Trozos de vida… Los pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, cuyo nombre repite mi corazón en cada latido

Esta mañana, recolecté las flores más cautivantes del jardín para que al recibirlas en una canasta, descubras en cada pétalo las fragancias y tonalidades de la vida. He querido dejar en las flores los colores de la alegría, el amor, la risa y la ternura porque algo tienes que me atrae, acaso la belleza de tu alma, probablemente el código con que te conduces, quizá los latidos de tu corazón que percibo en el mío, tal vez todo. Sé que las flores con sus pétalos, hojas y tallos son frágiles y de breve existencia, como los minutos y las horas o el crepúsculo que embelesa; sin embargo, estoy seguro de que su textura, perfume y colores te recordarán nuestras manos al enlazarse, el beso dulce que lleva al cielo y la historia que compartimos. Ese es el motivo por el que hoy, al amanecer, decidí caminar por el jardín en busca de las flores con pétalos más bellos y exquisitos, los cuales, por cierto, me recuerdan que los días de la existencia son efímeros y que sólo quienes aman, como tú y yo, trascienden y se convierten en estrellas del firmamento, en himno de los ángeles, en canto y resplandor eterno. La flor, dentro de su fugacidad, embellece y recuerda que el instante que se consume sólo obtiene su salvación a través del amor, la alegría y lo que verdaderamente vale.

Citas… Dar de sí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay que dar de sí a los demás, a quienes lo necesitan de verdad, a los que más sufren, aunque sangren las manos, sude la frente, se desgarre la vestidura y nadie lo reconozca, porque tiene mayor validez la piel marcada por el esfuerzo y el sacrificio, que un corazón lacerado y oprimido por la codicia y el remordimiento.

Trozos de vida… Reflejos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con la alegría e ilusión de quien comparte a tu lado la más bella historia de amor

Me gusta caminar durante las noches, cuando llovizna, quizá porque al transitar por las calles y avenidas céntricas, envuelto en mi abrigo, repaso nuestras horas de ensueño y miro a hurtadillas, como hoy, el cristal de un aparador que reflejó las siluetas de dos enamorados sonrientes, abrazados o de la mano, que asomaron y se diluyeron entre los claroscuros de la tienda que exhibe maniquíes con ropa, fantasías e ilusiones de colores. Coincido, adelante, con el charco que se formó en las baldosas de la plaza, donde contemplamos, horas antes, nuestras caras de niños juguetones y traviesos. Me parece que al regresar a la plazuela con bancas y árboles, descubro en el charco las imágenes disueltas de lo que pronto se convirtió en ayer, con la agradable sensación de que alguna vez nos vimos retratados y compartimos instantes pasajeros. Al caminar, más tarde, por el callejón donde los faroles de luz ámbar alumbran las casonas somnolientas de piedra, topo con la fuente de incansable rumor que retrata la luna y las estrellas, y horas antes, cual fotografía fugaz e inolvidable, a ti y a mí, nuestros rostros iluminados por la alegría, el enamoramiento y el sol de las horas vespertinas. En todo reflejo te descubro conmigo, me observo contigo, y sonrío al imaginarnos juntos, como siempre, con la ilusión del amor más bello y sublime. Los reflejos me recuerdan que existe una historia compartida y que uno, al andar por el mundo, deja ecos de su alegría o desdicha, y tú y yo, musa mía, tenemos la fortuna de que las imágenes son sólo eso, destellos, fragmentos de nuestra felicidad y locura, porque la historia, la realidad, el destino común hacia la inmortalidad, reposa en nuestros corazones. Ahora entiendo que la vida se compone de trozos irrecuperables que sólo quedan en el corazón y la memoria, con la condena de lamentarlos siempre o con la bendición de ser el puente a la eternidad. Los tuyos y los míos son, para fortuna nuestra, evocaciones de capítulos que forman parte de una historia maravillosa e interminable.

