Quienes se enamoran

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me enamoré de ti

Quienes se enamoran, descubren colores en su interior, los sustraen del mundo y el paraíso, de las flores y los ríos etéreos, de las gotas de lluvia y los sueños. Quienes se enamoran, inventan matices que colocan en las paletas de sus existencias para aplicarlos en sus sentimientos, en la alegría de sus rostros, en sus sonrisas, en la locura de sus vidas. Quienes se enamoran, escuchan los rumores que vienen del silencio, las notas que surgen de la temporalidad y los días inmortales, la música del universo y la creación que late en sus corazones. Quienes se enamoran, no esperan la llegada de algún día mágico y especial porque reconocen que disponen del momento presente para amar y cumplir sus sueños, ya que el ayer, con sus aciertos y desventuras, es suspiro, es parte de sus experiencias y riquezas, fragmento y eco de sus caminatas, mientras el mañana es proyecto, ilusiones aún no cumplidas. Quienes se enamoran, hacen un paréntesis, sin importar la hora o la estación, para escribir un par de palabras y expresar un amor que abre portones e invita a volar con libertad y plenitud entre el mundo y el cielo, en senderos subyugantes y en la ruta interior. Quienes se enamoran, cuentan los minutos que pasan y recorren una estación y muchas más con la idea de reunirse con aquellos que aman o simplemente enviar un mensaje, por cualquier medio, a su otro tú, a su otro yo, para recordarle lo tanto que lo sienten y recuerdan. Quienes se enamoran, no contabilizan el tiempo que dedican al hombre o a la mujer que aman; de lo contrario, su desdén anticiparía su rechazo a compartir los susurros del silencio y los juegos de la inmortalidad. Quienes se enamoran, saben que sus abrazos son para amar, consentir, apoyar, proteger y consolar, y que con un beso y otro más entregan una fragancia y un sabor que se recuerdan siempre. Quienes se enamoran, son fieles y no esperan a alguien más en su morada. Quienes se enamoran, renuncian a opiniones, prejuicios e intereses tras comprender que Dios les concedió un amor que es sueño, ilusión y realidad, poema y música. Quienes se enamoran, sacrifican su existencia, si es preciso, porque aman y saben que seguirán vivos en su otro yo, en su otro tú. Quienes se enamoran, no dudan, confían, se atreven y rompen grilletes. Quienes se enamoran, son felices, plenos y libres. Quienes se enamoran, experimentan un día, una tarde o una noche la locura de un amor que traspasa las barreras del tiempo y el espacio, de tal manera que de pronto se descubren en otras fronteras. Quienes se enamoran, se saben protagonistas de un guión precioso e irrepetible, de una comedia prodigiosa y de ensueño, de una historia inolvidable, suprema e interminable. Quienes se enamoran, no necesitan más pruebas porque entre sus manos y las del ser que aman, sienten las de Dios que los une.

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Propuesta de un encanto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me enamoré. Sin renunciar a mi silencio y a mis horas de aislamiento, dejé atrás mi soledad habitual y le propuse acompañarme por las rutas del mundo, los parajes del firmamento y las moradas del cielo, es decir, le declaré mi amor y la invité a ser uno con dos rostros e identidades libres y plenas, a una unión tan hermosa que irradie luz eternamente

