Somos un pueblo que prepara colores, aromas y sabores para deleite del mundo: Catalina Domingo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Envuelto en neblina, el caserío asomaba somnoliento, con el perfil de sus montañas boscosas, su semblante de tejamanil, sus rostros de adobe y madera y la ancianidad de su templo del siglo XVI, mientras las humaredas delataban la presencia de cocinas donde ellas, las nativas de Zopoco, en la Cañada de los 11 Pueblos, desde la madrugada arrancaban los aromas y sabores del campo para transformarlos en fórmulas gastronómicas.

Catalina, Catalina Domingo Morales, miraba con admiración a su abuela, hincada en el piso de tierra a pesar de la carga de los años acumulados un día y otro, quien preparaba en su metate de piedra el nixtamal que la otra mujer, su madre, tomaba para dar forma de tortillas a la masa y colocarlas sobre el comal de barro que la lumbre abrazaba con frenesí.

Discurrían, entonces, las horas de la década de los 40, en el siglo XX, cuando Catalina era una miniatura femenina y ensayaba las pruebas de la vida. Le bastaba un guijarro o un trozo de leña para jugar y divertirse porque la felicidad, lo sabía desde la infancia, no depende de cosas y superficialidades; consiste, parece, en dar un sentido real a lo que se es y se tiene cada instante.

“No conocíamos las estufas. Estábamos acostumbradas a preparar nuestros alimentos en los fogones, sobre piedras y leña que el fuego consumía -igual que el tiempo diluye nuestras vidas-, donde guisábamos de acuerdo con las enseñanzas y tradiciones de nuestras antepasadas”, rememora, casi al mismo tiempo que una joven ataviada con ropa purépecha, le habla en su lengua para solicitarle instrucciones sobre la atápakua que preparan sus descendientes.

Recuerda que los días primaverales se diluyeron ante la caminata de las manecillas. Los juegos e ilusiones se mezclaron con fórmulas y recetas, con el encanto y la magia de impregnar en los platillos la fragancia de la campiña, los sabores del terruño, la policromía de la vida.

De eso se trata en la cocina purépecha, lo sabe Catalina, recinto convertirlo en punto de encuentro para la familia, donde las mujeres conversan, relatan historias de sus antepasados, enseñan a sus hijas a cocinar, planean fiestas, diseñan la convivencia y se vuelven confidentes unas de otras.

Fue allí, en la cocina de la casa solariega, donde su abuela relató que antiguamente, antes de la conquista española que se registró durante la juventud del siglo XVI, sus antepasados moraban en un paraje que denominaban Zapquio, al parecer alusivo a los zopilotes que abundan en esa zona. Ya con los evangelizadores franciscanos, los nativos se establecieron en el lugar que actualmente ocupa el pueblo, al que denominaron Zopoco, en memoria de que durante los primeros días coloniales, en la decimosexta centuria, argumentaron “somos pocos”.

Mientras el mundo apenas superaba los tintes sombríos de la Segunda Guerra Mundial, Zopoco permanecía apacible en la década de los 40, enclavado en el municipio mexicano de Michoacán, Chilchota, donde Catalina aprendió que la imagen colonial del Cristo Milagroso fue descubierto, según la leyenda que ha transitado desde sus antepasados hasta las generaciones de la hora contemporánea, en un lugar desolado, donde se fundó el cementerio del pueblo.

Alrededor del fogón, mientras aprendía a cocinar las recetas purépechas, Catalina escuchó a su abuela narrar que en aquellos días coloniales un leñador de edad ya muy avanzada se aproximó a un pino con la intención de llevar a su casa trozos de leña que las mujeres de su familia utilizarían en el fogón.

Cuando el hombre intento partir la rama del pino, descubrió con alarma y sorpresa que brotaba sangre. La segunda vez que pretendió cortarla, volvió a asomar sangre, hecho que lo estimuló a correr en busca del sacerdote de la comarca, quien invitó a la gente a descubrir el milagro. Allí le manufacturaron una cruz.

La noticia provocó que el obispo de Zamora resultara atraído hasta Zopoco, donde declaró que efectivamente, se trataba de una imagen de Cristo y que habría que venerarla como el Señor de los Milagros.

“En las cocinas tradicionales purépechas, asegura Catalina, las mujeres rescatamos historias de antaño y preparamos platillos. Me encantó, desde la infancia, arrancar los sabores, fragancias y tonalidades del campo para mezclarlos en las cazuelas, en las ollas de barro, hasta convertirlos en atoles, corundas, atápakuas, churipo y otros platillos que forman parte del legado culinario que heredaron nuestras antepasadas a las mujeres de la Cañada de los 11 Pueblos y en especial de Zopoco”.

A sus 76 años de edad, Catalina se siente orgullosa de ser cocinera tradicional michoacana y portadora de las fórmulas y recetas gastronómicas del pueblo purépecha. Esa es, quizá, una de las razones por las que enseña a sus hijas y nietas a preparar esa clase de platillos.

Como cocinera tradicional purépecha, admite sentirse orgullosa de su labor; sin embargo, también reconoce que no se trata de un membrete, sino de un estilo de vida que da nombre y sentido a Michoacán.

“La cocina tradicional incluye la defensa del patrimonio arquitectónico, de la lengua materna, de las costumbres y de todo lo que es tan nuestro. Somos un pueblo vivo, con rasgos propios y manos que preparan aromas, sabores y colores para deleite del mundo, y es que en las cocinas elaboramos comida, alimentos para los días soleados y las tardes nebulosas, gastronomía para la convivencia cotidiana, las fiestas y el luto; pero también bordamos historias, tejemos romances y condimentamos cada instante con nuestras familias”, concluye Catalina, quien por cierto obtuvo un premio durante el XIV Encuentro de Cocina que se celebró en el Centro de Convenciones de Morelia, la capital de Michoacán, al inicio de diciembre de 2016.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

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