Trozos de vida… Tesoro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que eres mi tesoro

Felizmente, uno puede llamar tesoro a quien cotidianamente demuestra el amor con detalles, alegría, miradas amables, un beso tierno o una sonrisa, nunca a aquella persona que se interesa en coleccionar una noche pasajera para su inventario pasional. Uno presume al ser que ama no por la brillantez de sus joyas, la forma de su cuerpo, la apariencia de su rostro o su sensualidad, sino por la luz que irradia desde su interior, sus valores, los principios que rigen los días de su existencia. Uno, al caminar por las rutas mundanas, toma de la mano a la dama o al caballero, no al barbaján, porque el sendero es demasiado bello como para cultivar abrojos y llegar, al final, lacerado. Uno anda feliz al lado del ser con el que comparte una historia y el proyecto de un amor eterno y especial, no de quien pretende adherirse como alguien más. Uno llama tesoro a quien ama y verdaderamente resguarda riquezas en su interior.

El viejo tronco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno se aferra, en ocasiones, a permanecer a la orilla del desfiladero, igual que el viejo tronco que se empeña en contener las flores, las plantas, los árboles y la tierra para evitar que precipiten, acaso sin percatarse de que la flora y las piedras no lo necesitan más, se ufanan de su presencia y esperan su infausto final. Es la hora, quizá, en la que el tronco debe desprender sus raíces para rodar por el barranco, feliz y satisfecho del bien que hizo, sin importar que los pañuelos de despedida sean para limpiar lágrimas fingidas, y así llegar al fondo, a un riachulo de agua diáfana y helada, donde se formará una represa o alguien pisará su corteza, una y otra vez, para atravesar la corriente. Tal vez, sin darse cuenta, palpitará al ritmo de la naturaleza,de la creación, para continuar con la noble tarea de servir, dejar huella y convertirse un día en estrella que ilumine el firmamento.

La noticia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi amor para ti, con quien aprendí que aun en el firmamento, donde todo parece hermoso, es posible descubrir la estrella más bella y luminosa…

Tengo una noticia para ti; aunque antes de confesarla, quiero mecerme en el columpio de la ensoñación, deleitarme en la banca de las remembranzas, reunir los trozos de nuestra historia, y volver a aquella época, cuando te descubrí una noche distante de mi existencia, como si una mano etérea y mágica te hubiera colocado entre las páginas de un libro de ensueño, para que juntos, como hoy, escribiéramos capítulos maravillosos e irrepetibles, el primer volumen de un amor inigualable en este mundo, con la promesa de uno interminable en la morada celeste.

“Es ella”, murmuró mi ser aquella hora nocturna, cuando te miré por primera vez entre la gente; entonces te sentí en lo más profundo de mi alma, donde yacen los tesoros que Dios deposita en uno. Al mirarte y escuchar la voz interior, me percaté de que mi corazón latía, que los colores y las gotas de la lluvia son reales, y que la estancia, en el mundo, es preámbulo de la vida plena que espera en la eternidad. Contigo descubrí el cielo. Bastó un momento para tener ante mí la excelsitud de la creación.

Aquella noche, al definir tus rasgos juveniles, mi alma traspasó las capas de tu existencia, los capítulos de tu vida, hasta llegar a la tuya que me esperaba, como si ambas, desde que Dios las envolvió con su hálito, hubieran acordado llegar muy puntuales y de frente a su cita.

No niego que me encantaste desde que te vi entre la gente, en el vestíbulo de un hospital, donde todos, preocupados, esperábamos una respuesta, la renovación del pase para permanecer, en el caso de ambos, al lado de nuestras respectivas madres que casualmente padecían algunas deficiencias cardíacas.

Admito que emocionado, con la alegría desbordante que provoca la ilusión de coincidir con la otra parte de uno, te observé al lado de tu padre. Eras demasiado joven, como una niña convertida en mujer. Me pareciste, y hoy lo eres, la promesa de un ser humano extraordinario, el esbozo de un ángel aún inmerso en la primavera de su existencia.

