La primera vez

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te miré. Reconocí tu rostro, la luz de tu interior, el reflejo de tus ojos. Te sentí en mí, en mi alma, en todo mi mundo. Temí perderte en los confines del universo. Me acerqué a ti. No estaba dispuesto a que abordaras el tren a estaciones desconocidas y lejanas. Entonces asomé a tu mirada y me vi retratado. Escuché la voz de mi interior que dijo “es ella, tu compañera de juegos en la espiral del cielo. No la dejes partir. Es tu otro yo. Eres su otro tú. Háblale y recuérdale con son ambos, ella y tú, los niños de Dios, las criaturas de un paraíso que está presente en su interior, que pulsa en las mansiones de sus seres, en las hojas, en el agua y donde nacen las estrellas y reposan el día y la noche… Dile que la amas. Recuérdale los otros días del infinito. Dale tu amor y hazla muy feliz siempre porque ella eres tú. La rueda del destino ha cambiado. Los secretos de este amor, que vienen del círculo de la inmortalidad, palpitan en ustedes. Confiésale tu amor y dile que hay algo prodigioso…”

Quizá venimos de un paraíso de juegos y encanto, de un patio mágico de alegría y quimeras o de una fuente de burbujas de cristal con promesas e ilusiones, y seguramente compartimos la emoción de soplar al diente de león que crecía ufano en el jardín y observar el vuelo suave de sus filamentos, la travesura de subir juntos una escalera estrecha y arrojarnos a los confines del universo, el delirio de contar luceros y cometas o la dicha de tocar las octavas de la creación y escuchar la música eterna, o tal vez formamos parte de un poema, un concierto o una pintura creados en el taller del cielo, o acaso somos fragmento de una historia y un sueño concebidos por Dios, y por eso te reconocí cuando te miré por primera ocasión. Sentí alivio al descubrirte frente a mí. Te identifiqué y supe, ipso facto, que me encontraba ante ti, la medida de mis sentimientos, la estatura de mi vida, la talla de mi amor. Es una sensación que uno experimenta en el alma, en el interior, como si algo etéreo y prodigioso ocurriera en ese instante en el mundo y el cosmos. Coincidir en algún paraje, como aconteció contigo y conmigo, es abrazarse a sí mismos, recibirse en las mansiones del ser, en la morada del alma, y no renunciar jamás al pulso de un amor sublime. La experiencia de nuestro reencuentro fue eso, mirar dos rostros gemelos en el espejo, definirnos en el ayer, el hoy y el mañana, escalar a la cumbre donde el hálito de Dios funde a quienes se aman para que sean esencia, luz, polvo estelar, rumores del silencio, amor. Cuando te miré por primera vez en este plano, supe que estaba frente a ti.

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Camécuaro, lago paradisíaco de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas nebulosas y frías, cuando las gotas de lluvia se funden en el verdor del lago de Camécuaro y provocan ondas que se multiplican y juegan con el reflejo del follaje de los ahuehuetes o sabinos, los aromas de la campiña y los fogones se mezclan y son arrastrados por el viento.

Uno mira, desde alguna de las bancas, las raíces de los sabinos añejos y arrugados que asoman a la superficie y forman trenzas que se prolongan a lo largo de la orilla del lago, donde adquieren formas que despiertan la imaginación y cautivan los sentidos. Los troncos retorcidos se unen como si alguien hubiera esculpido un lenguaje caprichoso.

Las burbujas de los manantiales surgen de la intimidad de la tierra y se funden en el manto acuático, donde las ramas se mantienen inclinadas como para complementar su belleza con sus tonalidades cafés y verdosas y complementarse con los matices azulados y grises del cielo.

Uno, al pasear y caminar por la orilla del lago de Camécuaro, en el municipio michoacano de Tangacícuaro, admira los troncos que emergen y extienden sus raíces hacia la tierra, entrelazadas un día y otro, tejidas durante años incontables, hasta formar nudos y figuras de natural encanto. Parecen brazos que agarran la tierra, la orilla. Es cierto, a los niños, a las familias, a los enamorados, a los turistas, a toda la gente le fascina tomarse fotografías en tal escenario y así raptar trozos, momentos, recuerdos de un rincón que parece arrancado de algún sueño.

Aquellos viajeros observadores, descubren que las ramas forman arcos y se extienden en busca, quizá, de un cielo pródigo que les regale calor y lluvia. Quienes desborden sus sentidos e imaginación en el paisaje, verán que el café de los troncos, raíces y ramas se mezcla en armonía y equilibrio con el verdor de las hojas, como si una madrugada o una tarde un pintor inspirado hubiera desbordado su imaginación sobre el lienzo de la naturaleza para aplicarle mayor belleza.

