El sepulturero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La muerte enseña a vivir. Las calzadas desoladas y sombrías, la hojarasca y las tumbas con nombres, fechas y epitafios dolorosos y tristes, hablan, susurran al oído, como para recordar que los días de la existencia son fugaces y no retornan más una vez que huyen, de tal manera que la disyuntiva de la vida, con sus claroscuros, es cultivar flores en el sendero o cavar para depositar la felicidad y las ilusiones en un sepulcro, filosofía que él, Adrián, Adrián Ruiz Melgarejo, alguna ocasión se planteó al notar que las fichas del tablero lo colocaron en los abismos del ocaso.

Es él, irreconocible, nada idéntico al niño que apenas cuatro o cinco décadas antes corría feliz e ilusionado en el barrio, en la campiña, y daba vida al juguete, al soldadito, sin imaginar que un día, otro y muchos más se sumarían para colocarlo en la frontera, donde la realidad y la parte lúdica de la existencia se mezclan y generalmente pierden sentido ante la llamada muerte.

No desconoce que a ellos, los sepultureros, les llaman panteoneros y les apodan “el Frankestein”, “el drácula” o “el muertero”, casi siempre con esos artículos con que los mexicanos acompañan los sobrenombres. Tampoco ignora que hablar de sepultureros, equivale a definir, erróneamente, al hombre enorme o de baja estatura, deforme, jorobado y sin cuello, con la cabeza inclinada y los ojos desorbitados, con una pierna más corta que la otra, los brazos largos y las manos callosas, con el rostro cubierto de cicatrices y casi gesticulando ante la ausencia de vocabulario, tal vez sonriente, entre árboles y tumbas abandonadas, una noche envuelta en neblina, para cometer un sacrilegio, cavar y extraer el cadáver recién enterrado para robarle hasta la ropa, vestirla y lucirla en las calles, al lado de los vivos, o mancillar el cuerpo inerte, amarillo o pálido y rígido por las horas de descomposición, por las formaciones extrañas, los líquidos acumulados y los tejidos que se agusanan, como los describen las obras literarias y lo miran los espectadores aterrados en las salas cinematográficas.

Esas descripciones “me ofenden y denigran”, advierte Adrián -Adrián atrapado en sus recuerdos, Adrián envuelto en las imágenes que se repiten durante las noches de insomnio-, quien asegura que se siente orgulloso y satisfecho con su oficio de sepulturero, acaso porque sirve a otros seres humanos durante las horas más desoladoras y tormentosas de sus existencias, quizá por haber aprendido de la muerte que la única riqueza que perdura es el bien que se hace, probablemente por disfrutar sus tareas, tal vez por todo y nada como a veces parecen la vida y la muerte cuando se desconoce su sentido.

Confiesa el hombre que en el cementerio experimenta tranquilidad y se reencuentra con lo suyo, con lo que le pertenece, seguramente porque late en su interior, en las criptas, en los árboles corpulentos que columpian las ramas que crujen al recibir las caricias del viento, en la tierra que participa en el proceso de descomposición, la imagen de su descendiente, su hijo adorado e inolvidable que a los 12 años de edad no despertó más de un sueño, el de la muerte, que parece derrocar todos los modelos que uno, al vivir, se forma.

“Lo mío no son los temas fúnebres”, afirmación que Adrián reconoce en mucha gente; sin embargo, admite que llega una hora en que parece descender el telón y hombres y mujeres enfrentan la muerte, la idea de la finitud que derrumba todos los esquemas.

Hace muchos años, Adrián se trasladó a la ciudad mexicana de León, Guanajuato, donde contrajo matrimonio y se dedicó a vender ropa, dar alegría a la gente con prendas de colores, signo, quizá, de lo transitorio, para posteriormente tomar la decisión de regresar a Morelia, la capital de Michoacán, donde en 1995 ingresó como albañil a la administración municipal y más tarde, en el año 2000, se convirtió en sepulturero.

Desde entonces, experimenta alegría y tranquilidad al cavar, preparar los sepulcros para los muertos, apoyar a los familiares de los difuntos, extraer cadáveres, aliviar el peso de la gente. El destino, afirma, lo condujo a las sepulturas.

