El inicio de la restauración

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La restauración humana plantea reconciliarse consigo y con los demás, perdonar y no conservar resentimiento. El odio es un abrojo que cubre las plantas y las flores del amor, una infección que supura y envenena hasta mutilar la felicidad y amputar la paz, el bien y la armonía.

El perdón recoge los vidrios rotos y punzantes e impide que la gente, al caminar, hiera sus sentimientos, enferme y dibuje en sus semblantes el lenguaje del desencanto y la enfermedad.

Uno debe, al paso de los días, abrir el puño endurecido y extender la mano noble y sensible que da. La venganza es hijastra del odio, es engendrada por sentimientos negativos; el perdón, en tanto, es de linaje puro porque desciende del amor, la comprensión, el respeto y la tolerancia.

Quien no perdona, jamás tendrá esperanza de reconciliarse en su vida. Siempre tendrá un saldo en contra. Aquellos que olvidan perdonar, llevan una carga innecesaria que escuchan en cada latido del corazón y perciben a su alrededor.

Adicionalmente, la aceptación de uno mismo es fundamental. Quienes no se aceptan y sí, en cambio, se detestan, se convierten en sus propios enemigos, permanecen en conflicto y jamás sienten paz interior.

Hay rasgos que uno puede modificar -pereza, odio, soberbia, promiscuidad, miedo, cobardía, superficialidad, vicios y perversidad-, y otros que definitivamente nacieron con cada persona, como son, verbigracia, aspecto físico, tono de ojos y piel, forma de la nariz y estatura.

Muchas personas reniegan hasta de sus nombres y apellidos. Hubieran querido algo diferente, más similar al prototipo de belleza físico que proyectan los medios masivos de comunicación con tantos prejuicios. Se sienten inferiores hasta por el color de sus ojos. Denigran su raza.

Junto con el perdón y la aceptación de uno mismo, se encuentra el respeto. Si un ser humano no posee tales elementos, difícilmente perdonará a quienes le rodean, los rechazará hasta por su aspecto físico y no respetará a nadie. En suma, la amargura, el desencanto y la tristeza lo acompañarán cada minuto de su existencia.

Una vez que hombres y mujeres han dominado sus apetitos y fobias, sus prejuicios y temores, estarán preparados para emprender una retrospectiva por las rutas de sus existencias, hasta conocerse a sí mismos, con sus luces y sombras, sus capacidades y limitantes, sus sueños y realidades.

La gente que no se conoce a sí misma, con todos sus claroscuros, enfrentará conflictos para diseñar un proyecto existencial auténtico y realista y, en consecuencia, su historia será como tantas biografías oscuras, ausentes de interés y detalles extraordinarios. No dejarán huellas indelebles ni gratos acontecimientos y recuerdos tras las lápidas con sus nombres.

En el mundo, hay vidas humanas mediocres, y tener éxito y ser felices no es sinónimo de opulencia material ni de apellidos y condiciones raciales. La felicidad y la realización de la humanidad no dependen de cosas. La riqueza material es lícita, pero no necesariamente es signo de felicidad. Esas existencias tienen similitud con las notas discordantes de una sinfonía, los cuadros carentes de armonía y belleza y los relatos monótonos.

No obstante, quienes hacen de sus existencias la oportunidad de protagonizar capítulos con lo mejor de sí, heredan una historia bella, intensa, sublime, maravillosa e inolvidable. Hacen obras maestras de sus vidas. Son aquellos que emprenden actos pequeños o grandiosos en beneficio de los demás, cultivan detalles, aman, sonríen, son congruentes con el bien y la verdad, y retiran la enramada y las piedras del camino. Siempre tienen un destello, una flama que no se extingue, una luz hermosa que alumbra el sendero a lo elevado.

Quienes aspiren a la experiencia de una vida prodigiosa, deben saber que es legítimo y posible construir un paraíso; sin embargo, las grandes obras humanas han surgido de un sueño, de una aspiración y de una gran caminata hacia la cumbre. Es fundamental conocerse antes de emprender la marcha.

