Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Emocionada, la multitud la esperaba. Llegaría por el Barrio de Indios de Santiaguito. De rasgos hermosos e irrepetibles, casi angelicales, había viajado desde España en barco, hasta llegar a Veracruz, cuando las horas y los días del siglo xvi se acumulaban en almanaques hoy cubiertos por el polvo de la historia y el olvido.

Si el mar olía entonces a aventura, piratas, peligro, la Nueva España exhalaba el aroma de la conquista, la colonización, la fusión de indígenas con europeos. El rostro de la decimosexta centuria miraba de frente a los mexicanos autóctonos, quienes habían acudido muy puntuales a su cita con la historia y al complejo e interminable proceso de mestizaje.

Ella, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, llegó hermosa y suprema a Valladolid, la actual ciudad de Morelia. Indios, mestizos, criollos y peninsulares miraron su perfil, su semblante delicado y dulce, como si su presencia iluminara a todos y ofreciera protegerlos en su regazo.

La muchedumbre la aclamó en cuanto llegó. Cuatro jóvenes de buen porte la entregaron a los otros, a los monjes de la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes la recibieron embelesados al observar su semblante que no parecía de este mundo, sino de un rincón edénico.

Del Barrio de Indios de Santiaguito, el gentío siguió a los cuatro jóvenes que cargaban la imagen, quienes se internaron por el huerto de los religiosos carmelitas, donde la entregaron durante un acto solemne.

El pesado portón del templo fue cerrado al público ansioso de contemplar a Nuestra Señora del Carmen. En el completo sigilo del recinto, la escultura de madera estufada fue colocada en el altar, en su nuevo hogar, en el espacio donde sería venerada por los moradores de aquella ciudad fundada en 1541.

Distraídos por la emotividad que provocó el recibimiento de Nuestra Señora del Carmen, los carmelitas descalzos olvidaron a los cuatro mozos apuestos que entregaron la imagen. No supieron de ellos. Nadie volvió a mirarlos. Ni aquí ni allá, en ninguna callejuela o plaza de Valladolid estaban los emisarios.

Era una noche estrellada y suprema, como las que incontables ocasiones han admirado los michoacanos. Cobijaba la loma chata y alargada de Guayangareo, otrora morada de matlatzincas o pirindas, mientras los grillos y otros insectos cantaban incesantes alrededor de una ciudad que dormía.

Noche michoacana aquella, transformada en poema, en cuentas de cristal, en notas de la naturaleza. Horas nocturnas aquellas del siglo xvi, cuando tras instantes de intensa alegría y fiesta, los carmelitas decidieron recluirse a orar y dormir en sus celdas apartadas, solitarias y silenciosas.

Tal vez los sueños se transformaron en escenas que se repitieron en las mentes de los ermitaños o quizá la fatiga los doblegó en sus camas, encerrados en un mundo pequeño que los aislaba de los moradores de Valladolid, la ciudad de linaje colonial que un día, centurias más tarde, se convertiría en Morelia.

Los golpes desesperados del aldabón sobre el pesado portón de madera, se repitieron durante las horas de la madrugada, hasta que uno de los guardianes del convento preguntó por el postigo la identidad de quien importunaba el descanso de los hermanos carmelitas.

Ante su sorpresa, descubrió a cuatro jóvenes tiritando de frío, maltrechos, con los rostros sucios, las cabelleras desordenadas y la ropa desgarrada, quienes afligidos y con sobresalto relataron que con muchos días de anterioridad, en Veracruz, recibieron la encomienda de trasladar la imagen de Nuestra Señora del Carmen a Valladolid, la cual había llegado en barco. La escultura procedía, al parecer, de Valencia, España.

Una vez que ellos, los cuatro mozuelos, emprendieron el camino con su preciada carga, un misterioso remolino les arrebató la valiosa escultura, de manera que estaban asustados y afligidos. Ya sin la imagen, decidieron llegar hasta el monasterio de los carmelitas descalzos en Valladolid, la capital de la provincia de Michoacán, con la intención de narrar lo sucedido y enfrentar, en caso de que las circunstancias lo ameritaran, el castigo.

Todos, monjes y emisarios, experimentaron desconcierto y sorpresa. La hermosa e inigualable escultura de Nuestra Señora del Carmen yacía desde hacía horas en el altar del templo. Había llegado inmaculada hasta Valladolid.

¿Quiénes eran, en realidad, los otros, los jóvenes apuestos que horas antes habían entregado la imagen a los hermanos de la Orden de los Carmelitas Descalzos, a los que por cierto ya no volvieron a mirar? Igual que como llegaron, desaparecieron de la ciudad.