Reconoce que ha permanecido en el Panteón Municipal de Morelia hasta después de las 12 de la noche, sobre todo en la época en que participó en la construcción del crematorio, y de no ser las sombras que suelen pasar raudas entre las tumbas o los susurros que de pronto llegan entre el silencio y la soledad, jamás ha presenciado algo sobrenatural porque los fantasmas, las sombras, sólo existen en uno, en la mente y el corazón de la gente.

Solamente alguna vez, cuando se encontraba cavando con el pico y la pala con la intención de sustraer algunos cuerpos que serían exhumados, sintió escalofrío; no obstante, asegura que en necrópolis uno aprende mucho y que si hay fenómenos anormales, son los que se construyen desde los sentimientos y forma de pensar y vivir.

En los cementerios hay quienes destilan angustia, miedo, terror; pero “uno suda por el trabajo acumulado, por el zapapico y la pala, por la cantidad de servicios fúnebres que esperan turno”, dice el hombre.

Acepta que también se sorprende, como cuando cava para exhumar restos con 20 o 30 años de antigüedad y bajo las losas y entre los restos de los ataúdes aparecen cadáveres incorruptos, como si tuvieran algunas horas de haber sido enterrados, principalmente los que embalsaman en Estados Unidos de Norteamérica y envían a Michoacán. Otros cadáveres aparecen totalmente acartonados, momificados, tan ligeros que es factible colocarlos de pie. Son cuerpos que por alguna causa se transformaron en momias y merecen, por lo mismo, tanto respeto como los otros, los que se consumen en las sepulturas.

Innumerables ocasiones, ante la caminata de la noche y la madrugada, repasa las escenas del día porque la muerte, con todo su ambiente y sus fragancias, ya forma parte de su vida, y le ha enseñado mucho.

Todavía “existen compañeros que no tienen respeto a los cuerpos; pero yo trato de ayudar, contribuir a que los dolientes sientan apoyo durante sus horas de más dolor, y si hay quienes notan que algunas lágrimas deslizan por mi rostro y se atreven a preguntar qué me sucede, simplemente les respondo que no es llanto, que es el sudor del trabajo…”

Trabajo publicado previamente en el periódico Provincia de Michoacán

Poemario para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mi corazón, las estrellas que adornan el firmamento, tus latidos y los susurros que vienen del cielo, confirman que eres mi poema

Esta mañana nebulosa y fría, admiré y elegí una flor, otra y muchas más para formar un arreglo fragante, un ramo de intensa policromía, similar al poema que uno, al enamorarse, compone inspirado y regala a la mujer que ama.

Recolecté, en la florería, colores y perfumes atrapados en pétalos, en diseños que la naturaleza sustrajo de los bocetos de Dios, precisamente para colocarlos en una canasta de mimbre con dedicatoria a la musa que inspira mis poemas y me demuestra su amor con hechos por ser una dama y no una débil marioneta.

Elegí poéticamente, flores minúsculas y mayúsculas, sonrientes y solemnes, frágiles y vigorosas, iguales a las palabras que trazo cuando fabrico textos que te dedico incansable una mañana calurosa, una tarde de lluvia o una noche silenciosa de luceros.

Sonriente por mis ocurrencias de artista y escritor, el florista respaldó mi inspiración, la locura de un enamoramiento inagotable que solamente experimentan aquellos que abren las puertas y ventanas de sus corazones.

Miró mi estilo, la pasión que demostré al buscar equilibrio, vistosidad, espacio, relleno, textura, color y fragancia, como cuando uno, al colocar las palabras en las páginas, mide su belleza y significado para llegar a la morada interior y unir el alma a la del ser de quien se ha enamorado y que presiente es su amor eterno.

Inicié, así, el poema de flores que hoy te dedico, acaso con la intención de que identifiques en su textura mis besos tiernos y mis manos que acarician tu cabello, quizá con el objetivo de que descubras mi perfume, tal vez con la finalidad de que sientas mi amor y recuerdes que la vida presenta claroscuros y ofrece diferentes tonalidades, unas alegres y otras tristes, y que yo siempre estaré unido a ti para reír contigo y consolarte en el momento que lo requieras.

