir a Dios el perfume que aplicó en tu esencia antes de unirte a mi corazón.

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La idea de la finitud

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 A la memoria de Gonzalo Rojon Serrallonga

 La idea de la finitud, es cierto, quebranta todos los esquemas de los seres humanos; sin embargo, entre el cunero y el sepulcro solamente hay un suspiro, un abrir y cerrar de ojos, un paso. Un día naces y al cabo de las horas y los años, desciende el telón. Vita brevis, la vida es breve, demasiado corta, como para desperdiciarla en lamentos y tristezas, en rencores y esperas que no llegarán. Merece experimentarse en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con un rumbo bien definido y con amor, alegría, justicia y honestidad. En uno radica la decisión de convertir los capítulos de su existencia en una trama insípida, como tantas que hay, o protagonizarla, a pesar de las circunstancias, para que sea una historia alegre, irrepetible, maravillosa, intensa, sublime, bella e inolvidable. El nacimiento de un ser es la aurora y si bien es cierto es motivo de alegría, cuesta venir al mundo a probarse a sí mismo; el ocaso, muchas veces provoca lágrimas y tristeza, quizá porque la mayoría desconoce que la transición solamente es el camino a una vida más grande. Cada instante es irrepetible. La caminata del tiempo es impostergable. Hay ser felices con lo que somos y seguir adelante para que nuestras existencias no sean notas discordantes, sino la más magistral de las sinfonías.

La vela y el candil

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soberbio por la belleza y elegancia de sus prismas, el candil habló despectivamente a la vela: “soy superior a ti. Mi diseño refinado y el cristal cortado que porto, me dan distinción. Atraigo las miradas y cautivo a la gente más poderosa; tú, en cambio, vela de  fugaz existencia, te agotas y extingues tras ofrecer una flama humilde e insignificante”. Reflexiva, la vela contempló su apariencia y se comparó con la suntuosidad del candil. Distinguió su pequeñez. Se marchó cabizbaja y silenciosa ante la altivez del candil. Esa noche, el candil alumbró el salón principal de una residencia ostentosa, donde se celebró una reunión en la que los asistentes consumieron la brevedad de las horas en brindar con vinos importados de los viñedos de mayor prestigio en el mundo, cenar platillos exclusivos de las cocinas más caras y hablar sobre modas, política, autos de lujo, yates, aviones, cruceros, aventuras placenteras y negocios. A la misma hora, la vela entregó lo mejor de sí en el interior de una pocilga, donde un viejo escritor terminó la más cautivante y célebre de sus obras, quien aprendió, por añadidura, mientras redactaba y notaba que la cera se extinguía irremediablemente, que la vida es para experimentarse con plenitud porque un día se apaga como aconteció con la flama. Al siguiente día, los propietarios de la mansión, influidos por las opiniones de sus invitados, decidieron modificar el diseño del salón, retirar el candil, almacenarlo en el desván y sustituirlo por lámparas modernas, al mismo tiempo que el otro, el escritor, tomó los residuos de parafina y antes de arrojarlos al carretón de la basura, agradeció los momentos fugaces de luminosidad para concluir la más bella y profunda de sus obras y adquirir el aprendizaje que le transmitió, al consumirse, acerca de la brevedad de la existencia.

Paseo por el mar

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 Al amor de mi vida

 El oleaje, en su incansable ir y venir, acaricia la arena y borra nuestros nombres y las huellas que dejamos al caminar esta mañana, mientras el sol aparece entre nubes plomadas y el viento juguetea con tu cabello que cubre tu rostro sonriente, como si los signos de la creación pretendieran musitar que los días de la existencia son cortos y, por lo mismo, uno merece experimentarlos en armonía, con equilibrio y plenitud.

Tomados de las manos, admiramos el carmesí del sol matutino que incendia el celaje y contemplamos, embelesados, las olas que se estampan contra las rocas donde solemos permanecer en silencio durante horas, quizá porque el mar es una de las entradas al cielo infinito.

Olas que se desvanecen al tocar la arena y los riscos, viento que susurra mil secretos, nubes que flotan en la brevedad de su existencia, gaviotas y pelícanos que planean impulsados por el aire, vida marítima interminable, todo reunido en un rincón mundano para deleite tuyo y mío durante nuestra fugaz permanencia terrena, anticipo de un paraíso ya prometido.

Miramos las tonalidades jade y turquesa de un mar impetuoso, pletórico de expresiones de la creación, que enseña claramente que la vida inicia cada instante y que con el segundo inexorable surge la oportunidad de experimentarla intensamente.

Arrobados por los colores del mar que se reflejan en las miradas enamoradas de ambos, sentimos emoción que surge desde las profundidades del alma y decidimos, en consecuencia, dedicar los días que nos restan en el mundo a protagonizar la más grandiosa de las epopeyas para justificar nuestras existencias y dejar constancia de la más bella y sublime historia de amor.

Enamorados, hundimos los pies en la arena humedecida por las olas de efímera existencia y sentimos el agua salada en la piel, tal vez porque ya somos otros y no miramos el mar y su paisaje como la mayoría de la gente. Nosotros lo experimentamos, de tal manera que cada trozo se replica con los latidos de nuestros corazones, las miradas que intercambiamos y los besos tiernos que nos transportan a horizontes insospechados. ¿No acaso, cuando estábamos sentados en la arena, nos abrazamos para admirar la excelsitud del mar y segundos más tarde, juntos, acostarnos intempestivamente con el propósito de contemplar la profundidad y maravilla del cielo, mientras el rumor del oleaje y del viento nos mecía?

