Somos un pueblo que prepara colores, aromas y sabores para deleite del mundo: Catalina Domingo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Envuelto en neblina, el caserío asomaba somnoliento, con el perfil de sus montañas boscosas, su semblante de tejamanil, sus rostros de adobe y madera y la ancianidad de su templo del siglo XVI, mientras las humaredas delataban la presencia de cocinas donde ellas, las nativas de Zopoco, en la Cañada de los 11 Pueblos, desde la madrugada arrancaban los aromas y sabores del campo para transformarlos en fórmulas gastronómicas.

Catalina, Catalina Domingo Morales, miraba con admiración a su abuela, hincada en el piso de tierra a pesar de la carga de los años acumulados un día y otro, quien preparaba en su metate de piedra el nixtamal que la otra mujer, su madre, tomaba para dar forma de tortillas a la masa y colocarlas sobre el comal de barro que la lumbre abrazaba con frenesí.

Discurrían, entonces, las horas de la década de los 40, en el siglo XX, cuando Catalina era una miniatura femenina y ensayaba las pruebas de la vida. Le bastaba un guijarro o un trozo de leña para jugar y divertirse porque la felicidad, lo sabía desde la infancia, no depende de cosas y superficialidades; consiste, parece, en dar un sentido real a lo que se es y se tiene cada instante.

“No conocíamos las estufas. Estábamos acostumbradas a preparar nuestros alimentos en los fogones, sobre piedras y leña que el fuego consumía -igual que el tiempo diluye nuestras vidas-, donde guisábamos de acuerdo con las enseñanzas y tradiciones de nuestras antepasadas”, rememora, casi al mismo tiempo que una joven ataviada con ropa purépecha, le habla en su lengua para solicitarle instrucciones sobre la atápakua que preparan sus descendientes.

Recuerda que los días primaverales se diluyeron ante la caminata de las manecillas. Los juegos e ilusiones se mezclaron con fórmulas y recetas, con el encanto y la magia de impregnar en los platillos la fragancia de la campiña, los sabores del terruño, la policromía de la vida.

De eso se trata en la cocina purépecha, lo sabe Catalina, recinto convertirlo en punto de encuentro para la familia, donde las mujeres conversan, relatan historias de sus antepasados, enseñan a sus hijas a cocinar, planean fiestas, diseñan la convivencia y se vuelven confidentes unas de otras.

Fue allí, en la cocina de la casa solariega, donde su abuela relató que antiguamente, antes de la conquista española que se registró durante la juventud del siglo XVI, sus antepasados moraban en un paraje que denominaban Zapquio, al parecer alusivo a los zopilotes que abundan en esa zona. Ya con los evangelizadores franciscanos, los nativos se establecieron en el lugar que actualmente ocupa el pueblo, al que denominaron Zopoco, en memoria de que durante los primeros días coloniales, en la decimosexta centuria, argumentaron “somos pocos”.

Mientras el mundo apenas superaba los tintes sombríos de la Segunda Guerra Mundial, Zopoco permanecía apacible en la década de los 40, enclavado en el municipio mexicano de Michoacán, Chilchota, donde Catalina aprendió que la imagen colonial del Cristo Milagroso fue descubierto, según la leyenda que ha transitado desde sus antepasados hasta las generaciones de la hora contemporánea, en un lugar desolado, donde se fundó el cementerio del pueblo.

Alrededor del fogón, mientras aprendía a cocinar las recetas purépechas, Catalina escuchó a su abuela narrar que en aquellos días coloniales un leñador de edad ya muy avanzada se aproximó a un pino con la intención de llevar a su casa trozos de leña que las mujeres de su familia utilizarían en el fogón.

Cuando el hombre intento partir la rama del pino, descubrió con alarma y sorpresa que brotaba sangre. La segunda vez que pretendió cortarla, volvió a asomar sangre, hecho que lo estimuló a correr en busca del sacerdote de la comarca, quien invitó a la gente a descubrir el milagro. Allí le manufacturaron una cruz.

La noticia provocó que el obispo de Zamora resultara atraído hasta Zopoco, donde declaró que efectivamente, se trataba de una imagen de Cristo y que habría que venerarla como el Señor de los Milagros.

“En las cocinas tradicionales purépechas, asegura Catalina, las mujeres rescatamos historias de antaño y preparamos platillos. Me encantó, desde la infancia, arrancar los sabores, fragancias y tonalidades del campo para mezclarlos en las cazuelas, en las ollas de barro, hasta convertirlos en atoles, corundas, atápakuas, churipo y otros platillos que forman parte del legado culinario que heredaron nuestras antepasadas a las mujeres de la Cañada de los 11 Pueblos y en especial de Zopoco”.

