Al reconocerte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por ti escribo un poema, pinto diamantes en el firmamento y reproduzco la música que proviene del silencio; pero también, ya te lo prometí, construyo una escalera para pintar en el cielo una puerta que se abra cuando te invite a pasear por moradas sutiles e insospechadas

Admito que no tenía la costumbre de raptar servilletas de los restaurantes para dejar constancia de nuestros encuentros mágicos y de ensueño. No me paraba tampoco frente a los árboles frondosos con la intención de escribir en sus hojas nuestros nombres, fechas y palabras que sólo identifican a los enamorados, a quienes ríen, toman sus manos, se miran, corren y juegan. Generalmente admiraba las flores por su belleza, perfume y elegancia; pero ahora pido al artífice que se inspire para que cada arreglo sea un poema de colores, fragancias y texturas cual símbolo del amor y embeleso que siento por ti. Imaginaba la dulzura de una mirada especial, un beso y un abrazo, hasta que contigo transformé mis sueños en realidades. Escribía porque soy artista y es mi pasión, y forma parte de mi esencia; pero al enamorarme de ti y declararte mi amor, descubrí a la musa que me inspira. Y si me encantaba soñar, contigo tránsito de los capítulos fantásticos a la historia completa y plena, de la imaginación a la vida y de la realidad a moradas sutiles. Si antes, al anochecer, contemplaba el firmamento, ahora le doy lectura para descubrir nuestros nombres e historia entre los luceros de diamantes que alguien pintó y fundió en el lienzo. Al abrir la puerta, un día me di cuenta de que es para albergarte hoy y siempre. No tenía la costumbre de mirar a alguien a mi lado, hasta que una vez te descubrí y entendí que ante nosotros se extienden un sendero cubierto de flores y un horizonte excelso y pleno. Te describí en mi cuaderno de notas, te pinté, te esculpí y te convertí en música, hasta que un día surgiste de un mundo extraordinario y subyugante. Intuí tus ojos de cielo y espejo, tu nombre de ángel, tu cabello de noche, tu sonrisa de niña y tu rostro bello e inolvidable; por eso, al coincidir contigo, te reconoció mi alma y me vi retratado en ti. Todos los días te esperé y una noche, sin sospecharlo, los caminos que seguíamos se cruzaron y coincidimos, de tal manera que ahora compartimos los sueños y la vida. Eres tú quien durante la niñez imaginé al soplar los filamentos de un diente león, la pequeña que descubrí en el reflejo de una fuente, la mujer que ya moraba en mi mente y corazón, la dama que un caballero buscaba a pesar de que el mundo crea que son cosas del pasado. Ahora me doy cuenta de que sólo es necesario hacer a un lado las ataduras, los disfraces y las máscaras que estorban para tocar a la puerta y pedir que los sueños se cristalicen y se transformen en perlas, en mares de piel turquesa, en cielo. Mi sueño se hizo realidad cuando el poema, la pintura y la música que plasmé para interpretarte, se convirtieron en tu nombre, en tu imagen, en tu voz. Otros días de antaño te imaginé y plasmé en mis obras; hoy eres mi musa y confieso que por ti escribo nuestros nombres en los pétalos que seguramente atesorarás entre las páginas de un libro, pero también soy capaz, ya te lo prometí, de pintar la puerta más cautivante en el cielo para entrar contigo y regalarte una historia de amor feliz e interminable.

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Tú eres un motivo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No espero acontecimientos especiales para expresarte mis sentimientos porque cada instante a tu lado es mágico y propicio para envolver ilusiones en las estrellas y reventar las burbujas de los sueños para que se conviertan en la historia que compartimos

No me conformo con esperar a que la noche cubra el mundo con su manto para admirar las estrellas, ni que el anuncio de la mañana me invite a disfrutar los colores y percibir las fragancias de la vida, porque al asomar en ti descubro el arcón donde Dios atesoró las fórmulas y los secretos de su creación. No necesito un acontecimiento especial para expresarte una palabra bella, ni acelerar las horas de la noche para envolver mis promesas en las estrellas; tampoco confundo la emoción y hermosura de una flor con la alegría y el suspiro de un detalle. Simplemente, susurro a tu oído “te amo”. A un amor especial se le obsequian momentos y sonrisas, alegrías e ilusiones, sueños y realidades. Y es que aquellos seres humanos que esperan el siguiente día, la otra oportunidad, para decidirse a pronunciar las palabras más tiernas a quienes les abren las puertas de sus corazones, se arriesgan a sustituirlas por frases mezcladas de dolor y lágrimas. Prefiero anticiparme con la intención de que cada instante sientas la dulzura de mis besos y la ternura de mi amor, acompañados de la idea de reventar las burbujas de las ilusiones para transformarlas en vivencias y compartir tú y yo una historia de ensueño. Confieso que soy de otra arcilla porque más allá de dedicar los años de la vida en tratar de interpretar la razón por la que coincidimos en el sendero, dedico cada instante de mi existencia a amarte y preparar el camino de terracería hacia horizontes plenos y moradas etéreas. No soy de los que esperan envejecer para comprender el significado de la vida y expresar durante los días postreros un “te amo” tan débil que el viento lo disperse cual hojas secas y quebradizas. Me adelanto cada segundo para consentirte y que escuches en tu interior mi voz que pronuncia “me cautivas y te amo”.