Mi propuesta es amarte siempre, aquí y allá, ahora y después; mi intención, trazar los esbozos de un romance inagotable, convertir en realidad nuestras ilusiones, escudriñar y vivir los sueños que compartimos; mi estrategia consiste en enamorarme de ti cada instante, hoy, mañana y los días que siguen, con asombro y renovación; mi plan se basa en tener tu sabor y entregarte el mío, en darte mi esencia y portar tu fragancia, señal inequívoca de que pertenecemos a la misma casa y caminamos juntos, libres y plenos, tomados de las manos, hacia rutas excelsas. Mi táctica es permanecer unido a ti, igual que un amanecer extraordinario que vuelve dorado el trigal y parece abrazar las montañas y la llanura, mirarse retratado en la piel acuática que refleja la profundidad azul del cielo, las nubes rizadas de rostros inmaculados y el paso de las aves, las horas y las estaciones, o similar al atardecer, cuando las tonalidades amarillas, naranjas y rojizas del sol arrullan la playa y ofrecen un auténtico espectáculo de amor al fusionarse, en el horizonte, con el océano, para posteriormente arrullarlo y retirarse a dormir una noche apacible y estrellada o de tempestad implacable. Quiero amarte, de tal manera que siempre seamos nosotros, tú y yo, sí, tú con un yo muy tuyo y yo con un tú demasiado mío, cada uno con el palpitar de su corazón, con la alegría e ilusión de quienes se reconocen en algún paraje del universo, más allá del tiempo y el espacio, igual que los matices esmeralda, jade y turquesa del océano transforman sus pliegues en espuma blanca que besa la arena y se lleva su sabor a otros caminos. Somos destino. Venimos de una casa de amor. Retornamos a una morada de alegría y sentimientos. Si mi propuesta es que tú tengas un tanto de mí y yo mucho de ti, y si hablo de la fusión del sol y el océano en el horizonte, es porque se trata de un planteamiento que tiene un sentido, un rumbo, un destino, ya que habla, precisamente, de unión dispuesta a compartir la luz del amor, la alegría de existir, la belleza que nos rodea, los tesoros de nuestro interior y los de la creación, la dicha y el encanto de ser, aquí y allá, hoy y eternamente, tú y yo.

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El último día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El último día es inesperado. Llega sorpresivamente. No toca a la puerta ni hace visitas de cortesía. Simplemente, llega en el minuto de la noche, en el instante de la madrugada, una mañana o una tarde, cuando uno se acostumbra a la vida.

La hora postrera de la existencia puede llegar en cualquier momento, cuando uno duerme profundamente o durante los momentos de la jornada. Llega el segundo en que la gente se queda en alguna estación y ya no prosigue en el viaje.

Los furgones del tren se llenan y se vacían porque los pasajeros, hombres y mujeres, ascienden y descienden constantemente. Las vías parecen unirse en el horizonte, pero no se tocan porque son paralelas que conducen a un destino y otro, forman parte de una ruta.

El último día es inevitable. Los días de la vida son tan frágiles, que no hay oportunidad de preparar el equipaje. Las maletas se quedan como prueba de lo que uno hizo en el mundo. Conservan los aromas y recuerdos de cada ser humano, sus obras buenas y malas, los sentimientos que dibujaron su sonrisa o marcaron su amargura; evocan sus actos y palabras, guardan las huellas de los caminantes y son constancia de una vida y otra.

A la gente, mientras vive, se le insiste en que los días son breves y hay que aprovecharlos; sin embargo, los confunden y la mayoría se dedica a talar su verdadero amor, su alegría, su evolución, en vez de plantar y crear un edén en el sendero que recorre.

Vivir no significa dedicar los días a hablar estupideces, embrutecerse con el alcohol y las drogas o coleccionar apetitos pasajeros. Eso lo hace cualquiera. No tiene mérito. Ni siquiera contribuye a disfrutar la estancia en el mundo. No se confundan.

La vida se disfruta cuando uno entiende que cualquier instante puede ser el último y trata, en consecuencia, de experimentar los días y los años en armonía, con equilibrio, plenamente, con la dicha de dar de sí, dejar huellas indelebles, amar fielmente y descubrir lo bello en cada detalle.

Cada instante puede marcar el minuto final. Nadie se atemorice. Sólo se tata de cambiar la vestidura, hacer un paréntesis dentro de la eternidad, preparar el viaje interminable. Hay que vivir felices y en paz, con una ruta definida, dispuestos a entregar lo mejor de sí, con un amor tan grande que ilumine el universo.

Nadie debe esperar a poseer una fortuna o una historia encantadora porque sus sueños podrían no cumplirse. El momento de vivir es ahora. Cada instante es para vivir con sentido. Nadie debería de retirarse del mundo sin antes darse oportunidad de ser dichosos, cumplir sus sueños y purificar sus seres con sentimientos, ideas, palabras y actos nobles. Eviten esos ceños fruncidos. La arrogancia es basura.