Si se le compara con los lagos michoacanos de Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, el de Camécuaro parecerá una miniatura, una pieza de colección, una pintura que salpicó de un mundo mágico.

Uno camina a la orilla, entre las raíces de los sabinos, completamente arrobado. Las miradas de los turistas quedan atrapadas en una silueta y en otra de los árboles tan mexicanos, en la policromía acuática, donde moran peces y tortugas que coexisten con patos y otras aves como gorriones y tzentzontles.

Es increíble que un lago, expuesto en un paraje michoacano, despierte tantos sentimientos e ideas. El poeta, por ejemplo, se sienta en una de las bancas tapizadas por hojas y la sombra jaspeada que proyectan las ramas de los sabinos al recibir la mirada del sol, y escribe, quizá, los versos más subyugantes; el pintor, al fin artista, observa pacientemente, desentraña cada forma, color y encanto que le permiten trasladar una réplica, un trozo de aquel escenario lacustre a la blancura del lienzo; el músico cierra los ojos y escucha los rumores de la naturaleza con la intención de reproducirlos y cautivar los sentidos; el escultor mira las figuras de los troncos como invitación para cincelar la piedra yerta; los enamorados, en tanto, descubren el coqueteo de las hojas movidas por el aire y los micromundos dispersos en la tierra, próximos a la orilla, o tal vez caminan durante horas de ensueño; las familias y los amigos, por su parte, dejan en el carretón del olvido las horas de la rutina y se mecen en el columpio de la convivencia y las diversiones; el trotamundos y el turista seguramente tomarán fotografías con el objetivo de llevar copias del espectáculo en sus cámaras.

Las lanchas navegan suavemente. Reciben los ósculos del aire que arrastra los aromas de la campiña, de las montañas, de las cocinas rústicas. Los viajeros disfrutan un paseo, como también quienes deciden alquilar triciclos. Los remos de madera son hundidos en el agua y ofrecen al viajero, al turista, la emoción de navegar por el legendario lago de Camécuaro.

El canto de las aves y los graznidos de los patos, mezclados en notas impronunciables, se escucha hasta las pequeñas embarcaciones y la orilla del lago, desde donde ellos, los viajeros, los distinguen aglomerados en comunidades silvestres.

Dentro de un mundo acuático, carpas, mojarras, peces multicolores, truchas y tortugas se mezclan en la profundidad y enfrentan la difícil prueba de la coexistencia. Y mientras el viento riza la superficie del lago y forma filamentos con las nubes que más tarde vuelven a aglomerarse, se antoja caminar hasta el puente para admirar los trozos de belleza natural.

Hay quienes informan que el lago de Camécuaro cuenta con determinado número de manantiales, con sus grandes variantes, o que cada día son menos por el descuido y la falta de saneamiento; sin embargo, todos coinciden en que se trata de uno de los escenarios más hermosos de Michoacán.

Con la aurora, el turista advertirá que a una hora el lago se maquilla de azul y a otra se pinta de verde, y más tarde, en la noche, se enluta y permite que asomen los reflejos de la luna y las estrellas que alumbran los senderos y las bancas desoladas.

Proclives los mexicanos a salpicar los días de sus existencias con acontecimientos pintorescos e historias singulares, el pueblo purépecha almacena en su memoria colectiva la remembranza del legendario lago de Camécuaro, cuando en las horas prehispánicas se registró en aquellos parajes naturales el romance intenso entre un joven guerrero y una sacerdotisa cautivante, hermosa, que moraba en un templo de Tangancícuaro.

Relata la leyenda indígena que el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de los dioses de barro y piedra, y el hombre de interminables aventuras, batallas y proezas, tuvo un desenlace fatal porque en su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban vivir dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora infausta, de acuerdo con la creencia popular, los espíritus de ambos enamorados moran en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra leyenda, totalmente distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco, y que al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

En consecuencia, narra la creencia popular que el espíritu de la doncella purépecha habita lo más profundo del lago de Camécuaro, que en lengua indígena significa “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que la joven desafortunada desea un hombre, sin importar su edad, alguien del sexo masculino muere ahogado. Curiosamente, el recuerdo colectivo registra que solamente una mujer se ha ahogado en el lago de Camécuaro y que las demás víctimas han sido hombres.

El Parque Nacional Lago de Camécuaro se encuentra en una superficie natural protegida de 9.65 hectáreas, se localiza en el municipio de Tangancícuaro y se ubica, además, a alrededor de 15 kilómetros de la ciudad de Zamora, al occidente de Michoacán. Tiene cercanía con rincones michoacanos como Patamban, la Cañada de los Once Pueblos, El Curutarán y Jacona, entre otros. Es parque nacional y cuenta con juegos infantiles para quienes organizan reuniones y días de campo. También existen establecimientos con venta de comida típica, bebidas y souvenirs. Ofrece espacio para acampar y estacionamiento fuera del parque.