A sus 76 años de edad, Catalina se siente orgullosa de ser cocinera tradicional michoacana y portadora de las fórmulas y recetas gastronómicas del pueblo purépecha. Esa es, quizá, una de las razones por las que enseña a sus hijas y nietas a preparar esa clase de platillos.

Como cocinera tradicional purépecha, admite sentirse orgullosa de su labor; sin embargo, también reconoce que no se trata de un membrete, sino de un estilo de vida que da nombre y sentido a Michoacán.

“La cocina tradicional incluye la defensa del patrimonio arquitectónico, de la lengua materna, de las costumbres y de todo lo que es tan nuestro. Somos un pueblo vivo, con rasgos propios y manos que preparan aromas, sabores y colores para deleite del mundo, y es que en las cocinas elaboramos comida, alimentos para los días soleados y las tardes nebulosas, gastronomía para la convivencia cotidiana, las fiestas y el luto; pero también bordamos historias, tejemos romances y condimentamos cada instante con nuestras familias”, concluye Catalina, quien por cierto obtuvo un premio durante el XIV Encuentro de Cocina que se celebró en el Centro de Convenciones de Morelia, la capital de Michoacán, al inicio de diciembre de 2016.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

COPARMEX, pobre COPARMEX..

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con amistad para los empresarios que respetan la dignidad humana

“Para ustedes, los periodistas, está disponible la tarima. Es el espacio que les asignaron”, expresó una de las empleadas del Centro Empresarial de Michoacán, filial de la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), a los reporteros invitados a cubrir la disertación de otro comunicólogo que ahora pretende ser presidente de México, Pedro Ferriz de Con.

La cita, de acuerdo con la invitación enviada a los medios de comunicación, fue a las ocho de la mañana, en uno de los salones del Hotel Holliday Inn, en la zona comercial y financiera de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, donde empleados de la agrupación empresarial registraban y cobraban el ingreso de los hombres de negocios interesados en asistir al desayuno y a la conferencia.

Cuando miré, atrás, casi escondida, la tarima gris de madera, reaccioné de inmediato y manifesté a la empleada mi descontento con el argumento de que como ser humano merezco respeto y de ninguna manera me sentaría en ese lugar que marcaba una diferencia repugnante de clases sociales.

Le recordé que COPARMEX es una agrupación empresarial fundada en 1929, con doctrinas como la defensa de la dignidad humana y los valores trascendentales, de modo que al tratarnos con discriminación, con un sello de diferencia que suele caracterizar a los seres humanos adocenados que apenas tienen cierta posición económica actúan como amos despiadados de quienes les rodean, demostraban incongruencia.

Auxiliada por algunas compañeras y un joven de gafas, atrapado en un traje oscuro, la asistente anunció que ordenaría a los empleados de la empresa hotelera la colocación de sillas sobre la tarima, ofrecimiento al que evidentemente me opuse por tratarse de un espacio que podrían utilizar camarógrafos y fotógrafos para colocar los tripiés de sus cámaras, y porque me pareció falta de respeto servirse de nosotros para la promoción de sus actividades y tratarnos como personas de quinta categoría, claro, muy ad hoc a las costumbres mexicanas de simulación que en una mano presentan un ramo de flores y en otra un látigo.

Ante la sorpresa de mis colegas, advertí al personal operativo de COPARMEX que lo que menos me interesaba era desayunar. De ninguna manera iba a sentarme en el escenario del desprecio y la mediocridad, ni sería un mal necesario ni objeto de compasión por parte de quienes nos invitaban y demostraban su falta de educación al no ofrecernos un espacio digno.

En consecuencia, anticipé que en todo caso permanecería cerca del acceso del recinto porque mi vocación nunca ha sido causar lástima ni ser denigrado porque parto del principio de que todos los seres humanos, independientemente de su condición económica y racial, merecen respeto.

El joven de las gafas de aumento se aproximó a una mesa próxima al acceso, donde dos mujeres le aconsejaron ignorar mis peticiones porque nosotros, los periodistas, somos insoportables, o sea que se sirven de los medios de comunicación para satisfacer sus intereses y ansiedades ególatras, y al mismo tiempo los escupen. Vaya porquería.

Tan falsas como su tinte y su maquillaje, ambas mujeres demostraron lo que valen en realidad, nada. Su filiación a COPARMEX excluye los principios sobre el respeto a la dignidad humana y la práctica de los valores trascendentales.

Esa es, parece, la clase de empresarios mediocres e improvisados que tienen Michoacán y México. Obviamente, son los que hablan de empresas con responsabilidad social y condenan, como el adúltero que se espanta de la suripanta, la corrupción de funcionarios públicos y políticos que han saqueado al país.

