Capacho, rincón de la zona lacustre de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Está en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, pero también entre el lago, las ruinas arqueológicas de Huandacareo y el monumental ex convento agustino y colonial de Santa María Magdalena, en Cuitzeo.

No lo han borrado las centurias ni el viento. Cuando en determinados ciclos renace el lago de Cuitzeo y maquilla su rostro con el crepúsculo dorado del amanecer y amarillo, naranja y rojizo de los minutos postreros de la tarde o refleja la caminata pasajera de las nubes, la profundidad del cielo y los carrizos, árboles, nopaleras, cactus y plantas que crecen en la orilla, las luces y siluetas del caserío asoman en las noches.

El de Cuitzeo es un lago de ciclos. Cuando el nivel del agua es suficiente, se transforma en espejo enorme, en mundo de garzas, patos y aves que hunden sus picos para atrapar a los peces. El viento riza el manto acuático.

Tras la somnolencia de la noche y la madrugada, Capacho, asentamiento de origen purépecha que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”, despierta ante el trinar de las aves que se refugian en el follaje de los árboles, el tañido del campanario y los rumores del aire.

Las callejuelas desoladas y silenciosas, acostumbradas al paso de generaciones, despiertan y reciben la algarabía de los niños que juegan e inventan su mundo, de los hombres que se dedican a la labranza, de las mujeres que acuden al amasijo, al nixtamal, a la tienda.

En otras horas, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, estuvo poblada por indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides. Es allá, en un rincón añejo de la loma de Capacho, donde asoma el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, en su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen en el ambiente de un pueblo lacustre.

Relata la tradición, atrapada en los días virreinales, que El Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores del poblado, fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto y desolado, que se encontraba resguardado por una pilq de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, decidieron trasladar la imagen a Cuitzeo tras pensar que aparecería el dueño de la imagen para reclamarla. Transcurrieron los días, las semanas, sin que alguien se acreditara como propietario de la escultura.

Otra versión, dentro de la tradición oral, narra que durante las horas ya distantes de la Colonia, dos personas, una de Capacho y otra de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado y acordaron que cierto período del año permanecería resguardada en el primer pueblo y la otra, en tanto, en el segundo.

No obstante, en sus conversaciones, algunos ancianos coinciden en que no fueron dos personas quienes descubrieron al Señor de la Expiración o de Capacho en el paraje montaraz, sino tres. Dos de ellos eran originarios de Capacho y el otro, en tanto, de Cuitzeo. Esto originó que se tomará la decisión de que la imagen permanezca la mayor parte del tiempo en Capacho y menor período en Cuitzeo.

A partir de entonces, quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de la Expiración o de Capacho en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, en junio, a Cuitzeo.

Se trata de una gran festividad. Los moradores se unen a la procesión y caminan bajo el sol, entre la campiña y el lago, en medio de oraciones, juegos pirotécnicos y música de banda de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Señor de la Expiración es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera y recibe con intensa devoción y júbilo.

Tal vez uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Es un relieve peculiar e irrepetible que desde hace más de dos siglos exhibe tres rostros que aluden a la Santísima Trinidad.

El efecto fue creado por un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor indígena talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman tres rostros.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen en lazados como los rostros donde reposa la cruz atrial.

Quien admire la talla colonial, descubrirá que en el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen los ejes horizontal y vertical, se encuentra el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos ensangrentadas.

Adicionalmente, existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Tras la incansable travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que en Michoacán existen incontables historias por desentrañar, y que pueblos como el de Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo, merecen un recorrido turístico.

Capacho se sitúa a mil 849 metros sobre el nivel del mar y se localiza en el municipio michoacano de Huandacareo. El recorrido de Morelia a Capacho, consta de 40.5 kilómetros, es decir un viaje de alrededor de 41 minutos. Una vez que el automovilista llegue a Cuitzeo, tendrá que tomar la dirección a Huandacareo para llegar a Capacho.

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Al amor se le sueña y se le vive

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si soñamos el amor? ¿Y si lo vivimos?

