El pájaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 
“Si deseas aprender sobre la vida, tendrás que visitar las camas de los moribundos en los hospitales y los sepulcros en los cementerios desolados, donde sólo hay tristes despojos; si quieres conocer acerca de la muerte, al contrario, deberás acudir a los cuneros”, explicó una mañana, mientras volaban, pájaro padre a pájaro hijo.

 
Al descubrir signos interrogantes en las facciones de su hijo, el ave mayor aclaró: “quizá piensas que he perdido la razón porque de acuerdo con la lógica, la vida se manifiesta en las cunas, con los recién nacidos y su potencial de protagonizar sus historias, mientras la muerte, en cambio, se expresa en las tumbas, donde yacen cuerpos carentes de aliento y porvenir”.

 
“No obstante, agregó, asimilirás incontables lecciones acerca de la vida si interpretas el lenguaje de los muertos, y bastante de la finitud de la existencia si hablas y observas a quienes nacen y deambulan por el mundo”.

 
Cuando pájaro hijo entendió que en la muerte podría descifrar los rasgos de la vida y los signos de la caducidad definirlos en el hálito de la existencia, solicitó a su progenitor le autorizara volar lejos con la intención de experimentar y escribir su propia historia y, a la vez, aprender sobre la aurora y el ocaso.

 
Había llegado el momento de la despedida, la hora en que pájaro hijo emprendería el vuelo a otras rutas, como años atrás, en determinado instante, lo hizo él, pájaro padre.

 
Tras los consejos, lágrimas, abrazos y sonrisas de pájaro padre, pájaro hijo voló hacia rumbos insospechados con la idea de dedicar los días de su existencia al conocimiento y la felicidad.

 
Intuyó que resultaría primordial adquirir conocimiento respecto a la vida y la muerte, a las luces y las sombras, si en realidad deseaba que su vuelo resultara dichoso y pleno, lo que lo impulsó a trasladarse hasta las criptas, en el cementerio, donde comprobaría si allí, entre los tonos sombríos de la melancolía y la ausencia de seres con vitalidad, captaría mensajes sobre la existencia. ¿Cómo era posible que en el paisaje de la muerte alguien aprendiera el significado de la vida?

 
Al descender a los sepulcros, ya al atardecer, sintió mucho frío, tanto que sus alas se plegaron al recibir el hálito que provenía de aquí y de allá, acompañado de murmullos que lo estremecían y pronto se transformaron en voces -las palabras de los muertos- que al llegar hasta sus oídos, formaron imágenes del ayer, hoy, mañana y siempre, con hombres y mujeres sonrientes, amorosos, intoxicados de odio, contagiados de virtud modelo, perversos, sabios, ignorantes, opulentos, miserables, hermosos, feos, con capacidad para hacer de sí un cielo o un infierno, que le llamaron por su nombre con el objetivo de emitir gritos desesperados: “tú que aún puedes, ¡vive, vive, vive!”

 
Más allá de actuar como otras aves que antes de marcharse a sus frondas en busca de lechos mullidos, acecharon a los gusanos e insectos para hundirles sus picos y devorarlos, pájaro hijo permaneció quieto y silencioso, dispuesto a captar los susurros de los muertos, quienes insistieron que la vida es breve, un sí y un no, la acumulación de días y años con fecha de caducidad, un libro con las páginas numeradas en blanco para estampar una historia, buena o mala, con sus luces y sombras.

 
Pájaro hijo comprendió, en consecuencia, que las criaturas descarnadas, ya ausentes de vida material, pretendían sacudirle las alas, gritarle para hacer a un lado las capas que obstruyen la luz en la mayoría de los seres que vienen al mundo a crecer y probarse.

 
Miró desfilar a la gente y a todas las criaturas vivientes, con sus proyectos e ilusiones, al lado de sus familias y amigos, con las generaciones que les tocó coexistir, con las cosas que forman parte de uno y al final renuncia a conservarlas, con risas y llanto, con alegrías y tristezas, acechadas por el segador.

 
Aprendió que uno, al encontrarse en medio del mundo, en cualquier instante corre el riesgo de concluir la jornada y dejar la historia trunca cual ingrato recuerdo y doloroso arrepentimiento.

 
Los murmullos de la muerte le señalaron los cortejos fúnebres, las tumbas cubiertas de flores, las expresiones del llanto y el desconsuelo, transformados más tarde en recuerdos y posteriormente, al transitar las horas, los días y los años repetidos, en olvido. Los pétalos se marchitan, las lágrimas se secan y los sepulcros ennegrecen porque todo es pasajero, nada es permanente.

 
Pájaro hijo sintió estremecer al descubrir la fragilidad de la vida. Alegría, romances, ilusiones, proyectos, ideales, creencias, todo se desvanece, lo mismo si es hermoso que feo, inteligente que tonto, abundante que pobre.