Gritaba la voz en mi interior: “es ella, es ella. No la pierdas otra vez. Evita buscarla, como hasta hoy, en los parajes del universo. Está frente a ti. Ni tú ni ella imaginan que un día de una fecha especial, unirán sus corazones con la intención de protagonizar una historia esplendorosa de amor que eternizarán. No la pierdas”.

Emocionado, sentí que en ese momento nuestras almas ya se habían adelantado a las reacciones humanas porque al reconocerse, se fusionaron y acaso sin percatarnos, iluminaron el mundo, el universo, hasta crear una estrella que desde entonces brilla en el firmamento.

Me atreví a hablarte en determinado momento, cuando el impulso de nuestras almas propició que las circunstancias que vivíamos nos acercaran. Te hablé atento, caballeroso, y me respondiste como una dama juvenil y educada. Estabas preparada para eso. Te educaban para ángel y dama. Ambos coincidimos en que ellas, nuestras madres, permanecían internas en el hospital por motivos cardíacos. Intercambiamos nuestros datos por si necesitábamos ofrecernos apoyo, y así, amor mío, fue como tú y yo protagonizamos el encuentro que se convirtió, sin sospecharlo entonces, en prefacio de nuestra historia.

Oh, tu mirada reflejó la mía, sí, me reconocí en ti, y hasta me pareció que tus ojos tan hermosos e irrepetibles ofrecían la entrada al cielo. Sentí que tu voz provenía de algún rincón secreto de la creación y que eras, al hablarme, un ángel consentido de Dios.

La sensación que experimenté, al presentarme y estar cerca de ti, quedó grabada en mi interior, ahora lo confieso, al grado, incluso, de que todavía, al repetirse la imagen, vibro con la misma emoción e intensidad, quizá porque fue el encuentro de dos almas especiales, tal vez, no lo dudo, por formar parte ambos de un amor tan especial y sublime que data desde que Dios sopló a la flor y a la hoja para darles vida.

Insisto, desde entonces me di cuenta de que por fin, tras la búsqueda incansable dentro del universo, te había encontrado. Te sentí latir en mí y yo me percibí en ti. Esa noche, más alláde la preocupación que me embargaba por la salud de mi madre, dormí feliz y agradecido con Dios, a pesar de intuir que tendría que esperar varios años para que nuestro amor se materializara. Ya teníamos, entonces, una estrella en el cielo y el primer capítulo de nuestra historia, pasos preliminares, es cierto, hacia un amor que nunca morirá.

No niego que en ese instante, el de nuestro encuentro, te hubiera abrazado para unir los latidos de tu corazón a los míos y así fusionarnos en el más enternecedor de los amores; sin embargo, sabía que era necesario esperar que la joven bella completara algunos ciclos existenciales, y desde entonces, hoy te lo digo, tu fragancia y tu ser se alojaron en mí.

Ahora, al contemplar aquel acontecimiento que dio origen a uno de los luceros más subyugantes de la constelación, recuerdo que al paso de las semanas, entablé comunicación contigo para preguntar por la salud de tu mamá y, además, con el pretexto de escuchar tu voz, sentirme cerca de ti, experimentar la unión de nuestras almas.

Elegí, entre una tarde y otra, la mejor hora para escuchar tu voz, los segundos fugaces que me permitieron sentirte junto a mí, el minuto pasajero que marqué con un sello para nunca olvidarlo, porque no desconocía que estábamos construyendo el puente hacia nuestro reencuentro, años más tarde.

Mi corazón aceleraba su ritmo al marcar el número de teléfono de tu casa y escuchar tu voz alegre, o cuando me visitaste una tarde y otra en la oficina. La gente creía, cuando llegabas, que me sentía nervioso e inquieto ante tu presencia; pero solamente tú sabes que mis reacciones eran consecuencia de la emoción, alegría e ilusión de estar tan cerca de ti, percibir la esencia de tu alma y mantener el secreto de que un día incierto se abriría el portón y el telón descorrería con la finalidad de compartir una historia de amor como pocas han quedado inscritas para la inmortalidad.