Desde entonces, los religiosos y los moradores de la ciudad establecieron la creencia y tradición de que aquéllos, los cuatro jóvenes que transportaron y entregaron a Nuestra Señora del Carmen, no pertenecían a este mundo, sino que eran ángeles, criaturas etéreas, seres muy próximos a la divinidad.

Al caminar por los rincones del templo y del ex convento de Nuestra Señora del Carmen e ingresar al refectorio, al claustro procesal, a la sacristía o a cualquier espacio exquisito en obras pictóricas de la Colonia, uno percibe de inmediato el peso de las centurias y rememora las historias y tradiciones que todavía flotan en el ambiente, como la de “La ventana del muerto”, de la que refiere la tradición que discurrían los otros días, los minutos virreinales, cuando él, fray Jacinto de San Ángel, novicio bromista y retozón, llegó puntual a su cita con el destino, con el acontecimiento que contribuiría a corregir su vida inquieta.

Con frecuencia, los maestros reprendían al novicio desazonado, a fray Jacinto de San Ángel, quien rompía los rosarios para mezclar las cuentas con los garbanzos e ideaba una, otra e incontables travesuras durante la mayor parte del día, las cuales, por cierto, no siempre tenían buenos desenlaces, como lo ocurrido aquella noche anónima de la Colonia, cuando el hermano tornero fray Melitón de la Cruz, hombre él anciano y piadoso, era velado por los carmelitas descalzos.

Entristecidos por el fallecimiento de uno de los hombres más santos de su recinto, los monjes se turnaban para velarlo por parejas en la capilla de profundis, de donde al siguiente día sería trasladado hasta el altar de Nuestra Señora del Carmen para posteriormente sepultarlo.

Discurrían los segundos de la medianoche, en total penumbra y silencio, cuando el novicio Jacinto de San Ángel y el hermano clavero o llavero fray Elías de Santa María, permanecían ante el cadáver del buen anciano fray Melitón de la Cruz.

Cohibido, fray Elías de Santa María sugirió a su compañero la idea ir a la cocina del convento a preparar una bebida caliente, tal vez un chocolate espumoso acompañado de bizcochos, para apaciguar el hambre y el frío de la madrugada.

En cuanto se retiró el hermano clavero, el otro, el bromista, sustrajo al difunto del ataúd y aunque le resultó difícil acomodarlo porque ya estaba tieso, lo colocó en determinado espacio del recinto y le cubrió el rostro con la capucha; posteriormente, buscó un escondite para espiar la reacción de su compañero en cuanto llegara de la cocina.

Miedoso y tímido como era, el hermano fray Elías de Santa María regresó con las bebidas calientes. Miró inmóvil a su compañero, al novicio Jacinto de San Ángel, por lo que optó por sacudirlo repetidas ocasiones, hasta que la capucha cayó y descubrió horrorizado que se trataba del difunto fray Melitón de la Cruz. Arrojó el chocolate al suelo.

Aterrado por el descubrimiento tan macabro, el buen religioso pensó de inmediato que el cadáver había cobrado vida y, en consecuencia, escapado del ataúd. Al no encontrar al novicio, quien proseguía escondido, pensó que algo le habría sucedido. No soportó la impresión y se desvaneció. Permaneció con desmayo toda la madrugada, según la tradición.

Preocupado por las consecuencias de aquella broma, el novicio introdujo de nuevo al difunto al féretro; sin embargo, el buen hermano tornero fray Melitón de la Cruz regresó de las fronteras de la muerte, abrió los ojos, sujetó una de las velas que le rodeaban e inició una persecución contra quien lo había profanado.

No era broma. El religioso excéntrico enfrentaba una pesadilla, un capítulo espeluznante, una historia real, según relata la leyenda. Totalmente despavorido y nervioso, fray Jacinto de San Ángel salió corriendo de la capilla de profundis, pasó por la sacristía y llegó hasta una ventana, por la que planeó huir; no obstante, el guasón no soportó la angustia y el miedo de ser perseguido por un cadáver, un muerto al que momentos antes había profanado en el ataúd.

Cayó desmayado y así quedó, inconsciente en el piso, hasta las primeras horas del amanecer, cuando sus compañeros, los monjes y novicios carmelitas, se trasladaron hasta el recinto con la finalidad de continuar con las exequias de fray Melitón de la Cruz, el buen hermano tornero.

