Quiero ser tu historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno forma parte de una historia cuando mira atrás y descubre sus huellas unidas a alguien más. Se comparte una gran historia en el momento en que adelante se extiende un sendero para dos almas. Un día, al asomar al espejo de los años, uno se da cuenta de que existen tantas vivencias con alguien, que suspira profundamente hasta distinguir, en la galería nocturna, el brillo de una estrella muy especial. Quiero ser tu amor y tu historia

Quiero ser tu alegría y tu ilusión, tus sueños y tu realidad, tu mundo y tu cielo, tu risa y tu silencio, tu amor y tu historia. Estoy decidido a construir poemas que de pronto, al leerlos, se transformen en puentes, columpios y escalones que te conduzcan del embeleso de las palabras a la emoción de compartir momentos, capítulos, paseos, una vida de encanto y felicidad. Deseo convertirme en aliado del tiempo, en relojero que distraiga la caminata de las manecillas, para que los instantes a tu lado parezcan eternos y así, un día, tocar juntos a la puerta de la inmortalidad. Mi idea es decorar los días de tu existencia con flores, pero también con granos de arena que signifiquen detalles. Pretendo que tu travesía por el mundo sea un recreo, preámbulo de una entrada magistral a la morada perenne donde nuevamente, ya libres de ataduras temporales, protagonizaremos nuestra historia. Anhelo ser día y noche, luna y estrella, lluvia y sol, para que sepas que nunca renunciaré a ti porque desde que abrí la puerta de mi ser, descubrí que eres tú, nadie más, a quien siempre esperé. Si el amor es vida, dicha y sentimientos nobles, desvanecen la tortura del dolor y la tristeza, y aniquilan, por cierto, la posibilidad de la muerte. Quiero ser tu amor y tu historia.

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Apunte sobre el arte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es estilo de vida. Es deleite, pasión, locura, intensidad. No conoce fronteras. Uno se refugia en la buhardilla, en el taller, en cualquier rincón o paraje del mundo, para crear una obra artística, una expresión sublime, el reflejo del alma y de un cielo que pulsa eternamente en todo y se presiente en el interior.

Quien se dedica al arte, cruza puentes de cristal, se zambulle en las profundidades donde todo es inicio y fin, se introduce a grutas insospechadas, y regresa con la fórmula, con la concepción del poema, la pintura, el texto, la música, la escultura.

Sería un insulto aceptar que el arte equivale a trabajar por horarios u obligación, cuando es libertad y plenitud. Más allá de la estética, el conocimiento y la experiencia, el artista emula a quien concibió y diseñó el mundo y el universo, y quizá es la razón por la que su bolígrafo traza palabras y signos musicales, el motivo por el que desliza los pinceles con sutileza o talla el mármol y la piedra magistalmente.

El artista es capaz de imaginar y transmitir a la humanidad lo que otras disciplinas no podrían exponer ni enseñar directamente. Las obras artísticas presentan el sí y el no de la vida, los colores del universo y la creación, los rumores del silencio, la calma y la tempestad, las fragancias del mundo y la inmortalidad.

A diferencia de otras actividades humanas, el artista no descansa porque la inspiración puede llegar a las dos de la mañana, mientras duerme, o durante alguna travesía en barco, un paseo, al caminar por la playa, al contemplar el paisaje, al escurrir las gotas de lluvia en su rostro, al mirar los reflejos de los charcos, en sus horas de soledad o en medio del bullicio.

Por ser un ministerio, una búsqueda permanente e interminable de la excelsitud, el artista no tiene reposo. Es artista siempre. Y la capacidad creadora, el talento artístico, nunca se ha comprado con dinero y joyas, quizá por ser concesión que Dios entrega a quienes están hechos de otra arcilla, a aquellos que en su interior sienten la flama que no los abandona jamás mientras deambulan por el mundo.

Si un día alguien decretara, por alguna causa, eliminar a los artistas, a quienes colocan colores, ideas y sonidos alrededor de la gente, en los pueblos y en las ciudades, seguramente el cielo, en las noches, luciría desierto, ausente de faroles. La humanidad se apagaría y, por lo mismo, carecería de tonalidades y jardines floreados.

Es que el arte ilumina a los seres humanos. Da amor, alegría, emociones, esperanza, sueños, paz, armonía, conocimiento, hermandad, ilusiones. Da respuesta a la vida y a la muerte, al tiempo, al amor, a los sentimientos, a las incógnitas. Presenta el paisaje terreno y de otros planos, el espectáculo de un cielo no recordado. Explora las entrañas del mundo y el universo, el interior de cada ser, hasta que los funde y los hace uno.

Dentro de su correspondecia, la mano que toma el bolígrafo para escribir textos poéticos es la misma que pasa una y otra vez los pinceles sobre el lienzo, la que ejecuta las voces del piano y el violín, la que da forma al mármol, al bronce, a la piedra.