Idioma universal el del amor y el del mar que no necesitan traductor porque se trata de algo mágico que se experimenta y entiende desde la esencia de uno. Nosotros, tú y yo, lo sabemos ahora que hemos pasado por todo en el mundo.

Gozamos cada minuto irrepetible en el mar, acaso porque es nuestro refugio y, al mismo tiempo, fuente de conocimiento e inspiración. El mar, pellizcado por los dedos de Dios para darle un oleaje majestuoso, enseña que el amor es excelso y que las gotas de agua transitan libremente, pero vuelven a unirse para ser uno en la inmensidad

Nunca, como esta mañana, había entendido la magia del amor. Las partículas marítimas, al amarse, contienen grandes tesoros en sus profundidades. Unas veces, el mar se manifiesta enérgico e impetuoso, y otras, en cambio, tranquilo; sin embargo, está unido al cielo y a la tierra, al horizonte y a la playa, quizá porque conoce su realidad y no olvida que si su apariencia es cautivante, mayores son las riquezas de sus profundidades. Humedece la playa seductora, pero regresa para dar vida a sus inconmensurables tesoros.

Ahora, al caminar a tu lado por la playa y admirar el mar con entrega y pasión, nuestros corazones se fusionaron y también vibraron al unísono del universo, como si una voz mágica y sutil replicara en lo más profundo del ser para recordarnos que la vida comienza cada instante y que siempre tendremos, tú y yo, oportunidad de renovar el amor que nos hace uno con la creación.

Imaginé, también, que tú y yo, tomados de las manos, somos idénticos al mar y que sus olas nos conducen hasta el horizonte, donde el océano parece unirse con el más hermoso e incomparable de los cielos.

Mientras contemplamos el oleaje en su ir y venir, al mismo tiempo que el aire juguetea con tu cabello y rumora a nuestros oídos insondables secretos y la invitación a amarnos con las luces y sombras de ambos, con lo que somos, te abrazo silenciosamente durante prolongados minutos. Así, al unir los latidos de nuestros corazones, también percibimos el palpitar del cielo y del mar que parece ya no provenir de afuera, sino del interior.

Antes de partir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Antes de partir, tocaré a tu puerta por vez postrera, acaso para que confundido en mi despedida angustiante, me lleve la tristeza de tu ausencia en una carretilla o quizá con la intención de dejarte la imagen de mi rostro y que nunca olvides que un día coincidiste con alguien que estuvo dispuesto a darte el amor más hermoso y puro del mundo.

Quiero decirte, antes de irme, que en mí hubieras tenido el amor más subyugante de tu vida y que tal vez, al caminar, encontrarás a alguien, no sé a quién, pero siempre sabrás que no me superará porque mis sentimientos, ya probados por ti en los días felices y en tus horas amargas, provienen de una de las fuentes de agua diáfana que existen en el cielo y que Dios llena todas las mañanas.

Agradezco, antes de marcharme, el rostro amable y los capítulos bellos e irrepetibles que me ofreciste un día, otro y muchos más, tal vez sin pensar que las señales que me enviabas sólo eran de admiración y agradecimiento y no de amor.

Iré a tu lado, antes de retirarme, para entregarte el cuaderno de apuntes en el que te inventé y compuse nuestra historia, las hojas de la libreta en las que te dibujé, porque deseo que guardes en algún sitio muy especial la constancia del amor tan sublime que me inspiraste cada día.

Admito, antes de dar la vuelta y continuar en el sendero que me corresponde -oh, tengo que inventar mi vida con la ausencia de tu corazón-, que me resultó imposible borrar los trazos y las palabras que plasmé en las hojas de papel. Utilicé, al escribir y dibujarte, tinta indeleble, quizá por creer que un amor como el nuestro nunca muere.

Deseo platicarte, antes de cerrar la puerta, que alguien dijo, cierta vez, que cuando se ama en verdad a otra persona, uno enfrenta todas las adversidades, incluso desafía a la muerte, prueba que tal vez no superamos porque fuimos incapaces de arriesgar para obtener la felicidad que da la unión de dos corazones.

Me iré de tu lado, es verdad, pero antes tocaré a tu puerta para agradecer los momentos dichosos de nuestra historia y abrazarte muy fuerte, sentir los latidos de tu corazón y musitarte al oído que poseía las llaves para entrar al cielo y ofrecerte la felicidad plena. Dios me entregó esas llaves para llevarte a su morada, y al no conseguirlo, mi corazón se arruinó y quedó desolado.

Antes de retirarme, intentaré limpiar mi furgón y asomaré por una de las ventanillas para decirte adiós y mirar tu figura que empequeñecerá conforme la estación quede atrás, igual que los mejores días de mi vida, con la seguridad de que aunque lo intente, jamás podré arrancar tu recuerdo de mi corazón porque la historia que compartimos ya es nuestra.

Besaré tus labios mojados por mis lágrimas, antes de partir, para llevarme tu sabor y al morir algún día, dulcificar mi final con el recuerdo y la ternura de quien sentí fue la mujer que amé. Entonces, aguardaré tu llegada en la eternidad con la esperanza de que allá lleves nuestro cuaderno con el objetivo de proseguir con la historia que interrumpimos en el mundo. Antes de partir, asomaré por tu ventana y te confesaré que te llevaré en mis días de soledad porque eres, no dudo, el corazón que se unió al mío, y ya es tarde para separarlo del tuyo. No es que no sepa ni pueda vivir sin ti, pero tu corazón late al mismo ritmo que el mío.