Reflejos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa ocasión, cuando la miré por primera vez a los ojos, descubrí mi rostro junto al de ella; entonces comprendí que mi destino ya estaba definido y que era la misma alma con quien había jugado en un paraíso casi olvidado y pactado un amor eterno. Así inició nuestra historia

Busco una estrella, la más hermosa del firmamento, para que cada noche sea romántica y siempre alumbre nuestra caminata a las rutas donde el amor es alegría, detalle, ilusión, juego y risa. Quiero un farol, como los que alumbraban la fachada de la casa solariega durante mi niñez, para no perdernos jamás en las sombras de la discordia, el enojo, la cotidianidad, el aburrimiento y la rutina. Deseo conquistar la luna plateada para que unas veces sea espejo que refleje nuestro enamoramiento y felicidad, y otras, en cambio, sonría y se transforme en columpio de los sueños y realidades que compartimos. Tras la lluvia, anhelo descubrir un charco pequeño entre las baldosas de una callejuela o en algún paraje insospechado, para que asomes y veas nuestros rostros sonrientes y detrás el azul de un cielo hermoso, inagotable y profundo. Pretendo mostrarte nuestras siluetas en el cristal de un aparador, quizá en una boutique o en una joyería, para que aprendamos que si las alhajas son cautivantes y los reflectores atraen, son eso, antifaces, momentos, vanidades, porque el valor lo da uno en la medida que aprende a amar, vivir y ser feliz. Me gustaría contemplar a tu lado las manecillas y el péndulo del reloj, protegidos por un cristal que retrate nuestras imágenes con el objetivo de que nos recuerde que el tiempo es fugaz aquí, en el mundo, y que si aspiramos la eternidad, tendremos que aprender a vivir en armonía, con equilibrio y plenamente cada momento. Planeo llevarte a la playa, una mañana, para sentarnos en la arena a observar juntos los pliegues jade y turquesa del océano y de pronto abrazarte y acostarnos al mismo tiempo con la intención de descubrir el encanto e intensidad del cielo. En la misma playa, a la hora postrera de la tarde, te mostraré la fusión, en el horizonte, del cielo y el mar en el más puro acto de amor. Quiero enseñarte, en la nieve, el brillo solar sobre los copos inmaculados, tal vez como símbolo de la pureza de dos almas que se fusionan; pero también tomar tus manos y unir nuestras miradas para descubrirnos reflejados y comprender, en consecuencia, que se trata de ti y de mí, fundidos en el más bello, fiel y puro amor.

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Tesoro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy cerré los ojos para imaginarme a tu lado durante los años postreros de nuestras existencias. Resbalé a los abismos del sueño y descubrí dos figuras seniles y resplandecientes que se consentían y protegían uno al otro. Me vi, ya anciano, sonreír, besar tu frente y abrigarte mientras dormías. Me sentí consentido por ti cuando escuché tus consejos y me ofreciste un postre. Éramos dos ancianos felices. Experimenté la misma emoción, alegría e ilusión que la primera vez, cuando admití sentirme enamorado de ti y te confesé mi amor. Descubrí que el amor es eterno y conduce a los arcones de Dios

Tesoro, en el amor, es recordar aquellas dos figuras lozanas que otrora maquillaban sus rostros de carmesí cuando reían con intensidad o casi eran descubiertas al enviarse un beso o un guiño a hurtadillas, y mirarlas ahora, en la ancianidad, enamoradas, acaso en una banca, entre hojas doradas y quebradizas, como dos chiquillos que se cuidan uno al otro porque simplemente se aman y no soportarían el desconsuelo y la tristeza de la partida y la soledad. Ya son uno y otro. No se conciben distantes.

Es advertir que las manecillas del reloj y las fechas de los calendarios resultaron insuficientes para agotar su romance, porque a pesar de las arrugas de la piel y las canas, el amor, cuando es auténtico y fiel, no se debilita ni muere.

Amor es eso, fundir dos almas para hoy y la eternidad, sin importar que un día, mañana o dentro de algunos años, la belleza física desvanezca y ceda su lugar a los pliegues, la desmemoria, el cabello plateado o la lentitud.