 
Observó a la orilla del cementerrio, próximo a un muro carcomido por los rasguños del sol, la lluvia, el viento y los años, un riachuelo diáfano e indiferente al dolor, la melancolía y la soledad de los sepulcros con sus historias anónimas. Únicamente el agua encharcada y pútrida reflejaba durante su agonía las siluetas de las criptas aledañas.

 
Se dio cuenta de que si existen abismos, cercas, fantasmas, fronteras y monstruos, son los que moran en los corazones y las mentes, y que si uno desea ser gpríncipe, tiene que visualizarlo y trabajar para conquistar su sueño; si se conforma con participar en la comedia como mendigo, habrá que mecerse suavemente con los arrullos de la mediocridad. La vida es breve y resulta primordial experimentarla plenamente.

 
Una vez que comprendió la fragilidad y el sentido de la vida, emprendió el vuelo a una clínica médica, al área de cuneros, donde paradójicamente aprendería con relación al significado de la muerte.

 
Durante el vuelo, pájaro hijo coincidió con parvadas de diversas especies de aves, guiadas por líderes, con conductas similares y muy fieles a sus instintos. Iban en dirección opuesta a la suya, en busca de nidos y refugios aparentemente seguros ante la proximidad de las sombras nocturnas.

 
Ave hijo ingresó por la rendija de uno de los ventanales del hospital, recinto, en su mayoría, dedicado a enfermos que perdieron capacidad de atraer la luz y elegir, en consecuencia, lo excelso de lo pútrido.

 
Ya en el interior del hospital, donde los rostros compungidos revelaban el anticipo de la muerte, se trasladó hasta el área en la que se llevaba a cabo el milagro de la vida, y no tanto por la intervención de los médicos que suelen olvidar durante sus horas efímeras de engreimiento que sólo coadyuvan, sino por causa de leyes superiores, de algo etéreo que flota y pulsa en todo el universo.

 
Fue allí, entre las cunas, donde entendió que la distancia con los sepulcros equivale a un pestañeo, a un suspiro. Lamentó que desde su nacimiento, la mayoría de los seres humanos opten por arrancar las páginas del cuaderno de la vida o ignorarlo, en vez de conservar todas las hojas con sus borrones, enmendaduras y rayones, porque eso es la jornada existencial, parece, un ensayo, un ejercicio que inicia con la aurora y concluye con el ocaso.

 
Escuchó, procedentes de las salas de parto, los gemidos de las madres dispuestas, incluso, a sacrificar sus vidas por las de sus hijos, y el llanto de los bebés al recibir el primer aliento.

 

Pájaro hijo sintió el hálito de Dios en aquel lugar. Observó los cuneros resignados a cumplir su misión, indiferentes a las identidades e historias de los recién nacidos, que le decían “mira, de aquí parten estas miniaturas de seres humanos al mundo, con todas las posibilidades de crecer y protagonizar capítulos grandiosos que hagan vibrar al universo y lo iluminen de tonalidades mágicas; sin embargo, casi todos se convierten en negación de su naturaleza y se extravían, olvidan la ruta de regreso a casa”.

 
Ave hijo meditó un rato. Se percató de que muchos seres humanos, al nacer, ya están muertos porque sepultan su esencia y actúan contrariamente a su naturaleza. Observó el reloj colgado cerca de la sala de cuneros. Recordó que la caminata de las manecillas es impostergable, que es imposible hacer, en este mundo, una tregua sin que el tiempo deje de cincelar su marcha.

 
Presenció el paso apresurado de médicos y enfermeras que trasladaban a un paciente que agonizaba. Lo trasladaban a la sala de urgencias, pero la guadaña de la muerte se encajó en sus entrañas y pájaro hijo, aterrado, contempló el rostro adolorido del cadáver. La vida se había esfumado en un instante y con su final, también terminaron las posibilidades del paciente para enmendar su guión.

 
Los familiares del paciente fallecido recibieron la noticia por parte de los médicos y derramaron lágrimas dolorosas. La muerte, entonces, se convirtió en ausencia y nostalgia de la vida. En el extremo de aquel recinto, había quienes alegraban por el nacimiento de un ser humano, acaso sin sospechar que a partir de ese momento ella, la muerte, estaría latente a su alrededor. Así, la vida se presentaba como una jornada expuesta a fragilidades.

 

Tras percatarse que se encontraba entre la vida y la muerte, con sus luces y sombras, pájaro hijo comprendió que su estancia en el mundo podría convertirse, si lo deseaba, en cielo o en infierno.

 
Las horas proseguían fugándose. La alternativa de pájaro hijo fue unirse a una parvada e iniciar una jornada común a la de la mayoría, con esquemas determinados y cierta seguridad para subsistir, o atreverse a desempolvar las cerraduras de su ser y protagonizar la más bella y grandiosa historia existencial en armonía consigo y la creación, con equilibrio y plenitud.

