Celeste

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El amor, cuando une dos corazones, obtiene el regalo de la eternidad. Los nuestros conocen tal secreto.

Mientras la luna y las estrellas -destellos, quizá, de otros mundos- decoran el firmamento, las horas transcurren silenciosas e inexorables, me acompañan en mis reflexiones nocturnas, en mis momentos de soledad e inspiración, encerrado en mi buhardilla de escritor, donde armo palabras para ti con las flores, los arcoíris y las nubes que recogí y guardé en mi mochila de viajero durante mi caminata matutina.

Bordo, en el papel, letras de oro y plata, hasta plasmar ideas, textos que dedico a ti no porque sea un hombre obsesivo, carezca de actividades y proyecto de vida o desconozca otros temas, no, no es eso. Lo hago porque te siento en mi corazón y prometí, cuando me miré en tus ojos, cubrir los días de tu existencia con detalles y hechos.

Todos los días, a determinada hora, me aíslo del mundo, de las cosas cotidianas e intrascendentes que pretenden atrapar a hombres y mujeres y que, a pesar de todo, forman parte inevitable de la vida, con la intención de escribir en la arena de la playa un poema para ti, armar en la constelación un texto resplandeciente que deje constancia al mundo y al universo de nuestro amor mágico y especial o grabar en el mar ondulado por el aire y el oleaje, palabras, sentimientos e ideas que sólo puedan mirar e interpretar quienes saben volar.

Atrapo los cometas, las luces fugaces, para que no se desvanezcan en un suspiro. Los deseo para ti, no con el objetivo de que luzcan cual maquillaje que pronto se desvanecería, sino para que alumbren tu camino y el mío, tú lo sabes.

Inmerso en los sentimientos que me inspiras, mi ser se zambulle en las profundidades cósmicas y en los rincones más recónditos de mi corazón para recoger piedras preciosas que convierto en letras e ideas para ti. Abrimos los cerrojos de nuestros seres y fusionamos el amor y los sentimientos más hermosos y sublimes.

Escribo para ti mis mejores textos, pero los comparto públicamente como quien regala un jardín a su amada y los transeúntes, al mirarlo, perciben las fragancias exquisitas e imaginan la tersura de los pétalos y el sabor de la miel que extraen las abejas. Así, tal vez contagiados por el encanto de las flores, los árboles y las plantas, transformen los espacios áridos en vergeles.

Es, quizá, el estilo con que un artista responde al amor de su musa, la forma en que un hombre enamorado construye un palacio para la mujer de la que permanece enamorado toda la vida, el camino que traza un ser humano para caminar de la mano hasta los rumbos de la eternidad.

Mis textos perderían sentido si tú fueras irreal o fabricara en cada idea imágenes de anhelos y sueños. Si me inspiro cada día es porque tú existes y más todavía, eres diferente a los apetitos y superficialidades que consumen a amplio porcentaje de una humanidad que no percibe los destellos de sus riquezas interiores porque quedó fascinada ante la seducción de las apariencias, los deseos fugaces y las banalidades. Es lo que a los seres humanos les ofrecen y lo aceptan porque no se han atrevido a abrir las compuertas de sus almas con la finalidad de que las riquezas interiores se desborden. Si lo hicieran, el cielo con sus nubes y el mundo permanecerían alumbrados todo el tiempo con los colores de la inmortalidad.

Bien sabes que jamás rendiría culto a las seducciones de la lascivia ni te traicionaría por la belleza pasajera, la opulencia material y los placeres de efímera existencia, porque el amor, cuando se descubre en uno y en otro corazón, es superior y conduce a fronteras grandiosas e inimaginables. Sería como renunciar al jardín con bancas, senderos y fuentes, atraído por la falsa belleza de las flores que cubren los pantanos y desfiladeros.