La extensión del lago es de 1.6 hectáreas y en algunos sitios su profundidad es hasta de seis metros. Desemboca en el río Duero, el cual, por cierto, conecta al Lerma. Este parque nacional se sitúa a 136 kilómetros de Morelia y 186 de Guadalajara.

Estos días nebulosos, las noches son salpicadas por incontables gotas de lluvia que contrastan con las burbujas que emergen en el lago, como si el cielo y la tierra se unieran de repente para conservar el encanto del lago de Camécuaro.

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Sanitarios públicos con 107 años de antigüedad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mercado, símbolo del más puro mexicanismo, era pequeño mundo con sus colores, aromas, sabores, formas y murmullos que en aquel rincón moreliano, el del atrio del templo y ex convento coloniales de San Agustín, atraía desde muy temprano a la gente, a los comerciantes que vendían o intercambiaban, todavía por medio del trueque, su mercancía, y a los clientes que compraban productos de la campiña y regateaban precios.

Antes de que la aurora se anunciara, los arrieros irrumpían la somnolencia de las callejuelas del centro. Las mulas, agotadas, paraban en algún sitio y ellos, los hombres, retiraban de sus lomos los costales con carbón, leña, cazuelas, gallinas, guajolotes y verdura.

El mercado de San Agustín era uno de los ejes de abasto de los moradores de Morelia. Alfareros, aguadores, afiladores, carboneros, leñadores, pajareros, cocineras, carniceros, merolicos y verduleros acudían puntuales y de frente a su cita con los clientes, con las familias que habitaban el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca monástica más antigua de la otrora Valladolid, de acuerdo con algunos historiadores e investigadores, donde se erigían tendejones, como el de don Elpidio, y negocios de oficios hoy casi extintos.

No hay que olvidar que durante los días de 1874, tras la expulsión de los agustinos, el convento colonial fue adquirido por comerciantes, quienes en menos de un par de meses cedieron los derechos a dos abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

Discurrían los minutos de 1910. Fue el año postrero del Porfiriato. Meses más tarde estallaría el conflicto social de México. Ese año, el de 1910, una mujer de nombre Ángeles fundó los primeros sanitarios públicos de la ciudad, entre la arquería de cantera que inició su construcción el 5 de mayo de 1885 y fue concluida el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

A sus más de 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, actual propietario de los sanitarios públicos, recuerda que su madre, doña Carmelita -Carmen Pulido Cortés, si hay que ser exactos-, compró los baños a la señora Ángeles. Los obtuvo en 1939, reseña el hombre.

Al obtener el título de propiedad del negocio, doña Carmelita se convirtió en uno de los personajes más populares del mercado de San Agustín, donde la gente realizaba compras y algunas veces comía en los puestos instalados.

Entre los días agónicos del Porfiriato y el surgimiento del movimiento social de 1910, los baños, con letrinas de madera, eran utilizados por arrieros, cargadores, comerciantes, aguadores, merolicos y compradores, hombres y mujeres que respiraron el ambiente de una ciudad con palacios de cantera, jardines románticos y callejuelas estrechas, con sus luces y sombras, con sus desigualdades sociales; pero también por revolucionarios, federales y personas que sudaron miedo y percibieron el estruendo de la pólvora.

Abogado de profesión, Gustavo recuerda que ella, su madre, fue una mujer piadosa, bastante querida por los morelianos de entonces. Destinaba parte de las utilidades de los baños públicos -los únicos en la ciudad- a obras de caridad. Se interesaba en aliviar los dolores y necesidades de la gente enferma y con hambre y necesidades.

Los baños fueron atendidos por sus abuelos y su madre. La familia se organizaba para atender el negocio. Alguno se encontraba en la caja, recinto de madera con herraje, donde la gente pagaba su ingreso a los sanitarios. El negocio contaba con tal mecanismo que si alguno de los usuarios olvidaba dar cauce al agua para limpiar los excusados, los dueños jalaban la cadena correspondiente, instalada en la pequeña caja y oficina adjunta, para su desagüe y limpieza.

Gustavo narra que antaño, muy cerca del negocio, en la cerrada de San Agustín, se establecían las “polleras”, señoras que preparaban las auténticas enchiladas morelianos con pollo y verdura. Instalaban mesas largas de madera al centro de la calle, donde cenaban las familias y los transeúntes.

Tras rememorar, el hijo de doña Carmelita refiere que con las “´polleras” cenaron Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros personajes, quienes utilizaron, en su momento, los sanitarios públicos, igual que cualquier ciudadano. En su momento lo hicieron, igualmente, los políticos y funcionarios públicos tras asistir a un acto o pronunciar discursos. “Eso es lo que enseñan los baños públicos, advierte, que sin excepción, todos los hombres y mujeres, por acaudalados, famosos, poderosos, atractivos o inteligentes que sean, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades biológicas de la humanidad”.