Por favor, sonrían, sean amables, den de sí a los demás, no arrebaten, jamás sean la sombra de alguien ni actúen con crueldad o ventaja. Alguien muy inteligente pronosticó que este mundo apenas durará una centuria y que habrá que anticiparse y buscar, por lo mismo, un sitio para vivir; sin embargo, quiero aclarar que no es necesario escudriñar el universo para descubrir otros parajes, ya que uno, a través del amor, las virtudes y los sentimientos, tiene capacidad para hacer de este plano un paraíso bello y por añadidura encontrar la senda hacia moradas sublimes.

Recuerden que el último día podría ser hoy, mañana o dentro de unas semanas, algunos meses o varios años; no obstante, la fecha es impostergable para cada ser humano, motivo, creo, para hacer a un lado los pretextos, las horas ruines, el ocio, los vicios y la ausencia de sentimientos y valores.

No partan sin antes haber sonreído y expresar a los demás lo tanto que los aman. No se vayan sin cumplir sus sueños limpiamente. Nunca se retiren de la vida sin darse oportunidad de hacer el bien, limpiar el camino y entregar de sí lo mejor porque el amor y las cosas no solamente son para uno, sino para bien de los demás. No lo olviden.

Sean ustedes quienes eviten el sufrimiento de los niños que deambulan en las calles o que son maltratados. Devuélvanles la alegría y recuérdenles que siempre habrá quienes los aconsejen, cuiden y acompañen. No engañen ni se aprovechen de la debilidad, confianza e ingenuidad de los demás. Ámense y protéjanse unos a otros.

Me gustaría que cada uno, en su minuto final, pudiera cerrar los ojos y dar el último suspiro con la satisfacción de haber protagonizado una historia ejemplar, bella e inolvidable. La fortuna material, los lujos, la superficialidad y los placeres fugaces no son ingredientes que aseguren la felicidad.

Busquen el vuelo libre y pleno, la justicia, el amor a los demás, la tolerancia, el bien, la honestidad, los valores, la verdad. Traten de sumar y multiplicar lo bueno y eviten restarlo y dividirlo. Los pequeños detalles hacen la grandeza.

Dediquen sus días a sus familias, a ustedes, a la gente que les rodea, a la humanidad, al servicio de la creación. Construyan puentes para no resbalar a los abismos y armen escaleras con la intención de llegar a la cima, pero no dejen heridos en el camino ni provoquen llanto, tristeza y luto en los demás.

Sean dichosos, vivan en armonía y en paz, construyan, generen vida. El último día es inevitable. Desconocemos la fecha en que llegará. Vivamos con la misión de ser luz para alumbrar el mundo y el universo.

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Sueño de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los sueños se cumplen. Alguien se encarga de hacerlos realidad. Uno se convierte en personaje de sus sueños, de su vida, y todo se mueve en el universo para materializarlos. Los elementos de la naturaleza se mezclan y de pronto aparecen el viento, la lluvia, la nieve, transformados en espectáculos bellos, en trozos magistrales, en lienzos cautivantes. El carbón, con el tiempo, se vuelve diamante.  Las estrellas, para lucir una noche mágica e inolvidable, esperan que transcurran, en el mundo, las horas de la mañana y la tarde. Tengo sueños y vivencias. Vivo los sueños. Sueño la vida. Quizá parezca delirio, fantasía, extravío de la razón; no obstante, mis sueños y realidades son locura de este amor. Hay quienes durante las travesías de sus existencias soñaron palacios y formaron reinados; otros, en sus anhelos, construyeron puentes de cristal con la intención de cruzar abismos y llegar hasta bosques y jardines celestes. Los seres brillan y se vuelven extraordinarios e inmortales cuando sueñan y transforman sus fantasías e ilusiones en realidad

Fue una noche de encuentro conmigo, una hora de soledad y silencio, un rato de esos en que el tiempo parece detenerse, instantes que no se olvidan por el significado de lo que uno piensa y siente, por el encanto de los sueños que envuelven la vida y alumbran los anhelos e ilusiones.