Tras mi malestar, finalmente influí para que nos proporcionaran una mesa, admito que con el servicio completo del banquete, no tan delicioso como el que suelo preparar con alguien cada fin de semana. Por cierto, espero no me envíen la factura de la mesa.

Confieso que mi intención no fue tramitar un desayuno con fruta, jugo, café, bizcochos y un pan con pollo en salsa verde, parecida al pipián. No, no fue eso. Tampoco busqué una silla para estirar las piernas y convertirme en espectador dedicado a aplaudir a un señor comunicólogo arrogante. Fue cuestión de defender un principio fundamental: la dignidad humana.

Igual que todos los seres humanos, ricos y pobres, inteligentes y tontos, bellos y feos, merezco respeto. Como escritor y periodista, también exijo que el trato hacia mí sea digno. Tales empresarios, con todo el dinero que aparentan poseer en este país de simulaciones, jamás podrán comprar talento ni calidad humana.

Fue, igualmente, por defender la dignidad humana, el respeto y los derechos humanos del ser humano, de los reporteros que un día y otro de mañana se sumarán a las tareas periodísticas. Se trata, en parte, de hacer talacha para que las futuras generaciones no enfrenten el desprecio y el trato despótico de personas a las que si se les desnudara, es decir si se les quitaran dinero y títulos académicos, enseñarían lo que en realidad son, seres carentes de calidad humana, criaturas vacías.

De la experiencia anterior, protagonizada el martes 6 de diciembre de 2016 -a veces ayuda memorizar las fechas-, obtengo dos conclusiones tristes que lamentablemente me confirman los niveles tan ínfimos que envuelven a amplio porcentaje de seres humanos.

En primer término, los principios relacionados con dignidad humana, respeto, derechos fundamentales y valores trascendentales, promovidos por los ideólogos de COPARMEX, son, en casos como el expuesto y materializado específicamente en las dos mujeres citadas, tan parecidos a las expresiones melosas “te quiero” y “te amo” de quienes se creen enamorados, y se comportan ausentes a la hora de las pruebas y los hechos. “Te quiero” en la medida que no me involucras en tus necesidades y problemas. Te amo, pero siempre que disfrutemos las horas de placer, no tus lágrimas y sufrimiento”.

Afortunadamente no todos los empresarios de COPARMEX Michoacán actúan igual. Ignoran que durante muchos años cubrí la fuente económica en diversos medios de comunicación y que conozco sus historias con todos sus claroscuros. Habría que relatar, verbigracia, las barbaridades que uno de sus dirigentes cometió recientemente.

Por otra parte, me entristece y preocupa el hecho de que muchos de ellos, mis colegas, se resignen a que nos traten con tanto desprecio, como si fuéramos un mal necesario del que los hombres del poder se sirven para satisfacer su egolatría, caprichos e intereses. Algunos son amigos míos y otros únicamente compañeros y colegas; pero lamentablemente no existe iniciativa por parte del gremio para unirse, formar un frente no de ataque, sino profesional, y exigir respeto a nuestra dignidad como personas y profesionales.

Tales actitudes de conformismo y pasividad, característico en millones de mexicanos, han conducido al país a su funeral. Si todos tuviéramos el valor de actuar y reclamar lo justo, sin duda sumaríamos y multiplicaríamos a favor de la nación en vez de restar y dividir en perjuicio de todos.

Ahora recuerdo que hace poco más de dos años, en una asamblea de COPARMEX Michoacán que se celebró en los jardines y el área de banquetes y reuniones de Altozano, en la ciudad de Morelia, citaron a los periodistas a determinada hora y los mantuvieron en un pabellón, mientras los otros, empresarios  y funcionarios, eran conducidos a mesas donde les servirían platillos aparentemente deliciosos. Era, curiosamente, la hora de la comida.

Corresponsales, reporteros locales, camarógrafos y fotógrafos permanecieron más de una hora en el pabellón. Recuerdo que cuando llegué, enfrenté a quien entonces dirigía a la agrupación. Le reclamé el acto de desprecio a mis colegas y resalté que solamente los utilizaban, que no era humanitario mantenerlos en un pabellón con alta temperatura, aislado del área de mesas, sin ofrecerles agua o algunas bebidas.

Tramité una entrevista con el líder nacional de COPARMEX. El personal operativo y algunos empresarios michoacanos se opusieron a mi petición, pero insistí y finalmente logré que dicho personaje concediera unos minutos a la prensa, con la condición de que si escuchábamos el helicóptero en el que llegaría el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, suspenderíamos la sesión de preguntas y respuestas. Obtuvimos la entrevista y como es de imaginar, permanecimos de pie durante el acto mientras veíamos comer a los invitados.