 
Olvidó, por un instante, la trama existencial de los seres humanos. Asomó por uno de los ventanales del hospital y fijó su mirada en un grupo de pájaros grises, guiados por un líder que moldeaba sus conductas y definía el rumbo; al otro lado, próxima a una arboleda, observó el vuelo ligero de un ave blanca y resplandeciente, libre, que planeaba gracias a que poseía conocimiento sobre la fuerza y el sentido del viento. Le acompañaban otras aves de plumaje brillante. Lucían felices y plenas.

 
Pájaro hijo asimiló la lección hasta entender que se encontraba de frente ante su destino y tendría que llegar muy puntual a su cita. Tras el paso de una parvada enorme y escandalosa, emprendió el vuelo en sentido contrario, hasta que el aire de la libertad lo impulsó a cielos y horizontes insospechados, donde indudablemente, imaginó, protagonizaría la más grandiosa de las historias, la suya, con flores no expuestas como triste recuerdo sino dispersas en un jardín bello e interminable.

22 comentarios en “El pájaro

  1. Santiago, hace días, al redactar un mensaje en este medio, te pedí disculparas mis comentarios anteriores y admití que no sabía frente a quién estaba y ahora lo compruebo al leer tu artículo y ver que eres un ser amoroso y lleno de luz que lo mismo tratas temas sobre tu enamoramiento que sobre la vida y la muerte como este texto… no pretendo ser fatalista ni quedar ante tus lectores como una mujer sentimentalista, pero si te soy sincera debo admitir que hiciste que salieran algunas lágrimas por la emoción que sentí al leer tu texto, el cual me hizo pensar sobre la vida y la muerte, lo que somos y de qué manera hay que aprovechar cada día… Eres magnífico como escritor y siento que tambén como ser humano.

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  2. Si tus articulos del amor me tenian atrapada con este me haces pensar y me convenzo de que eres un escritor precioso en todos sentidos, me enamore de ti con tus escritos.

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  3. Me hiciste el día con este escrito y con otros muy hermosos que leí en tu mismo espacio que me hicieron pensar demasiado, muchas gracias.

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  4. Santiago Galicia Rojon Serrallonga Desde hace tiempo te sigo con tus publicaciones y si no me había atrevido a escribirte antes fue porque antes quise conocerte por medio de tus escritos y comprobar tu consistencia y tu espíritu de escritor y filósofo, de tal suerte que ahora me animé redactarte algo para decirte que me gusta mucho lo que escribes y tu estilo de hacerlo, tu forma de pensar y también imaginar que eres un hombre diferente porque alguien que escribe y piensa asi definitivamente tiene que ser un caballero y una persona muy educada y culta, con personas como tú vale la pena platicar y relacionarse, de verdad quisiera tenerte entre mis contactos, conocer más de ti, aprender mucho de ti y porque no si se vale soñar,,,,, un dia conocerte….. perdona mi atrevimiento pero imaginaras que me siento emocionada por todo lo que he leido gracias a que te inspiras y lo compartes….. es que cada escrito tuyo enamora como dicen algunas que comentan aquí aunque la verdad es que yo si lo siento real porque cada letra que compones me llega al corazon por su belleza. Todo es muy bonito.

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  5. Como siempre, ilustre Santiago, expones todo con arte y sensibilidad. A quienes no te conocen, los invito a que lean todos tus escritos y analicen lo que deseas transmitirnos, y no para que entablen comunicación contigo, como algunas desean, sino para que sepan que cada texto contiene palabras bellas y mucho conocimiento y experiencia. Saludos con mi admiración de siempre, Santiago.

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  6. De manera implícita, la vida y todo lo que esta acarrea, tiene su antónimo. Así es esto de sentir latir el corazón, de mirar alrededor y ser capaces de valorar tan divino regalo. De encauzar las acciones y las decisiones perseverantes en la coherencia de SER uno mismo, natural, puro, auténtico, feliz. De armarse de valor, si es preciso, para volar en diferente dirección de los demás, con el firme propósito de vivir “…el aire de la libertad… (y) …protagonizar la más grandiosa de las historias…” , la de uno mismo durante este pequeño suspiro llamado vida.

    Santiago, de nueva cuenta, me quito el sombrero y de pié aplaudo su artículo.

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  7. No soy atrevida ni ofrecida, pero aparte de que me gusta muchísimo tu modo de escribir y de pensar, la verdad es que me gustaría vivir con un hombre como tú, escritor de Dios y del amor.

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  8. A mi con que me escribiera todos los días un mensajito, un recado, un pequeño textito, lo que sea para sentirme amada todos los días y entregarle mi amor igual cada día.

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