Primera llamada

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La primera llamada, en teatro, es un anuncio para que el público que se encuentra reunido en el vestíbulo se prepare y disponga a entrar a la sala y ocupar sus butacas, al mismo tiempo que ordena y marca el tiempo de los actores.

Esta vez, me atrevo a titular Primera llamada al presente texto, cuya intención es informar a quienes me favorecen con sus lecturas, que desde hace tiempo escribo un libro relacionado con historias de familias y personajes de antaño, es decir de 1920 hacia atrás.

La idea de la obra es rescatar datos e historias reales, ya que lamentablemente la vorágine de la hora contemporánea ha propiciado que se pierda mucha información relacionada con el pasado, al grado de que los puentes entre el ayer y el hoy parecen encontrarse en ruinas, con el desconocimiento de quiénes somos y de dónde venimos.

Algunas familias poseen datos, documentos, fotografías e información sobre sus antepasados, los cuales, por cierto, enfrentan el riesgo de perderse ante la caminata de los años y no contribuir, por lo mismo, a enriquecer la historia de la humanidad.

En consecuencia, mi convocatoria se orienta a solicitar copias de documentos y fotografías antiguas, junto con alguna reseña de la historia familiar, a quienes dispongan de esa clase de datos.

La condición es que las historias sean reales y respeten la dignidad humana. Evidentemente, dedicaré un capítulo a cada familia. Procesaré y redactaré la información que tengan a bien enviar, de manera que la obra sea rica en historias auténticas.

Evidentemente, como autor de la obra, respetaré los nombres y apellidos de los personajes de antaño, junto con sus respectivas biografías. Las historias están orientadas, principalmente, a México; sin embargo, si pertenecen a otras regiones del mundo y son interesantes y verídicas, y datan del pasado, dispondrán de un capítulo en el libro que estoy escribiendo.

Con relación a las personas que colaboren con el envío de documentos, fotografías, datos e información, sus nombres aparecerán en una sección dedicada a los agradecimientos. Les solicito que en el correo que envíen con la información, por favor me autoricen a publicar el capítulo correspondiente a sus antepasados.

Toda la información relacionada con este tema puede enviarse al siguiente correo: familiasdeantes@gmail.com. La obra, como todos los libros que he editado y los textos que escribo y publico en este espacio, estará protegida con los respectivos derechos de autor, lo cual le dará la formalidad que merece.

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También pintas estrellas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando descubrí que también pintas estrellas, me percaté de que a tu lado siempre miraré los colores y la brillantez del cielo. Supe, entonces, que contigo tendré la dulzura de los detalles

Los detalles son granos de arena en una playa acariciada por el oleaje blanquecino, jade y turquesa del océano, estalactitas y estalagmitas de una gruta secreta, burbujas de manantial que revientan al sentir las caricias de la libertad, gotas de lluvia que se convierten en perlas de cristal y en espejo mágico, colección de estrellas que cuelgan en la galería celeste, colores de arcoíris y flores, instantes que componen las horas y el infinito. Suavizan los días de la existencia, acaso por tratarse de filamentos sutiles de un diente de león que se dispersan al soplarles una niña con la ilusión de liberar sus sueños y anhelos, quizá por ser hojas que se desprenden suavemente de las frondas una tarde otoñal y forman alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersa el viento, o tal vez por la acumulación de momentos que significan capítulos de ensueño, alegría y encanto. Detalles son la sonrisa que me regalas cada mañana, la flor que coloco en tu almohada, los instantes que me dedicas, el jugo que preparo para ti, las horas que te acompaño, la delicadeza de tus manos al preparar un platillo con tu toque femenino, un beso o un guiño repentino, la lectura o la película que elegimos, el postre que compartimos, la música que nos identifica, los globos que liberamos. Siempre serán, parece, los sentimientos que te expreso en una servilleta de papel, una llamada inesperada, un mensaje sorpresivo, tu forma de multiplicar mi dicha, la silla que te cedo, nuestras caminatas, la cobija con que te cubro si quedas dormida y hasta las travesuras que ideamos. Nunca un rey ni alguien acaudalado han podido comprar detalles con sus fortunas, indudablemente porque no están a la venta por venir del interior, del enamoramiento, de las riquezas del cielo y del ser. Una obra de arte es una acumulación de detalles, como lo es la creación en todas sus manifestaciones, seguramente porque Dios, al cincelar, deslizar los pinceles y emitir los rumores y sonidos del mundo y el universo, pretendió demostrar que la belleza se encuentra en lo pequeño, en lo sencillo, en lo que carece del maquillaje de lo fastuoso y la ostentosidad. La grandeza se compone de pequeños detalles. Los detalles forman parte de las historias extraordinarias de amor. Una vida ausente de detalles, es la noche desolada y oscura, el relampagueo y los truenos sin lluvia, la flor carente de fragancia, el cauce seco, la mariposa decolorada. Una existencia con detalles es escalar al cielo todos los días, andar descalzos sobre pétalos de textura delicada, escuchar los murmullos de la vida, sonreír entre abetos y nieve, abrir las puertas y las ventanas al consentimiento. Los detalles son la llave del amor eterno. Mientras haya detalles en un romance, la belleza y el hechizo perdurarán. Lo entendí aquella vez, cuando descubrí que también fundes estrellas para decorar el cielo.