Mirar, una tarde de lluvia, a quienes antaño se divertían al sentir las gotas deslizar en sus caras sonrientes y empaparse, y ahora uno ayuda al otro a abrigarse para evitarle un resfriado durante el aguacero que ambos presencian tras el ventanal, es una fortuna, algo que vale más que cualquier alhaja atesorada en un relicario de madera fina.

Observar a dos ancianos, un hombre y una mujer, que caminan despacio, como midiendo los pasos o el tiempo, es una bendición y quizá eco del atrevimiento de la declaración y aceptación, a la vez, de un amor que desde el inicio se presintió especial, tierno e inmortal.

Es común que la mayor parte de la humanidad coincida en que el amor queda desgarrado en el camino o se le lleva con cicatrices y duelo; pero cuando uno descubre dos manos débiles y marchitas que se toman para cruzar la calle, evitar caer a un charco o subir la banqueta, igual que en la juventud, identifica la señal de quienes fundieron sus almas en un crisol celestial y todavía, a pesar de la caminata del tiempo, se miran con dulzura.

Insisto en que es un tesoro la mujer de manos cansadas y piernas frágiles que una tarde nebulosa y fría, en casa, camina lentamente, apoyada en los muebles y las paredes, con la intención de acercarse al sillón de la sala y cubrir con un abrigo o una cobija a su amado, al hombre que fue vencido por el sueño mientras hablaba y repetía la misma historia, para que su cuerpo no enfríe ni recaiga su salud.

Grandioso tesoro es, igualmente, cuando él, agotado por el peso de los años, despierta a media noche y pregunta a ella si se siente bien, si está cómoda o si se le ofrece algo, o un día, en la mañana, ver al caballero anciano que cede el paso a su dama o retira la silla para que se siente.

Nunca ha sido la búsqueda de belleza física y placeres fugaces, ausente de sentimientos y valores, garantía de un amor verdadero y perdurable. Quienes hoy se entregan a la inmediatez de las apariencias y los apetitos, no deben esperar un amor pleno, fiel y seguro durante su vejez.

Amar hoy y mañana es un tesoro que no se comercializa y que muy pocos seres humanos, en el mundo, tienen el privilegio de disfrutar. Si es romántico besar los labios juveniles, resulta conmovedor y extraordinario llevar y conservar el sabor y la fragancia del amor hasta los días de la ancianidad. Mi plan se basa, justamente, en transformar nuestro amor en historia sin final, en que me sientas en ti como yo te percibo en mí, en ser tú y yo, los de siempre.

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Sin pausas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te vi aquel día y supe que no habría pausas en nuestra historia porque el amor somos tú y yo

Este amor no tiene pausas. Es un delirio sin final, el más dulce suspiro, un destino irrenunciable. Es lluvia y arcoíris, amanecer y atardecer. Es embarcación, crucero, canoa, porque significa que se trata de una travesía de sentimientos por las rutas de la finitud y la eternidad. Es sueño y realidad de nuestra historia. El sí y el no de la vida. Día y noche. Refugio y vuelo libre y pleno. Tu risa y la mía. Es un amor que no acaba. Es locura y razón. Es, parece, horizonte donde el cielo y el océano se funden en matices amarillos, dorados, naranjas y rojizos de ensueño y magia, tal vez con la intención de recordar que el amor es propio de expresiones superiores y que basta sentirlo para evolucionar y conquistar la cima. Es globo, burbuja y destello de nuestros anhelos y sueños. Es río turbulento, cascada y oleaje de nuestros juegos, emociones, alegrías y realidades. Es columpio de un romance inagotable. Es el guión de Dios, quizá con capítulos e instantes de silencio, pero sin treguas forzosas porque para nosotros no existen barreras ni despedidas. Es senda al cielo porque un amor como el nuestro mantiene parentesco con la felicidad, los sentimientos más sublimes y la plenitud; en consecuencia, invita a volar, sentir el aire en el rostro, experimentar la dicha de la creación. Este amor desconoce la llanura del destierro y la separación y los desiertos del enojo y el desconsuelo porque es manantial inagotable. Es ecuación de una dama y un caballero, tesoro subyugante que se conserva en el relicario del alma, código de vida especial, esencia y forma, consentimiento y fidelidad. Es la flor que abre su rostro cada mañana para recibir la mirada de la luz y el saludo de la llovizna. El amor desconoce las treguas porque es un estilo de vida, algo que se siente y viene de lo alto y de uno. Y como no existen pausas que diluyan la locura que compartimos ni rupturas que fragmenten los capítulos de nuestra historia, el amor somos tú y yo. Oh, si ya acordamos, porque lo sentimos, que el amor viene de lo supremo, del cielo y de nuestro interior, y que tú y yo formamos parte de su sutileza, ¿sabes quiénes somos? ¿Adivinas nuestro destino?