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José Inés Estrada, una vida entre criptas e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Camina el hombre como desafiando al tiempo, las horas y los días que transcurren impasibles entre árboles corpulentos que agachan sus ramas ancianas y entintan los sepulcros con las sombras que proyectan, acaso por formar el cementerio parte de su historia, quizá porque flotan añoranzas entre las tumbas dispersas, tal vez por encontrar fragmentos de su linaje y biografía en tan desolados parajes.

A sus 81 años de edad, José Inés Estrada Ramírez lleva en su carretilla un bulto de cemento de 50 kilos, su pala y una cubeta de plástico. Llega hasta la fosa donde lo esperan sus trabajadores. Revisa el trabajo. Hace media centuria construyó una capilla que recientemente se convirtió en ruinas al caerle una rama enorme que el viento arrancó de un eucalipto. Los dueños del espacio conservaron durante cinco décadas la memoria del hombre que construyó el monumento y lo buscaron para contratarlo.

Cada monumento sepulcral debe distinguirse por la calidad de quien lo diseña y construye, asegura José Inés, quien con orgullo dice “mi mayor satisfacción es dar vida, por medio de mi trabajo, donde todo es muerte”. Sonríe y dice que se trata de la frase que compuso y respalda sus obras.

Nadie podría entender la vida y filosofía de José Inés, ni tampoco el encanto y la magia que lo envuelven cuando uno descubre con asombro que ha memorizado caminos, rincones, calzadas, nombres y apellidos, epitafios y acontecimientos fúnebres, si no abre las páginas amarillentas y empolvadas de la historia para enterarse de que discurrían los años postreros del siglo XIX, cuando su abuelo, Fermín Ramírez, fue comisionado como velador y administrador del panteón municipal de Morelia por el hacendado de La Huerta y dueño del establecimiento comercial “La Mina de Oro”, Ramón Ramírez Núñez, entonces propietario el terreno “El huizachal” y el cual fue destinado para tal fin ante la insuficiencia de los cementerios que se localizaban en San Juan de los Mexicanos y Los Urdiales.

El abuelo Fermín llegó muy joven al panteón, donde nacieron sus dos hijas más pequeñas, entre ellas María, la madre de José Inés. Como velador, abría el portón del cementerio al pelotón de soldados que fusilaban a algunos presos a determinada hora de la madrugada, a un lado de la cruz atrial de cantera que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe o templo de San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Fermín, el abuelo, atestiguaba los fusilamientos y recogía los cuerpos inertes para sepultarlos en una fosa especial. En una ocasión, relata José Inés, cuando su antepasado intentaba sepultar a dos fusilados, uno de ellos se incorporó y le permitió huir, ya que tuvo la feliz coincidencia de que el pelotón sólo apuntó a su otro compañero. En el otro caso, uno de los hombres también sobrevivió al fusilamiento porque la única bala disparada contra él impactó en una imagen católica que colgaba de una cadena.

José Inés fue testigo, en su infancia, de los dos últimos fusilamientos. Vivió las historias que le narraba el abuelo aquellas noches de soledad y silencio, en la casa del panteón, donde las criptas, los grillos, las aves nocturnas, los gatos, la luna y las estrellas eran su compañía. “El miedo no porque uno se acostumbra y sabe que los muertos no causan daño”, advierte.

El abuelo, don Fermín, fue testigo de un hecho histórico, cuando el general Jesús Garza González, gobernador de Michoacán durante los días convulsivos de México, en la adolescencia del siglo XX, fue fusilado por órdenes de Álvaro Obregón. Ya no era mandatario estatal, pero sí enemigo de un hombre poderoso.

De acuerdo con los relatos del abuelito y muchas décadas después con los testimonios de una de las nietas del revolucionario, quien localizó a José Inés en su negocio de sepulcros, los militares encontraron al general Garza González en un salón de la Ciudad de México, de donde lo sacaron y condujeron hasta Morelia con la intención de fusilarlo.

Resulta que el indulto llegó antes que el condenado a muerte; sin embargo, de acuerdo con las pláticas que Fermín tuvo con su nieto José Inés y posteriormente con los testimonios de la nieta, el general Joaquín Amaro ocultó el documento para llevar a cabo la ejecución del ex gobernador Garza González, quien como último deseo solicitó dirigir su fusilamiento. Al caer muerto, Joaquín Amaro ordenó que le dieran no uno, sino dos tiros de gracia, y sacó de su chaqueta de militar el oficio del indulto.

