Promesa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Hoy te dije que te amo?

Es cierto, en cada flor descubrirás un detalle, un regalo, un secreto bello, una promesa de amor que mi corazón hace al tuyo, y en las estrellas, al descender el manto nocturno, percibirás un guiño y otro, la alegría de la vida, el encanto de reír y jugar, la magia de caminar juntos, el embeleso del enamoramiento y los capítulos interminables, excelsos e inolvidables de nuestra historia; sin embargo, al abrazarte, mirar tus ojos y darte el más tierno de los besos, comprenderás que tú y yo somos un alma que palpita y resplandece aquí y allá, en la finitud y en la inmortalidad. Un amor como el nuestro es el amanecer, las gotas del rocío, el follaje que se mece al recibir las caricias del viento, las nubes que transitan pasajeras con sus formas caprichosas, el oleaje al besar la arena, las gotas de lluvia una tarde de verano, el columpio del parque, el horizonte dorado entre el océano y el cielo, la noche de incontables luceros. En las flores y en las estrellas descubrirás, no lo niego, los regalos que reservo para ti; pero en los latidos de mi corazón escucharás una confesión de amor cada instante de tu existencia, con la promesa de envolver tus días con el rostro de la felicidad.

El artífice

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 ¿Y si uno presiente, desde entonces, a alguien y un día la descubre entre la gente? ¿Y si al paso del tiempo, el embeleso y la magia del enamoramiento aumentan hasta pintar mayor número de estrellas en el universo? ¿Y si te digo que eres tú a quien me refiero?

Con la inspiración que impulsa a los artistas a componer poemas de cristal, esculturas de arena y música de lluvia, el viejo florista toma cada rosa y la acomoda en el canasto con delicadeza y encanto, como si supiera que entre la fragancia, policromía y textura de los pétalos se esconden insondables secretos, acaso sustraídos de un paraíso apenas recordado, quizá reflejo de la inmensidad del cielo, tal vez pronunciados por mi corazón al unirse al tuyo, mientras yo me convierto en artífice al bordar letras con los colores del arcoíris, al tejer palabras con el destello de las estrellas, al plasmar sentimientos en el papel que doblo e introduzco en un sobre con tu nombre de ángel. En cada flor, confieso, impregno mi perfume para que al recibir el arreglo a la puerta de tu casa, identifiques mi presencia; deposito incontables secretos y confesiones, promesas y sonrisas, detalles y una declaración cotidiana de amor, con la idea de que te sientas dichosa e ilusionada. Tengo mi espacio en la florería, en uno de los escalones de piedra, entre pétalos, hojas y tallos que caen de la mesa de madera y tapizan el suelo, rincón desde el que me sumerjo al océano inconmensurable de mi interior con la intención de extraer fórmulas literarias, ideas ligadas a los sentimientos que plasmo. Me parece un acto mágico, más del cielo que del mundo, abrir un espacio dentro de las horas terrenas y el palpitar de la eternidad para dedicarlo a ti y convertir la florería en taller de poemas, versos en forma de rosas y letras transformadas en romances. Siempre asisto a la florería con emoción, alegría e ilusión porque me encanta saber que cada arreglo significa un motivo de dicha, un susurro de amor, una sonrisa, un regalo y un suspiro para ti. Elegir flores, solicitar al hombre que las acomode con armonía, belleza y equilibrio, y escribir los dictados de mi corazón, equivale a abrir las puertas de un jardín de ensueño, tocar el cielo y llegar a ti. La bóveda celeste abre sus compuertas para que las fórmulas de la creación lleguen hasta nosotros, el florista y yo -tu amante de la pluma-, con la intención de que cada arreglo y carta sean constancia del amor que me inspiras. Mientras el florista elabora el arreglo más inspirador, porque así se lo pido siempre, me transformo en artífice de sentimientos al confesar por medio de flores y letras que me embelesas y te amo. El estudio del diseñador de flores se vuelve, entonces, fábrica de detalles, crisol de sentimientos, buhardilla de poemas, sólo para expresarte lo que parece transitó a modas añejas y que, no obstante, tú y yo lo sabemos, palpita en la esencia: te amo, respeto y admiro. Eres la mujer que presentí en mi alma y hoy te lo confieso con flores y letras.

Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

No es que evite el tiempo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sabes y sientes que te amo

No es que evite el tiempo, es que quiero detener las manecillas para eternizar cada instante a tu lado; no es que tema a la muerte, es que no me gustaría partir a otras fronteras sin antes compartirte y protagonizar incontables capítulos aquí, en el mundo, cual preámbulo de una historia bella e inagotable en la inmortalidad; no es que haya enloquecido por tu causa, es que me cautivas y encantas tanto que estoy enamorado de ti; no es que contabilice las estrellas para tejer un collar presuntuoso de diamantes, como los que exhiben en las vitrinas de las joyerías, es que en cada lucero pretendo depositar un beso, una promesa, un regalo para ti; no es que busque la soledad con el objetivo de alejarme de la gente, es que me encanta el silencio interior y también, no lo niego, pensar en nosotros; no es que cierre las ventanas para impedir las ráfagas, es que me fascina mirar tu cabello al recibir el desasosiego del aire y la brisa del mar; no es que me aterre el aislamiento, es que te busco con la idea de reír y jugar contigo; no es que resbale a los extravíos de la razón, es que hurto servilletas de papel en los restaurantes y recojo hojas doradas cuando el viento las barre en la campiña, donde escribo con tinta sepia los sentimientos que me inspiras; no es que busque tu corazón por no funcionar el mío, es que disfruto cuando ambos se funden con ternura y laten dichosos al unísono del universo; no es que me provoquen congoja los tintes sombríos de la tristeza, es que busco destellos de felicidad para envolverte; no es que ande perdido, es que eres un sentido real y esplendoroso en los días de mi existencia; no es que ya no me contemple en el espejo, es que prefiero descubrir mi reflejo en tus ojos que tanto me gustan y a los que siempre dedicaré mi canto y un poema; no es que ande distraído y olvide, por lo mismo, los asuntos cotidianos, es que simplemente me interesa repetir a tu oído mi confesión diaria: te amo.

En cada gota de lluvia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sólo para ti

En cada gota de lluvia quiero depositar un sentimiento especial, un deseo, una promesa de amor, un detalle, para que así, cuando el aguacero empape tu cabello y tu rostro, sientas mi presencia y descubras el mundo bello y mágico que te ofrezco y pretendo conquistar para ti. Cada gota, al deslizar en tu piel, significará, no lo olvides, un regalo, una caricia, un beso tierno, el encuentro de nuestras miradas, palabras románticas y capítulos inolvidables e intensos. También deseo colocar en cada estrella un secreto, tu sonrisa y la mía, los destellos de tu alma, la alegría que compartimos, nuestros sueños y realidades, el juego de un amor especial e inagotable. Por añadidura, anhelo insertar mis sentimientos en cada filamento de diente de león, en las hojas de los árboles y en todos los pétalos de flores minúsculas y mayúsculas, para que cuando el viento te los entregue por tu ventana, reconozcas mi fragancia y percibas mi presencia y el amor que te doy cada instante.

 

Sanitarios con rostro de ancianidad e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eran días en los que ellos, los arrieros, irrumpían la tranquilidad de las callejuelas del centro moreliano, gritaban improperios a las recuas de mulas y salpicaban lodo a hombres y mujeres infortunados que atravesaban a su paso, quizá por la urgencia de llegar con su cargamento a los almacenes y tendejones de la ciudad, tal vez por el agotamiento y la urgencia de comer y descansar, en plena coexistencia con los otros, los carboneros, que con las manos y los rostros cubiertos de tizne, atendían a sus clientes, a los marchantes que acudían cotidianamente al mercado de San Agustín, donde alfareros, afiladores, aguadores, verduleros y merolicos intentaban llamar la atención de los compradores.

Discurrían, entonces, las horas de 1939, cuando Carmelita, Carmen Pulido Cortés, decidió comprar los primeros sanitarios que se fundaron durante 1910 en la ciudad de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, entre la arquería de cantera iniciada el 5 de mayo de 1885 y concluida igual, el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

Una vez que obtuvo el título de posesión de los sanitarios públicos por parte de la antigua propietaria, una mujer de nombre Ángeles, Carmelita se convirtió, sin sospecharlo, en uno de los personajes populares de la ciudad, ya que allí acudía toda la gente que asistía al mercado de comida, como le llamaban, de San Agustín.

Antaño, en 1910, entre el ocaso del Porfiriato y la aurora del estallido social de México, los baños con letrinas de madera fueron visitados por hombres y mujeres que coexistieron en una ciudad con casonas, ex conventos y templos coloniales de cantera, callejuelas apacibles y plazas públicas con fuentes y jardines románticos; aunque también por revolucionarios, federales y gente que experimentó miedo y percibió el aroma de la pólvora.