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Hoy es uno de esos días…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es verdad, soy incansable. No me aburre ni me cansa amarte. Esa costumbre mía es, parece, garantía de un amor fiel e inagotable

Hoy es uno de esos días en que quisiera abrazarte con emoción, mirarte a los ojos para descubrirme en ti, besarte con ternura y sumergirme contigo en las profundidades del silencio, hasta sentir el pulso de nuestras almas, el principio del círculo interminable que une al mundo con los luceros que cuelgan en el firmamento, con las expresiones de la vida y con el palpitar del cielo. Esta es una de esas mañanas en que desearía tomar tus manos, beber café, reír y pasear por un bosque encantado y un lago que atrape y refleje nuestra alegría, las ilusiones que hacen de la vida una historia diferente, especial e inolvidable. Es un momento, el presente, en que me encantaría caminar a tu lado por las callejuelas de un pueblo pintoresco, asomarnos a los charcos y salpicarnos el agua que brota de las fuentes en las plazas con árboles y bancas para enamorados. Esta es una de esas horas en que uno sería capaz de enmendar la ruta del calendario y el reloj para confinarlos en la sala de espera y jurar un amor eterno y fiel, el más bello del que se tenga memoria. El de ahora es un tiempo en que me ilusionaría mucho cubrir tus ojos con mis manos, conducirte a una terraza romántica con vista al mar y compartir contigo, entre velas, flores, incienso y música, bebidas y platillos deliciosos, conversaciones amenas y sonrisas, planes y recuerdos, para finalmente declararte mi amor una vez más. Es uno de esos instantes en los que te cargaría y entregaría burbujas cristalinas y globos de colores con promesas, detalles, regalos e ilusiones. Los dejaríamos elevarse para iluminar el cosmos con los matices del amor y los sueños. Este día, como cualquier otro, podría parecer normal, como todos los que vive la gente; pero es tan especial, igual que los que consumimos y los que vendrán, que me atrevería a subir contigo por una escalera, resbalar al pisar la nieve, arrojarnos copos helados, deleitarnos con las fragancias de la vida y lanzarnos desde alguna cumbre para volar libres y plenos, felices e inseparables, y sentirnos entre el mundo y el paraíso. Hoy es uno de esos días en que simplemente quisiera abrazarte por el milagro de la vida y por estar contigo, girar y declararte, como cada amanecer y anochecer, mi amor.

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Un poema para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… en cuanto tracé las primeras letras en la libreta de apuntes, descubrí tu presencia y comprendí que una musa y su amante de la pluma fueron creados por Dios con una arcilla especial, sin duda para regalar al mundo el brillo de las estrellas y el resplandor del cielo. Al percibirte en mí e inspirarme en ti, supe que un escritor entrega su amor fiel a su musa 