José Inés conoce la historia, los rincones y las tumbas del Panteón Municipal de Morelia como si tuviera un mapa en la mano. Y si alguna vez miró el sepulcro del general Jesús Garza González, que era un ataúd de piedra con guías y una garza tallada sobre la tapa simulada, también fue testigo de la venta ilegal del espacio y la destrucción del monumento, como lo ha sido, igualmente, el saqueo de otras piezas. Conoce la historia del cementerio, con sus luces y sombras, porque sus antepasados y él la vivieron.

Era muy joven cuando conoció a Pedro Infante, quien visitaba Morelia cada tres meses para complacer a su madre. El actor y cantante estimaba a José Inés. Llegaba en un auto pequeño, acompañado de su madre y de Miroslava o alguna actriz famosa, excepto Blanca Estela Pavón Vasconcelos, y caminaban hasta el sepulcro del abuelo Domingo Cruz. Se sentaban alrededor de la tumba y Pedro Infante cantaba.

De hecho, Pedro Infante deseaba que él, José Inés, construyera la cripta para el abuelo Domingo Cruz; pero el hermano del actor y cantante, Ángel Infante, tenía un amigo en Morelia, con quien se reunía y al que ordenó el trabajo.

Relata José Inés que cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración oficial se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro histórico de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres fueran trasladados al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera.

Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado punto del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre fabricaba con tablones burdos cerca del hospital.

Cierto día, el animal llegó al cementerio, como era habitual; pero algo lo asustó que relinchó varias veces, hasta que los ataúdes de tablas cayeron al suelo y los cadáveres rodaron.

El burro huyó hacia el hospital, mientras los otros, los sepultureros, recogieron los cuerpos maltrechos y los depositaron en sus respectivos ataúdes, réplicas, por cierto, de la pobreza en la que coexistieron.

La vida de José Inés está donde moran los muertos porque quiere colaborar a que la gente sienta algo de alivio, y qué mejor que donde hay dolor. Quizá por eso quienes lo conocen, saben que más que acumular riquezas materiales, es coleccionista de historias de necrópolis, un hombre que ayuda, un ser humano que va más allá del menú que la ofreció la vida.

Dos de sus hermanos mayores fueron los primeros alumnos mexicanos que ingresaron al Internado México-España, donde él estudió cinco años. Por cierto, asumió la tarea de cuidar y limpiar las tumbas de sus ex compañeros. Fue diseñador del actual símbolo de Alcohólicos Anónimos, agrupación que representó a nivel nacional, sin olvidar que dedicó muchos años a enseñar a leer y escribir a los adultos. Fue encargado del orden en la colonia Morelos, donde se encuentra el cementerio; sin embargo, al mirar sus manos desgastadas y contemplarse con una vista casi perdida, refiere que se siente contento porque más que arrebatar, se dedicó a dar, y eso lo tiene tranquilo porque está preparado para partir en cuanto llegue su hora.

El hecho de que su abuelo materno haya sido el primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia desde postrimerías del siglo XIX, que su madre nació en el cementerio, que su padre José Inés Estrada González fue el iniciador de la talla monumentos sepulcrales en esa centuria y que su propia infancia se desarrolló entre calzadas y sepulcros, definió su trayectoria existencial.

José Inés admite que la muerte le ha enseñado a vivir, a no arrebatar, a no esparcir sufrimiento ni tristeza, a ser productivo, a no pensar que los años son obstáculo para caminar, a dar a los demás lo mejor porque los días de la existencia son breves, a prepararse cada segundo porque el final no da oportunidad de rectificar la historia personal. Su vida inició en el Panteón Municipal de Morelia y seguramente allí, donde se encuentran las tumbas del abuelo Fermín, sus padres, sus hermanos, sus tíos y su hija, reposarán sus restos. El mejor homenaje que reciba, advierte, será que mis hijos sigan el ejemplo de rectitud y trabajo, que no se vayan de este mundo con una carga de culpas. Ese es el mejor epitafio que pueda recibir quien toda su vida se dedicó a tallar capillas y monumentos sepulcrales, concluye.

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Momentos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Susurro tu nombre para que el viento de la noche lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal

Despedir un día sin expresar tu nombre con dulzura, equivaldría a dejar la hoja en blanco y dar la vuelta a la página de nuestra historia; omitir el beso tierno, cuando permanezco a tu lado, significaría marcharme de tu casa con la ausencia de tu sabor; no regalarte alegría ni sonrisas, implicaría cargar tristezas. No consentirte una mañana o una tarde, sería igual a pasar indiferente ante la niña feliz e inocente que sustraje del arcón del ayer con la promesa de amarla hoy y siempre. Si no cubriera las horas de tu existencia con detalles, mi vida mostraría hojas y flores yertas. Si no te tratara como dama, me pregunto dónde quedaría el caballero que afirmo ser. No asomar a tus ojos cuando estoy contigo, me impediría descubrir dos espejos mágicos y la entrada a paisajes excelsos y subyugantes. No tomar tus manos ni introducirme en tu mirada con la finalidad de confesar suavemente “me encantas y me siento enamorado de ti”, sería olvidar la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, cuando te vi y dije: “me cautivas y quiero amarte toda la vida”. Qué mejor, pienso, que fundir nuestros corazones para que al latir cada instante repliquen tu nombre y el mío en el universo. Así, asomo al balcón y susurro tu nombre con sutileza, casi en secreto, para que el viento de la noche silenciosa lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal que reflejen mis ojos y el océano turquesa.