Al amor se le escribe un poema, un texto, palabras reunidas en una página, un libro o alguna servilleta, y quizá hasta en una hoja de papel que se enrolla e introduce en una botella de cristal que se arroja al océano con la esperanza e ilusión de que las olas la lleven a otras fronteras, a rutas insospechadas, a una isla o al fondo marino, donde los rumores de las profundidades repiten tu nombre y el mío e invitan a protagonizar una historia. Al amor se le pinta en un lienzo, en un muro, en una superficie, en ti y en mí, tal vez con los matices sustraídos de la paleta de Dios, para no olvidar que la vida y los sentimientos son tan bellos que parecen fragmentos y suspiros del paraíso. Al amor se le dibuja, se le traza, probablemente para dejar sonrisas, alegría, juegos y pureza. Al amor se le esculpe, se le talla, para que uno recuerde el resplandor de los detalles cotidianos. Al amor se le canta y se le dedican melodías encantadoras y sublimes, seguramente con el objetivo de atraer la alegría y los murmullos de la creación, replicar la plenitud y el ritmo del universo. Al amor, sobre todo, se le sueña y se le vive cada momento porque cuando es auténtico, fiel y puro, alumbra a los seres que lo experimentan. Al amor se le mantiene vivo con detalles, sonrisas, ilusiones, promesas, sueños, realidades, palabras y hechos. Es cuando uno dice: “mi amor eres tú. Yo soy tu amor. No me siento capaz de destruirnos con un engaño; al contrario, deseo conquistar la cumbre para compartirte la aventura de la vida. Tú eres yo. Yo soy tú”. Al amor se le inscribe en el cielo con letras de cristal y se le graban tu nombre y el mío.

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Ahora que hay tiempo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si volamos entre el mundo y el cielo para hacer de la vida un sueño y convertir las quimeras e ilusiones en realidad permanente? ¿Y si al planear en el aire, libres y plenos, descubrimos que la temporalidad sólo es fragmento de la eternidad? ¿Y si recordamos, entonces, que alguna vez jugamos en la estancia de Dios y que el enamoramiento entre tú y yo es parte de una ecuación prodigiosa?

Ahora que hay tiempo, descorro la cortina de mis sentimientos con la idea de que sepas que anoche, mientras dormías, diseñé y elaboré unas sandalias de hojas de textura fina y pétalos fragantes, que esta mañana, al despertar, coloco en tus pies con el objetivo de que me acompañes a caminar por el mundo para reír, jugar, vivir y soñar el cielo.

No reservo los detalles para otro momento porque entiendo que cada instante es una réplica irrepetible e impaciente del tiempo, y que las palabras y los hechos que archive para más tarde entregarlos, podrían quedar atrapados en las mazmorras del olvido o del silencio si el próximo minuto y suspiro se apagaran y no llegaran a mí.

Guardo, eso sí, los capítulos, encuentros y recuerdos más bellos de nuestra historia, y no porque tenga necesidad de conservarlos para un día justificar lo que viví ni por creer que alguna vez me sentiré solo y será alivio de mis dolores, sino por la belleza y luminosidad de cada uno. Son vida que se acumula y define el futuro que es ayer y hoy porque en el círculo del infinito no hay principio ni final que condicionen la alegría, el amor y los sentimientos más sublimes.

Identifico los sentimientos que me mueven y los separo para colocarlos en un sobre y enviártelo con el hálito del viento, el encanto de la nieve y la magia de la lluvia. Quiero que al abrirlo, descubras las burbujas de detalles, promesas y regalos que contiene. Y rectifico, haré dos copias del sobre encantado para que uno llegue a tu domicilio en el mundo y otro a tu morada en el cielo. No olvido que permanecemos en la temporalidad y que tienes nombre de ángel.

Es hora de abrir un paréntesis, distraer la mirada del reloj, con la intención de entregarte la locura de mi amor, la demencia de mis sentimientos, el delirio de mis sueños y realidades. Deseo girar contigo en una espiral para que sientas que ambos somos la fórmula prodigiosa e inextinguible del tu y yo en el mundo y el palpitar de la inmortalidad.

Nunca antes, como hoy, había roto los barrotes para escapar de la celda y descubrir el palacio, sentir el aire de la libertad y explorar la alegría de la vida, escuchar los rumores de la creación y reconocer el encanto de tu mirada, el sabor de tus labios y la voz de tu corazón.

Escombro las habitaciones de mi morada y barnizo los pisos con los colores del paraíso para que tu paso sea airoso y feliz, y te quedes a mi lado, en la geometría y las profundidades de mi alma, donde sólo cabes tú por ser ambos la medida de un amor que se experimenta en la vida y los sueños.

Guío mis sentimientos, los ordeno y conservo para ti. Hoy, que es temprano, me anticipo a las horas de la tarde y la noche, antes de que el frío y la oscuridad pretendan entumir mis anhelos, para confesarte que la puerta de mi enamoramiento está clausurada porque tú eres no forastera ni huésped temporal, sino la compañera y el complemento de mi alma. Mis días son los tuyos. Tu dimensión es la mía.

Refrendo, ahora que hay tiempo, la promesa de un amor fiel e inagotable, excelso y con horas y capítulos subyugantes. Atraigo, por lo mismo, las burbujas de cristal y gotas de lluvia que contienen los detalles, regalos y sorpresas que reservo para ti, mi admiración creciente y el consentimiento a una niña que es dama, tesoro femenino y relicario del cielo.