Quiero construir poemas no con las letras de la cotidianidad, sino con las palabras de mis sentimientos, porque la dedicatoria tendrá tu nombre. Deseo escribir a tu lado para que las páginas en blanco ofrezcan capítulos mutuos, una historia maravillosa e inolvidable, nuestros sueños y realidades. Pretendo arrancar el susurro del oleaje, los rumores del aire, los murmullos de la vida, el lenguaje del universo, las voces del silencio y los cantos del cielo para embellecer mi vocabulario y cuando te hable al oído y cada día te declare mi amor, me reconozcas e identifiques en las profundidades de tu alma. Anhelo que cada momento seas mi musa para así tomar tu mano y juntos redactar el guión de un romance de ensueño, plasmar las palabras de un enamoramiento sin caducidad, trazar la locura de un amor. Confieso que al escribirte, busco en el abecedario las letras más bellas y consigo en el diccionario palabras elegantes y suaves, dignas de ti, precisamente para que sepas que soy yo, tu escritor, quien las funde en un crisol especial. Inspirado en ti, escribo el poema más dulce, hermoso y subyugante, quizá para dejar constancia de que la relación entre una musa y su amante de la pluma es mágica porque Dios, al crearlos, les concedió la promesa y el regalo de palpitar en una sola alma, y quien no lo crea, que guarde silencio para que escuche nuestras voces en el lenguaje de la vida, el universo y la creación.

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Los ciclos y la trama de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba en casa aquella noche veraniega. El aguacero no cesaba. Los relámpagos incendiaban el cielo nebuloso y ennegrecido; proyectaban sombras momentáneas que le causaban terror. Los estruendos se propagaban una y otra vez. Sentía miedo y soledad.

Las ramas de los árboles se balanceaban y crujían al recibir las ráfagas del viento que azotaban la tormenta contra los muros de la casa y los cristales de las ventanas. El cielo se prendía de destellos plateados con cada relámpago.

Miró a los muchos días del ayer, hasta llegar a las horas primaverales que le parecieron tan fugaces como las gotas que deslizaban por las ventanas. Conforme transcurrían las semanas, los meses, los años, la niña y la joven de los sueños quedaba atrás, sentada quizá en una silla o tal vez en una playa que empequeñecía, junto con sus juegos, esperanzas e ilusiones, con sus alegrías y temores, con los resultados de sus decisiones.

De improviso se situó en el verano implacable, empequeñecida y desnuda, acaso porque se midió contra el tiempo y se ubicó en un paraje desolado, quizá por no haberse atrevido a desafiar los intereses y creencias de los demás, tal vez por autorizar la caminata del reloj sin tomar la decisión de experimentar cada instante con su estilo de vida, probablemente por ser la existencia una historia, una experiencia que cada uno debe emprender para evolucionar, probarse y ser feliz.

Meditó acerca de su vida y descubrió que se encontraba en la madurez. Se sentía abrumada por su ayer y su hoy. Hubiera deseado algunas modificaciones en su guión existencial.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes de la aldaba contra el portón de madera. ¿Quién podrá tocar a esta hora y bajo la tormenta?, se preguntó inquieta. Asomó por el postigo y miró, sorprendida, a seis visitantes extraños que se presentaron y solicitaron les permitiera entrar.

Temerosa, abrió el portón y los forasteros ingresaron a la morada como si conocieran cada rincón. Pasaron a la sala y ocuparon los sillones. Se presentaron ante ella: otoño, invierno, muerte, recuerdo, olvido y tiempo. El primero anunció la proximidad de su escala en la siguiente temporada. Anticipó, por lo mismo, que su aliento desprendería las hojas de los árboles hasta formar alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersaría durante las tardes desoladas y grises.

El otoño prometió retornar con severidad, entintar las frondas y los paisajes naturales, arrancar las hojas y el verdor de las plantas, arrebatar la vitalidad y anticipar, a través de los rumores de su lenguaje -el viento-, la proximidad de la noche oscura, los síntomas prematuros del invierno.

Al escuchar al otoño, ella enmudeció y sintió estremecer. El visitante sonrió y le pidió fortaleza, seguridad y valentía. Aclaró que es indiferente a la alegría o al sufrimiento de la humanidad; sin embargo, sugirió que cada uno se entrega a su período y destino de acuerdo con su proyecto existencial. Le recordó, seguramente para animarla, la belleza del maquillaje otoñal y el encanto de sus voces al soplar.

Intervino el invierno, quien tras reconocer el temor que se le tiene por su manto tan helado y su indiferencia ante quienes lo experimentan en sus entrañas, en sus rostros, prometió borrar los matices de la vida en la siguiente estación. Era su tarea y debía cumplirla no por dedicarse a actos perversos, no, no era eso. Igual que el otoño, cumplía la misión que le fue encomendada y ofrecía una ambivalencia. Todo es ciclo. El final no es la muerte.