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Preguntas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, con la intensidad de un amor que surge del alma

¿Qué es tu nombre, si no la identidad de un ángel? ¿Qué tu cabello, si no el tono de la noche? ¿Qué tus ojos, si no las ventanas donde asomo para descubrir nuestro reflejo y el encanto del cielo? ¿Qué tus besos, si no la dulzura y el sabor del amor? ¿Qué tu voz, si no los murmullos de las cascadas y el mar, los susurros de la lluvia y el viento y los rumores del silencio? ¿Qué tu corazón, si no el complemento del mío que expresa los sentimientos de la creación? ¿Qué tus brazos, si no la magia que me envuelve con ternura? ¿Qué tu alma, si no la mía? ¿Qué tus sueños, si no mi realidad? ¿Qué tu felicidad, si no mi alegría? ¿Qué tus ilusiones, si no mis detalles y promesas? ¿Qué nuestra historia, si no el guión interminable que al principio Dios escribió en su taller con la idea de esperarnos a ti y a mí en la orilla del océano inconmensurable y regalarnos una estrella para resplandecer eternamente?

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Sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tu amor y tu nombre de ángel me envuelven en un sueño llamado realidad

Entre un sueño y una realidad, detecto un suspiro, un destello que sustituye los espejismos por prismas. Es la magia de transformar las fantasías en colores. Hoy, como siempre, quiero convertir los sueños en realidades, los colores en arcoíris y flores, las ilusiones en detalles, las palabras en acontecimientos y relatos vivos e intensos, las promesas en regalos y sonrisas, las estrellas en diamantes, los abrazos en motivos de consentimiento, los besos en sabores de una historia bella e inagotable, el cielo en morada y el amor en tu proyecto y el mío. Tejo un puente con los hilos dorados del sol, con los faroles de la noche, con la mirada turquesa del mar, con las gotas diáfanas de la lluvia, con las burbujas que brotan de los manantiales y con la plata de la luna brillante que asoma cada noche en forma de columpio para que tú y yo, felices, experimentemos la dicha de estar juntos. Cada noche anhelo correr contigo al mundo de los sueños, empujarte y resbalar a tu lado a las profundidades de las ilusiones, para al siguiente día, al amanecer, colocar, mientras duermes, una flor en tu almohada, ofrecerte un capítulo esplendoroso, abrazarte con ternura, besar tus labios con dulzura, mirar tus ojos de cielo y pronunciar tu nombre de ángel. Así, al sentir los latidos de tu corazón, volaremos libres y plenos, muy felices los dos, en busca de horizontes grandiosos. La vida es ilusión y sueño. Los sueños forman parte de la existencia. Historias como la tuya y la mía se componen de eso, de instantes, sueños y realidades, ilusiones, felicidad, silencio, juegos, capítulos enriquecedores y un amor tan resplandeciente que alumbre el universo al dispersarse en estrellas mágicas y sutiles. Mi sueño y realidad, lo confieso, eres tú, ojos de espejo.

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Hojas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si recojo una hoja y te pido que la guardes entre las páginas de un libro? ¿Y si al paso del tiempo la buscas y descubres los trazos de tu nombre y el mío y el guión de la historia que compartimos?