Los años existenciales de don Gustavo se han diluido en el negocio familiar de los sanitarios públicos de San Agustín. A los ocho años de edad se incorporó a las labores. Nació en 1946. Su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, cuando los campanarios llamaban a la primera misa y en la lejanía se escuchaban el canto de los gallos y el concierto de los pájaros.

El hombre despertaba a sus hijos Gustavo, Eva, Margarita, Simón y Héctor porque los otros, los comerciantes, arrieros, cargadores y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, requerían el servicio de sanitarios.

Así, Gustavo combinó los juegos e ilusiones de la infancia con las tareas escolares y las labores y obligaciones domésticas en aquel ambiente de sabores, colorido y rumores del mercado que se instalaba en el antiguo atrio agustino que fue cementerio durante los instantes coloniales.

Gustavo conserva una fotografía en la que aparece sentado en una silla pequeña, al lado de un niño menor que él, quien entonces era morador del vecindario que ocupaba el ex convento agustino. Rememora que cuando le tocaba encargarse de los baños, a su corta edad, tomaba su silla de madera y mimbre, donde permanecía sentado en espera de los clientes. En aquella, el ingreso a los sanitarios costaba cuatro centavos. “Cuando incrementamos un centavo la cuota personal, los clientes protestaron bastante molestia y casi nos apedreaban”, relata.

Enclavados en el centro histórico, en la plaza que actualmente se llama Ignacio Comonfort, los primeros baños públicos de Morelia son mundo y vida para Gustavo, quien tras dar vuelta a una y otra página del ayer, admite que toda la gente, en el barrio de San Agustín, era como una familia. Diariamente, las familias que moraban en las antiguas celdas conventuales, los comerciantes y los habitantes de la ciudad enfrentaban la compleja prueba de la coexistencia.

Gustavo, el hijo de Carmelita, sabe que sus baños públicos son fragmento de la historia, pequeño museo, eco de otra hora. Es una empresa familiar. Aunque hace décadas retiraron las letrinas y las sustituyeron por sanitarios modernos -tazas de porcelana-, el establecimiento conserva el mobiliario de madera original, otrora verde y actualmente amarillo, con su taquilla con herraje y cristal, puertas originales, aljibe cilíndrico que alcanza las vigas del techo, tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humanidad y cuatro ganchos en los que los clientes, hombres y mujeres, colgaban abrigos, bombines, sombreros, bolsas, sombrillas y otros objetos antes de ingresar a los sanitarios.

Los sanitarios individuales se encuentran alineados a la caja que conduce a un pasillo con escaleras que conectan a la parte superior de la casa, donde la familia Ortuño Pulido protagonizó su historia. Adyacentes a la caja, existen cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, con la intención de distinguir los baños de las damas y de los caballeros. Cabe resaltar que una de las figuras es una bailarina; la otra es una dama que porta vestuario de hace más de un siglo y evoca los capítulos porfirianos. Las dos que se encuentran colocadas en los baños de los hombres, también recuerdan horas consumidas.

Igual que los ganchos, el cilindro y la mayoría de los elementos forman parte del pasado y de la historia. Los años acumulados y la modernidad los han desterrado y condenado al naufragio, al olvido; aunque hay quienes utilizan el servicio a pesar de que las autoridades municipales de Morelia construyeron sanitarios públicos entre la arquería de fines del siglo XIX.

En la parte superior de la caja se encuentra una placa metálica pesada que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con los términos “Michoacán única”. A unos centímetros de distancia cuelga, igualmente, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público otorgó al establecimiento en 1950, con el número 309.

Gustavo ha solicitado la intervención de las autoridades municipales de Morelia y del Instituto Nacional de Antropología e Historia para el rescate de las instalaciones con más de 100 años de antigüedad, sin respuesta satisfactoria; no obstante, permanece sentado en una silla de madera, afuera de los primeros baños públicos de la ciudad, donde se encuentra una pequeña mesa de madera con trozos de papel higiénico y una charola con monedas para dar cambio a los clientes, donde sus días se diluyen entre la ilusión de una empresa familiar y la tradición que lo mantiene ocupado e inmerso en sus recuerdos, sueños y realidades.