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Dedicado a ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dedicado a ti

Te amo no porque ande en busca de placeres sin sentido. No me interesan las estaciones pasajeras. No me agrada llegar una noche como forastero y al siguiente día brincar la cerca en busca de otro encuentro con alguien más. No es mi estilo. Mi itinerario existencial no incluye esa ruta.

El cuerpo es santuario del alma, templo ser; sin embargo, tú lo sabes, carece de futuro. Hoy, millones de personas en el mundo rinden culto a la apariencia, a la superficialidad, y creen que entre más satisfagan sus apetitos, ausentes de amor y compromiso, mayores serán su realización, felicidad y justificación en la vida.

Al andar uno aquí y allá, descubre en un lado y en otro a incontables hombres y mujeres que dentro de la confusión que enfrentan ante las modas, el pensamiento de su época y la idea de la finitud de la existencia, aseguran sentirse profundamente enamorados, y más tarde, tras una entrega carente de verdadero amor y su significado, resbalan al desencanto, a la costumbre, a la monotonía.

Mucha gente, influida en nuestros días por los bufones de la radio y la televisión y las superficialidades del internet, supone que ante la brevedad de la existencia, es aconsejable consumir los días en placeres sin compromiso ni responsabilidad, en espacios donde los gritos y la risa no necesariamente significan alegría y plenitud, en sitios en los que los abrazos y besos se encuentran muy lejos del amor y el romanticismo, en instantes pasajeros en los que las caricias desbordadas no se relacionan con los detalles y el sutil encanto que provocan el enamoramiento y las ilusiones.

Oh, claro que sé a la burla y crítica que me expongo al plantear que el amor auténtico se localiza muy distante de aquellos hombres y mujeres que suponen consiste en encuentros exclusivos de placer, cuando se trata de un sentimiento excelso, de una expresión que va más allá de sensaciones momentáneas, de un todo que marca el tú y el yo hasta la inmortalidad. “Soy mundo y cielo, materia y esencia, pero nadie lo entiende”, repite, sin duda, la naturaleza de los seres humanos tan distraídos en asuntos fugaces.

Alguna vez, cuando te descubrí en un momento de nuestra jornada terrena, percibí en ti un resplandor hermoso que cautivó mi atención. Algo, en mi interior, me dictó que tú y yo, nombre de ángel, recibiríamos del cielo el regalo del reencuentro y del amor durante estos días, en el mundo, y los que siguen, en la eternidad.

No dudé, entonces, de la brillantez que provenía de tu ser. Te encontrabas inmersa en los años primaverales y, por lo mismo, supe que debería esperar el minuto del reencuentro, para lo cual, lo confieso, tendría que prepararme porque al unir tu alma a la mía, asumiría por voluntad propia un compromiso demasiado grande con quien colocó en ti la fórmula del cielo.

Giraron los años y un día, cuando te reencontré, me percaté de que tu destello proviene de tu interior. Siempre te he dicho, desde entonces, que me cautivas, que al mirarte me siento embelesado, y con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, insisto, te confieso todos los días que te amo.

Entiendo que iluminada por la luz de tu interior, posees un código existencial que supera cualquier trampa en el camino. Son principios, los tuyos, que poseen rumbo y ofrecen, por lo mismo, la senda a fronteras maravillosas e inimaginables, donde el día y la noche se funden en estrellas y los rumores de la eternidad balancean el columpio del amor, la felicidad y los sentimientos más sublimes.

Los lineamientos que contiene tu código de vida, reproducen los colores y las formas del cielo, las voces del silencio, las fragancias de los jardines del paraíso, el encanto de una mañana de primavera y verano o de una tarde otoñal y una noche de invierno, el sí y el no de la creación, el pulso del universo, la fórmula de la eternidad, el principio y el fin, la profundidad del océano y la intensidad del cosmos, la brisa del mar y el polvo de los luceros que embelesan a los enamorados.

Imposible renunciar, al unir los latidos de mi corazón a los del tuyo, al rumbo del cielo, a la ruta del silencio, a principios que conducen a parajes donde la cima es profundidad y el abismo altura.

No estoy dedicado a las superficialidades porque finalmente eso son, papeles de apariencia bella que en un rato se acartonan, tonalidades que se decoloran, sensaciones que se apagan, júbilo falso que huye del encuentro con uno mismo y que evita la evolución; en cambio, aunque el mundo me juzgue, admito que me encanta tu código de valores, y no porque finja o intente presentarme ante ti con identidad falsa, sino por tratarse de los principios que también anhelo y comparto por ser relicario que devuelve a la esencia, a la morada, a casa.

Ahora te abrazo con fuerza mientras una melodía sutil guía nuestros pasos, miro a tus ojos que me reflejan y repito a tu oído que el amor que nos une es de almas, de dos seres que sueñan con palpitar al unísono de la inmortalidad, más que de la unión desenfrenada de dos cuerpos atrapados en placeres momentáneos.

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¿Y si convertimos los sueños en vida?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si confieso que este texto me lo inspiraste?