Es inspirado en ti, en la brillantez y transparencia de tu alma, en los principios que forman los pilares de tu fortaleza, en tus rasgos femeninos que se traducen en estilo encantador, en tus sentimientos puros, en tu sonrisa, en los detalles y las horas que me dedicas, en la sensibilidad de tu ser, en los latidos de tu corazón que permanecen unidos a los míos, en nuestros juegos y la historia excelsa e irrepetible que compartimos, que te amo y escribo para ti, y no para ofrecerme, como algunas personas creen, en subasta o baratija de mercado.

Oh, el amor, cuando une dos corazones, obtiene el regalo de la eternidad. Los nuestros conocen tal secreto. Cuando el amor se experimenta y ofrece a otro corazón, es para toda la vida y la eternidad, no se convida ni ofrece a otros; pero su resplandor es tan intenso, que contagia y forma cadenas capaces de transformar al mundo y hacer que vibre el universo.

El pájaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 
“Si deseas aprender sobre la vida, tendrás que visitar las camas de los moribundos en los hospitales y los sepulcros en los cementerios desolados, donde sólo hay tristes despojos; si quieres conocer acerca de la muerte, al contrario, deberás acudir a los cuneros”, explicó una mañana, mientras volaban, pájaro padre a pájaro hijo.

 
Al descubrir signos interrogantes en las facciones de su hijo, el ave mayor aclaró: “quizá piensas que he perdido la razón porque de acuerdo con la lógica, la vida se manifiesta en las cunas, con los recién nacidos y su potencial de protagonizar sus historias, mientras la muerte, en cambio, se expresa en las tumbas, donde yacen cuerpos carentes de aliento y porvenir”.

 
“No obstante, agregó, asimilirás incontables lecciones acerca de la vida si interpretas el lenguaje de los muertos, y bastante de la finitud de la existencia si hablas y observas a quienes nacen y deambulan por el mundo”.

 
Cuando pájaro hijo entendió que en la muerte podría descifrar los rasgos de la vida y los signos de la caducidad definirlos en el hálito de la existencia, solicitó a su progenitor le autorizara volar lejos con la intención de experimentar y escribir su propia historia y, a la vez, aprender sobre la aurora y el ocaso.

 
Había llegado el momento de la despedida, la hora en que pájaro hijo emprendería el vuelo a otras rutas, como años atrás, en determinado instante, lo hizo él, pájaro padre.

 
Tras los consejos, lágrimas, abrazos y sonrisas de pájaro padre, pájaro hijo voló hacia rumbos insospechados con la idea de dedicar los días de su existencia al conocimiento y la felicidad.

 
Intuyó que resultaría primordial adquirir conocimiento respecto a la vida y la muerte, a las luces y las sombras, si en realidad deseaba que su vuelo resultara dichoso y pleno, lo que lo impulsó a trasladarse hasta las criptas, en el cementerio, donde comprobaría si allí, entre los tonos sombríos de la melancolía y la ausencia de seres con vitalidad, captaría mensajes sobre la existencia. ¿Cómo era posible que en el paisaje de la muerte alguien aprendiera el significado de la vida?

 
Al descender a los sepulcros, ya al atardecer, sintió mucho frío, tanto que sus alas se plegaron al recibir el hálito que provenía de aquí y de allá, acompañado de murmullos que lo estremecían y pronto se transformaron en voces -las palabras de los muertos- que al llegar hasta sus oídos, formaron imágenes del ayer, hoy, mañana y siempre, con hombres y mujeres sonrientes, amorosos, intoxicados de odio, contagiados de virtud modelo, perversos, sabios, ignorantes, opulentos, miserables, hermosos, feos, con capacidad para hacer de sí un cielo o un infierno, que le llamaron por su nombre con el objetivo de emitir gritos desesperados: “tú que aún puedes, ¡vive, vive, vive!”

 
Más allá de actuar como otras aves que antes de marcharse a sus frondas en busca de lechos mullidos, acecharon a los gusanos e insectos para hundirles sus picos y devorarlos, pájaro hijo permaneció quieto y silencioso, dispuesto a captar los susurros de los muertos, quienes insistieron que la vida es breve, un sí y un no, la acumulación de días y años con fecha de caducidad, un libro con las páginas numeradas en blanco para estampar una historia, buena o mala, con sus luces y sombras.