Es hora de suprimir cerrojos. Aún no anochece. Hay que dar alojamiento al amor perenne, la alegría, los juegos, la risa, los detalles, la confianza, el consentimiento, la comunicación, las ilusiones, los sueños y las realidades de nuestra historia, con sus claroscuros inherentes.

Todavía hay tiempo de mirarnos con dulzura a los ojos para reconocernos y protagonizar en el mundo el guión de una historia esplendorosa e inolvidable, sin importar los abismos, barreras y fronteras de los juicios y prejuicios humanos. Es hora de emprender el vuelo juntos y sentir el viento de la libertad.

Es momento de acercarme a ti, mirarte a los ojos e invitarte, como cada día lo hacemos, a renovar la locura de este amor, enamorarnos cotidianamente hasta traspasar los límites de la finitud y así llegar, unidos, a las mansiones de la eternidad.

Confieso mi anhelo de declararte mi amor cada amanecer y anochecer, e incluso llamarte una madrugada para hablar, con la advertencia de que soy un caballero que desea una dama, capaz, si es preciso, de conquistar el mundo y escalar las cumbres y llegar al cielo o fabricar una silla para cedértela, diseñar un sendero hermoso y floreado o construir un puente para alcanzar las estrellas y el infinito.

Hoy es oportuno hablar y vivir, conjugar las palabras en hechos. Este minuto y las horas, los días y los años que siguen son para fundirnos en el amor más fiel y puro, reír sin límite, hacer locuras e idear travesuras, jugar como dos chiquillos ingenuos, correr, andar aquí y allá, beber café, comer postres, brincar, asistir al cine y al teatro, bailar durante la lluvia, pasear, envolver promesas y sueños en globos de colores, oler el perfume de las flores.

Ahora que hay tiempo, te convierto en musa de mi poesía, inspiración de mis obras, letra de mis textos, nota de mi música, talla de mi figura y matiz de mi lienzo. Eres amanecer y anochecer de mi existencia porque contigo descubro el principio y el fin, el círculo de la inmortalidad.

Venimos temporalmente a ser felices, experimentar la vida, reconocernos en el amor, crecer y retornar a la morada. Es el sueño de la vida, el lapso entre la casa temporal y la morada celeste.

Es momento, ahora que hay tiempo, de desmantelar las cosas inservibles, demoler los paredones inútiles y derruir los prejuicios, creencias y juicios del mundo que suelen transformarse en abismos que distraen y consumen los mejores instantes de la vida.

Somos resultado de la ecuación de Dios, medida de un encanto llamado amor, consecuencia de un decreto que fundió tu alma y la mía en un crisol, producto de una unión que gira en la espiral de la inmortalidad.

Tenemos oportunidad, a pesar del tiempo y los días, cautivos en relojes y calendarios, de darnos el más dulce de los besos, mirarnos a los ojos una noche romántica e inolvidable de lluvia y estrellas o fundirnos en el silencio de nuestro interior.

Insisto en que las mejores historias son como la nuestra. Somos criaturas infinitas. Los capítulos que compartimos en la hora actual, partieron de un reencuentro porque créeme, tú y yo venimos de la estancia de Dios, donde jugábamos y reíamos como dos criaturas enamoradas.

Te invito, ahora que hay tiempo, a volar entre el mundo y el cielo para que al contemplar los pliegues marinos y las cuentas plateadas del firmamento, entendamos que son parte de lo mismo, como tú y yo, y que si deseamos experimentar las realidades y vivencias terrenas o disfrutar los sueños del paraíso, sólo es cuestión de darle sentido al camino, a la ruta, acaso porque somos viajeros incansables, probablemente por venir de la misma fuente, quizá por el amor que identifica a nuestras almas, tal vez por todo.

Es hoy y cada instante la fecha y la hora de amarnos. Incontables seres humanos esperan otro minuto, algún segundo impreciso, para darse la oportunidad de amar, y con frecuencia nunca llega la embarcación de sus sueños o es demasiado tarde para hundir los pies en el barro y sentir el pulso de la vida, el palpitar del universo, los latidos de la creación.

Ahora que hay tiempo, evito los áticos y los sótanos porque no quiero archivar las palabras que te escribo, ocultar los sentimientos que me inspiras y negarme la libertad y el permiso de experimentar y vivir un gran amor.

Mi amor, con el delirio y la intensidad que le acompañan, no quedará expuesto en mazmorras desoladas porque el polvo, el tiempo y el olvido lo despedazarían y nuestra relación sería como tantas que deambulan mutiladas y tristes porque un día perdieron la dicha y el encanto de la emoción, la confianza,la  comunicación y las ilusiones.