¿Y si hoy dedicamos las horas a ser más felices de lo normal? ¿Y si arrancamos risas y desprendemos momentos para hacer de este día un capítulo hermoso e inolvidable? ¿Y si ya contagiados por las vivencias de hoy, decidimos prolongar la vida en un paseo feliz e interminable que sólo se transformará en una experiencia más bella y subyugante al llegar juntos a un puerto grandioso? ¿Y si sentimos las caricias del aire y le acompañamos en un vuelo libre y pleno? ¿Y si ya al sentir las ráfagas, entre nubes rizadas, descubrimos abajo, en la campiña y los jardines, que las flores forman nuestros nombres? ¿Y si al descender te entrego un bouquet floral para que disfrutes su fragancia y te sumerjas en sus colores? ¿Y si te invito café y pastel en algún restaurante del que sustraeré una servilleta de papel para escribir la constancia de un día especial? ¿Y si accidentalmente derramo café en mi camisa y lo disfrutamos? ¿Y si jugamos a la infancia, a la juventud, a la madurez y a la ancianidad para estar juntos siempre? ¿Y si vamos a un lago, alquilamos una lancha e imaginamos que viajamos en un yate hermoso por el mundo? ¿Y si te abrazo, en medio del lago, con la intención de ofrecerte mi amor para hoy, los siguientes días, nuestras vidas enteras en el mundo y la eternidad que espera con las puertas abiertas? ¿Y si musito a tu oído que la vida se consume cada instante y que la mejor fórmula para no enfrentar el desencanto y la tortura que provoca la caminata de las manecillas es el amor mezclado con alegría e ilusión, el encanto de un alma resplandeciente y la historia que se escribe y comparte con todos sus claroscuros? ¿Y si jugamos a que te encuentro en una banca de hierro o piedra, en un jardín de ensueño, junto a una fuente de rumores exquisitos, para decirte que fui educado para ofrecer amor fiel, detalles y alegría a una dama? ¿Y si admito que tú eres la dama que presentí y busqué siempre? ¿Y si te expreso que compartiremos el sí y el no de la vida, las auroras y los ocasos de cada día, siempre con la idea de cumplir nuestras aspiraciones y transformar los sueños e ilusiones en una historia inolvidable y suprema? ¿Y si te doy un beso para que siempre lleves mi sabor? ¿Y si después de conversar, reír, pasear y jugar, disfrutamos platillos deliciosos y vamos al cine, al teatro, a las tiendas de ropa, a caminar por las callejuelas pintorescas? ¿Y si al anochecer, ya en casa, cada uno repasamos nuestro día especial y decidimos que los que siguen, durante nuestra estancia en el mundo y los que pulsan en la inmortalidad, deben ser idénticos en alegría, amor, enamoramiento, ilusión e intensidad? ¿Y si convertimos los sueños e ilusiones en vida? ¿Y si transformamos la vida en sueños e ilusiones? ¿Y si te pregunto si a esta hora del día ya te dije que te amo?

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El encanto de aquella flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como el encanto de las flores que te regalo y guardas entre las páginas de tus libros para sentir mi presencia y la locura de nuestro amor

Pertenecí al linaje de un arreglo floral mágico y precioso, señorial y distinguido, elaborado por un viejo y experimentado artífice y ordenado por un artista atrapado en la locura de un amor inagotable y especial. Soy una flor con pétalos descoloridos y quebradizos por la acumulación de los años, por los dedos que una y otra vez repasaron mi textura como para recordar una historia irrepetible, por los labios que los rozaron para rememorar un amor inolvidable. Recuerdo al hombre que antaño llegó alegre y emocionado con el florista, a quien pidió diseñar y elaborar un arreglo cautivante y hermoso, el mejor de todos, para transformarlo en poema y hacer de cada rosa, tulipán y orquídea un detalle, una promesa, un regalo. Escribió un mensaje en una tarjeta y lo colocó entre las flores. La mujer que lo recibió era especial. Nunca antes el artista se había enamorado. Ella estaba hecha de una arcilla diferente, con una flama interior sublime, con una fórmula que sólo conoce quien inventó la creación, y él, el artista, conocía el significado de un amor como el de ambos, acaso porque acostumbrado a sumergirse en las profundidades del océano universal, alguna vez escuchó los susurros que depositaron en él secretos inconfesables. Al recibir el arreglo, ella lo admiró y creyó reconocer el perfume del escritor que se lo envió. Se sintió amada, feliz, enamorada e ilusionada. Embelesada, me desprendió del arreglo y me guardó en las páginas de un libro, al que acudió siempre, puntual y de frente, incluso durante las horas de la ancianidad, como para recordar al hombre que la amó intensamente y le llamó mirada de cielo, y recrearse con los capítulos que compartieron, con los juegos y las risas que provocaron sus ocurrencias, con los paseos y los signos que formaron parte de su historia, con el sí y el no de la vida, hasta que un día no regresó más a su cita. Aquí me conservo, solitaria, entre hojas de papel, en una biblioteca familiar, donde alguien, una mañana soleada, una tarde de viento o una noche de tempestad me descubrirá inerte, callada, y preguntará por mi significado. Al tocarme, percibirá la energía de un amor subyugante e inigualable, y quizá se formulará muchas interrogantes. Tal vez nunca descubrirá la historia de la que formo parte, pero tengo la certeza de que al contemplarme, entenderá que el amor es maravilloso y que a pesar de que quienes lo experimentan se marchiten como yo entre las páginas de un libro, se trata de un sentimiento excelso que nunca muere y sí, en cambio, pulsa en la vida que inicia cada instante en el mundo y se siente en el interior y en el cosmos como parte de la eternidad. Aquí estoy, marchita y silenciosa, entre las páginas amarillentas de un libro, cómplice de un secreto de amor.