 
Pájaro hijo comprendió, en consecuencia, que las criaturas descarnadas, ya ausentes de vida material, pretendían sacudirle las alas, gritarle para hacer a un lado las capas que obstruyen la luz en la mayoría de los seres que vienen al mundo a crecer y probarse.

 
Miró desfilar a la gente y a todas las criaturas vivientes, con sus proyectos e ilusiones, al lado de sus familias y amigos, con las generaciones que les tocó coexistir, con las cosas que forman parte de uno y al final renuncia a conservarlas, con risas y llanto, con alegrías y tristezas, acechadas por el segador.

 
Aprendió que uno, al encontrarse en medio del mundo, en cualquier instante corre el riesgo de concluir la jornada y dejar la historia trunca cual ingrato recuerdo y doloroso arrepentimiento.

 
Los murmullos de la muerte le señalaron los cortejos fúnebres, las tumbas cubiertas de flores, las expresiones del llanto y el desconsuelo, transformados más tarde en recuerdos y posteriormente, al transitar las horas, los días y los años repetidos, en olvido. Los pétalos se marchitan, las lágrimas se secan y los sepulcros ennegrecen porque todo es pasajero, nada es permanente.

 
Pájaro hijo sintió estremecer al descubrir la fragilidad de la vida. Alegría, romances, ilusiones, proyectos, ideales, creencias, todo se desvanece, lo mismo si es hermoso que feo, inteligente que tonto, abundante que pobre.

 
Observó a la orilla del cementerrio, próximo a un muro carcomido por los rasguños del sol, la lluvia, el viento y los años, un riachuelo diáfano e indiferente al dolor, la melancolía y la soledad de los sepulcros con sus historias anónimas. Únicamente el agua encharcada y pútrida reflejaba durante su agonía las siluetas de las criptas aledañas.

 
Se dio cuenta de que si existen abismos, cercas, fantasmas, fronteras y monstruos, son los que moran en los corazones y las mentes, y que si uno desea ser gpríncipe, tiene que visualizarlo y trabajar para conquistar su sueño; si se conforma con participar en la comedia como mendigo, habrá que mecerse suavemente con los arrullos de la mediocridad. La vida es breve y resulta primordial experimentarla plenamente.

 
Una vez que comprendió la fragilidad y el sentido de la vida, emprendió el vuelo a una clínica médica, al área de cuneros, donde paradójicamente aprendería con relación al significado de la muerte.

 
Durante el vuelo, pájaro hijo coincidió con parvadas de diversas especies de aves, guiadas por líderes, con conductas similares y muy fieles a sus instintos. Iban en dirección opuesta a la suya, en busca de nidos y refugios aparentemente seguros ante la proximidad de las sombras nocturnas.

 
Ave hijo ingresó por la rendija de uno de los ventanales del hospital, recinto, en su mayoría, dedicado a enfermos que perdieron capacidad de atraer la luz y elegir, en consecuencia, lo excelso de lo pútrido.

 
Ya en el interior del hospital, donde los rostros compungidos revelaban el anticipo de la muerte, se trasladó hasta el área en la que se llevaba a cabo el milagro de la vida, y no tanto por la intervención de los médicos que suelen olvidar durante sus horas efímeras de engreimiento que sólo coadyuvan, sino por causa de leyes superiores, de algo etéreo que flota y pulsa en todo el universo.

 
Fue allí, entre las cunas, donde entendió que la distancia con los sepulcros equivale a un pestañeo, a un suspiro. Lamentó que desde su nacimiento, la mayoría de los seres humanos opten por arrancar las páginas del cuaderno de la vida o ignorarlo, en vez de conservar todas las hojas con sus borrones, enmendaduras y rayones, porque eso es la jornada existencial, parece, un ensayo, un ejercicio que inicia con la aurora y concluye con el ocaso.