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Camila

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos que transitan por el mundo y dejan huellas, recuerdos e historias memorables por lo sublime de sus sentimientos, la profundidad de su pensamiento y lo extraordinario de sus actos, hombres y mujeres que, como Camila, son inolvidables por el amor auténtico, fiel y puro que entregan y el resplandor que destilan desde su interior.

Mujer bella y tierna, con sueños e ilusiones, dulce y noble, mostró su inclinación artística durante los primeros años de su existencia. ¿Cómo no va a ser hermoso y sensible quien desde la infancia tiene capacidad de expresar sentimientos e ideas a través del dibujo?

Ella, Camila, dio muestra de su grandeza hasta el minuto postrero de su existencia. Se le extraña. Tenía 14 años de edad. Un día, cuando sus manos se deleitaban con los dibujos que creaba y sus sueños e ilusiones, envueltos en la dulzura de su carácter, la transportaban a las fronteras de los ensueños, su salud se quebrantó y aprendió, como era, a coexistir con la enfermedad, con el cáncer que cada instante carcomió su organismo.

Entre las postrimerías de su infancia y la aurora de su adolescencia, aprendió que los juegos, las fantasías y los sueños quedan atrás, en el recuerdo y a veces en el olvido, y que en ocasiones algunos seres humanos deben enfrentarse a una realidad cruda e incomprensible, al dolor que causa un padecimiento incurable, a la impotencia de salir de la fila para luchar contra algo que parece injusto e invencible.

Los últimos dos años de su existencia fueron difíciles para Camila. Su existencia se complicó. No es fácil padecer cáncer en los pulmones, someterse a quimioterapias y andar, al final, con un tanque de oxígeno; sin embargo, fue ella quien enseñó a la vida, al destino y a la gente que cuando un ser humano es grandioso, las pruebas empequeñecen ante luz que irradia el alma.

Dicen que esas enfermedades enseñan a los pacientes, que les transmiten algún mensaje; pero en el caso de Camila, siempre alegre y fuerte, dio una lección a quienes tuvieron la dicha de conocerla. Fue superior al cáncer.

Uno, ante el dolor y la tristeza, cierra los ojos e imagina a la adolescente, a su corta edad, quizá soñando y con la ilusión de que de improviso se registrará una fórmula para curar el cáncer, tal vez con el anhelo de un día bailar y correr como los chicos de su edad, probablemente con sus esperanzas y frustraciones, ante el desfiladero de la vida, entre un sí y un no, una mañana y una noche.

El dolor, las quimioterapias y sus efectos, la ausencia de un pulmón y la presencia de un tanque de oxígeno permanente, no fueron motivo para que Camila se aislara en un recinto oscuro y silencioso de su casa o en una habitación del hospital; al contrario, cursaba secundaria en un colegio y hasta estaba aprendiendo a conducir un automóvil. Tenía aspiraciones como todo adolescente. Asistía a fiestas y reuniones y lejos de permanecer callada o con mirada de resentimiento, sonreía con naturalidad y se divertía sanamente. Le gustaba la música y ciertas ocasiones, incluso, bromeó.

La  brevedad de su existencia no significa que su jornada terrena fue inútil, porque dejó enseñanzas muy grandes y demostró la superioridad de su ser ante las adversidades que se empeñaron en cerrar las puertas y ventanas de su dicha.

Los juguetes quedaron guardados cual memoria de una infancia pasajera, momentos dorados en los que los personajes no imaginan que protagonizarán capítulos intensos y finalmente dramáticos. Las ilusiones, en tanto, reventaron igual que las burbujas que flotan de efímera existencia.

Todo se encuentra presente en lo que fue su pequeño mundo, todo, menos la presencia física de Camila. El 7 de diciembre de 2017, fecha en que pasó por la transición, el ataúd de la mujer de edad minúscula, tan pura y tierna, lució pletórico de globos, la cartulina en la que un día anotó los sueños que cumpliría cuando sanara, incontables fotografías y muchas flores aromáticas, policromadas y de textura delicada y fina.