Cada mañana, al caminar entre la arboleda y por las veredas naturales que los días invernales pintan con tonos melancólicos, descubro alfombras de hojas yertas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas- que dispersa el viento helado e invitan a que corra con la emoción de un niño enamorado y las atrape para ti. En cada una pretendo escribir “me cautivas”, “me encantas”, “estoy enamorado de ti”, “te amo”. Tengo la idea de grabar en su textura los detalles que quiero para ti, el poemario que me inspiras, los regalos que te reservo, las promesas que te ofrezco, los secretos que susurro a tus oídos. Sé que al entregarte cada día una hoja con un mensaje y una promesa de amor, las depositarás entre las páginas de tus libros cual fiel recuerdo y testimonio de los capítulos que compartimos. Tengo la certeza de que durante los días de la ancianidad, darás vuelta a las páginas quebradizas de los libros y descubrirás en cada hoja la alegría y los suspiros de un enamorado que te dedicó su vida y su obra con la promesa de hacer de su historia la más esplendorosa y sublime. Sentirás mi pulso en las hojas y percibirás alegrías, besos, fragancias, ilusiones, sueños y realidades. Recordarás, entonces, aquella hora mágica en que coincidimos en medio del mundo, la noche de nuestro reencuentro de ensueño, mi declaración de amor, los momentos de juegos y risa, los abrazos de ternura y consuelo, las lágrimas de alegría y tristeza, la historia de dos seres convertida en la traducción especial de un “tú y yo”. Esas hojas inertes que hoy descubro a mi paso, son las que recogeré una mañana y una tarde durante mi vida para escribir mis confesiones de amor, entregártelas y pedir que las deposites entre las páginas de tus libros, en el cofre de tus secretos, en el baúl de tus recuerdos. Estoy seguro de que alguna noche de lluvia, cuando tu alma y la mía moren en otro plano, alguien hojeará tus libros y preguntará con asombro y emoción, “¿quiénes fueron los protagonistas de tan grandiosa historia de amor?” Entonces asomará por el ventanal, mirará las gotas deslizar por los cristales y experimentará tal estremecimiento, que la noche se iluminará con los destellos de las estrellas en las que guardamos nuestras promesas. Hoy tomo una hoja con la esperanza e ilusión de que cuando la mires, leas nuestros nombres y el guión de la historia que protagonizamos.

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Un regalo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, con amor, porque eres nombre de ángel

Los días de la existencia son tan fugaces y la estancia en el mundo de tal brevedad, que pretendo convertir nuestros sueños en realidades, dibujar en tu rostro sonrisas e ilusiones y caminar a tu lado por senderos mágicos. Me he propuesto, también, atrapar las gotas de lluvia para reventarlas contigo y descubrir con emoción los regalos que bajan del cielo, sin olvidar encerrar en cada burbuja una sorpresa, algo hermoso y sublime, con la intención de compartir ilusiones al mirarlas estallar. En las estrellas que Dios fundió al crear la galería celeste, guardaré un saludo cotidiano, una palabra tierna, un beso dulce, un poemario inspirado en ti, un abrazo que te transmita mis sentimientos, la promesa de nuestra historia excelsa e inolvidable. En todos los luceros que brillan al anochecer, descubrirás nuestros rostros, mis palabras de amor, los detalles que se convertirán en alegría para tu corazón. La permanencia en el mundo es tan efímera, parece, que lo que hoy te ofrezco es mezclar nuestros sueños y realidades, las auroras y los ocasos, para que tu alma y la mía se fundan en el pulso de la inmortalidad y así, al renunciar al plano en que hoy nos encontramos, reunirnos en un amor que no tendrá fin. Hoy quiero hacer de tus ojos y los míos espejos para regalarnos imágenes reales con el amor más esplendoroso. La vida es tan breve que en este momento confieso, una vez más, que te amo.

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El encanto del oficio perdido de los “pajaritos de la suerte”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaban en los mercados, en las plazas públicas, donde los aromas, el colorido y los sabores formaban parte del más puro mexicanismo. La caminata inexorable del tiempo los borró del paisaje urbano. Sólo quedan fragmentos, recuerdos del ayer, ecos, igual que las estampas amarillentas que se conservan en un álbum olvidado entre papeles viejos o en la memoria de quienes se mecen en la ancianidad.

Rodeados de puestos de fruta y verdura, entre merolicos que pregonaban las maravillas de sus jarabes y ungüentos, payasos callejeros con sonrisas mal maquilladas, marimberos, vendedores de aves, organilleros y afiladores tristes, ellos, los hombres de los “pajaritos de la suerte”, vendían esperanzas e ilusiones.

Mientras al otro lado, un hombre colocaba una mesita sobre la que manipulaba una pelota minúscula que posteriormente ocultaba en uno de los tres vasos acomodados al revés, al ritmo de “dónde, dónde quedó la bolita” y la posibilidad de ganar una apuesta, los “pajaritos de la suerte” ofrecían sueños y realidades.

“¡Vengan, vengan a conocer lo que les depara el destino!”, gritaban los señores de los “pajaritos de la suerte”, canarios atrapados en jaulas minúsculas, acostumbrados al murmullo de la gente, a los silbatos de los globeros que vendían ilusiones de colores.

Atrapados en sus jaulas de trabajo, los canarios salían y tras algunos momentos de emoción y nerviosismo, elegían tres o cuatro papelitos que los clientes, hombres y mujeres, esperaban leer con ansias porque lo oculto siempre ha atraído a las multitudes, y más si encierra una sorpresa.

La gente pagaba y se llevaba sus papelitos, un sueño, una fantasía, una promesa. La suerte en el amor, la escuela, el empleo o el negocio. Unos centavos, en aquellos años consumidos y atrapados en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, eran nada comparados con los secretos que revelaban aquellos papelitos seleccionados por los “pajaritos de la suerte”. Lo mismo recorrían las plazuelas, los mercados, que las callejuelas de terracería o las vecindades de donde los moradores asomaban y salían para conocer su destino.