Aprendí, al componerte un poema de flores, que los días de la existencia no deben ser tan ásperos porque uno tiene capacidad para transformarlos en detalles y cultivar amor, alegría, virtudes y sonrisas.

Noté, en la medida que componía tu poemario de flores, que el cielo se abría y presentaba ante mi mirada tonalidades que nunca antes había observado, probablemente como anticipo a la hora en que te invitaré a admirar la galería nocturna para embelesarnos, contar estrellas y abrazarnos con el más puro y mágico amor.

Gracias a las flores que utilicé en la construcción de un poemario para ti, comprendí que la vida es fugaz y sólo tenemos, en consecuencia, oportunidad de pintar dicha o maquillar tristeza. Prefiero esculpir en tu rostro los rasgos de un ser que recibe el amor más bello y sublime, con detalles y consentimiento, porque si hoy percibimos los latidos de nuestros corazones aquí, en medio del mundo, quiero que mañana, en el cielo, nuestras almas se reconozcan, palpiten al ritmo de la eternidad y permanezcan unidas.

Inicié el recuento de las flores que incluí en un canasto, como el artista que contempla su obra poética que dedica a una dama. Acaricié los pétalos y sentí su textura, percibí sus aromas y escuché los susurros de la creación, musa mía, porque todo, en el mundo y el universo, es creación.

Escribo cada día un texto para ti, al enlazar letras y formar palabras dulces que tocan a la puerta de tu corazón; pero esta mañana decidí componer un poemario de flores con el propósito de insinuar a tu corazón que mi amor por ti es tan grande e intenso, que alcanza los faroles del universo y los jardines del cielo.

Orgullosamente tamalero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sabores y formas que le ofreció la vida, en la infancia, eligió la opción que definiría su historia y daría condimento a sus días: la elaboración y venta de tamales y atole.

Cuando era niño, en San Martín Texmelucan, Puebla, y más tarde en la Ciudad de México, mezcló las horas escolares y los juegos, sueños e ilusiones con la consistencia de la masa, la textura de las hojas de maíz, los colores de las salsas y el aroma del taller familiar.

Una década antes, apenas había nacido, es cierto; pero a los 10 años de edad se integró a las labores de sus cuatro hermanos mayores, a la cocina y a las recetas familiares, donde elaborar tamales era motivo de orgullo y sitio de encuentro.

Ante la caminata del tiempo, las fichas se movieron sobre el tablero de su existencia y él, Juan González, transitó a la adolescencia, de tal manera que los juegos y sueños infantiles se diluyeron hasta trasladarse, a sus 15 años de edad, a la preparación y venta de tamales en Morelia, la capital de Michoacán, lejos de su terruño poblano y de la capital del país.

Ellos, los cuatro hermanos de Juan, ya fallecidos, eran los tamaleros tradicionales de los portales morelianos y de los cines de antaño -Colonial, Eréndira y Victoria, entre otros-, y la gente los conocía por su trato amable, la calidad e higiene de los alimentos y ese sabor, parece, que sintetizaba las recetas del terruño poblano –San Martín Texmelucan-, de la Ciudad de México y de Michoacán.

Juan entendió que si deseaba ser reconocido como tamalero, tendría que ser el mejor, distinguirse por la calidad e higiene del producto, su eficiencia en la atención y el servicio y su amabilidad y sonrisa, “porque la amargura, el enojo y la tristeza deben arrojarse al cesto de la basura antes de elaborar los alimentos y tratar con los clientes”, opina.

Mientras atiende a sus clientes -unos habituales y otros casuales-, a la orilla de la plaza Valladolid, conocida como San Francisco en alusión al templo y ex convento coloniales, en el centro histórico de Morelia, en un horario diario de siete a 9:30 de la mañana, Juan recuerda que antaño, en las horas de su juventud, colocaba el bote con los tamales, el anafre y el atole en su triciclo amarillo, y así andaba en las calles, donde pregonaba con la intención de comercializar toda su producción.