Allí, entre sus familiares, amigos, profesores y compañeros de secundaria, el féretro mantuvo atrapado el cuerpo femenino de la adolescente, con sus esperanzas y frustraciones, sus alegrías y tristezas, su risa y su lucha incansable por la vida, sus sueños desvanecidos, su historia prodigiosa.

Al siguiente día, todo se redujo a la urna con cenizas que la empresa fúnebre entregó a sus padres desconsolados. El cáncer y la muerte, aparente victoriosos,  quedaron empequeñecidos ante la grandeza y luminosidad de Camila, quien hasta el último suspiro conservó la fortaleza de los seres superiores que a pesar de la brevedad de su paso, dejan huellas indelebles.

¿Niña?, ¿adolescente?, ¿mujer?, ¿ángel? Camila ya no tuvo oportunidad de experimentar los ciclos de la vida, en este mundo; no obstante, no los necesitó, parece, porque vino a enseñarnos que los días de la existencia son breves, fugaces como un suspiro, y que uno no debe perder la oportunidad de amar, ser feliz y cultivar el sendero con detalles y actos dulces y buenos, dejar luz para que los demás se guíen con los faroles y puedan trascender y volar a otros planos.

Los padres de Camila se encuentran en el desconsuelo, como cualquiera sufre lo indecible ante la muerte de un hijo; sin embargo, un día, cuando el recuerdo se dulcifique, se sentirán embargados por la paz profunda al entender que tuvieron la dicha de contar en su hogar con uno de esos seres consentidos de Dios, una de las criaturas que suele enviar con la intención de que otros aprendan a vivir y conquistar el cielo.

La vida fugaz de Camila no fue en vano Merece un reconocimiento permanente y que se siga su ejemplo. Ya es luz quien enfrentó el acoso de las sombras. Vive eternamente quien durante sus horas de prueba demuestra valentía, fe, esperanza, amor, alegría y valores. Sonrió a pesar de alojar al cáncer y a la muerte en su cuerpo. Siempre hubo algo sublime en ella, un alma verdaderamente llena de luz, que superó las pruebas y dio una lección a la misma vida. Una niña pura y tierna.

Camila, quien disipó las sombras y buscó la luz, invita a vivir alegres, con amor e ilusiones, lejos de los resentimientos, el mal, las superficialidades y la mediocridad, y cerca del bien y la verdad.

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El encanto de reconocerte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…una vez que miré el encanto y el destello de sus ojos, sentí admiración por ella. Desde entonces, la observo con mi cara de niño enamorado, con el asombro de quien ha descubierto el lenguaje del silencio, la ruta a un plano mágico

Te reconozco en tu mirada, en tus ojos, en esa forma que tienes de verme; te identifico en tus manos, al tomar las mías, al acariciar mi rostro, cuando eres dama y ser humano, tan distantes del egoísmo y la ociosidad. Te defino al observar tu silueta, tus movimientos, siempre tan femeninos, orgullosa de tu aventura de ser mujer; te siento conmigo al unir tus labios a los míos y llevar tu sabor aquí y allá, igual que tu fragancia que me recuerda las noches perfumadas en un jardín mágico y de ensueño; te interpreto al escuchar tu silencio, la voz de tu interior, el lenguaje de tu alma. Te percibo conmigo al emprender el vuelo, recibir las caricias del viento y probar la sensación de planear entre el mar y el cielo; te descubro al leer o escribir tu nombre, tus apellidos, fundidos en los míos. Estás conmigo, en mí, en ti, contigo, en nosotros. Eres tú, soy yo, con el prodigio de compartir un destino, una historia. Te encuentro y siento al pensar en ti, al estar a tu lado, al creer que los sueños son vida y que algún día, tras mucho creer y luchar, uno materializa sus anhelos. Al reconocerte, descubro a mi musa, al color de mi vida, a la dama de mi ser, al amor que resplandece y me lleva a las rutas de mi interior, al camino del cielo.