 
Escuchó, procedentes de las salas de parto, los gemidos de las madres dispuestas, incluso, a sacrificar sus vidas por las de sus hijos, y el llanto de los bebés al recibir el primer aliento.

 

Pájaro hijo sintió el hálito de Dios en aquel lugar. Observó los cuneros resignados a cumplir su misión, indiferentes a las identidades e historias de los recién nacidos, que le decían “mira, de aquí parten estas miniaturas de seres humanos al mundo, con todas las posibilidades de crecer y protagonizar capítulos grandiosos que hagan vibrar al universo y lo iluminen de tonalidades mágicas; sin embargo, casi todos se convierten en negación de su naturaleza y se extravían, olvidan la ruta de regreso a casa”.

 
Ave hijo meditó un rato. Se percató de que muchos seres humanos, al nacer, ya están muertos porque sepultan su esencia y actúan contrariamente a su naturaleza. Observó el reloj colgado cerca de la sala de cuneros. Recordó que la caminata de las manecillas es impostergable, que es imposible hacer, en este mundo, una tregua sin que el tiempo deje de cincelar su marcha.

 
Presenció el paso apresurado de médicos y enfermeras que trasladaban a un paciente que agonizaba. Lo trasladaban a la sala de urgencias, pero la guadaña de la muerte se encajó en sus entrañas y pájaro hijo, aterrado, contempló el rostro adolorido del cadáver. La vida se había esfumado en un instante y con su final, también terminaron las posibilidades del paciente para enmendar su guión.

 
Los familiares del paciente fallecido recibieron la noticia por parte de los médicos y derramaron lágrimas dolorosas. La muerte, entonces, se convirtió en ausencia y nostalgia de la vida. En el extremo de aquel recinto, había quienes alegraban por el nacimiento de un ser humano, acaso sin sospechar que a partir de ese momento ella, la muerte, estaría latente a su alrededor. Así, la vida se presentaba como una jornada expuesta a fragilidades.

 

Tras percatarse que se encontraba entre la vida y la muerte, con sus luces y sombras, pájaro hijo comprendió que su estancia en el mundo podría convertirse, si lo deseaba, en cielo o en infierno.

 
Las horas proseguían fugándose. La alternativa de pájaro hijo fue unirse a una parvada e iniciar una jornada común a la de la mayoría, con esquemas determinados y cierta seguridad para subsistir, o atreverse a desempolvar las cerraduras de su ser y protagonizar la más bella y grandiosa historia existencial en armonía consigo y la creación, con equilibrio y plenitud.

 
Olvidó, por un instante, la trama existencial de los seres humanos. Asomó por uno de los ventanales del hospital y fijó su mirada en un grupo de pájaros grises, guiados por un líder que moldeaba sus conductas y definía el rumbo; al otro lado, próxima a una arboleda, observó el vuelo ligero de un ave blanca y resplandeciente, libre, que planeaba gracias a que poseía conocimiento sobre la fuerza y el sentido del viento. Le acompañaban otras aves de plumaje brillante. Lucían felices y plenas.

 
Pájaro hijo asimiló la lección hasta entender que se encontraba de frente ante su destino y tendría que llegar muy puntual a su cita. Tras el paso de una parvada enorme y escandalosa, emprendió el vuelo en sentido contrario, hasta que el aire de la libertad lo impulsó a cielos y horizontes insospechados, donde indudablemente, imaginó, protagonizaría la más grandiosa de las historias, la suya, con flores no expuestas como triste recuerdo sino dispersas en un jardín bello e interminable.