Vende tamales oaxaqueños, muy a su estilo, y también tradicionales de dulce y salsas verde y roja, aunados al atole de sabores y obviamente a las “guajolotas”. Reconoce que los clientes originarios de la Ciudad de México y otras entidades aledañas, piden con frecuencia “guajolotas”, que básicamente son una telera con un tamal, mezcla de harina de trigo con maíz, digno sincretismo de la cultura precolombina con la europea.

Juan y su esposa despiertan antes de las cuatro de la mañana con la intención de prepararse y así, tres horas más tarde, a las siete, iniciar operaciones a un costado de la plaza Valladolid, entre palomas, tañidos de campanarios, trinar de pájaros y rostros desmañanados.

Uno de los atributos de los tamales que Juan y su esposa elaboran, es que mantienen niveles de calidad, “pues cuando uno se dedica a este negocio o a cualquier actividad, debe ser honesto”, precisa.

En su juventud, Juan no se conformó con lo que las circunstancias le ofrecían, siempre buscó alternativas y exploró mecanismos de venta. Vendió sus tamales en las calles de la ciudad, “a gritos”; pero también se instaló afuera de los circos y cines tradicionales de Morelia. Se convirtió, sin darse cuenta, en el tamalero de los espectáculos morelianos.

Confiesa con orgullo que ha acumulado experiencia sustentada por más de cuatro décadas; además, cuenta con batidora, equipo y herramientas que “hemos comprado con sacrificios y facilitan el trabajo”. Considera que está transitando hacia algo más que un fabricante y vendedor de tamales. Su recinto tamalero se localiza en una zona diferente a la de su casa, de modo que garantiza que los procesos de producción sean de calidad e higiénicos, “pues todos los días, tras la elaboración del producto, limpiamos los utensilios e instalaciones”, señala.

A través de los años, Juan y su esposa no solamente han acumulado experiencia por medio del sabor de los tamales, sino amigos, clientes y conocidos que los buscan para que proporcionen sus servicios durante las fiestas y reuniones que organizan. Sus tamales forman arte, entonces, de convivencias y festejos.

Tras manifestar que los tamales son un producto orgullosamente mexicano, revela que uno de sus sueños es consolidarse como empresario, con capacidad para expandirse y generar empleos y oportunidades de inversión; aunque lamentó que amplio porcentaje de personas, en Morelia, vivan de apariencias y sientan vergüenza atender una tamalería, o de plano quieren trabajar poco y ganar mucho dinero.

Juan sonríe. Atiende a sus clientes. Su esposa cobra. Operan en el triciclo amarillo, donde el anafre, el bote tamalero y el depósito de atole exhalan el sabor de la gastronomía mexicana. Señala hacia su camioneta y explica que es el medio de transporte digno para su familia y su negocio. Trabaja los 365 días del año, pero suele divertirse con su esposa al practicar el pasatiempo que a ambos encanta: bailar “salsa”. Tienen un hijo pequeño. Desconoce si algún día, al crecer, será tamalero como él y su esposa. Manifiesta que el giro de los tamales es honesto. “Hay que sonreír y ser felices”, concluye y se queda en su triciclo, al lado de su esposa, con sus clientes que piden otro tamal de salsa verde, uno más de dulce, una “guajolota” o un atole.

Texto originalmente publicado en Provincia de Michoacán

Matemáticas del amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, a quien invité a multiplicar el amor y la felicidad que compartimos