El frío e incluso los copos de nieve al cubrir los paisajes con su blancura, tienen un encanto muy especial, completó el invierno, quien expuso que es el término de las estaciones, la conclusión de una historia, y que puede ser una experiencia dulce e inolvidable o dolorosa, triste y desoladora.

Risueña, la muerte interrumpió. Arrebató la palabra y aseguró ser la más temida porque no le importan ni influyen en su ánimo los colores de la primavera, la fuerza y las tormentas del verano, la melancolía del otoño y la crudeza del invierno. Sencillamente, mueve la última pieza del tablero y concluye la partida y la trama de la vida, incontables ocasiones cuando la gente es más feliz. Rompe proyectos existenciales a cualquier edad. Cumple su tarea sin resbalar a la tentación de la belleza física ni al brillo de los diamantes.

El recuerdo solicitó a la muerte no ser tan ufana porque tras el final que provoca, surgen las remembranzas, lo que le concede el triunfo y mayor poder, incluso, que el otoño y el invierno. Los recuerdos sobreviven a la muerte y al tiempo, insistió.

De pronto, la voz del olvido se apoderó del recinto. Pidió respeto a su naturaleza porque al final desgarra los semblantes de la primavera, el verano, el otoño, el invierno, la muerte y el recuerdo. Todo lo convierte en ruina y lo pulveriza hasta extinguirlo.

Tal es el poder del olvido que con su presencia surge la amnesia. Todo se desvanece y queda reducido a nada. La gente, los recuerdos y las cosas se diluyen y pierden su sentido. El olvido es nadie. El olvido es nada.

El tiempo, que permaneció callado y reflexivo durante las intervenciones de sus compañeros, habló mesuradamente. Ella escuchó “sin mí, mis amigos no se manifestarían en este plano”. Cuando quiso plantear sus dudas e inquietudes, el tiempo se incorporó, seguramente porque no da oportunidad a un paréntesis, y repitió: “vive, vive”.

Ella escuchó aterrada los planteamientos de sus visitantes, quienes antes de despedirse, le sugirieron descifrar el mensaje oculto en cada disertación. Le explicaron que hay palabras y expresiones de apariencia superficial, mientras algunas más, en cambio, tienen mayor peso y un sentido que sólo entienden aquellos que se atreven a desentrañar la verdad.

Se marcharon y ella quedó nuevamente sola. Asomó por la ventana con el objetivo de contemplar el relampagueo que iluminaba el celaje nocturno y distinguir las sombras que se extendían enormes y siniestras, hasta que entendió que uno debe superar sus miedos y prejuicios y alumbrar las horas de su existencia con el resplandor que emana de su ser. Comprendió, igualmente, que si hay abismos, fantasmas, prisiones y fronteras, son, precisamente, los que se forman desde los sentimientos y la razón.

Reflexionó que si los relámpagos son capaces de desafiar la oscuridad de la noche y encender el paisaje, las sombras tienen la facultad de proyectarse y hasta causar miedo cuando se les autoriza ingresar a los sentimientos y al pensamiento.

No obstante, atrapó su atención el hecho de que cada relámpago y sombra tienen su momento de esplendor y desvanecimiento. Cada acto se expresa con oportunidad, hasta diluirse, y eso encierra un mensaje en la vida.

Ella recordó las facciones del otoño y el invierno, tan poderosos y sagaces que aparentemente propician la caducidad; sin embargo, determinó que se encuentran integrados al círculo de la vida y la creación, de modo que no son enemigos cuando se les interpreta. No tienen principio ni final.

La muerte representa, en todo caso, la caducidad de una temporada, el fin de un ciclo y el inicio de otro, el renacimiento, el principio. El inicio plantea nacer y posteriormente morir. El decreto consiste en que la vida es perenne. Cambian las formas, la cáscara, los perfiles; pero se conserva la esencia, el éter, la naturaleza.