Ulises Reyes, originario de la Ciudad de México, se dedica desde hace 45 años al oficio casi perdido de los “pajaritos de la suerte”. Cuatro décadas y media atrás, tenía 14 años de edad. Vivía entonces a unas cuadras de la Basílica de Guadalupe, donde millones de mexicanos acuden devotamente al año.

Su tío instalaba todos los días una mesa de madera, sobre la que colocaba la jaula con los “pajaritos de la suerte”. Los feligreses caminaban o llegaban hincados, con las rodillas heridas y totalmente maltrechos, para agradecer algún favor a la Virgen de Guadalupe o pedirle un milagro, y de paso, al abandonar el complejo religioso del Tepeyac, contratar en la explanada el servicio de los canarios.

Ulises que aún no cumplía 15 años de edad cuando estudiaba y trabajaba con su tío, el hombre de los “pajaritos de la suerte”, los fines de semana, que era el período en que mayor número de personas asistían a la Basílica.

Los “pajaritos de la suerte” siempre fueron la tradición de la familia. “Es algo que se lleva con orgullo, un oficio que aunque las costumbres actuales y la tecnología parezcan despreciar, se lleva en la sangre porque es lo que lo distingue a uno, lo que da sentido a nuestras vidas”, expresa mientras ofrece alpiste a sus dos canarios, “Copetes” y “Tacho”.

Recuerda el hombre que alguna vez el actor Jorge Negrete filmó una película alusiva a los “pajaritos de la suerte”, lo cual lo motivó, junto con su familia, a continuar en el oficio, a darle vida a pesar de que parezca una tradición que agoniza en la hora contemporánea.

Ulises refiere que su tío le enseñó el oficio, pero también a seis de sus primos, quienes ya transmitieron los conocimientos a sus hijos. Ante la falta de empleo y la necesidad económica, los “pajaritos de la suerte” son opción para el sustento de una familia, señala.

“Copetes” y “Tacho” conservan anillos pequeños en sus patas, los cuales los distinguen porque se trata de canarios que descienden de otros que fueron entrenados para extraer de la caja de madera los papelitos de la suerte. Pertenecen a un linaje de canarios que desde hace incontables generaciones se han dedicado a este oficio, precisa.

Admite que él, que también se dedica a la ebanistería y a la plomería, fabrica las jaulas de madera y alambre de sus “pájaros de la suerte”, es decir el centro de trabajo de los canarios, especie que requiere muchos cuidados. “A determinada hora de la tarde o de la noche, difícilmente trabajan porque ya se sienten cansados. Necesitan mucha atención”, explica.

Relata que no es poca la gente de mayor edad que llega con sus nietos para narrarles que en su juventud un “pajarito de la suerte” sacó papelitos y se cumplió el pronóstico. “El pajarito sacó una cartita en la que mencionaba que me casaría pronto y así fue como contraje matrimonio con tu abuelita”, refieren algunos, mientras otros suspiran al añorar las horas de antaño, las de su juventud. Contemplan un trozo del México que se desmorona.

Las costumbres y la vida han cambiado radicalmente, acepta Ulises Reyes, quien expone que no pocas personas le indican que consultan los horóscopos diariamente por medio de internet, motivo por el que no están dispuestas a pagar 20 pesos por cuatro papelitos de la suerte; aunque reconoce que todavía hay quienes lo contratan para las fiestas y reuniones, y que incluso lo buscan en ferias y pueblos.

Sopla el viento invernal en las callejuelas estrechas de Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán, mientras los tañidos de los campanarios de cantera anuncian y despiden las horas postreras de la tarde. Las palomas retornan a los muros centenarios de cantera, a sus escondrijos.

Se hizo de noche. Algunos turistas detienen su marcha con la finalidad de admirar un mosaico que naufraga de horas distantes; sin embargo, él, Ulises, el hombre de los “pájaros de la suerte”, debe marcharse antes de que los otros, los inspectores municipales, le confisquen la mesa y la jaula con “Copetes” y “Tacho”, porque a pesar tratarse el suyo de un oficio y una tradición mexicana que agoniza ante los embates de la modernidad, las autoridades le niegan el permiso que necesita para trabajar en las calles de la capital michoacana.

El de los “pajaritos de la suerte” es un oficio ancestral que agoniza paulatinamente, sin que la gente lo note porque las redes sociales y la magia de internet distraen la atención. Está destinado a quedar atrapado en los catálogos de los encantos que alguna vez tuvo el México de la hora contemporánea que hoy se diluye frente a los desfiladeros de la historia y la realidad.

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La noche de nuestro reencuentro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, nombre de ángel, porque cuando te vi llegar a nuestra cita, supe que se trataba de nuestro reencuentro y del inicio de una historia subyugante e inolvidable de amor

Tengo la sensación de que ciertos días de la vida parecen sustraídos de un jardín de ensueño y de un mundo mágico, como si una fuerza superior eligiera a los seres que por alguna causa desea cubrir con su encanto y premiar con un sendero lleno de luminosidad.