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Las ecuaciones de Dios

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las ecuaciones de Dios no fallan. La acumulación de detalles forma el milagro de la grandeza, y uno lo mira aquí y allá, en el mundo y el universo, cuando una gota de lluvia, otra y muchas más se precipitan y conforman represas que dan vida y reflejan en cada trozo la hermosura e inmensidad del cielo, o las estrellas que cada noche aparecen en la pinacoteca del cosmos y cautivan a quienes las admiran por ser parte de un bordado etéreo y prodigioso que se siente en las profundidades del alma desde antes del nacimiento. La nieve que se extiende blanca y resplandeciente en el bosque, reunió incontables copos de incomparable belleza, igual que aconteció con los agujas de los pinos y las hojas de los árboles. Todo da idea de que la suma de algo tan pequeño, resultará finalmente algo fastuoso e imponente. El mar, con toda su fuerza y majestuosidad, no lo sería sin la aglomeración de partículas de agua salada que se maquilla de jade y turquesa en las mañanas o de amarillo, dorado y rojizo ante la proximidad del ocaso. La asistencia de signos en las partituras, conducen a la ejecución de un concierto o una sinfonía subyugante. La reunión de las letras del abecedario, estimula al trazo de palabras que componen obras magistrales. El golpe del cincel, un día y muchos más, da como resultado la escultura en el mármol otrora yerto. Los instantes se acumulan, igual que la arena en las playas o los desiertos, hasta formar años y centurias. La creación, parece, está constituida de detalles. Las ecuaciones de Dios tienen un mensaje relacionado con los detalles, los cuales, acumulados, construyen la magnificencia, principalmente si se desarrollan dentro del amor, el bien, la verdad y los sentimientos positivos. Si uno hiciera de los pequeños detalles un acto cotidiano, un estilo de vida, quizá daría un sentido especial y mágico a sus días, hasta descubrir sendas inesperadas, quizá moradas sublimes o tal vez el milagro de ser uno parte minúscula de un proceso creativo que no cesa por tratarse del palpitar de la inmortalidad.

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Días que no se olvidan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no distingo el tiempo cuando estoy contigo. He perdido la noción del espacio porque eres la dimensión de mi existencia, la métrica del delirio de este amor

Hay días que cuentan mucho y no se olvidan, quizá por contemplar todo como un encanto y un prodigio, acaso por la alegría del momento o la belleza y el significado de un lugar, probablemente por la evolución que motiva a mirar y sentir con el alma, seguramente por compartir la historia existencial con alguien muy especial, o tal vez por todo. Un día te reencontré en mi vida y supe, entonces, que si ya era dichoso, contigo se desbordarían mis sentimientos hasta abrir la compuerta de tu ser y navegar a destinos recónditos y tan cercanos a la vez, donde el brillo de las luciérnagas es el color de las mariposas, el resplandor de los luceros y la luz de tus ojos al asomar tu ser y reflejar mi rostro. Hay días que permanecen en la memoria, en las remembranzas, por ser su parecido al nacimiento de la primera estrella en el universo. Fechas, lugares y momentos que se alojan en uno por la alegría que provocan. Instantes que uno desearía perpetuar. Contigo, la vida me parece una colección de locuras, una travesía a mundos insospechados, un  cúmulo de aventuras memorables, porque la nuestra es una historia que no tiene final. Lo hemos comprobado una y otra vez. Hay minutos y horas que uno guarda en la memoria, pero contigo no pretendo almacenar ni marcar fechas porque todos los días son especiales. A tu lado deseo que cada segundo sea inmortal, que el tiempo se desvanezca, porque en el amor las fronteras no existen. Hay días que la gente conserva en un relicario, en un álbum de fotografías, en la memoria, por lo que representan, hasta que el tiempo consume todo y transforma los recuerdos en olvido, y yo no quiero eso para nosotros, color de mi vida, porque deseo que la locura de este amor principie cada momento con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez.

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Página en blanco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que yo, ¿tendrás la sensación de que alguna vez, cuando Dios fundió las estrellas en la forja de su taller, fuimos polvo de colores? ¿Sabes que en una hoja podría escribir con tales matices tu nombre y el mío, trazar los rostros de ambos, dibujar el cielo y el mundo, pintar tu sonrisa de niña, hacer el bosquejo de nuestras huellas en la senda donde el final es principio? ¿Reconoces tu letra cuando escribo nuestra historia en un cuaderno con páginas en blanco?