Desde la aurora de mi existencia, aprendí que las matemáticas son exactas, frías, rigurosas e indiferentes, incluso crueles con quienes no las comprenden y se equivocan, quizá porque participan en la construcción de un mundo simétrico y material; sin embargo, tras escudriñar sus rasgos severos, me percaté de que la creación estaría muerta si careciera de la esencia y el amor que impregna a todos los seres animados y a las cosas inertes. También supe que las matemáticas tan temidas, se debilitan y equivocan ante los sentimientos, porque si uno más uno es igual a dos en la realidad terrena, tú y yo sumamos y somos uno con nuestros respectivos rostros e identidades. No somos, al sumarnos, dos, sino uno, y así, fundidos en el amor, cruzamos puentes de cristal que enlazan el escenario temporal con los paisajes celestes. Al reconocer que las matemáticas esperan la invitación para tornarse en aliadas, descubrí que tú y yo tenemos oportunidad de sumar nuestros sentimientos, virtudes, sueños e ilusiones para multiplicar el amor y la felicidad que compartimos, y si dividimos y restamos nuestros defectos y errores, desvaneceremos cualquier sombra que se empeñe en borrar la historia que compartimos. Así, al sumar alegría, valores, sentimientos e ilusiones, y dividir cualquier signo de discordia, error, cólera, temor y tristeza, habremos restado el mal y multiplicado el bien y las condiciones para amarnos plenamente, experimentar felicidad y navegar juntos en el océano de la inmortalidad.

Conjugación y detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si moras en mi mente y corazón, significa que este espacio te pertenece

Compartir una paleta, preparar juntos una bebida de limón o un pastel, mirarnos reflejados en el cristal de un aparador, pisar charcos, arrojarnos cojines, regalarte una hoja dorada y quebradiza que recojo una mañana otoñal, entregarte un globo que compro en la plaza, saborear los condimentos de nuestras locuras, trazar tu nombre y el mío en un papel o una servilleta, soplar y liberar los filamentos de los dientes de león, definir siluetas en las nubes, correr a la sala de cine después de una tarde de charla con café y bizcochos, seguir una receta de cocina o modificarla con las ocurrencias que tenemos, despeinarnos como dos pequeños traviesos, diseñar un paseo inolvidable, detener la caminata en un puente de piedra para sentir las gotas de la lluvia y las caricias del aire, sumergirnos en el océano para admirar la belleza marina, remar y dejarnos arrullar por el oleaje, sentarnos en la arena con la intención de contemplar el horizonte, reír mucho, contar las estrellas y enviarnos un beso o un guiño a hurtadillas mientras permanecemos en una fila, podría parecer una lista ociosa e interminable de conjugaciones verbales a quienes no entienden que el amor se experimenta, envuelve a los enamorados y los conduce a fronteras insospechadas, a rutas inexploradas, donde los detalles cotidianos, por minúsculos e insignificantes que parezcan, forman parte de los luceros que alumbran el sendero al cielo. ¿Qué sería de los jardines ante la ausencia de flores y de la galería celeste sin estrellas? Tú y yo conjugamos cada verbo y lo vivimos plenamente, con la alegría y emoción que provocan los detalles, porque el amor es eso, experimentar cada momento con dicha, embeleso e ilusiones. ¿De qué serviría un amor callado, carente de hechos e indiferente a lo bello, a la sencillez, a los sentimientos? Y es que si hoy y mañana convertimos lo pequeño en grandioso, indudablemente tú y yo aprenderemos a transitar de los sueños a una realidad mágica, del mundo al cielo, de la brevedad de la existencia terrena a la inmortalidad, de dos corazones a uno muy hermoso y sublime que latirá eternamente en ti y en mí al unísono del amor.

“Chicharito”, historia de un payaso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La risa se disimula y maquilla para divertir a otros, aunque uno, a veces, cargue con dolores, luto y tristezas; pero si la alegría no es auténtica, difícilmente se mantendrá cuando la pintura se desvanezca, y eso lo sabe bien “Chicharito”, el payaso que tras más de media centuria de divertir a los niños, hace un paréntesis para mirar atrás, a los muchos días del ayer, cuando tenía entre 10 y 11 años de edad y acudió puntual y de frente a su cita con el destino

Rodeada de vecindades y enclavada entonces en una zona de bares y sitio de tolerancia, la Plaza Carrillo, en el centro histórico de la capital michoacana, era escenario de los claroscuros de los habitantes de Morelia y espacio, por añadidura, en el que se instalaban los juegos mecánicos de Atracciones Sánchez, donde él, José Antonio González Ramírez, colaboraba en el volantín de caballitos.