Otro instante y muchos más se han acumulado desde que decidí repetir a tu oído que te amo e invitarte, ahora que hay tiempo, a vivir plenamente la historia de un romance irrepetible, mágico e inolvidable que no tiene fecha de caducidad porque se trata de las páginas que Dios arrancó de su libro para darnos oportunidad de escribir el secreto de un enamoramiento tal que convierte el mar en cielo y la brevedad de nuestra estancia en eternidad.

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Pedro Dávalos Cotonieto, la pasión de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana.

Arranca o sustrae la inspiración para adornar la estancia en el mundo. Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Quizá el artista auténtico -no el de poses en los cafetines y conferencias barnizadas de arrogancia- es la criatura extraña del vecindario; sin embargo, es el creador, el que aporta luces en un mundo cargado de discordia, materialismo y violencia.

El arte es entrega interminable, incesante proceso creativo que implica dar y aportar, aunque a veces, por no decir que con frecuencia, el juicio colectivo y las carencias económicas sean abrumadoras.

Resulta innegable que en cada obra hay motivos, horas y hasta años de producción e inspiración; pero también es cierto que tras el artista existen una historia, un ayer, un significado, una justificación, un mensaje.

Pedro, el artista

Tal vez sea la razón por la que Pedro no sea el Pedro ingeniero que soñaron sus padres, ni tampoco el Pedro corredor de autos y torero de los primeros años de juventud, sino el Pedro artista, el Pedro que desde la infancia arrancaba hojas a los cuadernos de sus hermanos para dibujar y pintar.

Pedro Dávalos Cotonieto recuerda, a sus 71 años de edad, sus años juveniles. En algún rincón de Tupátaro, enclavado en el municipio michoacano de Huiramba, el maestro refiere que desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad, los quehaceres académicos a los que se dedicaba. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches. Estaba por venir lo peor, sospechó el joven.

Como ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza escultórica, la del Cordobés.

El padre, encolerizado, exigió que mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la finalidad de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación paterna fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega abandonada, en un departamento húmedo y pestilente, en algún sitio descuidado, con el objetivo de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o drogas. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios: su casa y sus estudios de Ingeniería Mecánica o el arte y la calle. Esa noche tendría que tomar la decisión. Y eligió.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría durante su vida. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable. Llegaría puntual y de frente al encuentro con el arte.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el propósito de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado, ingeniero o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir. Los quicios de las iglesias eran idóneos para pasar la noche.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él.

Una trayectoria

De 1994 a 1998, Pedro Dávalos Cotonieto participó en la restauración del frontal de caña de maíz, fechado en 1765, único en el mundo por sus características. Cabe destacar que el rescate del frontal, marcó interés de la comunidad indígena de Tupátaro para aprender, conocer y manejar la técnica de escultura de caña de maíz, perdida durante más de dos centurias en la región, lo que ocasionó que el artista fuera comisionado, a partir de 1998, como instructor de un curso sobre “Manufactura de los frontales de caña de maíz”, antecedente del actual taller para el rescate y la enseñanza de la técnica ancestral conocida como “pasta de caña de maíz”.

El artista radica en Tupátaro desde hace 18 años, donde su influencia ha sido determinante para que los habitantes de la población tengan conciencia sobre el cuidado y la protección de su acervo cultural e histórico; pero también un aprendizaje continuo dentro de la formación en la técnica de pasta de caña de maíz para que la comunidad se arraigue y cuente con la oportunidad de crear piezas que den sustento digno a las familias.

Ha influido en el rescate de los altares de muertos, la danza, el vestuario y la gastronomía de Michoacán. Esto se ha traducido en que el pueblo haya recobrado su folklore y su vocación artesanal.

Paralelamente, el artista ha impulsado, en la misma población, actividades culturales como conciertos musicales, danza moderna y contemporánea y teatro. Más allá de haber formado dos bibliotecas sobre diversos temas en el poblado que actualmente ese admirado por incontables turistas nacionales y extranjeros, el maestro Dávalos Cotonieto recorre periódicamente comunidades dentro del Faro de Bucerías, El Sabino y Capacho, en los municipios de Aquila, Uruapan y Capacho, para llevar cultura a niños y adolescentes que viven en los rincones más apartados. Su proyecto se denomina “El arte de la cañita, una alternativa cultural, educativa y de sustentabilidad en el medio rural”, respaldado por la Federación.

A nivel nacional, dentro de su carrera artística que prácticamente inició desde la infancia, el maestro, quien se ha distinguido como escultor en modelado, realizó una multiplicidad de obras relacionadas con diversas culturas del mundo -asirias, egipcias, griegas, estruscas, sumerias, africanas, chinas y romanas- para  el Museo Nacional de las Culturas; además, es pionero en México en el empleo de resina poliéster y cargas minerales, lo que le permitió crear reproducciones de monolitos de grandes dimensiones, entre los que destacan la Coyolxauhqui, el calendario solar y la maqueta del Templo Mayor.