Y así, al mirar los movimientos gráciles de la bailarina, en una danza clásica, el espectador atestigua con asombro que se convierte en pincel que recolecta armónicamente los colores que plasma en el lienzo, hasta que se transforman en idea, en letras, en sonidos, en formas. Es un todo.

El arte, no exagero, es encanto, magia, ensueño. Es sentir, cuando se produce una obra, la presencia de Dios, de los ángeles y de una musa muy especial que dictan al oído las fórmulas de la creación, la receta de la inmortalidad a través de un texto, una pintura, un concierto, una escultura.

Uno conoce, igual que los místicos, el camino a la grieta de la inmortalidad, donde palpita y reposa todo cuanto existe. Sólo hay que sumergirse en las profundidades para descubrir que no existen fronteras y así traer las ideas de una obra artística.

El silencio interior es tan necesario. Por eso el artista, cuando crea, se vuelve anacoreta. Es un ermitaño que experimenta el delirio de crear. Y si es cenobita, nadie debe molestarlo mientras se encuentra inmerso en el proceso creativo. Quien desconoce los placeres del arte, nunca entiende las sensaciones del artista al concluir su obra.

Cuando me dedico a crear mis obras literarias, me encanta encerrarme en el ático, en mi buhardilla, rodeado de libros, anotaciones y pinturas, entre música y silencio interior, para así sentir la presencia de mi musa e ir a su lado a explorar fronteras recónditas e insospechadas en busca de ideas.

No obstante, cuando no me encuentro enclaustrado en mi taller de artista y ando en la calle, entre gente y automóviles, o realizo cualquier actividad, de pronto siento el hechizo de la creación y es cuando añado letras y palabras a mi obra.

Definitivamente, el arte no es quehacer por horarios ni obligación, ni producción en serie, contra las manecillas del reloj y los días del almanaque, a cambio de dinero que lo denigra y transforma en baratija; es, insisto, estilo de vida, fantasía, desvarío, sueños, ilusiones, alegría, sentimientos desbordantes, pasión, creatividad. Es traer el cielo y los sueños a la realidad del mundo.

Sin el arte, hombres y mujeres sentirían desolación. Faltarían siempre el polvo de las estrellas, los colores del mar, las gotas de la lluvia, el perfume de las estrellas y los susurros de la vida. Nadie cantaría ni se mecería en el ensueño de fantasías, sueños e ilusiones.

El arte lo abraza uno hasta el último día de la existencia, y no importa, para su manifestación, si esa locura ha de llevar al autor -escritor, músico, pintor, escultor- al desprecio, la miseria y la soledad, tal vez por saber que enriquece a los seres a quienes Dios concedió el privilegio de reproducir una parte de su cielo por medio de las obras.

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Maquillaje

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dios tomó los colores de tu alma y del cielo para maquillar tu rostro y encender la brillantez de tus ojos

Admiro, cuando ando en la playa, los maquillajes de las auroras y ocasos. Me cautivan las tonalidades amarillas del sol que asoma, al amanecer, tras los riscos e ilumina los pliegues azulados y la espuma blanquecina de las olas. Me arroban las tonalidades doradas, naranjas y rojizas que todas las tardes se manifiestan en el horizonte, donde el cielo y el océano se funden en un acto de amor poético, mientras el oleaje turquesa y jade oscurece sus tonalidades que pasan del zafiro al negro, que se confunde con el manto de la noche y refleja los luceros que cuelgan en el universo y los faros enigmáticos que alumbran la travesía de los barcos.

Nada sobra en la paleta de los colores naturales, en cualquier rincón que se les contemple -el bosque, la selva, los jardines, el desierto, la nieve, los lagos, las cascadas, los ríos, las montañas, los barrancos-, como si cada expresión trajera consigo fragmentos sustraídos de algún paraíso no recordado, de un edén oculto, de un rincón mágico que se presiente en cada pulso de la vida.

Grandiosos me parecen, igualmente, los tintes de la pinacoteca celeste, en el día y la noche, con el sol, la luna, los cometas y las estrellas, cuando uno los admira arrobado desde alguna banca de hierro o piedra, al lado de un lago, una fuente o un tronco cubierto de musgo.

Imagino, al inicio, la mano de la creación deslizando los pinceles sobre el lienzo del mundo y el universo, quizá como anticipo del colorido de un cielo que se presagia excelso y mágico.

Estoy seguro de que sin el maquillaje de Dios, los árboles, los riachuelos, las flores, los arcoíris, las estrellas, el trigal y todo cuanto existe serían figuras opacas y mórbidas, calladas ante la ausencia de alegría y vida.

Todo, en el mundo, resplandece de colores porque la vida, entiendo, es eso, cúmulo de amor, encanto, alegría y sentimientos. Uno se destierra cuando desecha las tonalidades de su existencia y los arroja al basurero, al abandono, a la mediocridad, a los prejuicios, al temor.

En todas las manifestaciones de la vida descubro armonía y equilibrio porque quien pintó el mundo y el cosmos, es el mismo que concibió y formó su belleza, encanto y majestuosidad.