Una noche aquella, recuerdo, cubierta de prodigios, pletórica de milagros, con luces y sombras, cielos y mares, calma y tempestades, donde navegué inagotable, guiado por la brújula de mi interior, para así llegar a los confines del infinito, a la morada de mi alma y a las mansiones de Dios.

Inmerso en mí, sentí el pulso de la creación, noté tu presencia, escuché los rumores del silencio, percibí tu aliento y admiré las llanuras de la vida, los destellos de la oscuridad y las sombras de la luz.

Ya en la región donde confluyen corrientes de agua etérea, ríos ingrávidos, con nubes de colores tenues, entendí que me encontraba a un paso de la eternidad, entre lo que la gente, en el mundo, llama vida y muerte. Zona aquella donde el espacio y el tiempo pierden sentido. Percibí, por lo mismo, los susurros de la creación, los murmullos de tu voz, el lenguaje de un paraíso que se siente tan cercano y a la vez muy lejano, las voces de Dios.

Recuerdo que años antes, cuando los espejos de la casa solariega sólo conocían mis rasgos infantiles, mi perfil y silueta de niño, algunas ocasiones, nostálgico y reflexivo, preguntaba a mi madre si ya habría nacido la mujer que amaría. Esperaba su respuesta ansioso y emocionado, mientras derramábamos el agua de la regadera sobre las plantas y flores de su jardín de aromas, colores y formas, prefacio de un edén mágico.

Ella, sonriente y maternal, con la nobleza que le caracterizó siempre, solía responder que seguramente no o que quizá se encontraba en un cunero, pero que pidiera a Dios, sobre todo, coincidir con una dama, con un ser extraordinario y femenino, con una mujer a la que pudiera entregar mi más fiel y puro amor y de quien toda la vida me sintiera orgulloso por la calidad de su arcilla y la flama de su interior.

Aprovechaba la coyuntura para relatarme historias maravillosas, sustraídas de sus sentimientos e imaginación. Me inculcaba que debía ser caballero con la niña de mi alma, respetarla como ser humano, apoyarla en todo, hacerla muy feliz, entregarle detalles todos los días y amarla con tal intensidad que las compuertas del infinito se abrieran para recibirnos. Habría que entrar por la puerta principal, alegres y de frente, para merecer el recibimiento más cálido y los mejores regalos.

Las palabras de mi madre, a quien siempre llamé mami, apaciguaban mi ser inquieto. Jugaba y vivía tranquilo, con la seguridad de que un día, al ser mayor, la bruma se dispersaría ante un amanecer esplendoroso, y descubriría frente a mí a la mujer que sentía en mi interior, con su nombre de ángel en el mío, acaso sin comprender entonces que tú, aún en otras fronteras, en un plano diferente, te sabías yo.

Fue la razón, quizá, por la que aquella noche juvenil me interné en mí, a tal profundidad que descubrí la entrada a ti, a la naturaleza, al universo, al cielo más subyugante. Tras sentir la presencia de Dios, caí en un sueño de amor, en una velada mística y romántica, entre el oleaje marítimo y la pinacoteca con luceros.

Pedí a Dios me concediera encontrarte en mi sendero, coincidir contigo en alguna estación del viaje, andar a tu lado por la misma ruta, aspirar al mismo destino, sin importar nuestras edades en tan dulce acontecimiento. Simplemente, ahora lo sé, mi encuentro contigo y la historia de este amor, significarían la coronación de nuestras vidas.

Hoy, por primera vez, confesaré mi petición a Dios. Con la pureza de aquellos años infantiles, cuando pregunté a mi madre por ti, también formulé interrogantes a quien decreta los signos de la creación, y le pedí descubrirte en determinado período de mi existencia para protagonizar la historia más hermosa y amarte en el mundo y en otros planos insospechados para la mayoría de los seres.