Recibirte en la oficina, significaba clausurar las puertas y ventanas del mundo para abrir las del cielo y mirarte con el resplandor que siempre, desde la primera vez, distinguí en ti.

Intensamente feliz, miraba tus ojos mientras hablabas. Estaba asombrado porque igual que la noche de nuestro reencuentro, seguía descubriéndome reflejado en ti, y lo más extraordinario fue que te sentía en mí. Estaba seguro de que si daba vuelta a las hojas del almanaque, llegaría hasta una fecha del futuro en que también descubrirías, igual que yo, tu reflejo en mis ojos.

Enamorado de ti, como me he sentido siempre, hubiera deseado invitarte a caminar por el mundo a partir de ese momento, unir tus manos a las mías para guiar el timón de nuestras existencias, materializar mis sentimientos en una palabra, un beso, una sonrisa, un abrazo o instantes de silencio.

Si guardé celosamente el número telefónico de tu casa, con tu nombre y apellidos, en un libro, si dediqué tiempo a tus solicitudes de estudiante o si coincidimos en un camión de pasajeros, no fue casualidad, no, eso no forma parte de hechos aislados; se trató, en realidad, de estaciones y momentos de encuentro, referencias que Dios marcó al deshilvanar la madeja de nuestra trama existencial, señales hacia el sendero del amor.

A veces, la turbulencia del océano existencial desvía la atención y uno debe dar lo mejor de sí para enfrentar tormentas e inundaciones; mas nunca te olvidé porque un amor auténtico como el nuestro, no se desvanece ni tiene fecha de caducidad.

Siempre te sentí en mí. Mi pensamiento y mis sentimientos no te traicionaron. No dejaste de morar en mi mente y mi corazón. Sabía que nuestro reencuentro tenía fecha, hora y lugar. Era inminente. Son misterios del cielo.

Un día, la fórmula del amor cambió su directriz en el cielo y unió los vértices de nuestras existencias, hasta propiciar un encuentro mágico e inesperado y, a la vez, contemplado desde algún balcón de la creación. Fue un acto tan hermoso como el surgimiento de las estrellas en el firmamento, la formación de las olas en el océano jade y turquesa, el nacimiento de las flores policromadas y fragantes, o el encuentro majestuoso del cielo y el mar en el horizonte teñido de amarillo, naranja y dorado, o la cita impostergable entre la noche y el día.

Me convertí en el hombre que prometió darte todo su amor, en el mundo y la eternidad, acompañado de cuidados, sonrisas, alegría y consentimiento. Te llamé mi musa, mi vida y mi cielo, mi ángel tierno, porque yo, tu amante de la pluma, tu escritor, te amo y sé que eres mi bendición, y ya dejamos constancia de nuestros sentimientos, incluso, en una servilleta y en una flor guardadas entre las páginas de un libro.

Atraído por el resplandor de tu alma, por la luminosidad que irradias, te expresé mi admiración y pronuncié arrobado: “me cautivas”, “me encantas”, “estoy enamorado de ti”, “te amo”. Y no me ha importado, desde entonces, que la gente me juzgue, porque cuando uno ama, es capaz de diseñar una barca para atravesar el mar impetuoso o una escalera con el objetivo de alcanzar las estrellas o llegar al cielo.

Tus valores, tu amor tan grande a Dios y tu deseo de llegar a su morada, tus detalles, los rasgos femeninos que disfrutas y vives plenamente, tu código existencial, tu forma especial de resguardarme en tu corazón y los signos que pertenecen a un alma angelical, me subyugan y enamoran más de ti.

Iré contigo, tomado de las manos, hasta la morada de las almas, donde Dios prolongará nuestro amor por toda la eternidad, y quizá alguien, desde el mundo, una noche silenciosa, al mirar cierta estrella, experimentará una sensación especial en su ser, o tal vez incontables hombres y mujeres, al contemplar las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra para fundirse en un manantial o sentir las gotas de la lluvia, desearán arrojar el maquillaje de las superficialidades para enamorarse de verdad, como tú y yo lo hicimos durante la jornada terrestre y lo haremos en el palacio de la inmortalidad.