Ella comprendió que la primavera es la aurora, la mañana, el inicio, la inocencia; el verano, en cambio, muestra la fortaleza, el vigor, la osadía, mientras el otoño, con su experiencia, prepara la ruta al final del ciclo y es la tarde, quizá el principio de la noche, hasta que el invierno, que es el ocaso, cubre todo, siempre con la promesa de un amanecer, de un renacimiento. Tales son la vida y la muerte. Forman parte de lo mismo, después de todo.

Perdió el temor al envejecimiento cuando aprendió que el ocaso sólo acerca a la aurora. Supo, entonces, que uno no puede anclar definitivamente en un puerto ni naufragar por tiempo indefinido porque la embarcación prosigue su itinerario, continúa su ruta. Quien se detiene, queda atrapado y el agua que se estanca, por cierto, es putrefacta. Hay que vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenitud, más allá de creencias, doctrinas, intereses y prejuicios. Es primordial atreverse a vivir.

Cuando se vive con autenticidad, no se le teme a la muerte. La finitud pierde su dimensión aterradora cuando uno aprende a vivir, a volar libre y plenamente, a protagonizar la historia más bella, inagotable, suprema e inolvidable. Y a la existencia se le decora cada día con actos sublimes, con sentimientos puros, con la hazaña de atreverse a sentirla en todo momento con sus claroscuros.

Y si la muerte ya no amedrenta, los recuerdos tampoco son cáliz amargo, sino fragmentos que repentinamente se rescatan para alegría, consuelo y recreo. El olvido sólo carga los malos momentos, cualquier sentimiento negativo que opaque la alegría y el desenvolvimiento del ser. Es incapaz de llevarse los sentimientos y las obras buenas.

Ella sonrió. Ya no le asustaron más las horas de desolación, las noches de aguaceros y los estruendos. Entendió que todo proviene de la misma fuente y cada expresión cumple alguna encomienda. Recordó que todo tiene claroscuros y una razón, un destino, un motivo. Sólo hay que atreverse a vivir.

Miró su viejo cuaderno de dibujos y anotaciones. Lo tomó con la certeza de que si trazaba un palacio, flores, sonrisas, amor, alegría y sentimientos dulces y supremos, los conseguiría, como igualmente obtendría, si los esbozaba, calabozos, grilletes y torturas.

Decidió trazar su existencia, dibujar su historia, colorear sus días, hasta que conquistó sus deseos. Los ciclos de la vida, que alguna vez tocaron a su puerta, no volvieron a ser intrusos porque aprendió, hasta la hora postrera, a disfrutar cada etapa con sus decisiones y libertad, con lo que ella deseaba y no con las imposiciones, creencias e intereses de los demás. No volvió a lamentar ni sufrir por lo que parecían fatalidades porque de pronto descubrió que la felicidad, el amor, la riqueza, los sentimientos y lo más excelso reposan en el interior, no en las apariencias y superficialidades ni en las convicciones de otros.

Así, ella se sintió dichosa los siguientes veranos y vivió con dignidad y encanto los otoños e inviernos que se sucedieron unos a otros, hasta que la muerte y el tiempo llegaron una noche acompañados del recuerdo y el olvido. Entendieron que por fin alguien había vencido sus miedos y desentrañado la verdad. Ella aprendió a vivir, a darse la oportunidad de ser muy feliz a pesar de las luces y sombras, y ganó, por lo mismo, el derecho al ciclo interminable de la creación. Existiría siempre, y así se marchó, digna y plena, muy feliz, a otras fronteras donde el principio y el fin no existen.

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Emociones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es una emoción que no acaba, una alegría que no expira, un amor que no se agota ni envejece. Son la servilleta y la flor, el texto, el poemario y el bouquet, el arreglo, con nuestro aliento y perfume. Son el mundo y el cielo. Es la locura de un amor. Somos tú y yo

Tengo un delirio, una costumbre, un secreto que creí inconfesable y que esta mañana, por la emoción que siento, deletrearé a tu oído, igual que el rumor de la fuente y la lluvia cuando una tarde romántica transmiten su locura a los enamorados.

Este día confieso que aquella hora distante, cuando por fin coincidimos en algún rincón del mundo, no me equivoqué al reconocer la señal que de inmediato descubrí en ti y provocó que una voz -la de mi interior- insistiera: “es ella, la otra parte de ti, tu compañera de juegos en los patios del cielo, el rostro femenino de tu alma, la musa que te inspirará y a quien siempre has amado. Es tu amor inmortal”.