Como eres una de sus niñas consentidas, ahora lo sé, solicitó, en el silencio de mi ser, expusiera qué buscaba en ti, y como ya te presentía, no dudé en decir que la pureza y el resplandor de un alma evolucionada, digna de ser esencia, orgullosa de sus rasgos femeninos, con un tanto de mí , libre y plena, con los tesoros del interior.

Dios me mostró, en su taller, diseños femeninos, fórmulas de mujer, trazos de seres sutiles. Me invitó a examinar cada dibujo con su proyecto existencial. Había mujeres con ojos raptados del mar turquesa o con los tonos del jade y del cielo, como también tan profundos como el color de la madera. Otras poseían rasgos elegantes y finos, de hermosura incomparable.

Unas eran acaudaladas, poseían fortunas materiales; otras, en cambio, se distinguían refinadas y cultas; algunas portaban belleza física. Las había de todas las clases sociales, creencias y razas. Había mujeres bonitas, elegantes, superficiales, inteligentes, espirituales. Allá, en su buhardilla mágica, me mostró el catálogo de la humanidad. Observé a todas las mujeres de antaño, hoy y mañana. Comprendí, también, que hay una esencia que pulsa y posee innumerables rostros.

No oculté mi sobresalto cuando pregunté a Dios el motivo por el que no te encontré en el catálogo que me mostró. Sonriente, explicó que a seres como tú los resguarda en un arcón secreto porque les tiene encomendadas tareas significativas, alguna misión especial, y anticipó que si en verdad estaba dispuesto a amarte, tendría que acompañarte en el paseo y la estancia de este mundo y en el viaje a la ruta interior, a las mansiones del infinito.

Sé que Dios me puso a prueba. Colocó el álbum de las mujeres ante mi mirada, acaso para medir si era capaz de resbalar ante la seducción de las apariencias y la fortuna; sin embargo, el amor que te tengo, ese tú tan mío y ese yo demasiado tuyo, influyeron en mi búsqueda.

Desde el inicio de la conversación, Dios notó que deseaba una mujer con el resplandor de un alma pura, entregada a sus códigos y principios, auténtica y sonriente, fiel y traviesa, libre y plena, con manos laboriosas para dar de sí y apoyar, con oídos atentos a las necesidades humanas, con voz canora para dar consuelo, con mirada de ángel para difundir las riquezas del cielo. La pureza de un ser, anticipó, no se compra con tesoros materiales.

Prometí amarte aquí, en el mundo de la temporalidad, y en el plano de la eternidad, porque una historia compartida es el tú y el yo transformado en nosotros, en ti, en mí, que asegura la vida interminable, la dicha y el encanto de ser fuente y agua, manantial y río, nube y lluvia, volcán y lava.

Dios miró mis ojos y expresó que concedería mi petición, con la advertencia de que tendría que ser caballero de una dama, juego de una niña, alegría y consuelo en las tristezas, compañero fiel de un ser femenino, burbuja llena de detalles, amor interminable.

Al retirarme de aquel recinto donde todo era luz, regresé con la promesa de vivir contigo un sueño de amor, el encanto de la existencia, la alegría de permanecer juntos, el privilegio de estar hechos de otro barro.

Hoy, cuando te miro, agradezco a Dios aquel sueño de amor, la noche en que dormí profundamente y le pedí coincidir contigo para amarte y compartir a tu lado, en ti y en mí, el devenir de la creación interminable.

Cada día, lo he confesado, me enamoro de ti y siento embeleso hasta por el asombro que experimento al amarte, al descubrir tus detalles femeninos, al escuchar tu voz, al disfrutar nuestros juegos, al abrazarte, al buscar las notas musicales y los rumores del silencio interior, al besarte y llevar tu sabor, al regalarte una flor, al saber que eres dama, al compartir el sí y el no de la vida.

Observo tus movimientos sutiles cuando eres tan mujer, tus detalles femeninos, respaldados por un código inquebrantable de principios que rigen tu existencia e invitan a admirarte y sentir respeto por ti, cuidarte todos los días y las noches, consentirte, dispersar pétalos fragantes en tu camino, amarte con alegría y libertad.