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Barquito de papel

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A don Jesús Bejarano Rojas, quien hizo favor, en mis años muy juveniles, de publicar mi primera versión de “Barquito de papel” en la sección Facetas de La Voz de Michoacán

El artista paseaba aquella mañana en la campiña, entre árboles de cortezas cubiertas de musgo y flores silvestres y ufanas que el viento agitaba suavemente. El riachuelo serpenteaba la llanura alfombrada de flores multicolores y los estanques reflejaban las nubles blancas y rizadas que el sol incendiaba durante su peregrinaje efímero. Hasta los charcos minúsculos retrataban la profundidad azul del cielo.

Buscaba un paraje abrupto y desolado para escuchar los rumores del silencio, los susurros de su interior, las voces de la creación, los gritos de la vida, y así plasmarlos en sus obras artísticas, en sus narraciones literarias, en sus pinturas, en sus conciertos de violín. Le encantaba inspirarse en medio de la naturaleza.

Caminaba inmerso en sus pensamientos, admirado por los detalles que encontraba a su alrededor, cautivo en su inspiración, cuando miró, ipso facto, un barquito de papel a la orilla del río.

El hombre colocó su morral de artista sobre un tronco carcomido por los días repetidos, por la lluvia, por el sol. Corrió hasta la embarcación, a la que preguntó:

-¿A dónde vas, barquito de papel?

-No lo sé, a donde me lleve la corriente.

El creador insistió:

-¿No tienes itinerario?

-No- respondió con desgano el barquito- ¿Me serviría de algo definir una ruta y seguirla?

-De mucho- aseguró el artista, quien explicó-: Aquel que diseña su proyecto existencial y define la ruta y el destino al que pretende llegar, es sabio y no desperdicia sus días en extravíos.

-Eso es de soñadores, amigo mío. Tú eres artista. Dedícate a tus fantasías, a tus sueños, para ilusionar a otros seres humanos. Déjame. Voy a experimentar la vida sin compromisos ni responsabilidades, como si fuera un paseo permanente. Evitaré mortificaciones y problemas. La vida es breve y hay que disfrutarla. Así que la viviré. Iré a donde me lleve la corriente antes de que sea demasiado tarde y me entuma como los viejos.

Reflexivo, el artista continuó parado a la orilla del río, cerca del barquito de papel que viajaría con el impulso de la corriente.

-Navegar o volar libre y plenamente es una experiencia maravillosa que lleva a la realización; sin embargo, quien lo hace irresponsablemente, se arriesga a hundirse una noche de turbulencia o a caer una mañana otoñal. Es primordial disponer de un código y un proyecto de vida, barquito.

El barquito de papel se dispuso a seguir la corriente del río, pero antes advirtió:

-Artista, no te equivoques conmigo. Ve con tus lecciones a otra parte. Soy joven y quiero disfrutar la vida, ¿entiendes? No deseo perder mis días en estudios, trabajo y esfuerzos. Tampoco quiero un código de valores. No lo necesito. Eso no es compatible con un barco aventurero que desea vivir cada día con lo que surja, sin ataduras, libremente. No tengo vocación de humanista. Voy a disfrutar mi vida. No molestes más.

La embarcación de papel abandonó la orilla del río. Avanzó entre rocas, hasta que la corriente lo impulsó y se alejó del artista a quien miró empequeñecer en el horizonte. Sintió la brisa de los vertederos y agradeció, entonces, haberse liberado de las disertaciones del hombre.

Se sintió muy joven, y en realidad lo era. Alguien, quizá alguno de sus amigos, le había aconsejado que se fuera a navegar porque la estancia en el mundo es muy breve, y no le interesó, por lo mismo, poseer y seguir un plan existencial y una ruta definida. Si era atractivo y joven, ¿necesitaba esforzarse, dar de sí y dedicarse a su desenvolvimiento? Le pareció más valioso ir en busca de riquezas por el mundo antes de descubrirlas en su interior, acumular placeres sin previamente aprender a amar, experimentar cada instante con ausencia de vida.

El artista, meditabundo, recordó que adelante, a menos de un kilómetro de distancia, el río era turbulento por las cascadas y los rápidos que abundaban en esa zona. Corrió con la idea de prevenir a la embarcación de papel y salvarla del peligro.

Resbaló una y otra vez en la orilla. Rasguñado por la hierba, sangrante por las caídas y cubierto de lodo, el creador sintió la brisa del río caudaloso en su rostro sudado, cuyas expresiones cambiaron de la sorpresa al dolor e impotencia al descubrir, entre rocas y agua estancada en una de las orillas, al barquito de papel.