El artista Dávalos Cotonieto participó, dentro de su carrera, en tareas de rescate, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico en Monte Albán, Tula, La Venta, Palenque, Tikal, Bonampak, Yaxchilan y Uaxctun e incluso Copán, Honduras, de manera que gran número de sus facsímiles se encuentran expuestos en los museos de Antropología e Historia, el de las Culturas y el de Xochimilco, en la Ciudad de México; aunque también en el de Baja California y en el Jardín de la Escultura Mexicana, en Santiago Tupátaro. Se encuentran, igualmente, en países como Japón, precisamente para que el mundo conozca la cultura mexicana.

Docente en diferentes instituciones universitarias durante alguna etapa de su vida, actualmente lo es en el Centro de Capacitación para el Trabajo “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez”, el cual se encuentra acreditado y fundó en 2011 en Tupátaro, cuya relevancia estriba, precisamente, en la certificación de la enseñanza de las técnicas y los oficios en la escuela de caña de maíz en Michoacán.

Adicionalmente, ha participado en diversos festivales y exposiciones a nivel estatal, nacional e internacional, como el Festival del Juguete, con respaldo del Museo Papalote, para lo que recorrió Chicago, San Diego, Texas y Washington, entre 2007 y 2012.

Con sus alumnos, ha llevado artesanía, danza y gastronomía a diferentes festivales en Dallas y Lufkin, Texas. Sus alumnas han tenido una participación trascendental en el Concurso de Artesanías de Domingo de Ramos, en Uruapan, ya que de 2005 a 2016 han obtenido nueve premios en categoría de escultura de caña de maíz.

Pedro Dávalos Cotonieto refiere que cuando anda por las comunidades, con una caja de cartón, la gente le pregunta si vende algo. Sonríe y contesta que ofrece arte. Sabe que el arte cambia los rostros de los pueblos y es la razón, dice, por la que inculca en niños y jóvenes ese estilo de vida.

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La Alberca, en el cerro de Los Espinos, trozo paradisíaco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas veraniegas, el aire dispersa los aromas a tierra mojada, hierbas y flores silvestres. Los senderos conducen a parajes intrincados, donde los insectos se refugian. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo acaricia la piel y sonroja los rostros de los caminantes.

Los rumores de la naturaleza se mezclan con el crujido de las varas al ser pisadas por los viajeros, quienes contemplan la llanura de lo que otrora fue la ciénaga de Zacapu, circundada por montañas que se abrazan en un ciclo imperturbable de auroras y ocasos, primaveras y veranos, otoños e inviernos.

En determinados parajes, las mariposas revolotean y posan, frágiles, sobre las flores ufanas y policromadas, mientras los pájaros hurtan las semillas, pican los frutos, atrapan insectos o vuelan raudos a las frondas de intenso verdor.

Parece como si todo, en la naturaleza, tuviera una correspondencia, de tal manera que las hojas que desprende el viento, la flor que coexiste imperceptible entre la intensidad del verdor y las gotas de lluvia, mantienen relación con las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata.

Cuando uno llega, finalmente, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, siente embeleso al contemplar el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del aire, que refleja las siluetas del bosque y el coqueteo de las nubes de efímera existencia.

El paisaje lacustre es imponente. Cautiva. Al admirar la vegetación y el manto acuífero, uno tiene la sensación de encontrarse en un mundo mágico, en un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, a salvo de las fauces de la modernidad.

A una hora y otra, en la mañana y la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a contemplar el paisaje o caminar y correr por las veredas.

Durante las mañanas nebulosas y frías o las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, donde el agua responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, que recibe la mirada del sol. Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en el agua.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cono imponente.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza. Percibe el palpitar de la vida en cada rincón. El turista siente el aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y manos.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo parece nota del mismo concierto.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Relata la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje de rasgos lacustres y volcánicos.

Ya en los días coloniales, las mujeres que descendían con la intención de bañarse y lavar ropa, eran asustadas por el diablo que allí se refugiaba, según la leyenda, de manera que su enojo era tanto que provocaba remolinos y que el agua se agitara hasta impactarse contra la orilla.

Las mujeres corrían despavoridas por la escarpa para huir de aquel fenómeno. Quienes volteaban, descubrían aterradas el rostro del demonio asomado en medio del lago. Algunas murieron ahogadas o se accidentaban durante las huidas.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

El religioso acudió al cráter, acompañado de la comunidad indígena, donde expulsó al demonio, quien provocó un enorme e imponente remolino de agua antes de marcharse. Tras la agitación del lago, prevalecieron la calma y el silencio.