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El sabor de la muerte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He probado su sabor. Algunas veces, durante mi estancia en el mundo, la he sentido cerca. Cierta ocasión, incluso, se atrevió a cubrirme con su manto y arrullarme. Eran los años de mi adolescencia. Se alejó y postergó la cita para otra fecha.

Sé que el encuentro definitivo será inevitable, pero lo dejaré para algún día y una hora que no conozco porque aún tengo planes en el mundo. Deseo concluir mi historia mundana antes de cerrar el libro y partir.

No ignoro que un día, una noche o una madrugada tocará a la puerta de mi existencia y concluirá, entonces, mi jornada terrena. La muerte tan temida por muchos, suele presentarse de improviso, cuando menos se le espera, no pocas veces con el objetivo de que uno la conozca y valore el palpitar de la vida.

Desde la infancia me he preparado para llegar puntual y de frente a mi cita con el destino. Sé que lo que llamamos muerte, sólo es el final de un ciclo, el término de una serie de instantes para una envoltura carente de porvenir, y que es. igualmente, el tránsito a planos superiores. Si uno desea un palacio, habrá que anticiparse, diseñar los planos y reunir el material para su construcción; si prefiere una pocilga endeble, tendrá que vivir con mediocridad e indiferencia.

Hace días, al inicio de diciembre de este año que ya agoniza -2017-, pasó junto a mí. Reconocí su fragancia, esa sensación tan especial que deja al tocarlo a uno. Intentó recordarme, parece, la fugacidad de la existencia, la temporalidad en un mundo que es tan frágil.

Relataré con brevedad el hecho que viví, no sin antes mencionar que en las ciudades mexicanas, por cierto, amplio porcentaje de automovilistas y conductores del servicio público de carga y pasajeros transitan sin precaución, con total falta de respeto a los demás. Mucha gente parece transformarse al tomar el volante. Se convierten, por su forma de conducir, en criminales potenciales.

Siempre he tenido precaución al manejar y al caminar por las calles. He tratado de ser buen conductor y peatón; no obstante, en urbes donde la falta de conciencia provoca el uso excesivo de automóviles -caray, hasta para ir a la tienda de la esquina- y en las que la dinámica es una carrera sin sentido, cualquier persona está expuesta a un accidente.

Resulta que hace días decidí cruzar una avenida bastante transitada. Estaba en el camellón, en espera de que todos los vehículos frenaran ante el semáforo en rojo. Atravesé con cuidado y hasta el chofer de una camioneta del servicio de pasaje colectivo, parado en el carril derecho, me hizo la señal para que pasara.

Caminé rápido ante el arranque de los vehículos, pero inesperadamente, en un espacio reservado para ascenso y descenso de pasaje, apareció una camioneta, también del servicio de transporte de pasajeros, acelerando con la estupidez que lamentablemente caracteriza a gran parte de los choferes de ese gremio.

Si hubiera apresurado el paso, como planeaba hacerlo ante el nerviosismo de los automovilistas que aceleraron en cuanto vieron la luz verde del semáforo, la camioneta me habría embestido y despedazado. Evidentemente, hubiera muerto de manera fatal e instantánea.

Esa noche, al llegar a casa, me refugié en una de las habitaciones, cerca de mis libros, en el espacio reservado a la creación de mis obras, no con la intención de escribir, sino para reflexionar, una vez más, acerca de la vida y la muerte.

Mucha gente, al sobrevivir a algún peligro mortal, se cuestiona públicamente cuál será el mensaje de la vida, del destino o de Dios, y hasta se compromete a buscar respuestas sobre su existencia y lo que tendrá que hacer en lo sucesivo para justificar su permanencia en el mundo; no obstante, la mayoría lo olvida y retorna a su rutina, a su estilo personal, a sus historias ausentes de acontecimientos extraordinarios.