La torre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mis realidades y sueños para ti, que eres el amor de mi vida

Anoche, mientras la luna y las estrellas asomaban por el dintel de mi ventana, soñé que tú y yo extraíamos mármol y piedras con el objetivo de construir una torre enorme y hermosa, con tu nombre y el mío inscritos en letras de oro sobre un marco de madera preciosa. Al despertar, sonreí al percibirte en mis latidos, en el rocío de la mañana, en el jardín, en las nubes, en toda la belleza y el palpitar de la vida. Me sentí dichoso cuando recordé que tú, a quien confié las llaves de mi corazón y mi vida para hoy, mañana y siempre, aquí, en el mundo, y allá, en la eternidad, apareciste en mi sueño. Comprendí que somos protagonistas de una historia de ensueños y realidades. Abrí las páginas de mi conciencia y mi memoria, los archivos de mis sueños más bellos y subyugantes, los expedientes de nuestra historia, hasta que comprendí, entonces, que Dios me habló al oído durante la noche, cuando dormía, con la finalidad de interpretar las imágenes que miré y revelarte sus secretos. Tal es la razón por la que ahora me sumerjo en tu mirada, en las profundidades de tu ser, para explicarte que los bloques de cantera y mármol que tallamos y acomodamos, significan los detalles, las sonrisas, el tiempo y el amor que cotidianamente enriquecen y fortalecen nuestros corazones. Son los materiales que utilizamos para edificar cotidianamente nuestro baluarte. La torre, con los nombres de ambos grabados en oro, simboliza nuestro amor grandioso y sublime, coronado con las estrellas del firmamento. El torreón significa que tú y yo, unidos en el amor, somos una fortaleza que sortea las pruebas del mundo y cada día se acerca al cielo. Esta mañana, al salir de mi sueño, decidí correr a tu lado para compartirte que tuve uno de esos sueños que Dios entrega a uno cuando duerme, quizá como regalo o tal vez con la intención de enviar mensajes a corazones como el tuyo y el mío.

Más que un contrato

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tú lo sabes, es para ti, con el amor que une nuestros corazones

Aclaro que no es que uno se dedique a cortejar a alguien y compre o diseñe un guión para disfrutarlo a su lado durante los momentos de alegría y placer y esconderlo en las horas de dolor y tristeza; se trata de permanecer enamorado a las siete de la mañana, a mediodía, a las ocho de la noche y a las tres de la madrugada, a toda hora, cada instante de la vida, porque el amor no se mide por tiempo ni distancia. Tiene otros valores. Como que viene del cielo.

Tampoco se trata de condicionar la alegría a lo soleado de las mañanas ni malhumorarse si la tarde es lluviosa e impide pasear o asistir al cine o al teatro, quizá porque las gotas de los aguaceros pueden resultar divertidas si uno decide recibirlas en la cara, en la espalda, en los brazos, en las piernas, y empaparse, correr, girar, reír, jugar y agradecer a la vida el encanto y la dicha de sentir y ser feliz. No importa, en ese caso, que el calzado se manche de lodo ni que la ropa se empape porque lo otro, el amor, la alegría, la diversión y la convivencia, carecen de etiquetas con precio.

Ante la tormenta, uno y otro tienen la alternativa de separar sus corazones al entristecer o enojarse mientras observan las gotas deslizar por los vidrios empañados de las ventanas, o unirlos en un latido universal si hacen de la tarde gris y húmeda un punto de encuentro romántico y dichoso.

No es que uno, al expresar “te amo”, diga palabras elaboradas por convencionalismos o hábito; es porque en verdad se siente y se vive con detalles, miradas y hechos.

Es uno, al enamorarse de otro ser, quien se interesa en buscar un rincón no para mancillar la belleza del amor ni traicionar la confianza, sino con la intención de compartir las miradas, el pulso del mar, la quietud inconmensurable del firmamento, el silencio de las almas y la calidez de las manos que saben dar cariño.

Mi amor es como el tuyo, no se basa en cláusulas ni en condiciones ni advertencias; es un sentimiento excelso, tan magistral como una noche estrellada, el mar con su hermosura y majestuosidad, la brillantez del sol y el vuelo de las aves.

Gracias a lo sublime de nuestros sentimientos, a la frecuencia de las almas de ambos, tu corazón y el mío escapan de esas cosas rutinarias del mundo que al final de la existencia sólo dejan atrás tristes recuerdos y posibilidades extraviadas de encanto y felicidad.