Ya en ese momento, próximo a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España en busca de aventura y fortuna, él, fray Jacobo Daciano, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Fundó diversas poblaciones, como Zacapu. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado o musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distrae su atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. Da la impresión de que el silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un delicioso arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente pleno y libre.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes, el pulso de la naturaleza y la vida.

Cuando hace algunos años, investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No detectaron fácilmente el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra, pero la profundidad máxima es de 32.5 metros.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénaga de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénaga de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénagas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella, como la de hoy, irracional: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénaga de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un trozo del poema de la vida. Vivencias y fotografías para el recuerdo.

De acuerdo con datos oficiales, el lago tiene forma semicircular. Los especialistas calculan que se trata de 370 metros de diámetro en una superficie de 11 hectáreas; además, la máxima profundidad es de aproximadamente 32.5 metros.

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Más de una centuria entre flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre arreglos florales que provocan suspiros y enamoramiento, bouquets con burbujas de alegría, promesas e ilusiones, rosas y tulipanes que roban el aliento y coronas que se solidarizan con el luto, el dolor y las lágrimas, aparece don Guillermo, el propietario de la ya centenaria empresa familiar “Florería Tere”, quien a sus 88 años de edad asegura que el secreto para conservarse sano es “comer adecuadamente, dormir bien, no causar daño y trabajar, dedicarse a la vida productiva”.

Guillermo Fabián Reyes es un artífice. De cada arreglo floral, sencillo o complejo, hace un poema, una obra natural con armonía y equilibrio, con matices y fragancias que embelesan.

Hijo de doña Teresa Reyes Corona, moreliana nacida en postrimerías del siglo XIX y quien durante las horas de 1915, cuando México se encontraba ante los abismos de la historia, fundó su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, ha dedicado los días de su vida a la empresa familiar que de alguna manera ha participado, a través de sus arreglos, en romances, fiestas y luto de los moradores de la capital michoacana.

Y es que las flores tienen algún encanto que acompañan a los seres humanos en sus momentos de alegría e instantes de tristeza. De rostros finos, brotan de la intimidad de la tierra y exhiben y presumen sus aromas, tonalidades y formas, como si vinieran de algún vergel lejano.

Igual que las nubes, la lluvia y el rocío, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de la vorágine de la existencia, un fragmento para deleitarse, enamorar a alguien, expresar sentimientos o solidaridad.

De intensa policromía, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de la montaña, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles y piedras, o en campos de cultivo, con el pulso de la naturaleza, para acompañar a los serse humanos en todos los momentos de sus vidas, y eso lo sabe muy bien don Guillermo, como le llaman todos en el Mercado Independencia, en la ciudad de Morelia.

Es innegable que desde la aurora hasta el ocaso de la existencia, hombres y mujeres están acompañados de flores en casi todos los momentos. Y si existen dudas, ¿no acaso alguien obsequia un ramo a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente hay quienes llevan arreglos y coronas a un funeral o un sepulcro? Se encuentran en los escenarios naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y las tristezas. ¿Quién no ha experimentado algún sentimiento al recibir una flor?

Recuerdan, igualmente, la fugacidad de los días. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asuman su cutis maquillado y aromático al cielo. Todas son hermosas y tienen un nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, margaritas, orquídeas, tulipanes, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, como la música, fronteras.

Quizá a doña Teresa la arrobaron el encanto y la magia de las flores y, por lo mismo, en 1915 decidió fundar su negocio. Emprendedora, como lo fueron sus padres la centuria anterior, la decimonovena, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a unos metros del acueducto barroco y virreinal de Morelia, donde coexistían innumerables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines. Los claveles, en tanto, abundaban en otro rumbo de la ciudad, por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente, rumbo al cerro del Punhuato, unos metros antes del final de los arcos de cantera.

Don Guillermo, el hijo de Teresa, recuerda que amplio y distribuido en lo que actualmente es Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad de Morelia el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces. En su interior operaban los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, permanecían los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

Con cierta nostalgia, don Guillermo recuerda que el Mercado Valladolid era mundo pequeño, hogar, escenario donde los comerciantes llevaban a cabo su convivencia diaria y compartían alegrías y dolores, noticias y acontecimientos. Asegura que “parecíamos una gran familia. Todos nos conocíamos”. Cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir su historia.

Tras hacer un paréntesis, don Guillermo refiere que “en el Mercado Valladolid, que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos relación entre nosotros y con los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico”.

Entre las remembranzas de don Guillermo, aparece de nuevo la imagen de su madre, doña Teresa, quien adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia. “Las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, entre 1938 y 1940”, completa”.