El difunto permanecía recargado en la ventana, totalmente inmóvil e inexpresivo, mientras el novicio bufón yacía en el suelo. Nadie le creyó el relato. Todos los religiosos coincidieron en que se trataba, como siempre, de una broma; mas lo cierto, según consta en los anales del ayer, el principiante rectificó su conducta y desde entonces se convirtió en uno de los hermanos más observantes de las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Mientras uno observa las pinturas coloniales empotradas en los paredones de la sacristía, que relatan los siete derramamientos de la sangre de Cristo, detalle rodeado de santos de la Orden de los Carmelitas Descalzos como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo, acuden las remembranzas, los ecos de instantes consumidos en el ayer, ya de otra centuria, la decimoctava, y aparece en la memoria, entonces, una historia conmovedora, protagonizada por un hombre desconsolado, procedente de Pátzcuaro, quien tocó el portón del convento carmelita de Valladolid con el objetivo de solicitar su admisión, donde olvidaría su pasado dolor y ofrecería los días de su existencia a Dios.

Hijo de un rebocero de Zamora, estaba desconsolado y entristecido porque ella, Nieves, su amada novia, hija de un conde español que gozaba de incontables privilegios por parte del monarca español Carlos iii, había fallecido como consecuencia de la insondable tristeza que le causaba la prohibición de contraer matrimonio con el hombre que amaba.

Al mirarlo tan afligido, los monjes le creyeron y aceptaron que se quedara en el convento. Así, fue registrado como profeso en el monasterio de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en la señorial Valladolid, y una madrugada, mientras se encontraba orando en el espacio que hoy ocupa el coro del templo, desde donde podía admirar la belleza y santidad que irradiaba la imagen de Nuestra Señora del Carmen, escuchó pasos y un ruido similar al roce de la seda.

En la soledad y el silencio de aquella madrugada anónima de la Colonia, notó que el sonido áspero se aproximaba más a él, hasta que su corazón latió apresuradamente, fuera de control, y sintió palidecer al percibir frente a él una silueta que le resultaba familiar, a Nieves, su novia, quien aparecía desde ultratumba en la víspera de la ceremonia en la que refrendaría el compromiso de profesar las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Nieves, su bella y querida novia, se manifestó ante él y le pidió que consagrara en sufragio de su alma el primer oficio de difuntos y que le rezara como religioso profeso carmelita que era; pero él, el licenciado de Pátzcuaro, quien años más tarde fue conocido como fray Vicente Pérez, le confesó que siempre la había amado y que desde su llegada al convento, todos sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos estaban dedicado a ella, a su ser.

Sortilegio de amor, en verdad, que traspasó las fronteras porque sus almas estaban unidas. Nieves retornó a su morada, mientras él, el profeso, corrió a la celda del padre prior para relatarle su experiencia.

Cuando el padre prior escuchó el encargo de la novia y concluyó la narración del hombre, quien estaba lloroso y conmovido, tocó una pequeña campana para reunir a la comunidad religiosa a aquella hora de la madrugada. Todos se unieron al primer oficio de difuntos de fray Vicente Pérez, quien se convirtió en un ejemplar carmelita descalzo.

Tanto el templo de Nuestra Señora del Carmen como el convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, fueron escenario de incontables acontecimientos e historias, como la de un novicio que un día de antaño se enamoró con tal intensidad de una joven hermosa, que diariamente, a toda hora, rezaba para que Dios cumpliera su ilusión.

Y como prueba de su fe y el amor que pretendía dedicar a Dios, reseña la leyenda, tuvo oportunidad de salir del enorme y fortificado convento, caminar por el huerto y mirar, asombrado, las piedras que de improviso se transformaron en escalinatas que le facilitaron el descenso para dirigirse hasta donde se encontraba ella, la joven que lo cautivaba y de quien estaba enamorado. Supuestamente, el sitio donde ocurrió el milagro es exactamente lo que en la actualidad los morelianos conocen como la calle García Pueblita.

Con una demostración tan prodigiosa como la que presenció el novicio enamorado, innegablemente comprendió y sintió la grandeza de Dios, a quien había prometido consagrar su existencia.

Historias y leyendas de antaño parecen flotar en el ambiente, fluir de las habitaciones oscuras, para susurrar a la memoria, al oído, y rescatar los capítulos que gradualmente, ante la caminata del tiempo, se desvanecen. Siempre hay alguien dispuesto a contar las tradiciones carmelitas.

Estas noches lluviosas y solitarias, ya en el siglo xxi, cuando uno camina por las callejuelas de Morelia, la añeja Valladolid, los reflectores alumbran los paredones de cantera y se manifiestan solemnes e imponentes las siluetas del templo de Nuestra Señora del Carmen y del ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, tan similares a un libro de páginas despastadas que quedó guardado en algún almanaque olvidado y cubierto de polvo.

2 comentarios en “Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

  1. Me resulta una delicia leer sus relatos. De pronto, al seguir la lectura, me vi de niña cuando escuchaba atenta las narraciones de mi santa madre durante las noches lluviosas alumbradas por una vela, y que en espera del restablecimiento de la luz, nos mantenía a mis hermanos y a mí cautivos de sus historias.

    Podría pasar la vida entera leyéndolo Santiago.

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