Con 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, el hijo de doña Carmelita, recuerda que su madre era una mujer piadosa, muy querida por los habitantes de Morelia, porque destinaba parte de las utilidades de los sanitarios públicos -los únicos en la ciudad- a aliviar las necesidades de la gente, hombres y mujeres de todas edades, con hambre, carencias y enfermedades.

Abogado de profesión, pero dedicado a atender los sanitarios públicos que heredó de sus abuelos y sus padres, Gustavo relata que antiguamente, en la cerrada de San Agustín, se instalaban las “polleras”, sí, “las cocineras que preparaban las auténticas enchiladas morelianas con pollo y verdura. Colocaban mesas largas en medio de la cerrada y allí cenaba la gente”.

Recuerda que con las polleras cenaron personajes como Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros, quienes acudieron a los sanitarios públicos, igual que tanta gente anónima, porque eso enseñan los baños, que todos los seres humanos, por acaudalados, célebres, poderosos, intelectuales o bellos físicamente, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades naturales de la humanidad. Nadie es semidiós, y eso lo sabe muy bien Gustavo.

Al abrir los expedientes empolvados del ayer, Gustavo, el hijo de Carmelita, recuerda que se involucró en el trabajo de los sanitarios públicos a los ocho años de edad, cuando su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, junto con sus hermanos Eva, Margarita, Simón y Héctor, “pues los comerciantes y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, necesitaban utilizar los baños”.

Nacido en 1946, Gustavo mezcló los juegos e ilusiones infantiles con las obligaciones escolares, domésticas y laborales en aquel ambiente de mercado, cuando diversas familias moraban en el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca conventual más antigua de la otrora Valladolid, según algunos especialistas e investigadores, donde por cierto “se erigía la tienda de don Elpidio y alrededor había talleres y negocios de oficios” hoy casi extintos.

Hay que recordar que en 1874, tras la expulsión de los agustinos, el antiguo convento fue adquirido por comerciantes, quienes menos de un par de meses más tarde, cedieron los derechos a abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

El atrio que durante minutos coloniales fue cementerio y posteriormente mercado de verduras, carbón, madera, destiladoras de piedra, alfarería, carne y otros productos, cuyo nombre oficial en la actualidad es Ignacio Comonfort, contribuyó a acreditar los únicos sanitarios públicos de Morelia, explica el hijo de doña Carmelita, quien al hojear las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, narra que todos eran una familia, por así definir a los moradores de las celdas conventuales y a los comerciantes y clientes.

Orgulloso de los baños públicos que carecen de razón social, pero resguardan incontables historias, Gustavo lo conduce a uno, igual que lo haría un guía en un museo, y presume el mobiliario de madera, original, antiguamente verde y ahora amarillo, que exhala los suspiros de los otros días, los de hace más de una centuria, con la taquilla custodiada por herraje y cristal, las puertas originales, el aljibe cilíndrico que parte del suelo y casi alcanza las vigas del techo, los tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humedad y los cuatro ganchos en los que los clientes colgaban abrigos, bombines, sombrillas, bolsas y sombreros antes de entrar a los sanitarios, cuyas letrinas fueron sustituidas por tazas de porcelana.

Alineados a la caja que conecta a un pasillo con escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde moraba la familia Ortuño Pulido, se encuentran cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, precisamente para diferenciar los baños de hombres y mujeres. Pertenecen, como los ganchos y la mayor parte de los elementos del recinto, al pasado, al destierro del tiempo, a las horas consumidas ante la caminata de las manecillas. Una de las figuras es una bailarina y la otra, en tanto, una dama con vestuario de hace una centuria; las dos de los hombres son, igualmente, personajes dignos de una época ya consumida por el soplo del tiempo que aquí, en el mundo, es transformador de todas las cosas.

El hombre muestra, en la parte superior de la caja, una placa metálica que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con las palabras “Michoacán única”; también cuelga, próxima, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público expidió al negocio en 1950, con el número 309.

Don Gustavo, como le llama la gente, sabe que los sanitarios que le heredaron sus padres son reliquias, fragmentos de museo; sin embargo, lamenta que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni siquiera contemple ese patrimonio y que las autoridades municipales, encabezadas por el alcalde Alfonso Martínez Alcázar, carezcan de sentido común y sensibilidad social, al grado de no apoyar un negocio que ya cuenta, en 2016, con 106 años de antigüedad, y sí, en cambio, construir en la arquería de siglo XIX sanitarios públicos, fuera de contexto, que representan competencia desleal a un negocio con tradición, donde incluso se mantiene estricto cuidado en el ingreso de los clientes para mantener orden, respeto y seguridad. Negocio, es cierto, con 106 años de antigüedad que se desmorona ante el olvido de las autoridades, reconoce Gustavo, el abogado de los sanitarios públicos de San Agustín.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Comentario adicional. Cabe destacar que durante los últimos meses y de acuerdo con testimonios que posee don Gustavo, las autoridades municipales construyeron un aljibe muy profundo en lo que fue el atrio de San Agustín, entre ambas arquerías de postrimerías del siglo XIX, ya desprovisto de árboles, con la idea de abastecer de agua a los baños públicos que insertaron en la arquitectura histórica, totalmente fuera de contexto.