Todavía cuento con planes. En todo caso, agradezco a la muerte su recordatorio sobre la brevedad de la existencia en este mundo, aviso, creo yo, para no olvidar que la vida es tan simple y profunda a la vez que merece, por lo mismo, experimentarse cada momento en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con amor, alegría y valores, con la idea de dejar huellas indelebles y legar una historia maravillosa, subyugante, ejemplar e inolvidable. El momento es hoy.

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Hoy y mañana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy y mañana, en el amor, es siempre, es eternamente a tu lado

Quiero escabullir de las carátulas, los péndulos y las manecillas del reloj, y regalar los instrumentos de medición, con la idea de eliminar el tiempo y la distancia entre tú y yo, cuando se interponen por alguna causa, y así, un día, al despertar, encontrarme contigo en la eternidad. Sé que la estancia en el mundo implica días y años, fechas, capítulos, una jornada y una historia. Quizá es uno de los motivos por los que me enamoro y asombro de ti todos los días y por lo que anhelo percibirte en mi alma y sentirme en la tuya, tratarte como mi niña consentida, tomar tus manos y salir al mundo a explorar y disfrutar sus rincones, abrazarte en silencio y prolongadamente, reír mucho y consolarte si por algún motivo experimentas dolor o tristeza, propiciar que duermas feliz y despiertes alegre e ilusionada. No dudo que durante las horas de la ancianidad, experimentaremos asombro por entregarnos un amor fiel e inquebrantable. El amor, recuérdalo bien, no tiene edad. No sabemos si tú o yo, siempre juntos, necesitaremos un apoyo, un consuelo o una mirada que transmita paz, comprensión y ternura y nos ayude a dormir tranquilos, de tal manera que si hoy jugamos y reímos, seguramente mañana, al anochecer, uno y otro seremos quienes con igual encanto nos cobijaremos si tememos frío. Hoy protagonizamos la historia plena que otro día recordaremos con emoción y nostalgia. Las diferencias entre hoy y mañana serán, tal vez, la edad y los capítulos innumerables que compartiremos, con la ilusión de que cada momento sólo es eco de un mundo mágico y de ensueño, destello de un día interminable, promesa de la locura de un amor. Hoy y mañana, en el amor, es siempre, es eternamente a tu lado.

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Asombro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

También descubrí que cuando uno realmente se enamora de alguien, vive en continuo asombro porque todo, en esa persona, es bello y supremo. Es como estar sentado al lado de Dios, disfrutar juntos un álbum y de pronto escucharlo: “mira, ella es la mujer que soñaste en la niñez. Corre a buscarla en los parajes del mundo, en un lugar y otro, y cuando la descubras ante ti, no dudes mirarla de frente, abrazarla en silencio, fundir tu alma en la de ella, amarla especialmente y hacerla muy feliz. Vivan su historia y tracen su ruta para retornar a la morada que he preparado para ustedes…”

Experimento asombro al pronunciar tu nombre, mirar tus ojos, respirar tu perfume y hacer de ti un poema. Admiro saber que existes y puedo abrazarte, pasear contigo y acariciar tu rostro. Me embelesas, al amanecer, tras retornar de mis sueños nocturnos, donde floto y juego contigo, porque me percato de que no te inventé, que estás conmigo, que eres yo, que soy tú. Siento emoción al estar contigo, al dialogar o permanecer en silencio. Me maravilla saber que Dios, al crearte, te hizo especial, como te imaginé y definí desde la infancia, y te cubrió con el encanto femenino que uno descubre, al enamorarse, en una estrella, las gotas de lluvia, una flor o la nieve. Me conmueve saber que somos un destino, una locura, un amor. Siento emoción al comprobar que somos personajes de un mundo mágico, de una historia sin final, de una epopeya. Me fascina e impresiona verme todos los días enamorado de ti. Vivo asombrado porque créeme que diariamente te siento en mí y pienso en ti, con la idea de correr a tu encuentro para abrazarte en silencio, mirarte a los ojos y ya lo sabes, expresarte mi amor fiel como lo hice la primera vez, feliz e ilusionado, con la promesa de hacer de los detalles, los sueños, las ilusiones y el cielo un estilo de vida y un regalo para los dos.

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