He de admitir que dentro de COPARMEX Michoacán tengo amigos y conozco gente muy valiosa que da ejemplo de lo que es ser empresario. Son excepcionales y merecen todo mi reconocimiento; sin embargo, ha presentado descalabros y retrocedido, hasta tener similitud con agrupaciones y cámaras oficialistas que aplauden a los mandatarios, gobernadores, funcionarios públicos y políticos en turno, cuando debería de reconocer el trabajo oficial que se realiza bien, criticar lo negativo y proponer respuestas y soluciones a los problemas, conflictos y planteamientos de la hora contemporánea.

Dentro de Coparmex Michocán hay integrantes muy valiosos, con experiencia y trayectoria reconocida en diversas disciplinas, quienes deberían asumir el liderazgo o, al menos, aportar a quienes han permitido que se tambalee la agrupación patronal. Tengo la fortuna de haber cubierto perdiodísticamente desde su fundación, con su primer presidente, y sé, por lo mismo, que tiene gente muy valiosa.

Por ese tiempo, la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automóviles (AMDA) celebró una asamblea con empresarios de ese ramo en el estado de Michoacán. Asistieron el presidente nacional de la agrupación, el gerente general de la misma y otros directivos. La comida fue en el club Campestre de Altozano, también en la ciudad de Morelia.

Citaron a los periodistas con más de una hora de anticipación. Traté de que el líder nacional de AMDA concediera una conferencia de prensa, pues el gobernador michoacano llegaría con retraso. Insistí a varios de los empresarios que conozco hasta que finalmente hice la petición al gerente general de la agrupación, quien negó mi solicitud y manifestó “para eso los trajimos, para que cubran el saludo del señor gobernador y nuestro presidente nacional”. “¿Nos trajeron?”, reclamé molesto y advertí: “al menos a mí nadie me trajo. Vine por mi cuenta a cumplir una tarea profesional. Para su conocimiento, ni a mí ni a mis compañeros nos interesa el saludo del gobernador y el presidente nacional de AMDA porque eso carece de interés noticioso, es superficial; en cambio, lo que deseamos es obtener información, números, el crecimiento del sector, las inversiones, la generación de empleos, los planes de expansión. Si desean fotos y textos con flashes, saludos, poses y sonrisas, paguen publicidad en los medios de comunicación”.

Las mesas estaban dispuestas conforme a las normas más rigurosas de etiqueta, con la distribución de vajillas, copas y cubiertos que muy pocos entienden, como si hasta para comer, piensan, se requirieran ecuaciones. Igual que en COPARMEX, AMDA tampoco había dispuesto espacios para los representantes de los medios de comunicación. Unos y otros se sirven de los reporteros, pero los consideran basura. Se necesita tener dignidad y valor para defender el respeto y así poder mirar de frente a los demás, a los que uno ama, a los que se aconseja, a la gente que lee lo que transmitimos.

Con sus excepciones respetables, esos empresarios resultan de estatura muy corta ante personajes extraordinarios e inolvidables como doña Loraine Greves, la viuda de don Oliver Grace. Con más de 90 años de edad, esa mujer maravillosa, billonaria en dólares, quien pasó por la transición en 2015, en Estados Unidos de Norteamérica, fue tan humana y sencilla, de espíritu verdaderamente humilde, que jamás hubiera maltratado a una persona. Hubiera condenado las actitudes y los comentarios de las dos mujeres de COPARMEX Michoacán y de otros de sus integrantes.

Integrante de una familia que ocupa más de la mitad del Empire State, en Nueva York, con una multiplicidad de negocios internacionales que cotizan en los mercados accionarios del mundo, doña Loraine fue una mujer que cada día de su existencia cultivó detalles.

Billonaria en dólares, con acceso a la Casa Blanca y a los ámbitos económicos, sociales y políticos más exclusivos del mundo, ella, doña Loraine Greves, la señora Grace, solía ordenar a su chofer que frenara cuando miraba, desde su lujoso vehículo, alguna persona empobrecida en la calle. Nunca volteó al otro extremo cuando se topó con la miseria; al contrario, siempre dio anónimamente, y aun después de su muerte, surgen historias de personas que la recuerdan por lo que hizo a su favor cuando se sintieron más desgraciadas.

Doña Loraine pintaba. También era artista y de su interior surgía una gran sensibilidad. La mansión y el departamento que habitaba no se comparan con las “residencias” de estos ricos mexicanos que con menos recursos económicos, desprecian a quienes consideran inferiores por su aspecto o por su condición de trabajadores.