Los rumores de la historia flotan en el ambiente. Llegan otros recuerdos a su memoria. Muestra el calendario que data de 1965, ejemplar de los almanaques que por última vez entregó su madre. El calendario exhibe el nombre del negocio materno, “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; entonces, los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Don Guillermo reconoce que las flores de plástico, muchas procedentes de China, han reducido en un porcentaje alarmante el mercado de las especies naturales. Sabe, también, que hay flores para la vida y la muerte, las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos, la nieve y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Con 102 años de antigüedad, la empresa familiar genera empleos, asegura don Guillermo, quien afirma nostálgico y con gesto de satisfacción y la tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, que no le gustaría que la florería concluyera actividades cuando él se retire del camino; al contrario, “me encantará que siga acumulando experiencia e historia y muchas satisfacciones y beneficios para todos”, finaliza y retorna a sus labores, al diseño y elaboración de arreglos.

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Encanto sutil

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…y es que sólo pienso en ti

Hay un encanto sutil en la naturaleza, una dulzura especial en la vida, una fuerza en el universo, algo bello y sublime que conecta el interior humano con el círculo interminable de la creación, como si una inteligencia superior pretendiera transmitir un mensaje, un código, un secreto, la idea de que el amor tiene la magia y el poder de transformar el material gélido, indiferente y yerto en sustancia etérea y viva. En el cosmos y el mundo, el amor parece surgir de una fuente luminosa, de un plano en el que dar es un servicio hermoso y permanente. Lo veo en la lluvia, el viento, el río y el mar. Desde la aurora, al asomar el sol dorado entre las siluetas de las montañas, hasta el atardecer, cuando el cielo y el océano se besan y prenden el horizonte de matices amarillos, naranjas y rojizos, el oleaje regala a la mirada tonos azulados, jade y turquesa, y rescata de sus profundidades fragmentos de tesoros escondidos, detalles que entrega a la arena, a la playa. En las noches, cuelgan en la pinacoteca celeste incontables estrellas. Existe un enamoramiento tan intenso, que el cielo es mar y el océano firmamento. Las olas y la arena jamás renuncian a su unión y fidelidad, de tal manera que ni los huracanes ni las tormentas los separan. Es así, color de mi vida, como pretendo expresarte el delirio de mis sentimientos y hacer del minuto que pasa la extensión de un plano donde las matemáticas del reloj y la geometría del espacio son imaginarios. Quiero hacer de cada día el inicio de una relación, la historia de un amor inolvidable, la emoción de un encuentro, la sorpresa de un detalle, la realidad de un sueño, la fantasía de nuestras vidas. Igual que el océano cuando sustrae sus más preciados tesoros para ofrecerlos a la playa, pretendo sumergirme en mí para compartirte el delirio de mi amor y cubrir tus días con la magia de la alegría e ilusión que sólo conoce quien ha descubierto la otra parte de sí a su lado y en su interior.

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Mis sueños y mi vida…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…es que tras mucho andar, aprendimos que la hojarasca es una alfombra de matices amarillos, dorados, naranjas y rojizos que cautivan los sentidos y sólo son paisaje ante la ausencia de un camino

En todo detecto un sentido, una verdad, un camino. La belleza de una flor, el encanto de un texto en alguna servilleta o la alegría y emoción de una declaración de amor, se desvanecen cuando se les atrapa en los planos de la bodega y el sótano y no se les contempla e incluye en los jardines y las terrazas. No niego que la vida es sueño, pero las quimeras e ilusiones son para experimentarse durante los minutos y los años de la existencia. El amor no se almacena entre archiveros y cosas olvidadas e inútiles, en un ático, porque se empolva y humedece. El amor, insisto, se vive cada instante. Ahora sé que lo más importante no es la belleza del poema que me inspiras, es la palabra transformada en realidad; no es el encanto de las burbujas de cristal que flotan aquí y allá, son los detalles, la traducción de su significado, el valor de experimentar un amor especial e irrepetible. No son la alegría de los sueños e ilusiones -ornatos hermosos e imprescindibles de los sentimientos-, sino las huellas que dejamos al transformarlos en realidad. No son los dibujos que trazo, las pinturas que plasmo en el lienzo, la música que compongo y anoto en el pentagrama y los textos que escribo, de por sí sublimes por tratarse de arte e impulsos que vienen de lo alto y del interior, es la historia que compartimos con sus formas, matices y rumores. Al escribirte poemas y textos, doy idea de que eres mi destino, la ruta que disfrutamos inseparables, y que vivimos la locura de un amor, que volvemos a ser niños y permanecemos envueltos en la esencia etérea que da expresión a las flores, al oleaje, a la nieve, a los crepúsculos y al cielo; sin embargo, lo mejor de todo, tú lo sabes, es que más allá de este delirio, hemos convertido nuestros sueños, ideales, promesas y sentimientos en estilo de vida, en realidad. Al componer los poemas y textos que me inspiras, no es que desee hilvanar adornos y fachadas, es porque poseemos la fórmula para que sueños e ilusionen signifiquen lo mismo que realidad, rumbo y vida. Hoy entiendo que eres mi sueño y mi vida y que tan importantes son la magia de las palabras, el deleite de las promesas y el arrullo de las ilusiones, como el encanto de la realidad. Lo repito: eres mi sueño y mi vida.