Una página en blanco es tentación para componer un poema y dedicártelo, derramar letras, trazar significados. Las hojas de una libreta de apuntes son invitación a naufragar en un océano de sentimientos e ideas. Un pliego de papel es la medida perfecta de mi relación contigo, acaso porque ofrece la posibilidad de expresar mi amor por ti y ofrecerte un mundo interminable de magia y encanto, sueños y realidades. Un cuaderno sustituye, en determinado momento, las servilletas y comandas que hurto de los restaurantes y cafeterías para declararte mi amor y provocar tu sonrisa de niña bonita. Una página es eso, un pétalo fragante, la hoja que el viento desprende de algún árbol y mece hasta colocarla en una alfombra amarilla y naranja, el mar y la tierra disponibles para experimentar contigo la aventura y emoción de la vida, y el cielo límpido donde compartimos nuestra historia sin final. El papel en blanco somos tú y yo, quienes a diario escribimos algunas líneas, las nuestras, las de un amor prodigioso como esas historias que uno lee en los años juveniles y arroban los sentidos. Una página en blanco, con todas las posibilidades de anotar el nombre del cielo, las promesas envueltas en globos, el amor que nos une, los sueños e ilusiones que flotan en burbujas diáfanas, las realidades que vivimos y compartimos, somos, como siempre, tú y yo.

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La otra parte de mí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando te miré por primera vez, me descubrí a mí mismo. Supe que se trataba de la otra parte de mí

Mi amor por ti no se basa en las cláusulas y reglas de un contrato, en la temporalidad o en el brindis con testigos de una unión, de tal manera que si un día te ausentaras de este plano, no desplazaría el espacio que te corresponde por alguien más, y no por abatimiento y tristeza, no, sino porque eres la otra parte de mí y no podría traicionarme. Eres insustituible. Eres tú. Eres yo, Si por alguna razón te anticiparas y partieras a otras fronteras, aguardaría impaciente mi hora postrera, el momento de tocar la aldaba del portón para ingresar a la morada y unirme a ti; pero no podría abrazar y besar a alguien más durante tu ausencia física, y menos entregarle mi amor porque es tuyo. Alguna vez, al coincidir en el sendero, ofrecí entregarte mi amor fiel e inquebrantable, con la promesa de derrumbar los paredones del mundo para convertirlos en puentes que nos comuniquen a la eternidad. Prometí que la locura de este amor traspasaría el espacio material e iría a la inmortalidad de un paraíso bello e inagotable, diseñado por una mano creadora para quienes se atreven a desentrañar los secretos del sentimiento que ilumina el universo. Y aquí, como allá, te cubriré de detalles encantadores y de ensueño, como los copos al nevar y maquillar el paisaje con la pureza del blanco o la lluvia al acumularse y dejar pequeños charcos que reflejan la grandeza del cielo. Si de improviso cogieras el equipaje con la intención de acudir a una estación lejana, tu nombre e imagen quedarían grabados en mí, serías mi musa inolvidable, y todos los días escribiría un poema para ti, arrancaría una flor y la colocaría en tu almohada, miraría a lo alto, suspiraría y te sentiría en las profundidades de mi alma; pero jamás, color de mi vida, te sustituiría por alguien, y menos le confesaría al oído mi declaración cotidiana ni le preguntaría si ya le dije que la amo. Cuando uno entrega el amor auténtico, descubre que lo da a la otra parte de sí y se devela el misterio entre tú y yo. Eres yo. Soy tú.

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El sueño entre una vida y otra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez la muerte es el sueño entre una vida y otra, el paréntesis que sigue a una aurora o a un ocaso, y no la inquietante ausencia, en un ciclo interminable de suspiros, hasta que uno llega finalmente a la morada. Quizá la muerte no es el final, como suponen muchos, sino el inicio o la prolongación de una historia. Acaso la vida y la muerte son lo mismo, no principio ni fin, porque el círculo de la creación no inicia ni concluye. Tras la mañana sigue la noche y después de la oscuridad viene la luz. El árbol y la flor mueren en un momento y renacen el próximo instante. Las hojas que un día el viento acaricia y dispersa en alfombras de matices amarillos, naranjas y rojizos, seguramente en otro minuto reaparecen ufanas y verdes. Las burbujas, en un manantial, provienen de la intimidad de la tierra y revientan al brotar y recibir la mirada del sol y el aliento del aire, para así transitar en la corriente y más tarde fundirse de nuevo en la inmensidad del océano. Hay un camino de ida y regreso al mismo espacio infinito. De entre una corriente etérea y un ambiente nebuloso y celeste surge uno, y se marcha, a la hora de la cuenta, por un túnel luminoso, entre vapor flotante y de tonos nunca antes vistos. Casi nadie recuerda esa caminata subyugante y mágica ni que en casa reposa todo, el bien y el mal, la sabiduría infinita, probablemente porque durante su jornada terrena coloca paladas de rutina, actos cotidianos, preocupaciones, ambición desmedida, enojos, compromisos, problemas, resentimientos, superficialidades y toda clase de expresiones negativas, hasta que la esencia es sepultada y se olvida que todo es unidad. Tal vez eso es la muerte para incontables personas que están confundidas, aniquilar su ser e identidad, enterrarse a cambio de momentos baladíes y pasajeros, construir paredones de discordia, sujetarse a las opiniones y reglas de otros, renunciar al amor y a la felicidad, preferir la inmediatez en vez de escalar la cima, consumir los días de la existencia en capítulos repetidos, vacíos e inciertos. La muerte física no es el final porque en la creación todo renace y es eterno. La muerte es no atreverse a vivir y optar por la agonía, el conformismo, la tristeza, los actos negativos, la acumulación de placeres y riquezas egoístas, las celdas que se fabrican y los espectros que se crean, la ausencia de puentes y la abundancia de precipicios y fronteras. Esa es la finitud porque la vida no termina con la consumación de un cuerpo físico. Uno muere, parece, no cuando los signos vitales se apagan, sino al odiar, al entristecerse, al aceptar creencias y prejuicios, al cerrar las puertas y ventanas a los sentimientos positivos y abrirlas a los niveles de evolución más ínfimos. La muerte no es la sombra. Simplemente es el cambio de un estado a otro, pero la esencia sigue porque no tuvo inicio ni conocerá el final. Su concepción escapa a la comprensión de quienes prefieren permanecer en la comodidad de sus creencias y suponer que la vida concluye en una cama de hospital o en una tumba. Tal vez la vida es sueño en un mundo de contrastes y pruebas, en un escenario de aprendizaje e historia, y la muerte la despierta con la intención de recordarle que sus días son incontables cuando se libera de la prisión. La vida en el mundo es bella y merece experimentarse en armonía, plenamente y con equilibrio; aunque parece que la muerte es su complemento inseparable. En el cosmos descubro luces y sombras como un todo. Quizá la muerte no es la despedida; seguramente, no lo dudo, es la pausa entre un sueño y otro dentro de la eternidad. Hay que vivir cada instante.