Corrió a su rescate. Tomó los fragmentos de la embarcación de papel y los colocó con delicadeza y en silencio sobre una piedra. El barquito estaba desgarrado. Su breve y frágil existencia proyectaban la idea y la realidad de la finitud.

-Entre la vida y la muerte sólo hay una línea, un hilo demasiado endeble, un suspiro .pensó el artista-. El barquito de papel no aprendió que cada ser, en el mundo, venimos a crecer y probarnos. La felicidad no significa vivir en un vacío permanente, como lo hizo el barquito, a quien no interesaron los principios universales ni su proyecto existencial. Sólo quería arrebatar a la vida riqueza y placeres sin estar dispuesto a dar de sí.

Comprendió que igual que el barquito de papel, incontables hombres y mujeres en el mundo creen que vivir plenamente es acumular riquezas materiales, arrastrarse en los placeres y extraviarse en caminos sin sentido que definitivamente no contribuyen al engrandecimiento ni a la expresión de la esencia.

Habían transcurrido varias horas entre la conversación con el barquito de papel y su hora postrera. Esa tarde, el arista permaneció en silencio mientras el río y el viento exhalaban suspiros y un réquiem extraño que lo motivó a pintar la embarcación.

Dedicó varias horas a elegir tonos melancólicos de su paleta de madera y deslizar los pinceles sobre el lienzo, hasta que finalmente aparecieron los primeros trazos del barquito de papel, obra que contendría no solamente la estética de una pintura, sino mensajes ocultos sobre los claroscuros y las definiciones de la vida.

Al regresar a casa, el pintor asomó por la ventana de su taller, desde la que observó la luna plateada que asomaba en un estanque tranquilo con apariencia de cristal, tal vez por el encanto y la magia de aquella noche espectacular y romántica.

Observó la galería celeste pletórica de estrellas. Sonrió y concluyó que la vida es polifacética e inagotable, que existe mayor dicha en experimentarla con sus luces y sombras para escribir una gran historia, que en arrebatarle su encanto en un interés malsano de querer todo para sí.

El barquito de papel le enseñó mucho. Ese fue el motivo, quizá, por el que partió los fragmentos de la embarcación, ya secos, y los colocó sobre las palmas de sus manos para que las ráfagas del aire nocturno los dispersaran por el jardín con sus múltiples expresiones.

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Recuerdos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los recuerdos son pedazos de un ayer, fragmentos de otros días, ecos de algo que sucedió en algún rincón, en cierto momento, y que cada instante parece más lejano. Son bloques de la barda que los rasguños del aire y los años se empeñan en derruir. Parece que tiene como rivales al tiempo, la muerte y el olvido, tres contrincantes muy poderosos, capaces de dejar constancia de su paso. Transcurren los minutos, las horas, los meses, los años, y cada vivencia se transforma en recuerdo, en la posibilidad pasada de un sí o un no, en la aurora o en el ocaso, en la alegría de haber luchado por un ideal o en el dolor y la tristeza de que pasó la oportunidad sin un esfuerzo para conquistar la felicidad y realización que uno merece más allá de costumbres, esquemas, opiniones, creencias e intereses. La vida es una. Es tan breve que parece consumirse en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro, hasta que todo se convierte en añoranza, en recuerdo que carcomen cada instante la finitud terrena y la amnesia. No pocas veces, cuando alguien se encuentra en el final del camino y voltea atrás, a los muchos días de antaño, descubre que los capítulos de su historia fueron monótonos e insípidos, que la sinfonía de su existencia resultó un cúmulo de notas discordantes, y que lo que entonces le parecía absurdo o imposible, era tan fácil de conseguir porque sólo se necesitaba algo de valor e iniciativa, probarse a sí mismo y disposición de luchar a pesar de la oposición y los intereses de los demás. La vida es una. Cada instante cuenta mucho, pero también es innegable que todos los momentos se convierten en trozos de un ayer, hasta que la muerte, el tiempo y el olvido los borran, los extinguen como cuando una estrella distante en la pinacoteca celeste no aparece más. Cada uno tenemos la alternativa y libertad de protagonizar una historia grandiosa e inolvidable, y también, es verdad, la opción de que en los recuerdos quede la dulzura o se impregne la amargura de lo que se pudo hacer y no se llevó a cabo por debilidad y temor. Para resplandecer en otros planos, es primordial brillar en este mundo, y no necesariamente en las cosas materiales, sino en el desenvolvimiento del ser y en la realización humana. Las intenciones de ser feliz, alcanzar éxito o materializar un sueño, sólo son eso si no se lucha, quimeras rotas. ¿Alguien quiere ser feliz? Hay que empezar ahora porque mañana todo quedará en añoranzas, en sueños e ilusiones despedazados que se diluirán ante el fin de la vida, la caminata de las manecillas y el olvido.