No eres burda ni superficial. Jamás serás maniquí de aparador ni juguete pasajero en alguna posada, ni tampoco pepenadora de existencias ajenas ni fuente de odio y perversidad, porque una mujer como tú, hecha de ecos y fragmentos de un paraíso celeste, huele y sabe a la excelsitud y pureza de un alma contagiada por el aliento de Dios, y eso, musa mía, es lo que le solicité aquella noche memorable durante mi sueño de amor.

Una mujer es un ser humano maravilloso que merece volar libre y plena, segura de sí, rumbo a su desenvolvimiento. ¿Qué más podría solicitar a Dios si me concedió todo lo que le pedí durante aquel encuentro mágico? Ojos de espejo para mirarme, perfume del cielo para recordar la esencia de mi alma, sabor a ángel, actos femeninos, mujer de virtud modelo, dama innata, todo lo que soñé en ti desde los años de mi infancia dorada.

Mi madre tenía razón, había que soñar, creer y esperar pacientemente. Sabía que un día llegarías, cruzaríamos por algún camino y de ahí partiríamos a los escenarios del mundo, a las estaciones del firmamento, a la eternidad.

Quizá a muchos hombres y mujeres, aquí y allá, a una hora y a otra, les parezca repugnante y absurdo resaltar las virtudes de una mujer como tú, y hasta pensarán erróneamente y con mofa que estoy enamorado de tu cuerpo, de la pasión pasajera que la mayoría busca en una relación, o que sigo modelos caducos y acartonados; pero desconocen que cuando uno, tras la caminata de las centurias y los milenios, descubre la belleza y los secretos de la luz perenne, desbarata los intereses fugaces y el guiño de la superficialidad para emprender la jornada a tierras distantes y cercanas, donde la existencia es sueño y los anhelos e ilusiones se convierten en vida.

Me encantas. Eres bella, noble, sencilla, inteligente y equilibrada. Tus principios son elevados, pertenecen a otros planos, como los vi en el taller de Dios, un gran tesoro guardado en tu alma para que irradies resplandor durante tu caminata por el mundo, ilumines el sendero de vuelta a casa y tu flama se una a la gran luz universal.

La gente dirá, tal vez, no sé, que he perdido la razón; mas no sabe que me sumergí en mí, viajé por mi ruta interior, creí en mis anhelos y hablé con Dios para que me concediera la dicha y el privilegio de coincidir con una dama, con el color de mi vida y el perfume de mi cielo, contigo, mi musa, a quien entrego estas palabras cual prueba de mis sentimientos y admiración, y constancia de que alguien, desde su buhardilla, cumplió mi sueño de amor.

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El encanto y la ruta de tus manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que hoy, miré sus manos y quedé admirado cuando descubrí la trayectoria de su ruta y que poseían los signos de los seres que tienen el encargo y la gracia de cumplir tareas extraordinarias en el mundo, quizá con la promesa de recibir en otra parte, en un plano superior, el regalo. Mayor fue mi encanto al comprobar que sus manos son talla de las mías…

Miro tus manos transformadas en poema, en melodía, en pintura. Las observo una y otra vez cada día, todas las noches, mientras vivo y cuando duermo y sueño, quizá porque son la escultura que Dios cinceló en ti para sentir tus caricias tiernas, tu apoyo y compañía, y descubrir los actos que te hacen tan femenina, las tareas que construyes siempre.

Insisto -siempre lo he hecho- en que en tus manos reconozco tu nombre y el mío, el mapa de nuestra historia, el guión que compartimos. Estoy enamorado de tus manos, tal vez porque son hermosas, acaso por su historial, probablemente por su belleza y sencillez, quizá por todo lo que he dicho y lo que no alcanzo a comprender.

Admito que las manos, en los hombres y mujeres, son diferencia entre un acto de amor, una hazaña heroica y un poema o un arrebato, horas ociosas o una y muchas vidas desérticas e inútiles.