Oh, el amor, el enamoramiento. Uno, al vivir tal estado, es capaz de construir una torre para admirar el mundo dignamente desde la altura y contemplar sus paisajes con las luces y sombras que le rodean; aunque también, y eso me emociona, con la intención de permanecer más cerca del cielo.

Inútil sería, en el amor, comprar grilletes o firmar contratos. El amor es algo excelso porque se siente desde lo más íntimo del ser, por vivirse plenamente sin apariencias ni maquillajes. Es un sentimiento auténtico, pleno, sublime, ajeno a elementos artificiales.

Es que uno, al amar, no pretende imitar un guión ni seguir los caminos de las multitudes. Yo, al amarte, te ofrezco una historia cotidiana, alegre e intensa, distinta e irrepetible, para que al concluir la jornada terrena, en cada página quede constancia de que uno puede dar y recibir los sentimientos más bellos y nobles aquí, en el mundo, como preámbulo de los capítulos magistrales que protagonizará allá, en los jardines de la inmortalidad, en cuyos riachuelos diáfanos miraremos retratados nuestros rostros.

Detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con mi amor de siempre

Dibujar letras en una hoja blanca hasta formar tu nombre o escribir en una servilleta de papel “me cautivas” y “te amo”, equivale a regalarte una flor blanca o rosa una mañana de primavera, asomar por tu ventana para captar tu rostro sonriente y emocionado o correr por el bosque, entre abetos, con la finalidad de escondernos y descubrirnos alegres y divertidos. Contabilizar los luceros de la constelación con el objetivo de elegir los más hermosos y así elaborar una diadema de diamantes que contraste con tu belleza, es tan conmovedor, parece, como pintar una banca de madera o piedra en tu jardín perfumado, ofrecerte un columpio de luces para mecerte, improvisar juegos, fantasías y ocurrencias con la finalidad de divertirnos y reír, o invitarte, para dicha nuestra, a remar toda la noche en un lago que retrate la luna y las estrellas para llegar al cielo. Son los juegos del amor, la frescura de los sentimientos, el encanto que provocan los romances más tiernos. En un amor como el que compartimos, las promesas se convierten en hechos, los sueños en realidades, quizá porque los sentimientos que uno experimenta hacia el otro ser estimulan a sumergirse en el océano para entregar un coral de indescriptible belleza, descorrer la cortina con el propósito de traer un cometa, subir al universo y desprender un trozo de sol para alumbrar los momentos oscuros, escalar hasta el paraíso con la intención de envolver en una caja de cristal los susurros de Dios. Uno, cuando ama a alguien, como yo a ti, es capaz de emprender la más grandiosa de las hazañas y dejar huellas, signos que indiquen que todo es posible si dos corazones se unen y laten al ritmo de la creación. En consecuencia, cuando escriba tu nombre en un papel, te obsequie una flor, tome tus manos y te observe tiernamente, una mis labios a los tuyos o musite palabras dulces a tus oídos, comprenderás que se trata de las siluetas de un gran amor, del jardín que cada día cultivo en tu existencia, y que si una noche romántica prendo velas para deleitarnos con los más exquisitos platillos, mientras charlamos, escuchamos música y reímos, también seré capaz, si es necesario, de ir por la escalera y subir al cielo para entregarte estrellas en forma de anillos y aretes, conseguir las arpas y los violines de los ángeles para dedicarte conciertos o trasladar hasta ti los fulgores de la inmortalidad. Al amarte tanto, sabes que de las estrellas haré faroles que alumbren tus noches, al sol lo transformaré en aliado para que sientas calor durante las horas invernales, de las nubes confeccionaré almohadas para que reposes y duermas serena, al mar lo convertiré en mecedora para que te arrulle, al horizonte con su celaje incendiado pediré trozos de maquillaje para ti y al paraíso le solicitaré abra sus puertas para que tu alma y la mía resguarden su esencia y sus sentimientos durante el compás de la eternidad. Amarte, musa mía, es hacer de los días de tu existencia detalles preciosos e inolvidables; pero sobre todo, no lo olvides, abrir las puertas del cielo en nuestros corazones.