¿Qué hubiera expresado doña Loraine al escuchar a las dos mujeres de COPARMEX Michoacán o ante el desprecio, hipocresía, petulancia de aspirantes a multimillonarios? Entre los seres humanos acaudalados hay diferencias y niveles, y no solamente por las fortunas billonarias que acumulan, como fue el caso de doña Loraine, sino por la riqueza que surge de su interior y derraman hacia el mundo. Qué pena, en verdad, con estos empresarios mediocres que se sienten divinidades y ejes del universo.

El arte enseña a vivir diferente: Juan Torres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es una locura, un sueño en vida. Tiene sus momentos, sus temáticas, sus etapas, y atrás quedan rostros, la retrospectiva de una existencia que piensa y siente distinto, las huellas de un proceso creativo inacabable.

Juan Torres Calderón, pintor, grabador y escultor moreliano, aparece de pronto, entre los muros de adobe de su casa, plantas y esculturas dispersas en la inmensidad del jardín, mientras las caricias del viento matinal desasosiegan los ramilletes de flores minúsculas que enseñan que los detalles pequeños, acumulados, forman la grandeza.

Seguimos un camino empedrado hasta la capilla de adobe que construyó como recinto de su galería, y es allí, entre pinturas y esculturas, donde abre el libro de sus recuerdos, la historia de su existencia loca y rara, porque “así somos los artistas, extraños e intensos, con capacidad para mirar y escuchar lo que la mayoría no percibe”, asegura.

“En mis días escolares fui pésimo estudiante. Las matemáticas, la historia y la geografía no fueron lo mío, definitivamente no cabían en mis esquemas mentales; en cambio, era hábil en las manualidades, en el dibujo, en los trazos, y por eso decidí ser artista plástico. Desde pequeño tuve claro que sería pintor”, relata el hombre, quien a sus 74 años de edad agradece encontrarse en la plenitud del quehacer artístico.

Como en la mayor parte de las familias, sus padres le aconsejaban que estudiara algo diferente porque la pintura, el grabado, la escultura, seguramente lo confinarían a días de pobreza y soledad, igual que las historias de artistas que uno, en la juventud, lee en los libros.

Quienes hablan así a los pequeños, agrega, es porque desconocen las riquezas que ofrece el arte a quienes pretenden explorar sus grutas. “Incontables maestros, en la primaria, cometen el error de desalentar a los pequeños para que renuncien a sus pretensiones de dedicarse al arte, a eso que unos denominan actividad, profesión u oficio”, reconoce.

Bohemios, pobres, solos, quizá con sus musas, los artistas son concebidos cual seres extraños, criaturas raras, “y tal vez tenga razón la gente porque eso somos, parece, personas diferentes, extraviados en nuestra locura, en el proceso inacabable de la creación”, argumenta.

Juan Torres, creador de la catrina monumental que se erige en el acceso al pueblo alfarero de Capula, tenencia de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, narra que desde los primeros años de su existencia abrazó el arte con amor y pasión, con disciplina, responsabilidad y dedicación. El artista debe ser intenso, dice.

El arte es una actividad diferente a cualquier oficio y profesión, lo sabe muy bien Juan Torres Calderón, quien refiere que el proceso creativo abre las compuertas del ser y educa, enseña lo indecible, lo que la mayoría no percibe y uno, inspirado, transmite a la humanidad.

Se autodefine: “los artistas no somos comunes, sino raros; sentimos, pensamos y actuamos diferente a la mayoría, más allá de cuestiones académicas y de posición social. Es algo muy especial, una especie de locura o sueño que nos mantiene inmersos en un proceso creativo que no acaba”.

No es Juan Torres Calderón, el habitante de Capula, pueblo alfarero con antecedentes prehispánicos que gradualmente figura en la geografía nacional y mundial por su artesanía y sus catrinas; es Juan Torres Calderón, el pintor, el grabador, el escultor, porque el arte, él lo sabe y sostiene, es universal, de manera que si en la hora contemporánea, respaldado por la tecnología, un creador es mexicano, también es español o francés y viceversa, porque se trata de una tarea global que trasciende fronteras y distingue a ciertos seres humanos.

Alumno de Alfredo Zalce Torres y alguna vez galardonado con la Presea “Generalísimo Morelos”, galardón que anualmente entrega el Ayuntamiento de Morelia, Juan Torres Calderón mantiene su Escuela Popular de Arte “José Guadalupe Posada” y cuenta con planes para el futuro inmediato, como su exposición retrospectiva para el año 2017 e impulsar la creación del Centro Cultural de Capula.