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Tu nombre y el mío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si es en un rincón del mar -¿acaso el Mediterráneo?-, mientras admiramos el espectáculo del atardecer, cuando el cielo y el océano se funden en un crepúsculo mágico y de ensueño, surgirá una botella cual náufraga ansiosa de mostrar nuestros nombres inscritos en tinta sepia sobre un papel. Leeremos nuestros nombres, guardaremos el manuscrito en la botella y nuevamente la arrojaremos al mar para que la lleve a rutas insospechadas y quede constancia de nuestra historia

Conservo tu identidad en la caja de cristal de mi alma, envuelta en el lienzo de la constelación; sin embargo, la gente, al leer el poemario que me inspiras, sospecha que tu nombre está ligado a un lenguaje oculto e indescifrable, sin imaginar que la lluvia, una tarde de verano, lo pronuncia, y que el rumor del aire lo repite cada mañana de primavera, como lo deletrean, en sus horas, el otoño y el invierno.

Trazo las letras de tu nombre en la arena, al amanecer o en la tarde, como para que desde el firmamento sea observado y así se incendien las noches con más luceros; pero la espuma blanquecina de las olas, mezclada con las tonalidades celeste, turquesa y jade del océano, las borra y las lleva a las profundidades, donde subyacen tesoros inimaginables, para repetirlo ante el encanto de cada aurora y ocaso.

Supongo, en consecuencia, que tal es la razón por la que las voces del mar embelesan cuando las olas besan la playa o impactan contra los riscos. Quizá por eso, ya con tu nombre, la brisa es una delicia y los conciertos de la naturaleza resultan subyugantes.

Mantengo tu nombre en mi corazón, lejos de los aparadores del mundo, porque al armarlo, sus letras me conducen a moradas bellas y sutiles, donde los colores, las formas y las sensaciones resplandecen diferente, igual que las profundidades de tu ser, como lo percibí el día que por primera vez coincidí contigo en este mundo o lo siento cotidianamente al admirar la intensidad del cielo.

Tu nombre es un secreto, un enigma, a pesar de que la lluvia, el viento, las cascadas, los ríos, el concierto de las aves y el océano lo murmuran desde que apareció la primera flor, cuando Dios tomó colores de la paleta de su taller para deslizar los pinceles sobre el mural del mundo.

Es inconfesable tu nombre por lo que significa, por lo que es, por lo que encierra, por lo que trae, por su linaje, por nuestra historia. Aunque los latidos de mi corazón lo repiten cada día, la tempestad recuerda su fuerza y la nieve sugiere su delicadeza. Es tan dulce y femenino como vigoroso, blindado con la luz que proviene de tu ser, de las alturas y de todos los parajes del infinito.

Hoy quiero escribirlo en una hoja de papel, unido al mío, con una fecha e incontables promesas, detalles y regalos. Enrollaré la hoja y la introduciré en una botella a la que colocaré un corcho. La arrojaré al océano para que los pliegues marinos la lleven lejos. Su travesía resultará una aventura grandiosa, preámbulo de un viaje inolvidable a un terruño lejano, donde una tarde, mientras tú y yo disfrutamos las tonalidades doradas, naranjas y rojizas del crepúsculo, en el horizonte, ante el espectáculo que ofrece la fusión del cielo con el mar, emergerá cual náufraga ansiosa de revelar el secreto de nuestros nombres. La lanzaremos nuevamente al mar para que durante su paseo sea constancia de una historia irrepetible. Asomaremos a nuestras miradas y en silencio, ante los susurros de las olas y el viento, entenderemos que los sueños más hermosos se cumplen cuando uno los transforma en capítulos subyugantes e inolvidables. Entonces, en ese rincón del mundo me aproximaré a tu oído para preguntarte si a esa hora ya te confesé mi amor.

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Lucía, mi madre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con mi admiración, agradecimiento y amor entrañable. Fue un privilegio ser tu hijo

Hay seres humanos que cautivan por ser diferentes. Embelesan por sus actos, palabras, detalles, obras y sentimientos. Son inolvidables. Tienen la fórmula y la magia para hacer de la vida un encanto, una ilusión, un ensueño. Colocan pétalos y retiran los cardos y las piedras del camino. Son la noche pletórica de estrellas, la primavera cubierta de intensa policromía, la lluvia veraniega que se transforma en fragancias y en gotas de cristal, el viento otoñal que sopla incansable y barre las hojas doradas y quebradizas, las horas invernales que juegan con los copos de nieve, el mar que se mece en su oleaje turquesa y jade. Se trata de hombres y mujeres elaborados de otra arcilla, resplandecientes, que dejan huellas indelebles a su paso. Su esencia asoma en sus miradas, se siente en sus manos, se escucha a través de sus diálogos, se percibe en sus estilos de vida.

Lamentablemente, la vorágine de la hora contemporánea, en la que la mayor parte de la humanidad enfrenta ausencia de valores y se encuentra distraída e inmersa en superficialidades, impide descubrir a esos seres mágicos e inagotables que portan faroles para alumbrar a quienes les rodean y desean caminar hacia rutas plenas e insospechadas.

Hoy, la gente concede más valor a quien escandaliza y derrocha los años de su existencia en acumular riquezas materiales, hablar estupideces y dedicarse a banalidades, con la diferencia de que los maniquíes de aparador no envejecen y son eso, objetos inertes que al final, cuando no encajan en las modas, se les confina en el basurero, mientras aquellos que aportan luz a la humanidad, reciben el desdén de las mayorías.