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Leyenda de Nuestra Señora de la Escalera

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El viento de la modernidad deforma los rostros de antaño, las historias, los nombres, las piedras. Todo queda en silencio, en el recuerdo primero y finalmente en el olvido. A la historia se le recuerda, se le rescata y en ocasiones, cuando los fragmentos naufragan en la amnesia, hay quienes la confeccionan e inventan; sin embargo, aquellos que dedican las horas y los días a viajar, desentrañar el pasado a través de documentos, arquitectura, ruinas, leyendas y tradiciones, eligen bien al incluir a Michoacán en su itinerario.

Tarímbaro, que en lengua indígena significa “lugar de sauces”, se localiza a aproximadamente 15 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán. Como antecedente, habrá que recordar que el valle de Tarímbaro perteneció a Beatriz de Castillejo Inahuatzi, princesa y hermana de Tanganxoan II, último cazonci de los purépechas.

Entre la antigua Casa del Diezmo, donde Miguel Hidalgo pernoctó en 1811 -en las horas independientes-, y del templo y ex convento franciscanos, con orígenes del siglo XVI, se erige el Santuario de Nuestra Señora de la Escalera o Santa María de la Escalera, edificado en 1747.

La tradición oral ha cambiado de una generación a otra, pero en ese recinto pulsa una historia que data de las horas del siglo XVI. El suspiro de las tardes coloniales acariciaba las frondas de los sauces, cuando fray Pedro de la Reyna protagonizó una de las historias más cautivantes de la provincia de Michoacán, en alguno de los rincones conventuales de San Miguel Tarímbaro.

El fraile franciscano se sentía preocupado por los abusos e injusticias que los conquistadores españoles cometían contra los indígenas. Estaba convencido de que la tarea evangelizadora no era sencilla, que cada instante tendría que sumarse a la misión de los franciscanos, quienes llegaron a Tarímbaro entre 1529 y 1531, por lo menos 10 años antes de la fundación de Valladolid, la actual Morelia.

Fray Pedro de la Reyna acudió puntual y de frente a su cita con el destino y la historia. Fue fiel a los nativos de la región de Tarímbaro, donde alguna vez estuvieron, igualmente, fray Pedro de Lisboa, evangelizador de los pirindas en Guayangareo, y fray Juan de San Miguel, quien partió de tan fértil terruño a fundar Uruapan y otros pueblos.

Este hombre, fray Pedro de la Reyna, era célebre por su amor a los indígenas. La gente de aquella centuria aseguraba que predicaba con el ejemplo de su vida recta. Ante la sombra de los conquistadores, los indígenas sentían alivio y consuelo a su lado. El fraile comprendía, sin duda, que los conquistadores, poseedores de espadas, caballos y armaduras, habían devastado la región y, en consecuencia, desintegrado a las familias y a los pueblos que una década antes todavía moraban felices en lo que era suyo.

Refiere la tradición que uno e incontables días de aquella centuria, fray Pedro de la Reyna y sus compañeros franciscanos caminaron por parajes que olían a plantas que ya cubrían adoratorios e ídolos de piedra. Impartían su doctrina y atendían a los enfermos, a quienes sufrían, a los huérfanos, a los desvalidos.