Fue en aquel mundo de juegos callejeros, donde conoció a los payasos “Pirrimplín” y “Yonito”, quienes arrancaban risas y monedas al público, a los niños y adolescentes que preferían el mundo callejero, los juegos, al encierro en las aulas de clases. Los dos arlequines influyeron en el pequeño, quien rápido aprendió de ellos, al grado de que cuando no asistían al espectáculo por alguna causa, aparecía en su lugar.

En la sala de su casa, donde cuelga la pintura al óleo que algún artista plasmó en Pátzcuaro con su imagen de payaso y entre dibujos y figuras alusivas a los histriones, José Antonio, “Chicharito”, confiesa que apenas concluyó el primer año de primaria y que sus amigos y vecinos eran excelentes jugadores callejeros de futbol y basquetbol, pero pésimos estudiantes.

A los 15 años de edad, “Chicharito” decidió ir a una, otra y muchas vecindades de la zona de Carrillo, donde atrapado en su disfraz de payaso, divertía a los moradores con sus actuaciones y bromas, casi siempre a cambio de aplausos “porque hay que reconocerlo, no me daban monedas ni comida”.

Fue entre 1962 y 1963 cuando “decidí que mi vida estaría consagrada a ser payaso, y para figurar y tener éxito, debía hacer bien mi trabajo, entregarme al público, respetar a mi auditorio, darle lo mejor de mí”, rememora al mismo tiempo que manipula el conejo de peluche que le regaló el mago Frank.

Acostumbrado a hacer desfiles, trabajó un año en el circo “Hermanos Vázquez”, que en la década de los 60 se instalaba donde actualmente se localiza el mercado Independencia. Refiere que en esa época conoció al cantante Víctor Iturbe, el Pirulí, quien le enseñó a maquillarse con mayor profesionalismo.

Preocupado por la falta de interés de no pocos de los payasos michoacanos en capacitarse, en ser mejores, “Chicharito” busca fotografías y documentos en su archivo mientras relata que a pesar de sólo haber cursado primero de primaria, tomó cursos de relaciones humanas, dirección y gerencia, oratoria y control mental.

Hospitalario y bromista, pero en momentos serio, casi adusto, admite que sus maestros le enseñaron a no perder la oportunidad de dar algo de sí a los niños, a quienes hay que tratar con dignidad y respeto. “En el momento que uno, como payaso, diga a un pequeño que es perdedor, sin duda el niño así será toda la vida porque ya quedó marcado ante los demás. Por eso, en mis actuaciones en fiestas, nunca he tenido niños perdedores. Todos se llevan un regalo, aplausos y una sonrisa”.

Portador del fuego durante las Olimpiadas de 1968 y campeón nacional de la carrera de los 800 metros entre 1962 y 1967, “Chicharito” trabajó un año en el circo de Gaspar Henaine “Capulina” y seis meses en el espectáculo de Tathiana. “Capulina” era un ser humano extraordinario, sencillo, dadivoso, a quien le encantaban el atole y los tamales. “Viví en su casa de Cuernavaca y participé con él en su circo y en el teatro”, completó.

Ahora, cuando camina por las calles morelianas, suele coincidir con hombres de edad madura, acompañados de sus hijos o nietos, a quienes desde hace 53 años divirtió en sus fiestas y a los que quedó grabado el nombre de “Chicharito”.

“Nunca me disfracé de payaso en las fiestas de mis tres hijos, ni tampoco los divertí con mis bromas y trucos; aunque me siento orgulloso de ellos porque estudiaron, se formaron y ahora son seres humanos honestos y profesionales”, confiesa el hombre, quien durante años pasados solía dedicar un día a la semana para ir a las comunidades apartadas, donde los rasguños de la pobreza limitaban las oportunidades de diversión infantil, para actuar gratuitamente en las escuelas.