Admiro cada día de mi existencia, al amanecer, durante la tarde y al anochecer, los colores que la naturaleza aplica con maestría. Los tonos son diferentes conforme transcurren los instantes. Y todo tiene una correspondencia. Admito, verbigracia, que incontables mujeres recurren a los cosméticos, a la pintura, al maquillaje, sin duda en un afán de resaltar su belleza, sus rasgos y su encanto, como lo hizo Dios cuando concibió la creación o la naturaleza al decorar sus innumerables rostros.

Otras mujeres, en cambio, intentan mejorar su apariencia e incluso hay quienes exageran; sin embargo, los signos de la vida son multiformes y uno entiende que cada una experimenta su jornada terrena de distinta manera, con su estilo propio, de acuerdo con su definición, proyectos e intereses. Buscan proyectar su belleza por medio de los colores, según las costumbres, modas y concepción que tienen de la estética.

No sé si por ser destello de cielo o resplandor de lucero, posees el maquillaje natural que Dios, al diseñarte, pintó en tu rostro, en tus ojos y pestañas, en tu piel, en ti, de tal manera que al mirarte, te descubro auténtica y libre.

Colocas con delicadeza femenina los tonos de un maquillaje discreto, casi natural, que destaca tu belleza, tus rasgos que tanto me embelesan, como si supieras que el resplandor de los ángeles es el que proviene del interior y del cielo.

Eres mi musa de belleza natural cuando apareces casi insustancial ante mí, en la soledad de mi buhardilla, mientras se diluyen mis horas de artista en la composición de una obra, en la unión de una letra, otra y muchas más.

He aprendido, al caminar por aquí y por allá, que la belleza más admirable y prodigiosa es la que se muestra auténtica y de frente, ausente de matices engañosos, porque quienes se refugian en la confusión y tras alegrías y sentimientos maquillados, como lo acostumbran incontables seres que resbalan a las tentaciones de la superficialidad, desconocen las rutas que conducen a horizontes plenos.

Grato resulta al alma y a la mirada un rostro maquillado con la sonrisa, la alegría de una vida ejemplar, el encanto de amar, los rasgos femeninos y la riqueza que se agrega a través de los sentimientos. Tales atributos, musa mía, se reflejan en los ojos, en el cutis, como el más exquisito de los barnices.

Admiro en ti los cosméticos del amor que me entregas, los colores de tus sentimientos, las tonalidades de tu feminidad, los matices de tu historia, la gama de tu estilo de vida, el barniz tus valores.

Realmente quien es princesa, ángel, destello de cielo, musa, ente femenino, amante del silencio interior y amor eterno, refleja un concepto de belleza superior. Como que sus cosméticos son de fórmulas secretas. Los sentimientos, lo sabes bien, son el mejor maquillaje porque no se apaga ni desvanece. Permanecen toda la vida. Son colores que lucen preciosos y sublimes durante los años juveniles y los días de la ancianidad. Es una belleza inextinguible.

Veo en tu rostro, en tus rasgos, el encanto de un tinte mágico, casi etéreo, que en secreto expresa a mis sentidos que traes contigo la señal de los elegidos, el rubor de quienes muestran la pureza de sus almas, la arcilla de la que están hechos quienes traen consigo una misión superior.

Eres el color de mi inspiración, la tonalidad del amor que me regalas cada día, la gama de tus sentimientos, la tintura de tus detalles, la paleta de tu riqueza. En ti descubro los colores de la eternidad.

Entiendo que cuando Dios te creó, pintó tu rostro con tintes naturales que sólo existen en ciertos parajes del cielo, con la intención, parece, de que yo te reconociera para entregarte mi más puro amor, hacerte muy feliz y consentirte cada día.

También pienso que Dios maquilla a ciertos seres para que uno, al identificarlos, los proteja, disperse colores en su camino y vaya a su lado para experimentar la dicha del amor.

Siempre he pensado que tu maquillaje natural es reflejo de la belleza de tu alma. Todos los días, al amanecer, despiertas con los cosméticos del amor, la alegría y la ilusión. El silencio interior en que sueles entrar, la práctica de un código de vida especial, te dan un aspecto tan especial y hermoso.

Eres cielo y mundo, alma y ser humano, ángel y mujer. Cuando miro tus manos realizar alguna obra humanitaria, ayudar a quienes lo necesitan o dar un toque femenino a todo lo que emprendes, veo un resplandor en ti que me indica que eres dama y fragmento de un jardín especial.

Tienes los colores que Dios inventó alguna vez, cuando decidió pintar la belleza de su paraíso. Eres maquillaje del cielo, del amor, de los sentimientos, de la vida, de la alegría, de la historia que tú y yo compartimos.

Insisto, a esta hora de mi existencia, que contigo he recibido una gama de colores mágicos y de ensueño, un regalo de alegría, una mujer que pinta su rostro con las tonalidades del amor y los sentimientos más bellos y excelsos.

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