Ahora quiero expresar al mundo, a la gente que conoce o intuye mi desvarío por ti, que de todos los encantos cotidianos, hay dos que me fascinan, acaso por el hechizo que ejerce construirlos, quizá porque me acercan más al pulso de tu ser, tal vez por saber que se tata de emociones que tú y yo conocemos y nos identifican.

Me encanta construir palabras y sentimientos, promesas y recuentos, sueños y sorpresas, alegría e ilusiones, sonrisas, detalles y vivencias, material que reúno en páginas de níveo encanto y transformo en encuentro de letras, en jardín del abecedario, para entregarte las obras que me inspiras.

Obtengo, al fundir letras en el crisol de mis sentimientos y la razón, palabras que preparo para ti, musa de mi amor y mis obras, para dejar constancia de nuestra historia y de los momentos de ensueño que compartimos.

Al inspirarme en ti y entregarte mis sentimientos en obras de arte, en poemas, en la dulzura de la prosa, experimento tanta emoción como cuando me entero que los lees y te cubren de embeleso.

Nunca antes había entregado mi amor a alguien, y menos escrito una y otra vez a una mujer acerca de los sentimientos que me inspira. Jamás me había enamorado, creo yo, porque te estaba esperando y reservé para ti lo mejor.

Gozo plenamente cuando termino un poema o un texto, inspirado en ti, y lo lees con alegría e ilusión, con la emoción de una niña que es sorprendida con un regalo, con la dulzura y el encanto de una dama que se sabe amada y consentida.

Escribir los sentimientos que me inspiras, es un deleite, como lo es, también, elegir las orquídeas, los tulipanes, las rosas y las flores que alguien -el artífice que entiende mi anhelo de expresarte mi amor e interpreta mis secretos- convierte en versos, en música, en lienzo.

Letras y flores forman parte de mis emociones al volverlas detalles, motivos, instantes, destino. Disfruto desde el minuto de su creación hasta la hora en que te entrego mi amor fundido en arte, en creación literaria, o en colores, fragancias y textura.

Imagino tu admiración, sonrisa, alegría e ilusión al leer, a una hora y a otra, los textos que me inspiras, o al recibir, aquí y allá, los bouquets y arreglos florales con los matices del amor y la mezcla de tu perfume y el mío, porque de lo contrario, pregunto, si no se tratara de las fragancias de ambos, ¿cuál será la razón por la que los pétalos exhalan nuestro aliento?

No sabe la gente que me observa con el bolígrafo en la mano y la libreta de apuntes, que soy el escritor que compone poemas a su musa bienamada; tampoco imagina la mayoría, al mirarme con el florista, la emoción que siento al enviarte un ramo, un bouquet, con un sobre que encierra una promesa, un detalle, una palabra de amor.

Admito que siento emoción, alegría e ilusión al escribirte un texto y al regalarte un ramo. Una servilleta con algunas letras, es una flor; las páginas que me inspiras, te escribo y te dedico, son un ramo, un bouquet, un arreglo con nuestro aliento y perfume, tal vez, razón de mis emociones.

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Reservo los colores, la risa y los juegos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…Y si un día, ya en la ancianidad, te pregunto una y otra vez si ya te dije que te amo, no lo haré porque me sienta acosado por la carga y demencia de los años, ni tampoco por la inseguridad que experimentan quienes dudan de la fidelidad de una dama; será, creo yo, porque los sentimientos desafían abismos y fronteras al confesar secretos al oído…

Tu sonrisa es la alegría de mis años. La he invitado a ser mi huésped permanente para que me acompañe hoy y durante mis días de ancianidad. Me ofrece matices para deslizar los pinceles sobre mi rostro y pintar armonía y felicidad, sueños y realidades, esperanzas e ilusiones, promesas y suspiros.