Nuestros planes son amarnos y ser muy felices aquí, en el mundo, y allá, en la eternidad. Estamos hechos de otra arcilla. Estamos unidos por un amor especial, por sentimientos que únicamente los seres privilegiados han experimentado porque pertenecen a los relicarios de Dios.

Oigo, al abrazarte, las voces de mi alma, de la vida, del universo, de la creación, de Dios, que dicen a mi oído: “es ella. Ámala cada día de tu existencia y durante la eternidad. Nunca la abandones. Hazla feliz, dale sonrisas y detalles, consiéntela, juega con ella, y si hoy te cautivan su hermosura y el resplandor que emana, mañana, al envejecer, tiéndele tus manos, entrégale tus atenciones y tu tiempo, para que se sienta contenta y segura, satisfecha de haber abierto su corazón al tuyo”.

Bien podría relatar los capítulos que hemos protagonizado y compartido desde que tomamos la decisión de unir nuestros corazones, pero son tuyos y míos, de nadie más; no obstante, hoy tengo una noticia para ti: he refrendado mi promesa de caminar a tu lado por la ruta que elegimos para llegar a Dios y he decidido escribir un libro -Tú y yo-, que reunirá la historia irrepetible, bella e inolvidables que vivimos. Tú y yo, compartimos una existencia mística y el amor más sublime que plasmaré cada día, lo prometo, en las páginas del cuaderno y en los instantes de la vida. ¿Me acompañas?

TROZOS DE VIDA… El tiempo y el puente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con quien camino, tomados de las manos, por el puente que conduce al cielo para eternizar nuestro amor

             Confieso que en ocasiones temo que el tiempo elija un atajo, un camino más corto que el mío, en su afán de sorprenderme cuando más feliz me siento a tu lado. Quizá por eso es que a veces me miras silencioso, reflexivo, con una canasta pletórica de proyectos para ambos. Quiero, antes del minuto postrero, que cada día quede marcado como el mejor, el de las horas irrepetibles, el del amor y la sonrisa, el del detalle inolvidable, el de nuestra historia mágica y especial. Es por lo mismo que te he invitado una y otra vez, aquí y allá, a seguir descubriendo los secretos de dos corazones que pulsan al unísono del universo, tomar nuestras manos para correr juntos y sonrientes por las praderas de la vida, observar la constelación con los mismos ojos, reencontrarnos al intercambiar miradas de dulzura y sentir el aire que envuelve a los enamorados. Creí que podría adelantarme a las manecillas, al péndulo del reloj, o tal vez abrirlo y hurtar su engranaje, arrebatarle alguna pieza, con la intención de detenerlo y caminar adelante, libres de obstáculos en el sendero; pero entiendo que su amo, el tiempo, los vigila y les encomienda la tarea de atravesar el pie a una hora infausta. Empiezo a comprender, entonces, que lo importante es que uno, cuando ama, teja un puente entre el mundo y el cielo para no separarse jamás. La fórmula para acercar la temporalidad de la vida a la mansión eterna, parece, es por medio del amor, los sentimientos, la sonrisa, los detalles, las acciones, los valores, lo que uno haga por sí y los demás. Solamente quien tiene la decisión y el valor de abandonar las banalidades mundanas, a pesar de las críticas de la humanidad, descubre ante sí que en cada espacio e instante se esconde la oportunidad de amar, ser felices y eternizar la historia más sublime y hermosa. Sólo es cuestión de hacer a un lado los escombros, la basura, para descubrir los faroles que guían hasta el portón de la eternidad. Siento que mi temor se desvanece al comprender que tú y yo estamos construyendo uno de los puentes más admirables y excelsos, con barandales de cristal, luces de estrellas y esculturas de ángeles, para que el amor que hoy experimentamos plenamente aquí, en el mundo, se eternice en un cielo luminoso e incomparable.