Cuando fui pequeño, descubrí en el enorme jardín materno la presencia de flores hermosas, finas y elegantes que contrastaban con plantas amargas y tallos cubiertos de espinas. La hiedra trepaba insaciable por los troncos musgosos de los abetos y eucaliptos. Cada especie, mayúscula o minúscula, correspondía a su naturaleza, era fiel a su realidad, de tal manera que aprendí a interpretar no pocos de los signos que la vida expresa en los rostros de la creación.

Me di cuenta de que dentro del libro de mi existencia siempre habría ángeles bellos y luminosos. El primero que conocí fue ella, mi madre, Lucía Rojon Serrallonga, quien hizo de mis días un cuento esplendoroso, una fantasía irrepetible, una infancia azul y dorada, una historia que todavía siento extraordinaria porque me enseñó que las horas de la vida tienen luces y sombras y que siempre, a pesar de las circunstancias, hay que buscar el bien y la verdad, actuar con honestidad y justicia, y jamás dañar a la gente y al mundo.

En mi niñez, le llamaban “La Señora Amable”, título que ganó por su humildad de espíritu, sus acciones nobles, sus consejos, su risa inolvidable, sus virtudes. Derramaba amor a su familia -mi padre y nosotros, sus hijos-, como si fuéramos, y así lo demostró, el tesoro más bello y maravilloso que Dios le entregó.

Dio de comer y beber a los pobres, a los que carecían de todo; aconsejó a los que lloraban y sufrían, a los que necesitaban atención y palabras de aliento; sujetó a quienes se hundían irremediablemente en la mediocridad, el fracaso, la tristeza y la enfermedad. Derramó lágrimas de alegría cuando le compartían una noticia positiva, y también, es cierto, de dolor al hermanarse con quienes se sentían atormentados.

Hizo de la casa solariega un hogar. Sabía que alguien puede habitar un palacio, pero ser más infeliz que aquel que mora en una pocilga donde el amor y la armonía son fuente de vida. Convirtió el hogar en pequeño mundo.

Nuestro hogar fue biblioteca, comedor, salón de plática y lectura, rincón para pasear, centro de diversión y juegos, cine, laboratorio culinario, hospital, consejería, recinto musical, espacio para el reencuentro consigo y la búsqueda permanente del silencio interior, museo, buhardilla para el arte, refugio espiritual y casa en la que se inculcaban consejos, en la que la armonía y el amor eran permanentes, en la que prevalecía la felicidad y existía un proyecto llamado familia.

Inculcó la fe en nosotros porque sabía, por experiencia, que quien sopló su ser y le entregó un alma, es autor de todo cuanto existe. Amó y experimentó a Dios en su interior y, por lo mismo, derramó bien en abundancia a quienes le rodeaban. Reconocía que quien siente ausencia de Dios, es tan pobre que su vida no tiene sentido; en cambio, aquel que lo busca y descubre, es feliz en esta existencia y la que le sigue.

Mujer amorosa, siempre con amabilidad y detalles, anhelaba que toda la gente, a su alrededor, se sintiera dichosa e importante, digna y bendecida. Nunca aprendió a mentir ni a odiar, pero sí a dar lo mejor de ella.

Alguien que un día llegó a casa de un país distante, se acercó a mí mientras caminábamos en un paraje boscoso, para expresarme: “tienes la bendición y la fortuna de ser hijo de un ángel. Damas como ella, ya están extintas. Pertenece, quizá, a una de las últimas generaciones de personas auténticas y femeninas, con virtudes, capaces de desprenderse de sus alimentos para dar comida a los necesitados. Es un privilegio conocer a una dama, a un ángel como tu madre”. Orgullosamente y con humildad, admito que mi amigo tenía razón.

Si bien es cierto que su infancia, adolescencia y primeros años de juventud no fueron de alegría e ilusiones ante la transición de su madre cuando aún no cumplía tres años de edad, jamás albergó resentimiento en su ser contra quienes le causaron daño ni dibujó en su rostro expresiones de dolor y tristeza; al contrario, siempre enseñó, a través del ejemplo, que el amor, la comprensión, el respeto, la tolerancia, el perdón y los sentimientos nobles son superiores por venir de lo alto. Y así lo practicó cada instante de su existencia. No falló. Fue fiel a sus convicciones y principios.

Estuvo atenta a nuestra educación. Todo lo resolvía con palabras dulces, lecciones, ejemplos, consejos, historias y juegos creativos. Recuerdo que una noche de mi adolescencia, mi padre, quien enfermó aquella vez, me confesó que había tenido la bendición y dicha de amar a una mujer maravillosa e irrepetible, a mi madre, y aconsejó que si deseaba ser afortunado e intensamente feliz, buscara una mujer orgullosa de ser dama con valores. “Dichoso el hombre que ama a una mujer de virtud modelo, felices los hijos que le llaman madre”, expresó.

Mi madre moría gradualmente. Nadie lo notaba porque Dios da fortaleza a sus ángeles y criaturas consentidas. Les ofrece un rostro especial de alegría. Su corazón se debilitaba, pero su amor hacia mi padre y sus cinco hijos aumentaba. Éramos su mundo, su sueño, su realidad, su felicidad, su vida. Fuimos su historia.

