Mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Voló aviones de dos alas, impartió clases, participó en el desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, conoció el encierro y el silencio de las celdas conventuales, exploró las entrañas de la tierra y descifró las ruinas arqueológicas, se sumergió en las profundidades de su ser, leyó incontables libros y me relató historias, me mostró el sendero del arte, me indicó la ruta interior, me invitó a descubrirme y escalar la cumbre.

También montó un elefante en su infancia, estudió el libro de los Vedas y las obras más antiguas y profundas de la humanidad, fue aventurero, vivió lo que soñó y dedicó muchos años a los inventos, a orientar sus esfuerzos en el descubrimiento del movimiento continuo, principio que desarrollaría para entregar a la humanidad un sistema que generara por sí solo su propia energía, con lo que intentó eliminar el uso de hidrocarburos y otras fuentes contaminantes.

No era hombre arrogante ni ostentoso. Prefería mostrarse al natural, honesto, sencillo, humano, dispuesto a trascender, ayudar a quienes le rodeaban y dejar huellas indelebles en el camino. Su mayor riqueza reposaba en las profundidades de su ser y se manifestaba en sus sentimientos, palabras, acciones e ideas.

Fue mi padre. De él aprendí a amar y entregarme plenamente a mi familia, los secretos del arte y el pensamiento, la caballerosidad, el sendero a fronteras insospechadas, el código que rige los días de mi existencia.

Me enseñó, además, a enfrentarme a mí mismo, a mis miedos, a los abismos diseñados y creados desde mis sentimientos y pensamientos, a las sombras que se disipan ante la luz. Su fuerza de voluntad era inquebrantable. Poseía la fórmula de la vida.

Igualmente, me amó y consintió mucho, pero también me corrigió y me mostró la energía y disciplina. Parecía saber todo. Hablaba de Dios, del ser, de filosofía, de religiones, de medicina, de política, de inventos, de historia, de arte, de ciencias, como si tuviera acceso al conocimiento universal.

Le agradezco que me haya abrazado para protegerme y, a la vez, dado oportunidad de volar libre y pleno, auténtico y feliz, con un relicario de principios que no caducan con el tiempo ni se doblegan ante las modas, pasiones y tendencias humanas.

Amó a mi madre, que era una dama. Cada día le entregó alegría y detalles de caballero. Su familia fue lo más amado en el mundo. Fue un ser humano espiritual, artista, intelectual y práctico, con incontables vivencias en una sola existencia.

Recuerdo que la gente, a su alrededor, acudía en su búsqueda para recibir un consejo, palabras de aliento, opiniones sobre determinados temas y hasta ayuda en alguna reparación. Parecía inagotable. Siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás.

De él podría escribir una obra bella y sublime porque fue un ser humano extraordinario e inagotable, demasiado luminoso; sin embargo, al rendirle mi más profundo amor, respeto, admiración y agradecimiento dentro de la brevedad de este texto, recuerdo que yo era muy joven cuando aquella noche, la última que lo miré con vida, lo saludé como cada día, con un beso en una mejilla y en otra, y la idea de reunirme pronto con él, mi madre y mis hermanos, ya que me ausentaría algunos días de la ciudad.

Reservaré para mí los prodigios, los detalles, el capítulo de sus horas postreras. Retorné a la casa solariega antes de tiempo. Cuando llegué en el automóvil, acompañado de uno de mis hermanos, descubrimos personas en el jardín del frente, siempre con flores y plantas cultivadas por mi padre. Uno de los vecinos interceptó a mi hermano, lo abrazó y dijo: “lo siento mucho, tu papá falleció”. Escuché la noticia y corrí desolado a mi habitación con la intención de llorar como nunca antes lo había hecho.

Él, quien durante alguna hora de su niñez aprendió a tocar violín y otro día de su vida regresó invicto del umbral de la muerte, tras su agonía en cierta época, supo interpretar la proximidad de su instante postrero en el mundo y señaló su corazón aquella madrugada de octubre, cuando mi madre escuchó su estertor. Tras señalar su corazón, su brazo desplomó ausente de vitalidad, igual que un guerrero victorioso. Su transición fue breve, acorde al personaje y a su grandeza.

Han transcurrido los años, unos primaverales, algunos veraniegos, otros otoñales y unos invernales, con sus luces y sombras, sus senderos, sus dualidades y la intensidad de nuestra historia; no obstante, es octubre, cuando el hálito del viento desprende las hojas de los árboles, las mece y las barre posteriormente, al acumularse en alfombras doradas y quebradizas, el mes que él, mi padre, pasó por la transición.

Los años, transformados en décadas, no han impedido que recuerde y sienta a mi padre cada día, como el primero de mi existencia en este plano, cuando abrí los ojos y lo vi amoroso y protector. Él me enseñó a fundir la esencia del ser a pesar de la frontera que parece existir entre la vida en el mundo y planos superiores. Siempre le llamé papi. Lo recuerdo con amor y le rindo homenaje al expresarle que fue un honor y un privilegio ser su hijo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

 

5 comentarios en “Mi padre

  1. Es hermosa la forma en que honra a su padre, Santiago. Aprecio que su propia vida es un homenaje permanente a lo que él fue, por la riqueza de ser interior que dejó en usted. Mi respeto absoluto.

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  2. Gran Homenaje a un gran hombre, por haber luchado tanto y siemre aprender más, diversos temas, pero sobre todo por haber dado tanto amor, y por (9) lo que dices Santiago, haber sido muy amado, eso no cualquiera (9) lo logra , (perdón tengo un problema en el teclado, ) FEICIDADES por tener la dicha como lo puedo decir yo también E EL MEJOR PADRE

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  3. QUE HERMOSO QUE PUEDAS COMPARTIR TAN LINDO RECUERDOS DE TU PAPA SANTIAGO. NO CABE DUDA DE QUE TUVISTE UN PADRE TODO UN CABALLERO DE DONDE HEREDASTE TAN LINDO LINAJE, EL TE SIGUE CUIDANDO DESDE EL CIELO , DIOS TE BENDIGA UN UNIVERSO DE BESOS.

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