Me asombran tus manos. Hasta la hora presente, lleno de embeleso, me pregunto en qué instante de tu existencia tomaron la muñeca, el juguete, y descubrieron un mundo de fantasías, en qué momento hojearon las páginas de los libros y agarraron el lápiz y los colores, en qué segundo emprendieron las labores que te distinguen y transforman en mujer bonita, en qué minuto de tu vida acariciaron mi rostro y estrecharon las mías para mirar juntos las estrellas y fundirnos en la majestuosidad del firmamento.

Otras veces, en cambio, contemplo en silencio el trabajo de tus manos, el apoyo que das a quienes lo necesitan, la enseñanza que entregas a aquellos que confían en ti, el encanto femenino que colocas en todos los detalles.

Realmente tus manos no necesitan prefacio ni disfrazarse con maquillajes artificiales. Con un color y otro lucen preciosas, es verdad; sin embargo, cuando se encuentran ante la ausencia de antifaces, totalmente al natural, aparecen encantadoras, mágicas, femeninas, supremas.

A cierta hora de mi infancia, aprendí que de poco o nada hubieran servido la conciencia y la razón a la humanidad ante la ausencia de las manos, herramientas primordiales para amar, crear obras, hacer el bien o el mal y trascender o hundirse.

No niego que las manos de la ambición desmedida arrebatan y las de la pasión sin sentimientos, en tanto, son tan pasajeras y superficiales como las palabras llenas de estulticia, mientras las más perversas están dedicadas a lapidar, destruir, provocar dolor y muerte.

En las manos, uno descubre a quien ha dedicado los días de su existencia al bien o al mal, a la entrega o al despojo, al amor o al odio, porque son la ruta, el itinerario, el mapa que de alguna manera conduce a paraísos de belleza prodigiosa o a infiernos aterradores. Las manos construyen palacios, jardines y paraísos o barrotes, tormentos y prisiones.

Grandiosas son las manos que aman. Me encantan, además, las que llegan no cubiertas con la vanidad de adornos temporales, esmaltes fantasiosos y alhajas presuntuosas, sino las que muestran las huellas de una vida ejemplar, de años dedicados a entregar lo mejor de sí, de labores cotidianas que tendieron puentes ante los abismos y construyeron bases y escalones para conquistar la cima.

Reparo en las manos que al final de la existencia llegan con heridas de incontables batallas, marcadas por el trabajo, señaladas por el anhelo de dar a los demás sin importar el costo. Valen más las manos cubiertas de lodo, sudor y llagas por haber entregado lo mejor de sí a la humanidad, al mundo, que las que disfrazan con joyas y máscaras el sufrimiento que causaron.

Es en las manos, precisamente, donde uno descubre la talla del ser a quien ama. Felices los hombres y las mujeres que encuentran, en el mundo, su propia medida, la dimensión de quien una mañana alegre y primaveral sentirá a su lado, con las caricias fieles y puras, o una tarde veraniega u otoñal dará el abrazo más sentido, mientras una noche helada o una madrugada desértica cubrirá el cuerpo débil con una cobija o sábana. Las manos que acarician y entregan alegría y bienestar, son las mismas que en la ancianidad reciben el amor y cuidado de quien las admira.

Te amo, y al expresarlo no recurro a palabrejas distorsionadas por las costumbres, los intereses, las conveniencias y los apetitos. No, de ninguna manera. Eso no forma parte de mi estilo. Al expresar te amo, miro tus ojos de espejo que me reflejan y tomo tus manos, tus manos que son de mi talla y me transmiten tus sentimientos y la esencia de quien eres.