La vida en casa era insuperable. El hogar me parecía refugio, premio, cielo, paraíso. Nada comparado con la familia. Siempre había detalles y sorpresas de su parte. Deleitaba los días de nuestras existencias. Era dama y emperatriz de su casa. Esos eran sus títulos nobiliarios, con todo lo que significa ser un alma grande, y no los que se derivan de apellidos e historias pasadas.

Parecía incansable. Nunca percibió el peso de los años, a pesar de la fragilidad de su corazón, quizá porque su apariencia reflejaba menor edad, tal vez por llevar en el interior una flama inextinguible. Hasta el último año de su existencia, actuó libre y plenamente.

Cuando los médicos la intervinieron en una cirugía mayor de corazón, en octubre de 1997, se recuperó de inmediato y comprendió que Dios le daba otra oportunidad de vida; por lo mismo, decidió que cada día, mientras permaneciera en el plano terreno, sería para bendecir a través de sus actos. Y así lo hizo.

Esta mujer, mi madre, era capaz de hacer episodios inolvidables de nuestras vacaciones escolares. Durante los días que permanecíamos en casa, creaba juegos que nos mantenía entretenidos, hasta que casi imperceptiblemente concluíamos las tareas de la casa. Era ingeniosa.

Resultaría injusto arrancar un trozo a nuestra historia para exponerla en este homenaje que hoy le rindo. Los capítulos que compartimos a su lado, con los claroscuros de la vida, permanecen intactos en los anales de la memoria familiar, en los latidos de nuestros corazones, y eso siempre nos identificará aquí y allá, a cualquier hora. Es nuestra historia. Tuvimos la suerte de recibirla de Dios. Quizá un día, si es factible, relataré nuestra epopeya familiar.

Mi padre, Santiago Galicia y Pérez, pasó por la transición en 1985. La amó hasta el último instante de su existencia. Por algo aquella madrugada de octubre, ella despertó al escuchar el estertor del hombre que tanto la amaba. Alarmada, le preguntó qué sucedía. Él señaló el corazón y su brazo se desplomó inerte. De pronto miró al hombre yacente y le lloró de verdad porque se trataba del amor de su vida, con quien diseñó y experimentó una historia de ensueño.

Ella, mi madre, sufrió lo indecible; sin embargo, poseía fortaleza, era de otra arcilla, y así, con su grandeza, fue nuestro pilar durante los siguientes 25 años, hasta que en septiembre de 2010, inesperadamente pasó por la transición gracias a errores de una doctora con síndrome de Dios y a una serie de situaciones que complicaron sus funciones orgánicas.

La mañana de su agonía, cuando los médicos informaron que su muerte era inevitable, solicité acercarme a ella. Algo sucedió que al percibir mi presencia, despertó de su agonía, hizo un breve paréntesis para escucharme y hablar dulcemente. Una vez que platicamos suavemente, cerró los ojos y entró en agonía, hasta que minutos más tarde traspasó el umbral.

Ella solía decir: “soy una mujer afortunada, muy bendecida, porque tengo hijos y nietos maravillosos que hacen de mi vida algo maravilloso. Para mí, todo el año es día de la madre porque recibo amor y detalles de ustedes”. Hasta el último día fue eje de nuestra familia.

Hoy, al marcar el almanaque otro 10 de mayo, más que describir la historia de mi madre y la familia que fundó al lado de mi padre, pretendo rendirle un homenaje y establecer que los ángeles existen. Nosotros tuvimos uno en casa. Lo mejor de todo es que se trata de seres humanos que en verdad existieron y fueron diferentes. Me consta. Fue una bendición y un privilegio ser su hijo.

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Ya te conocía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Asomé a una de las ventanas del cielo y te descubrí sonriente… Entonces inspeccioné mi ser y también te encontré

Ya conocía el color de tu mirada, quizá porque repetidas ocasiones, mientras esperaba descubrirte en algún paraje, la percibí en un bosque encantado, en una cascada con gotas de cristal, en la profundidad del mar, en el cielo de una mañana o de un atardecer, en un lucero que alumbró por primera vez una noche mágica e inolvidable. Presentía tu voz porque aquí y allá, en un rincón y en otro, al imaginarte, el rumor de la lluvia, los susurros del viento y el concierto de la vida llevaron tus palabras hasta mis oídos. Imaginaba tus fragancias porque cuando el aire agitaba las cortinas del ventanal, mis sentidos percibían tu esencia. Conocí tu sabor desde antes de coincidir a tu lado, tal vez porque una noche, otra y muchas más me soñé contigo y desperté, al amanecer, con las flores que me entregaste en cada cita. Tu rostro me pareció familiar porque antes de conocerte en este mundo, te pintaba al deslizar los pinceles sobre el lienzo, trazaba tu silueta en mi cuaderno de dibujo, describía tus rasgos en mis poemas, te reproducía en el arpa, el piano y el violín. Ya conocía tu alma con su resplandor subyugante, acaso porque un día, al pasear en las estrellas, asomé a una de las ventanas del cielo y te miré sonriente. Supe de ti porque te descubrí, al amarte, en mi alma, en mi interior, en la vida, en la creación, y entendí, entonces, la intención de Dios.

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