Es un regalo inagotable que uno, en cierto momento, recibe con emoción, alegría e ilusiones, acaso por venir de lo alto, quizá por prometer la dicha inacabable de un mundo sutil y extraordinario, tal vez por traer consigo el reflejo de un cielo pleno e inagotable.

Ahora recuerdo que aquella noche, la de nuestro reencuentro, fue especial. Se trató de fragmentos de tiempo que ni el olvido se atrevió a borrar del cuaderno de notas por la intensidad de nuestra alegría y emoción.

Mi ilusión ante nuestro reencuentro fue tanta, que horas antes permanecí frente al espejo, igual que un muchacho rebelde e inquieto, y asomé una y otra vez como si buscara mejorar mi sonrisa, agregarle un toque especial, rescatar el semblante que alguna vez, en los muchos días del ayer, conociste.

Otra vez busqué mi reflejo, seguramente con la intención de cerciorarme de que todo estaba bien, de que era el mismo de antaño, hasta que me convencí de que el mayor tesoro no se descubre en las apariencias, sino en la esencia, y que tú, nombre de ángel, te interesas en las verdaderas riquezas.

A pesar de todo, rocié perfume en mi rostro y en la ropa y me peiné una y otra vez con la esperanza e ilusión de atraerte y de que reconocieras al hombre que alguna ocasión, otra noche inolvidable del pasado, te miró e identificó en la multitud, entre la gente que iba y venía dentro de la vorágine existencial.

Nuevamente, antes de marcharme al café donde acudiríamos muy puntuales y de frente a nuestra cita, observé al escritor que te reconocería y plantearía una historia de amor especial y mágica, plena y sublime, real y de ensueño, terrena y celeste, intensa e inolvidable.

Grandioso encuentro, en verdad, porque mi declaración consistiría en amarte con fidelidad, de tal manera que nuestra relación quede inscrita en las páginas de la historia; en construir puentes de cristal y escaleras para subir al cielo y juntos, siempre tú y yo, jugar y reír muy contentos.

Entonces incluí mi propuesta de consentirte y hacer de cualquier motivo un detalle, instantes ricos e inagotables, precisamente con la intención de descubrir siempre una sonrisa en tu rostro y besar tus labios con sabor a cielo.

La lista parecía interminable. En el camino, no lo niego, agregué a la fórmula que te propondría, otros ingredientes, con la advertencia de que estaba preparado para amar a una dama con detalles de caballero.

Imaginé nuestro reencuentro. Faltaban minutos para definirte de nuevo. Llovía. Las luces de la ciudad se distorsionaban con las gotas que bajaban del cielo cual ilusiones de un enamorado. Reventaban al tocar el suelo y dejaban escapar suspiros, detalles, sentimientos, esperanza, sueños e ilusiones.

No tardé en recordar que siempre, a pesar de la ausencia de varios años, te había sentido en mi interior, en lo más profundo de mi morada, seguramente porque como bien lo intuí desde la primera vez que te miré, ya formabas parte de mi alma, con tu propia identidad, tu rostro y tu vuelo libre.

Abrí la puerta de la cafetería y ocupé una mesa, pero estaba tan inquieto como un adolescente, igual que cuando me miré al espejo una y otra vez, que me mudé a otro espacio y repetí la acción sin importarme que ellos, los meseros, me creyeran loco e indeciso.

Ya instalado en la mesa que me pareció acomodada en el rincón más apropiado y romántico, esperé, no te miento, con el pulso acelerado, a pesar de que mi historia cuenta tantos capítulos, probablemente, ahora lo pienso, porque esperaba al amor de mi vida, a quien siempre será mi musa y llamaré vida y cielo, nombre de ángel, tesoro mío.

Sentí tal emoción cuando descubrí tu presencia, que no dudo que en ese instante el firmamento abrió sus puertas y ventanas para alumbrar nuestras almas con las constelaciones más hermosas y subyugantes e iluminar el universo.

Al estar ante mí, miré tus ojos y descubrí nuestro reflejo. Eras la misma de antaño. Allí estabas, igual que siempre, con tu rostro de niña alegre y juguetona, con tu mirada que siempre me cautivó, con el resplandor de tu alma.

No lo niego, musa mía, la emoción de sentirte tan cerca provocó que mi corazón acelerara más y mis palabras de escritor tropezaran unas con otras. Estaba ante ti, la mujer que nunca dejé de amar y que siempre percibí en mí.

Tras la plática inicial, confesé, y ahora te lo digo con la emoción, alegría e ilusión de entonces, que me cautivas y me encantas, que estoy enamorado de ti y dispuesto a amarte aquí y allá, en el mundo y en la eternidad, porque el sentimiento que me inspiras es reflejo, parece, del que alguna vez sopló para crear el universo.