Habrá que imaginar el presupuesto millonario que el Ayuntamiento de Morelia destinó para construir baños públicos frente a un negocio del mismo giro, con más de una centuria de operar y que diariamente cierra muy tarde por la comida típica que se expende en los arcos y los bares que existen en el rumbo.

La administración municipal, desprovista de inteligencia y sensibilidad social, asegura por una parte que tiene interés en fortalecer el empleo, y por otro lado emprende acciones para perjudicar a quienes diariamente contribuyen con sus impuestos a mantener el aparato burocrático tan enorme y torpe, igual que una damisela que en una mano porta un ramo de flores y en la otra un látigo.

Paralelamente, las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, más especializados en cuestiones sindicales y en revisar que los visitantes no utilicen flash al tomar fotografías que en atender el patrimonio de México, ha descuidado sus funciones. Basta con recorrer el centro histórico de Morelia, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, para corroborar que esa zona de la capital michoacana se ha convertido en hospital y cementerio de ancianas de cantera con antifaces, carentes de autenticidad, donde la balconería y las puertas son contemporáneas, el interior de innumerables fincas se modifica totalmente y otros inmuebles antiguos no son atendidos oportunamente, hasta que se desmoronan. Es un centro histórico que agoniza silenciosamente entre el escándalo de bares, negocios, vehículos y transporte público.

Los sanitarios públicos de don Gustavo, con sus 106 años de antigüedad y su mobiliario original, necesitan restauración porque los días pesan a la madera y la piedra durante su decrepitud. El dueño de los primeros baños de Morelia, pide la intervención de las autoridades municipales para que lo apoyen con las tarifas de agua que le cobran como de uso industrial, y peor aún ante la competencia de baños públicos respaldados por esa administración. Igualmente, a las instancias federales solicita apoyo para la restauración del inmueble que resguarda fielmente reliquias de otra sociedad.

Por lo demás, solamente habría que preguntar a las autoridades correspondientes cómo es posible que nadie se atreva a rescatar el ex convento colonial de San Agustín, ocupado por estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El inmueble sacro, uno de los más antiguos de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, se encuentra en ruinas y pronto, como tantas construcciones coloniales, se convertirá en recuerdo.

La locura de este amor…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No sé qué me pasa, lo confieso; pero admito que jamás había sentido tanto amor y embeleso por alguien. Bien sabes que me refiero a ti

La locura de este amor me envuelve y provoca que ahora desee saltar las cercas de los años para llegar a la infancia dorada y jugar contigo, correr tanto que caigamos los dos al suelo para contemplar las siluetas fantasiosas de las nubes fugaces y soñar que tomamos nuestras manos con la intención de permanecer juntos cada instante. La alegría de este amor es causa de que te busque a una hora y a otra de ayer, hoy y mañana, para mirarnos a los ojos enamorados, tiernamente, como dos chiquillos traviesos e inquietos que ríen sin parar. La emoción de este amor, insisto, es motivo de ensoñación, mensajes escritos en servilletas de papel, promesas envueltas en pétalos fragantes de rosas blancas, aretes y cuentas de estrellas, cartas y poemas inspirados en ti. La ilusión de este amor es razón por la que pretendo retroceder a los muchos días del ayer, cuando Dios pintó la creación, con la finalidad de unir mis labios a los tuyos y así propiciar que en el presente y futuro, aquí, en el mundo, y allá, en la eternidad, reconozcas mi sabor y fragancia. La belleza de este amor me lleva hasta tu alma, que es la mía, sólo para expresarte mis sentimientos más sublimes e invitarte a pasear una mañana, cenar y admirar las estrellas una noche y al siguiente día consentirte mucho, preparar uno de los platillos que más te gustan y una bebida refrescante, sentarme a tu lado y contar los segundos y minutos inexorables. La locura de este amor me invita a unir los latidos de nuestros corazones y hacerte tan feliz, musa mía, que el mundo sólo sea preámbulo de una historia compartida en el resplandor del cielo.