El encanto de tu nombre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…es eso, al pronunciar tu nombre, sentir tu presencia y saberme enamorado de ti; tocar a la puerta de tu morada, encontrarme contigo y reconocer tu alma y la mía; jugar a la vida, a los sueños, al amor, como lo hicimos desde el principio de la creación… es eso, insisto, repetirlo sutilmente o gritarlo y fundirlo en los rumores del viento, el susurro del mar y los murmullos de la creación para que todos los días lo repitan el aire que mueve tu cabello y acaricia tu rostro, las olas que besan la arena en la playa y el universo que palpita en ti, en mí, en cada expresión bella y sublime… es eso, parece, convertirlo en poema y escuchar los ecos de Dios, cuando te nombró mientras pintaba tus ojos y tu sonrisa 

Pronunciar tu nombre, equivale a interpretar los rumores del viento, leer el más dulce y subyugante de los poemas y deletrear las palabras de mayor belleza inscritas en el cielo. Tu nombre es algo mágico que siento y vivo. Es la razón, tal vez, por la que no podría repetir otro nombre con el amor, la ilusión y el encanto que me provoca el tuyo cuando lo escribo, lo leo, lo escucho y lo digo. Tu nombre de ángel es mi sueño y mi vida, mi juego y mi inspiración, el sí y el no de la existencia y la creación. Confieso que por no esperar a alguien más en mi morada, me resultaría imposible mencionar otro nombre. Escribir tu nombre, significa componer una obra magistral, sentirte yo y saberme tú, navegar juntos desde el día que Dios sopló a los mares y llegar a un destino sin final, reconocerte mi musa. Musitar o gritar tu nombre, es confesar un amor de cielo y epopeya y protagonizar contigo una historia feliz e interminable en el mundo y en un paraíso eterno que ya lo he dicho, principia en el alma y se proyecta a mansiones infinitas. Emitir tu nombre, aunque en ese minuto no te encuentres a mi lado, es amarte, admirar y reconocer tu sensibilidad femenina, percibir tu alma en la mía, convertirte en la dama de un caballero, contemplar el resplandor de tu ser, escucharte en las rutas del interior y sentir tus abrazos desde el silencio y la profundidad del universo. En verdad me sería complicado pronunciar otro nombre como lo hago con el tuyo, quizá porque lo escribo, leo, escucho y susurro todos los días, al amanecer y al anochecer, cuando siento enamorarme más de ti y experimento asombro por ser quien eres. El encanto de tu nombre consiste en que eres tú y me siento yo, en que es música celeste, en que es código de un amor auténtico, fiel, inquebrantable y sublime que alguna vez, si es que es válido el concepto de tiempo en otros planos, Dios repitió mientras pintaba tus ojos de espejo y tu rostro de muñeca que hoy, en la extraña e intensa locura de los sentimientos, descubro en mí. Plasmar o expresar tu nombre, es sentirte conmigo y saberme amado. Tu nombre se parece tanto al mío cuando tomo tus manos y me miro en ti y me recuerda tanto el lenguaje etéreo y prodigioso de otro plano, que al pronunciarlo te amo y te siento mundo y cielo.

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Fórmula del cielo o preludio de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eres yo, soy tú, somos nosotros. Es nuestra historia