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Amarte…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Amarte es soñar que vivimos, hacer de la existencia un relato de quimeras, saltar del mundo al cielo entre un suspiro y otro. Amarte tiene significado en la historia que compartimos, en el instante que corre, en lo que hemos convertido nuestras existencias, en el mensaje del viento…

Amarte es jugar contigo una mañana de primavera, soñarte una noche de verano, tomar tus manos una tarde otoñal, mirarnos alguna hora de invierno. Amarte es anticiparme a la aurora y colocar una flor en tu almohada, sorprenderte con el almuerzo a media mañana, compartir lecturas y películas una tarde de neblina o lluvia, adelantarme al ocaso para regalarte la primera estrella y cubrirte si el sueño te atrapa en el sillón. Amarte no significa firmar un contrato ni someternos a una obligación porque es un vuelo libre y pleno entre las olas y las nubes, en medio del océano y el cielo. Amarte es soñar y vivir. Amarte es compartir la más subyugante historia en el mundo y el paraíso. Amarte es fabricar burbujas de ilusiones, quimeras y realidades. Amarte es reír tanto, que nuestras lágrimas dulces desvanezcan y enjuguen las amargas cuando en determinados instantes, por causas naturales o inesparadas, aparezcan. Amarte es besar y acariciar tu rostro lozano y reconocerte y dar lo mejor de mí cuando tu frente y tu cutis exhiban los pliegues del tiempo. Amarte es disfrutar tu cabello abundante, tu belleza natural, tu mirada de espejo, para más tarde, en la hora postrera, contemplar tus canas y gozar el resplandor de tu alma. Amarte es andar juntos entre el sí y el no de la vida, pasear, beber café y comer postres, pisar charcos y salpicarnos, protagonizar capítulos que se almacenan en la memoria, en la alacena de las remembranzas, y sentirlos en cada latido del corazón. Amarte es hurtar la rosa o el tulipán de un jardín o pedirle al florista que haga de un arreglo o un bouquet el más bello poema que te enviaré con la declaración de mayor romanticismo. Amarte es pulverizar la majestuosidad del universo para sembrar tu camino y tus días de detalles. Amarte es sentirte en mis horas de inspiración. Esto significa que siempre serás mi musa y yo tu amante de la pluma. Amarte es un estilo de vida, un destino, una historia, un suspiro.

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Significado

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Distraigo al reloj para que su caminata sea lenta y torpe, mientras rapto sus instantes con la intención de dedicarlos a ti, a trazar palabras que den idea de mis sentimientos

Pienso en ti y te percibo en mí porque eres extensión de mis sentimientos, geometría de mis sueños y ecuación de mi realidad. Estás en mí, en mi memoria, en mis pensamientos, porque eres fórmula de mi proyecto existencial, motivo de mis reflexiones y causa de mi sonrisa. Te encuentras en la superficie y las honduras de mi corazón por ser imagen de tu mirada de espejo, refugio de mis anhelos e ilusiones, diseño de un amor inagotable. Permaneces en mi mirada porque me gustas, sí, me encantan tus ojos, tus labios, tus manos. Eres estación de mis días en el mundo porque he decidido quedarme a tu lado siempre, hasta que abordemos el navío en algún puerto y viajemos a otras rutas. Te considero mi destino porque lates en mi corazón, te presiento en mis horas inmortales y busco para ambos la permanencia definitiva en las mansiones donde amanecer y anochecer, sí y no, arriba y abajo, son lo mismo por provenir de un manantial perenne y una inteligencia superior que todo lo envuelve. Te concibo en mi historia de ayer porque ya estuvimos, desde el principio, en los barandales y salones de un palacio etéreo, en los cuneros y jardines de Dios; de hoy, por ser mi realidad mientras permanezco aquí, en el mundo; de mañana, por saber que ambos palpitamos en la fuente de una luz que se siente y distingue en ti, en mí, en el follaje que recibe los ósculos del aire, en la lluvia y la nieve con su encanto mágico, en el silencio y los rumores de Dios y del universo. Eres mi musa por inspirarme cada mañana y noche, cuando me sumerjo en las profundidades del arte, la sensibilidad y las ideas. Te incluyo en mí porque tu código y el mío son idénticos y buscamos el silencio, la verdad y el bien. Te siento en mí y pienso en ti porque un amor fiel e inquebrantable es el vuelo libre, pleno y feliz a planos excelsos.

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