El color de tu mirada de espejo forma parte de mi paleta de artista porque con tus ojos también me descubro, miro al mundo y contemplo el cosmos y la eternidad, o atrapo imágenes de noches románticas de lluvia o de estrellas en el firmamento, el brillo de las luciérnagas, la profundidad del océano y la intensidad del cielo.

Atesoro tu voz porque la reencuentro al escuchar los rumores de las cascadas, el trinar de las aves, el concierto del mar, los gritos de la vida y del universo, el lenguaje del aire al volar sobre las montañas y las palabras de los ángeles.

Me encantan tus besos porque me transmiten el sabor de tu alma, la dulzura del amor que me entregas, el encanto de tus sentimientos y la pureza de una existencia consagrada a bordar detalles y tejer la senda a nuestra morada.

Obtengo de tu esencia las fragancias de mi vida. Percibo el encanto de tu perfume en las orquídeas, los tulipanes y las rosas. Detecto tu bálsamo en el rocío, en el embeleso de una mañana primaveral, en el ambiente de una tarde de lluvia, en las hojas que el viento arranca de los árboles y acumula en alfombras doradas y quebradizas, en los copos de un día o una noche invernal. El aroma del mundo, al mezclarse con el efluvio del cielo, me recuerda el aroma de tu ser.

Ahora que eres cristal y lluvia, reconstruyo y evoco tu lozanía primaveral, cuando atravesabas puentes, corrías por la llanura, reías con la inocencia de una niña y arrancabas flores minúsculas y dientes de león como para enviarme, a través del tiempo, sus filamentos y perfumes cargados de amor.

No es que me apodere de los minutos que el reloj cuenta impaciente; es que se trata de instantes que coinciden en nuestra historia, momentos que compartimos, segundos que Dios derrama sobre nosotros para experimentar los sentimientos que nos unen y vivir el sueño y la ilusión de un gran amor.

Guardo en mi memoria el recuerdo de las vivencias, los juegos, las risas, el tiempo juntos, los paseos, la convivencia y nuestra historia. Son nuestros. Siempre me recuerdan la emoción, alegría e ilusión del amor que siento por ti. Impiden que alguien más ocupe el sitio de quien es yo.

Extiendo mis brazos este verano y los que siguen, con la promesa y garantía de que durante el viento otoñal y las ráfagas de invierno no te soltaré porque a alguien especial y sublime se le ama no por la belleza y lozanía de un ciclo transitorio, sino por su resplandor interno, por los tesoros de su alma, por la ruta que sigue, por ser quien es.

La locura de un amor no surge por un saludo casual, una coincidencia o un encuentro fugaz y placentero, ni tampoco por la obsesión de encadenar una mano, el latido de un corazón y el vuelo libre y pleno de la otra parte de uno, y menos por confinarlo en un documento o un coctel social; es un delirio que expresan dos almas al compartir y protagonizar una historia sublime, maravillosa e inolvidable, como esas que Dios suele escribir y regalar a quienes consiente tanto.

Imagino, y así te lo prometo, que mañana, cuando el invierno talle su lenguaje en mí y en tu rostro, en el tono de tu voz, en tu cabello, habré guardado en el armario de mi ser los colores de la alegría y los juegos que me regalaste, el arrullo de los sueños e ilusiones que bordamos, la emoción de las vivencias que protagonizamos, la compañía y fidelidad que únicamente experimentamos quienes desbordamos nuestro amor en un delirio, en un encanto, en un destino.

No sé si el tiempo, en el mundo, me alcance para compartir y disfrutar tu ancianidad; pero debes saber que mis manos te pertenecerán, mis ojos se fusionarán con los tuyos y mis brazos calentarán tu lecho y tus horas.

Ahora entiendo la razón por la que el amor no muere cuando es tan auténtico, fiel y puro. El invierno y la noche son insuficientes para ahuyentarlo o debilitar su intensidad. Los años, respaldados por una historia grandiosa, son basamentos y columnas que lo sostienen porque al dejar atrás la lozanía juvenil, los reflejos de la aurora, se presentan las pruebas que miden su autenticidad. Yo quiero, en mis días postreros, consentirte, llenar tus momentos de detalles y preguntarte una y otra vez, aunque pienses que la mía es demencia de viejo, si ya te dije que te amo tanto.

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