Se queda en su casa, la única que se encuentra a un lado del cementerio, desde donde se distinguen el caserío de Capula, el templo de origen colonial y al otro lado la loma que esconde basamentos prehispánicos confinados a la destrucción y el olvido.

Juan Torres acepta que el arte es eso, una locura, momentos, un estilo diferente de concebir la vida, y sabe que de alguna manera, cuando ya no exista, su nombre y sus obras se insertarán en las páginas de la historia de un pueblo, de un país, del mundo.

Este texto fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Agustín Carstens y la desgracia de México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La economía de México es tan endeble, que la inesperada renuncia de Agustín Carstens Carstens como gobernador del Banco de México, programada para dentro de siete meses, en julio de 2017, tambaleó el mercado accionario del país y ejerció mayor presión sobre el peso, fenómeno digno de análisis y preocupación porque denota un país que se desmorona ante la corrupción e impunidad de autoridades y políticos y el conformismo y la pasividad de millones de personas.

Acaso coincidencia o tal vez con intención perversa porque alguien tiene interés en extinguir a México para más tarde tomar el control y beneficiarse con sus recursos naturales y minerales, el responsable de la política monetaria nacional, sí, el mismo que permitió que durante la administración de Enrique Peña Nieto el endeudamiento público haya alcanzado niveles alarmantes que representan alrededor del 50 por ciento del Producto Interno Bruto, hizo su anuncio irresponsablemente, en plena coincidencia con el día en que el mandatario nacional dirigió un mensaje a la sociedad con motivo de sus cuatro años de gestión.

Más allá de que el anuncio burló toda formalidad y violó leyes e incluso las reglas del Banco de México, pareció diseñado y ejecutado como un golpe maestro, precisamente con la finalidad de acentuar la crisis financiera del país. ¿Para quién trabaja, en realidad, este señor?

Dicen los analistas que nadie como él para controlar los niveles inflacionarios del país, pero se trata de estadísticas suscritas en el papel, las computadoras, los informes oficiales y los discursos políticos, ya que habría que salir a las calles, a los mercados, a las colonias populares, para preguntar a trabajadores y amas de casa si en verdad este año el índice fue de 2.8 por ciento. Se sentirán burlados porque en la práctica los aumentos de precios en la canasta básica y en diversos productos y servicios, se han incrementado considerablemente.

No obstante, hay que recordar que el señor Carstens sirve a intereses ajenos a los de las mayorías. Está al servicio de la élite gobernante, de los dueños del dinero y el poder, de quienes controlan la economía y el destino del mundo, ¿o acaso alguna vez se ha interesado por la microeconomía? Le pagan para que atienda otas funciones totalmente ajenas a la ralidad de los mexicanos. Sí, le pagan con el dinero que los mexicanos aportan a través de sus impuestos, a los mismos que considera estadística, cifra, número.

El hombre posee información relevante con la que beneficia al grupo que representa, pero jamás, y eso debe quedar muy claro, a las millones de familias que cada día notan que sus percepciones económicas resultan insuficientes para vivir dignamente.

Si Carstens peleó con el presidente Enrique Peña Nieto o con el secretario de Hacienda y Crédito Público, José Antonio Meade Kuribreña, debería de pensar como adulto y funcionario responsable de la política monetaria de México, no actuar igual que un mozalbete goloso que abandona a sus camaradas y se marcha con otra pandilla.

Tal vez fue, pensarían algunos, porque ganó el premio como gerente general del Banco de Pagos Internacionales al coadyuvar a destruir al país, o quizá, sospecharían otros, por la ambición e interés de conseguir mayores percepciones y hacer más obeso su currículum.

¿Será que pretende evadir su responsabilidad y huir ante los problemas que se avecinan para México y que no podrá enfrentar con declaraciones, pronósticos cambiantes, precisiones y medidas antipopulares con su muy peculiar estilo y soberbia?

En el fondo, tan ensoberbecido señor debe reconocer que no es divinidad ni Nobel de Economía, como parece creerse, sino un funcionario con relaciones importantes en el mundo financiero, con experiencia y con información privilegiada; además, el próximo año resultará sombrío para México, con altos riesgos sociales y el debilitamiento del mandatario nacional ante la cercanía del proceso electoral de 2018. Se anticipó para salvar su imagen de héroe, sus ingresos y su desarrollo profesional.

Nadie creería que el hombre, al recibir la noticia de que fue electo gerente general del Banco de Pagos Internacionales, llegó abatido a su casa, con el dilema de aceptar el cargo o quedarse con los mexicanos, y que no durmió esa noche. Obviamente, el tipo lo celebró con sus excesos.