“Chicharito” es José Antonio González Ramírez, el payaso que compraba sillas de ruedas viejas para repararlas y obsequiarlas a las personas de escasos recursos económicos que las requerían; también es el mismo arlequín que ha insistido a sus compañeros –alrededor de 350 en Michoacán-, los que operan dentro de la formalidad, que se preparen y siempre sean auténticos y respetuosos con el público. Para eso formó la agrupación Integración de Payasos Michoacanos (Ipamich).

Vendedor, alguna vez, de narices, maquillaje, zapatos, disfraces y artículos para magos y payasos, que con frecuencia le quedaban a deber sus compañeros, quienes “hasta por cinco pesos desaparecían”, es él, José Antonio, que ha luchado por la dignificación de su gremio y la alegría y diversión de los niños y sus familias y que a los 53 años de regalar risas, se despedirá de su participación en las fiestas infantiles, no porque sea su deseo, sino por motivos de salud. ¿Fecha? El 10 de diciembre de 2016, 40 payasos desfilarán por las calles céntricas de Morelia, la capital de Michoacán, para despedir a su líder, “Chicharito”, quienes finalmente lo acompañarán a una comida.

“Uno no puede despedirse de lo que le apasiona. Seguiré vigente, pero con consejos y enseñanzas a mis compañeros, los payasos formales, porque uno debe regalar alegría y sonrisas, momentos de diversión, no actuaciones grotescas ni majaderías. Los verdaderos payasos, maquillamos la alegría que sentimos desde el corazón, no ocultamos la perversidad que algunos suelen practicar para engañar y pasar desapercibidos. El payaso nace y se forma con la experiencia, la preparación, el deseo de actuar con entrega a los demás. Siempre hay que llegar con algo a las fiestas, al encuentro con los niños y las familias, porque eso es la vida, dar”, concluye “Chicharito”, bromista y, a la vez, inmerso en sus recuerdos y vivencias.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Provincia de Michoacán, el lunes 17 de octubre de 2016.

Motivos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Este espacio es para ti porque una musa es amada en el papel y en el corazón. Te ofrezco la sencillez de mis escritos con el sueño e ideal de una noche, al admirar la excelsitud del cielo, entregarte una estrella

Si te doy un canasto pletórico de flores, es para que sepas que pretendo cubrir los días de tu existencia con detalles y mostrarte que cada segundo, con sus claroscuros, se desprende del tiempo igual que los pétalos, y ofrece una fragancia, un color, una textura, un rostro irrepetible; si juego y río contigo, es con la finalidad de pasear por un mundo de ensueño y magia, con fantasías y realidades, entre travesuras e ilusiones. Si te convido una paleta de hielo, es para que siempre lleves mi sabor; si te regalo un globo, es con la intención de que te diviertas y lo liberes para que se eleve y confunda entre las nubes rizadas, y también con el objetivo de que nunca olvides que la vida es pasajera, que el amor se fortalece al viajar juntos y sin cadenas, y que es necesario mirar arriba y subir para llegar al cielo. Si estrecho tus manos, es para que comprendas que siempre recibirás mis caricias, apoyo y ternura; si te abrazo y beso tus labios, es con el propósito de que sientas latir tu corazón enlazado al mío y entiendas que somos uno desde el principio y que las almas unidas son ayer, hoy y mañana. Si te miro a los ojos, es porque ambos podemos vernos de frente, sin temores, y reconocernos al definir nuestros reflejos. Si atrapo las gotas de la lluvia en una cubeta, es para asomarnos, mirar nuestro reflejo y vaciar el agua en nosotros, como dos pequeños divertidos e ingenuos. Si llego a ti con una sonrisa y te entrego un diente de león, es para que tú y yo lo tomemos con delicadeza y soplemos hasta que sus filamentos se desprendan y las caricias del viento los dispersen aquí y allá, mientras nosotros, los de siempre, retornamos a la infancia dorada con la idea de tener presentes los sueños e ilusiones que alguna vez fueron causa de alegría. Si me aproximo a ti y te confieso mis más insondables secretos, es porque al estar contigo he decidido unirme a ti en la más bella, sublime y romántica historia. Si escribo para ti, es porque simplemente quiero amarte hoy y hasta donde no hay principio ni final.