En tus manos percibo a la dama que eres, a la mujer que amo, a la musa que me inspira, a mi compañera de juegos y risa, a mi yo tan tuyo, a mi tú demasiado mío, nuestra historia, lo que fuimos, somos y seremos. En el amor, te lo digo al tomar tus manos, se abren las puertas de la eternidad.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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Memorándum

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Creí, en determinada época, que mi amor por ti me motivó a citarte en cada página de mi agenda; pero ahora sé que fue Dios quien escribió tu nombre y el mío en su memorándum 

Mis días -polvo mágico de mi existencia- están dedicados a mi ministerio, a mi obra, a los seres que amo, a mi estancia y excursión por el mundo, a dejar huellas y flores en el sendero de la humanidad, a la alegría de la gente, a cruzar puentes y escalar cimas; mas los minutos y las horas especiales de mi vida, los reservo para ti porque son el encanto que dan un sentido más esplendoroso a mi caminata. En las páginas de mi agenda apareces un día y otro, a una hora y a muchas más, como si todo, entre tú y yo, tuviera un significado, un destino, una medida sin final. En mi memorándum descubro tu nombre, siempre con una flor, una sonrisa, un poema, un detalle, una sorpresa, un paseo. Notas, apuntes y datos cubren las hojas rayadas de cada día, con un paréntesis para expresarte que me siento enamorado de ti, que me asombras y te amo. Cada hoja de mi diario te menciona, te recuerda, te cita. Abro espacios, horado, cavo, vuelo, te busco en mi interior, en ti, en las expresiones más dulces y enternecedoras de la vida, en la geometría estelar, en los dibujos de la nieve, en las burbujas de los manantiales, en mi mirada, en tu sabor. No es que sea prisionero de obsesiones ni que desee cubrir tu luz con mis sombras; sólo es el anhelo de sentirte contenta e ilusionada, con la emoción cotidiana de un amor que da confianza y libertad, alegría y juego, silencio y rumores, sueños y realidades. Todas las páginas de mi agenda existencial están cubiertas con tu nombre y tus apellidos, lo que significa que no espero a alguien más y eres insustituible, mi otro yo, un tú muy mío, nosotros. Al mirar al ayer y al mañana, al momento de la hora presente y a la eternidad, distingo, en mi libreta, la unión de nuestras almas y miradas. Admito que diseñé una agenda inquebrantable, fiel a mis encuentros contigo, a nuestros silencios y voces, a los sentimientos que justifican esta locura. Mi proyecto y estrategia consisten en eso, en dedicarte mi amor, en enamorarme de ti todos los días, en sorprenderme cuando te observo o te escucho, en llevar tu sabor y perfume, en arrancar burbujas y cristales para entregarte regalos sutiles, en invitarte a rutas insospechadas. Así es como trazo cada instante un sendero con flores, un camino de colores y fragancias, un itinerario interminable. Río y lloro a tu lado, sí, lo miro en mi agenda, en mi memorándum, en mi cuaderno de anotaciones, porque eso es la vida en el mundo, una dualidad, una envoltura de luces y sombras, la presencia de diamantes y carbón, quizá como prueba para conquistar el palacio. Tengo la agenda de mis días mundanos, el memorándum de mi destino infinito, y al internarme en su contenido, siempre te encuentro a mi lado, en mí, en ti, en nosotros. Eres protagonista de mi calendario y eso me halaga y emociona porque entiendo que somos inseparables, esencia de la misma arcilla, luz de una fuente. Aquí estoy, atento a mi memorándum, a los asuntos de mi vida, con tu compañía y todo lo que eres. No, nunca me aburro de ti ni planeo renunciar al delirio de este amor; al contrario, sueño y vivo contigo, lo confieso, con la misma intensidad de aquella vez, cuando dije tras descubrir mi reflejo en tus ojos de espejo: “me cautivas. Estoy enamorado de ti. Te amo”. Guardo en mi agenda tu nombre, te cito, te abrazo, te beso. Imagino, al definirte en todas las páginas de mi agenda, que alguien muy especial -tal vez Dios- decretó fundirnos en este sueño que es vida aquí y allá. Es por lo mismo que incontables noches, al dormir, he soñado que vivimos en un plano prodigioso y supremo, y que al coexistir, estamos en una burbuja de ilusiones, y cuando despierto y consulto tu nombre y el mío en mi agenda, en tu memorándum, descubro que estamos inscritos en el libro de Dios.

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