Por otra parte, ¿que puede esperarse de un hombre que nunca ha demostrado compromiso con las mayorías y que de pronto, igual que una “chacha” -perdón por el tono despectivo-, decide marcharse del trabajo y no cumplir su contrato. Quiere salir por el traspatio, pero debería de juzgársele. Hay que obligarlo a que rinda un informe claro, preciso y real, y se sujete a un proceso de transparencia.

Abandonó la responsabilidad que asumió hasta 2021, como si una firma fuera cualquier garabato. Algunos analistas coinciden en que existen reglas en el Banco de México y que, por lo mismo, debió entregar su renuncia formal al mandatario mexicano para que éste, a su vez, la presentara ante el Poder Legislativo, cuyos integrantes, es cierto, hubieran aprovechado la coyuntura para exhibirse y actuar en perjuicio de México y sus habitantes.

Es innegable que Agustín Carstens tiene excelentes relaciones con directivos y personalidades de bancos centrales del mundo y personajes del ámbito financiero, y claro, también experiencia; sin embargo, su renuncia manda señales negativas a los mexicanos porque da la impresión de que se puede actuar irresponsablemente sin consecuencias contra quienes actúan en perjuicio del país y no cumplen los compromisos que establecen.

Más allá de la corrupción alarmante, el ejercicio de impunidad, las injusticias, el desempleo abierto, la miseria creciente, el endeudamiento, los servicios de salud humillantes, la delincuencia, el desorden social y la falta de oportunidades de desarrollo, los mexicanos también enfrentan encarecimiento del dinero a través del financiamiento, inflación, devaluación del peso mexicano frente al dólar y la sombra de un racista y extremista llamado Donald Trump, quien asumirá la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica en enero de 2017 y cuyos efectos, al obtener el triunfo electoral, resultaron funestos para México.

México enfrenta adversidades que colocan en riesgo su equilibrio económico y financiero, pero también la estabilidad social y la seguridad nacional, como para que un funcionario vedete, soberbio y con intereses a los de la nación, contribuya a echar paladas de estiércol a la podredumbre.

¿Qué heredó Carstens  México? ¿Una supuesta inflación controlada, cuando la realidad, en las calles, indica lo contrario a sus números? ¿Un peso fortalecido? ¿Desarrollo, cuando ahora el dinero financiado es más caro? ¿Inversionistas, cuando se trata de especuladores que juegan de acuerdo con sus intereses?

Evidentemente, el pueblo mexicano está más preocupado e interesado en los chismes del deporte y la televisión, en las modas, en la proximidad de las celebraciones navideñas y en las redes sociales, en memes y whats app, que en la realidad devastadora que se avecina.

Planteo, finalmente, una pregunta. Claro, sólo es una interrogante que no pretende hacer alusión a alguien. Se trata de resolver inquietudes que surgen durante las cavilaciones: ¿a quién se le tendrá mayor confianza, al perro que ladra y muerde para ganarse el hueso, las croquetas, sin importarle la clase de amo al que sirve, o al sabueso fiel a la casa donde mora y reibe beneficios?

Oliva, la artesana de los rebozos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre ciencia y arte, realidad y sueños, historia y modernidad, los rebozos han sobrevivido a través de las centurias, al grado de ser hoy signo emblemático que distingue a las mujeres mexicanas en el mundo. Es vestimenta femenina, símbolo del más puro mexicanismo.

Originaria de Aranza, poblado de origen purépecha enclavado en el municipio michoacano de Paracho, al centro occidente de México, Oliva Hernández recuerda que a los 13 años de edad solía reunirse con una señora que le enseñó a elaborar rebozos, artesanía que desde entonces abrazó con pasión. Presintió que los lienzos de tela, elaborados matemáticamente y con arte, formarían parte de su vida. Sí. Era adolescente, casi niña, cuando supo que un día, en la ancianidad, tendría una historia que contar.

“Permanecía durante horas al lado de esa señora, en total silencio, como si formara parte de los hilos, de los tintes naturales, porque me sentía atraída por el encanto y la magia de la creación”, reseña.

Otras niñas permanecían en las trojes de madera, en las casas de adobe, en la campiña, en las callejuelas o en el atrio, mientras “yo consumía m infancia en el aprendizaje, en la ansiedad de sustraer los secretos de los telares para elaborar rebozos con los diseños que ya se encontraban en mi mente”, platica Oliva.

A sus 78 años de edad, relata que todavía elabora rebozos -“ya no como antes, cuando los hacía en una semana, porque ahora necesito mes y medio para crear uno”-, y que ella crea los diseños. “Un rebozo de mi creación requiere 230 pares de hilos”, asegura la mujer, quien refiere que también teje blusas, vestidos, mantelería y servilletas, entre otras piezas artesanales que embelesan.