Intuí que tú, mi niña consentida, serías eso, el amor de mi vida. Platicamos y reímos, recordamos y suspiramos, no lo olvido porque fueron instantes especiales, momentos en que nuestras almas ya se habían reconocido.

Ante mi tropel de palabras, tomé tu mano y no me importó que entre nuestro primer y segundo encuentro existiera un paréntesis llamado tiempo. Eso, la temporalidad, es para criaturas atadas a las superficialidades que contabilizan hasta los días sin dedicarse a vivir y ser dichosos.

Generalmente no titubeo; pero necesitaba expresarte mi amor, como si con hacerte saber mis sentimientos pretendiera recuperar los años consumidos y rescatar la oportunidad de abrir las puertas de nuestras almas para que se reconocieran y no se separaran más.

Ofrecí alcanzar el cielo con la promesa de regalarte en cada estrella una ilusión, un detalle, una sonrisa, una realidad, un suspiro, y así, en un camino alumbrado por faroles, tocar a su puerta para mecernos en paraísos insospechados donde el principio es final y el momento postrero es inicio.

Sé que fueron fragmentos e instantes que consumimos en la cafetería aquella noche prodigiosa, prólogo de un amor que quedará inscrito en las páginas de la historia más bella, cautivante, intensa e inolvidable entre un escritor y una musa con nombre de ángel.

Insistí en que saltaría de las páginas de papel a la realidad con el objetivo de protagonizar a tu lado el guión más hermoso y sublime de amor. Estaba profundamente emocionado, sobre todo al percibir el resplandor de tu ser, la brillantez de tus ojos de espejo, tus palabras dulces con acento de criatura celeste.

Estaba feliz e inquieto. No me mortifica parecer anticuado porque sé que la mayoría de los seres humanos naufragan en el océano de las superficialidades y la temporalidad, y por eso me atrevo a decir que más allá del embeleso que siento por tus ojos y tu belleza, hay algo que me atrapa y enamora, y es, precisamente, tu esencia. Tu estilo de vida, con tus valores y esa forma tan femenina y natural que te distingue, me indicaron que es un privilegio amarte.

Me encantó nuestro encuentro. Tú y yo sabemos que se trata de una coincidencia especial y extraordinaria, como si el autor de la creación, en su buhardilla de artista, hubiera decretado premiarnos con la dicha del amor.

Pedí la oportunidad de fundir tu corazón en el mío para que sin perder cada uno su libertad, plenitud e identidad, siempre volemos juntos hacia el horizonte dorado y majestuoso donde inicia el cielo y la dicha es inmortal.

Reímos y conversamos aquella noche de nuestro encuentro, hasta que las horas se agotaron y la lluvia cesó. Te llevaste mi promesa de amor y yo, en cambio, me retiré con la esperanza e ilusión de albergarme en tus sentimientos.

Era una de esas noches que uno no olvida por su significado, por la emoción del encuentro, por las ilusiones que se despiertan, por el resplandor de dos seres que vuelven a coincidir y emiten palabras dulces, sonríen y prometen ser muy felices.

Todo fue un sueño que hemos convertido en realidad. Desde entonces, los capítulos que ambos protagonizamos han resultado intensos, con auroras y ocasos, con claroscuros cual es la vida, y si muchos de nuestros abrazos y besos han sido envueltos por el amor y la dulzura del enamoramiento, otros los reservamos para los momentos de quebranto y tristeza, como consuelo y prueba de que no estamos solos y que la unión de nuestros corazones es uno de los regalos más preciados que hemos recibido del cielo.

Últimamente he recordado aquella noche de nuestro reencuentro y siento mucha emoción al repasar cada instante. Es como zambullirme en el océano cósmico, en la historia de la creación donde no hay ayer, hoy y mañana, para recoger perlas con las que ambos nos sentimos identificados.

Yo, tu amante de la pluma, tu escritor, he grabado aquella noche lluviosa y perfumada en mi memoria, en los latidos de mi corazón, porque fue un encuentro tan auténtico, feliz y puro que hoy lo contemplo como prólogo de un amor especial e inagotable.

Ofrecí amarte, dar lo mejor de mí para cuidarte, hacer de cada segundo la oportunidad de un detalle, regalarte juegos y sonrisas, contribuir a tu alegría, consentirte y viajar juntos hacia los parajes de la inmortalidad.

Admito que quien entrega su alma y sus sentimientos a una mujer como tú, a la que indudablemente no pocos calificarán de extraña por no entender ni coincidir con tus valores, tiene la garantía de verdaderamente ser amado y respetado porque es una bendición entrar al alma de un ser que atesora riquezas internas y resplandece por sus virtudes.

¿Demencia? ¿Fantasía? ¿Cosas que ya pasaron de moda? No importa lo que piense la gente porque si aquella noche fantástica de nuestro reencuentro comprobé que tu alma destilaba brillantez, ahora sé que amar a un ángel es una bendición, un regalo del cielo.

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