Orgullosamente tamalero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sabores y formas que le ofreció la vida, en la infancia, eligió la opción que definiría su historia y daría condimento a sus días: la elaboración y venta de tamales y atole.

Cuando era niño, en San Martín Texmelucan, Puebla, y más tarde en la Ciudad de México, mezcló las horas escolares y los juegos, sueños e ilusiones con la consistencia de la masa, la textura de las hojas de maíz, los colores de las salsas y el aroma del taller familiar.

Una década antes, apenas había nacido, es cierto; pero a los 10 años de edad se integró a las labores de sus cuatro hermanos mayores, a la cocina y a las recetas familiares, donde elaborar tamales era motivo de orgullo y sitio de encuentro.

Ante la caminata del tiempo, las fichas se movieron sobre el tablero de su existencia y él, Juan González, transitó a la adolescencia, de tal manera que los juegos y sueños infantiles se diluyeron hasta trasladarse, a sus 15 años de edad, a la preparación y venta de tamales en Morelia, la capital de Michoacán, lejos de su terruño poblano y de la capital del país.

Ellos, los cuatro hermanos de Juan, ya fallecidos, eran los tamaleros tradicionales de los portales morelianos y de los cines de antaño -Colonial, Eréndira y Victoria, entre otros-, y la gente los conocía por su trato amable, la calidad e higiene de los alimentos y ese sabor, parece, que sintetizaba las recetas del terruño poblano –San Martín Texmelucan-, de la Ciudad de México y de Michoacán.

Juan entendió que si deseaba ser reconocido como tamalero, tendría que ser el mejor, distinguirse por la calidad e higiene del producto, su eficiencia en la atención y el servicio y su amabilidad y sonrisa, “porque la amargura, el enojo y la tristeza deben arrojarse al cesto de la basura antes de elaborar los alimentos y tratar con los clientes”, opina.

Mientras atiende a sus clientes -unos habituales y otros casuales-, a la orilla de la plaza Valladolid, conocida como San Francisco en alusión al templo y ex convento coloniales, en el centro histórico de Morelia, en un horario diario de siete a 9:30 de la mañana, Juan recuerda que antaño, en las horas de su juventud, colocaba el bote con los tamales, el anafre y el atole en su triciclo amarillo, y así andaba en las calles, donde pregonaba con la intención de comercializar toda su producción.

Vende tamales oaxaqueños, muy a su estilo, y también tradicionales de dulce y salsas verde y roja, aunados al atole de sabores y obviamente a las “guajolotas”. Reconoce que los clientes originarios de la Ciudad de México y otras entidades aledañas, piden con frecuencia “guajolotas”, que básicamente son una telera con un tamal, mezcla de harina de trigo con maíz, digno sincretismo de la cultura precolombina con la europea.

Juan y su esposa despiertan antes de las cuatro de la mañana con la intención de prepararse y así, tres horas más tarde, a las siete, iniciar operaciones a un costado de la plaza Valladolid, entre palomas, tañidos de campanarios, trinar de pájaros y rostros desmañanados.

Uno de los atributos de los tamales que Juan y su esposa elaboran, es que mantienen niveles de calidad, “pues cuando uno se dedica a este negocio o a cualquier actividad, debe ser honesto”, precisa.

En su juventud, Juan no se conformó con lo que las circunstancias le ofrecían, siempre buscó alternativas y exploró mecanismos de venta. Vendió sus tamales en las calles de la ciudad, “a gritos”; pero también se instaló afuera de los circos y cines tradicionales de Morelia. Se convirtió, sin darse cuenta, en el tamalero de los espectáculos morelianos.

Confiesa con orgullo que ha acumulado experiencia sustentada por más de cuatro décadas; además, cuenta con batidora, equipo y herramientas que “hemos comprado con sacrificios y facilitan el trabajo”. Considera que está transitando hacia algo más que un fabricante y vendedor de tamales. Su recinto tamalero se localiza en una zona diferente a la de su casa, de modo que garantiza que los procesos de producción sean de calidad e higiénicos, “pues todos los días, tras la elaboración del producto, limpiamos los utensilios e instalaciones”, señala.

A través de los años, Juan y su esposa no solamente han acumulado experiencia por medio del sabor de los tamales, sino amigos, clientes y conocidos que los buscan para que proporcionen sus servicios durante las fiestas y reuniones que organizan. Sus tamales forman arte, entonces, de convivencias y festejos.

Tras manifestar que los tamales son un producto orgullosamente mexicano, revela que uno de sus sueños es consolidarse como empresario, con capacidad para expandirse y generar empleos y oportunidades de inversión; aunque lamentó que amplio porcentaje de personas, en Morelia, vivan de apariencias y sientan vergüenza atender una tamalería, o de plano quieren trabajar poco y ganar mucho dinero.

Juan sonríe. Atiende a sus clientes. Su esposa cobra. Operan en el triciclo amarillo, donde el anafre, el bote tamalero y el depósito de atole exhalan el sabor de la gastronomía mexicana. Señala hacia su camioneta y explica que es el medio de transporte digno para su familia y su negocio. Trabaja los 365 días del año, pero suele divertirse con su esposa al practicar el pasatiempo que a ambos encanta: bailar “salsa”. Tienen un hijo pequeño. Desconoce si algún día, al crecer, será tamalero como él y su esposa. Manifiesta que el giro de los tamales es honesto. “Hay que sonreír y ser felices”, concluye y se queda en su triciclo, al lado de su esposa, con sus clientes que piden otro tamal de salsa verde, uno más de dulce, una “guajolota” o un atole.

Texto originalmente publicado en Provincia de Michoacán

9 comentarios en “Orgullosamente tamalero

  1. Hermosa entrevista, Santiago. Tienes capacidad y talento artístico para llevarnos hasta las personas, las circunstancias y los escenarios. Eres mágico. Me fascinan tus textos acerca del amor. Eres formidable. Siento como que estás más allá de la gente de hoy porque eres tan espiritual y amoroso… creo que siembras tu vida de detalles y amor y que eres de esas pocas personas que dicen te necesito porque te amo y no como dice la mayoría te amo porque te necesito.

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  2. Escritor Santiago, soy académica de una institución de prestigio en la capital del país, admiro tu talento, cuán enriquecedora sería una conferencia tuya con mis alumnos, con quienes estamos viendo temas que tu tocas con maestría y precisión, te felicito a mi nombre y al de mis alumnos que ya son tus lectores, lo que primero fueron lecturas obligadas ahora son por gusto.

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  3. Quien así escribe, refleja lo que siente y piensa, refleja su forma de vivir, refleja lo que es… y tú, Santiago Galicia Rojon Serrallonga, reflejas eso, un mundo grandioso y mágico que cualquier mujer quisiera que le compartieras.

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  4. Tan tradicionales y ricos los tamales , hay tanta variedad y de tantos lugares de nuestro pais, aunque las consecuencias de sobrepeso vienen después.
    Pero son parte de la gastronomía mexicana, claro que si !!!!

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  5. Precioso relato sobre un tamalero, Santiago. Cuántas veces miramos a la gente en la calle y no imaginamos las historias en torno suyo. Gracias por compartir y exponer con el talento que te caracteriza, la vida de un tamalero. Soy tu lectora fiel. Saludos.

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