Por las tardes regresaban fatigados. Retornaban a sus celdas oscuras y silenciosas. Sus sombras se proyectaban tenuemente en los muros de cantera. El crepúsculo maquillaba los paredones. Ellos, los monjes, subían las escalinatas y miraban el muro donde se encontraba la imagen de la Virgen del Refugio, con el Niño Jesús en los brazos. Diariamente, al pasar, la saludaban con reverencias.

De acuerdo con la historia, una tarde de 1560, al retornar ya enfermo de Tzintzuntzan, fray Pedro de la Reyna subió lentamente los escalones de cantera, en el convento de Tarímbaro, como contando los pasos, e hizo la reverencia habitual a la Virgen del Refugio, quien sorpresivamente sonrió al franciscano e inclinó la cabeza.

La Virgen del Refugio quedó en tal posición como testimonio de aquel acontecimiento ya empolvado por los siglos, hecho que dio cumplimiento al sueño mariano y profético que fray Pedro de la Reyna tuvo alguna vez en España. La Virgen del Refugio le prometió, aquella ocasión distante de su existencia, que tres días antes de su muerte se le manifestaría de alguna manera.

Se cumplió el sueño profético de fray Pedro de la Reyna, quien murió un atardecer de 1560 ante los pies de la Virgen del Refugio, con la satisfacción de haber dedicado los días de su existencia a una causa, al cuidado y la evangelización de los nativos.

Los días transcurrían implacables, entre dos conquistas -la impuesta por la ambición desmedida, por la espada, y la otra, la de la fe, la que sustituyó los adoratorios y basamentos por los templos-, y precisamente en la ancianidad del siglo XVI, la noticia del cumplimiento mariano que alguna vez, en España, fue revelado a fray Pedro de la Reyna, se difundió en Valladolid, Pátzcuaro y allende las fronteras de la provincia de Michoacán, propiciando la llegada de incontables peregrinos a Tarímbaro.

La Virgen del Refugio adoptó un matiz diferente. Moradores y peregrinos le llamaron Nuestra Señora de la Escalera, en honor, precisamente, al acontecimiento registrado aquella tarde silenciosa, cuando la pintura se encontraba empotrada en el muro del descanso de la escalinata conventual.

Inicialmente, los frailes franciscanos construyeron una capilla humilde. Posteriormente, en 1747, con respaldo del obispo Juan Escalona y Calatayud, sus sucesores edificaron el Santuario de Nuestra Señora de la Escalera o Santa María de la Escalera, templo que conserva hasta la época contemporánea la imagen de la Virgen del Refugio.

Es a los pies de Nuestra Señora de la Escalera, pintada en 1545, donde yacen los restos del fraile que protagonizó la historia. Nuestra Señora de la Escalera permanece levemente inclinada y risueña, con el Niño Jesús en sus brazos, observando, quizá, a un fray Pedro de la Reyna piadoso, quien amó y protegió a los indígenas del siglo XVI.

Más allá de religiosidad, es interesante vivir la historia, las leyendas y las tradiciones. Entre sus múltiples atractivos, la historia de fray Pedro de la Reyna y Nuestra Señora de la Escalera, en Tarímbaro, es una estampa del Michoacán colonial que bien vale explorar.

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Este artículo fue publicado inicialmente en Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/pedro-la-reyna-la-virgen-del-refugio-legado-del-michoacan-colonial/

Sin ti…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos eco de un ayer, realidad de un presente, promesa de un mañana… Somos tú y yo, los de siempre

Sin ti, mi historia estaría incompleta y mi locura caería en un vacío, miraría un cielo ausente de estrellas, mis cuadernos de poemas enmudecerían, se extraviarían los colores de mis pinceles y mi violín callaría. Sin ti, continuaría mi senda, es cierto, y quizá reiría, seguiría adelante, comería pan y queso, bebería vino tinto, escribiría mis obras literarias, iría al cine, asistiría al teatro, conocería a otra gente y pasearía; sin embargo, no asomaría a los reflejos de los charcos para descubrirnos felices ni a los cristales en las tiendas para mirarte junto a mí, no raptaría las gotas de las fuentes para arrojarlas a tu rostro, no entendería la fragancia ni el sentido de las flores, no caminaría divertido una tarde de lluvia, no te acompañaría a probarte unas botas y no sentiría la presencia de una musa que me dictara palabras dulces y subyugantes al oído. Mis besos resbalarían al precipicio y no percibirían tu sabor, mis sentidos no captarían tu perfume, mis brazos sentirían la condena de la expatriación, Sin ti, sería yo, pero me faltarías tú.

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