Cuenta los hilos antes de insertarlos en el viejo telar, pero también traza las imágenes decorativas que surgen de su imaginación, como si se tratara de una ecuación matemática al servicio del arte popular.

Oliva es uno de los personajes de Aranza, pueblo donde los rostros conservan el perfil y la esencia purépecha, terruño que huele a tradiciones, a pesar de que los aires de la modernidad intentan rasguñar y confinar al olvido las costumbres, lo que los ancestros legaron a sus descendientes uno, otro y muchos días.

Recuerda que le fascinó tanto la elaboración de rebozos que él, su marido, le exigía que renunciara a esa labor artesanal; pero “yo cumplí mi responsabilidad como madre de familia y, a la vez, rescaté la labor que casi estaba extinta en mi pueblo”.

No recuerda su edad con precisión, acaso porque los años representan un peso inútil para quien los toma en cuenta, quizá por estar distraída en contabilizar hilos, tal vez por ser lo que menos importa cuando la vida tiene un sentido mayor y pleno. Abre los expedientes de su vida y rememora, en consecuencia, los días fugaces de la infancia, cuando paseaba por la campiña, cortaba flores y mezclaba los juegos e ilusiones con las fórmulas gastronómicas de su madre y las abuelas.

En la cocina, donde se reunían las mujeres purépechas de su familia, quienes relataban historias, ella, Oliva, percibió el aroma de la leña al consumirse por el fuego, miró la lumbre abrazar las cazuelas de barro que contenían alimentos, recetas ancestrales, fórmulas naturales.

Al mirar los trozos de leña envueltos en las llamas, hasta reducirse en cenizas, entendió que las horas de la existencia son breves y hay que darles, por lo mismo, un sentido real.

Oliva tiene prestigio en Aranza, entre la comunidad purépecha, donde por generaciones ha formado tejedoras de rebozos; además, ha obtenido diversos premios y reconocimientos en el tianguis artesanal de Domingo de Ramos, en Uruapan, y en el de Pátzcuaro con motivo de las celebraciones de muertos, entre otros.

Acompañada de su hija, Genoveva Zacari Hernández, manifiesta que aunque no ha recibido reconocimiento por parte de las autoridades como cocinera tradicional purépecha, en Aranza tiene prestigio por el mole que prepara, junto con otros platillos indígenas como churipos.

La edad no es obstáculo cuando hay proyecto de vida, pues a pesar de las enfermedades, Oliva es una de las mujeres que el día 25 de diciembre de cada año participa en la elaboración de 25 cazuelas con mole, precisamente con la intención de celebrar al Niño Chichihua -Niño Chiquito-, imagen con antecedentes coloniales que anualmente transita de una familia carguera a otra.

Es reconocida por los platillos que elabora. Lamenta que las autoridades no la hayan tomado en cuenta como cocinera tradicional, a pesar de que la gente le ha comentado que esos programas no son tan auténticos porque tienen dueños y se manejan de acuerdo con intereses ajenos a los del pueblo.

Con 65 años como artesana, Oliva ha sido reconocido dentro del programa Grandes Maestros Artesanos y Artesanas, evidentemente por la calidad de los rebozos que manufactura, por ser tejedora, por sus diseños originales y por transmitir las técnicas ancestrales a una multiplicidad de generaciones.

 

Hija de un hombre que cultivaba maíz y frijol, y que poseía panales de los que extraía miel que envasaba en latas que comercializaba en los pueblos, y de una mujer que le transmitió los secretos gastronómicos de sus antepasadas, Oliva no se concibe sin sus rebozos.

 

Maneja con destreza el telar de cintura -patákua-, pero también el español de pedales; ahora da clases a tres de sus hijas y a sus nietas de 9, 11 y 13 años de edad para que igual que ella, en el taller casero, elaboren rebozos.

 

Los de ella no son rebozos de aroma o luto, piezas casi extintas que otrora utilizaba el pueblo mexicano para amortajar cadáveres. Tampoco son piezas comunes ni ayates en los que las mujeres indígenas envolvían a sus niños. Aquellos forman parte del ayer, de los otros días, de la historia. Heredó la fórmula secreta para su realización. Los que llevan su sello son auténticos, diseñados y elaborados por una mujer purépecha que mezcla técnicas ancestrales con su inspiración.

 

Sopla el viento otoñal que arrastra consigo el frío que se avecina porque eso, en verdad, son los ciclos de la vida. Oliva vive porque es mujer productiva, por estar dedicada a lo que le apasiona al lado de su familia, por conservar sus tradiciones, por aportar en vez de arrebatar, y por eso perdurará su recuerdo cuando su estancia en Aranza se convierta en historia.