Alguna vez, parece, Dios pintó tus ojos con las tonalidades de su paleta y los alumbró con la luz de tu alma, como si hubiera deseado colocar en tu semblante una marca, la señal de sus criaturas consentidas, el lenguaje de los seres elegidos. No se conformó, al crearte, con la delicadeza de tus manos y tu silueta de mujer, porque te hizo dama para dejar en cada detalle y movimiento tu huella femenina. Guardó en tu esencia, en tus sentimientos y en tu memoria la fórmula de niña y princesa, el encanto de mujer y dama, la sutileza de ángel y musa. Escogió de los rumores celestes, las notas más bellas, los susurros del silencio, la música de la creación y la vida, para convertir tu voz canora en poema, en canto, en concierto. Llamó al viento para que jugara con tu cabello de muñeca y sopló hasta que despertaste de un sueño denominado eternidad. Inscribió tu nombre en una estrella para inmortalizarlo en la pinacoteca del universo. Notó que había creado aquella mañana, en su buhardilla, un trozo de cielo, un fragmento de su alma, un pedazo de ternura. Aquella ocasión, creo, también modeló mi figura y deslizó sus pinceles sobre mí, hasta que sopló, como lo hizo contigo, y desperté, igual que tú, de ese sueño inmortal en la morada, donde ambos jugábamos y permanecíamos fundidos en un palpitar sin final. Nuestra historia ya estaba escrita; sin embargo, permitió que tú y yo, nosotros, los de siempre, enmendáramos los capítulos y añadiéramos páginas a nuestra historia, con la idea, parece, de hacerla grandiosa, sublime, inmortal e inolvidable. Emocionado, Dios me confesó al oído que tú tienes mucho de mí y yo un tanto de ti, de tal manera que somos uno y otro con diferente identidad y el mismo pulso en un alma que no morirá porque contiene un soplo de eternidad. Guardó Dios sus secretos de amor en tu alma y en la mía, con la promesa de que algún instante, en cierta estación, coincidiríamos con la idea de compartir un destino, una historia, un romance. Recibí de Dios la encomienda de amarte con el alma, fielmente, como si cada momento iniciara nuestro encuentro y me enamorara de ti a toda hora, siempre con alegría, emoción, asombro e ilusión, como lo hago desde la primera vez, cuando dije a tu oído “me cautivas. Me siento profundamente enamorado de ti. Te amo”. Es un enamoramiento que no cesa, una locura que no se apaga, una luz que no se extingue. Tú convertida en mí y yo transformado en ti. Es un amor que viene de lo alto, que proviene del interior, que nos mantiene en los parajes de la temporalidad y lleva a ambos al oleaje de la inmortalidad. Con un amor así, poseemos la llave del cielo. Hemos compartido incontables capítulos, prefacio, es verdad, de los días y la eternidad que están por venir. Amar significa fundir dos almas con tu esencia y la mía, volar juntos, navegar inseparables, ser mundo y paraíso, canto y suspiro, silencio y voz, nieve y tormenta, cascada y río. Veo mi reflejo en tu mirada cuando me encuentro a tu lado y al no estar contigo, te percibo en mí aquí allá, me siento en ti, y lo más asombroso es que somos tú y yo, con un rostro y otro más, mecidos en el arrullo de un alma, en una morada donde el amor es la luz, el destino y el principio sin final. El nuestro es un amor inextinguible porque nació en el cielo, en el alma, en ti y en mí, en la primera flor. Sólo un amor como el nuestro se vuelve inmortal y exhala los perfumes del infinito, irradia la luminosidad de los luceros y regala las caricias del viento que llega de rutas  distantes. Tú y yo, nosotros, es el secreto de un amor vuelto locura. Intenso, alegre e ilusionado, te siento en mí, en la hoja dorada que arranca el viento una tarde otoñal, en el copo de nieve que derrama el invierno una madrugada sobre los abetos, en el rocío de la mañana que a una hora primaveral desliza en los pétalos de la flor, en las gotas de lluvia que se precipitan un día de primavera, acaso porque somos eco y promesa, probablemente por ser el amor código de la alegría e inmortalidad, quizá por definir en ti algo de mí y volverme un tú que abrazo desde el silencio y la profundidad de nuestras almas, tal vez por formar parte del preludio y la fórmula del cielo.

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Asomé al espejo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche asomé al espejo y no definí mi imagen. Estaba muerto. Sorprendido, me pregunté qué había hecho de mi vida. ¿Dónde estaban los días de mi existencia? ¿En qué parte quedaron mis correrías infantiles y juveniles? ¿Dónde los años que me prometieron formarían parte de mi jornada terrena? Al no verme, entendí que todo, en el mundo, se sucede con celeridad y es temporal. Transitamos de una estación a otra y definitivamente, cuando menos lo esperamos, llegamos a un destino y debemos abandonar el furgón y renunciar al viaje. Desolado, busqué los rostros familiares, mi nombre con sus apellidos, las cosas que hice, mi casa y hasta mis cuentas bancarias y mis documentos personales; sin embargo, nadie me recordaba ni había indicios de mi tránsito por el plano material. Ni siquiera encontré mi tumba. Cabizbajo, me senté en una banca de hierro, en un parque, donde escuché los murmullos infantiles y contemplé la convivencia familiar, el gusto de los enamorados y el color de las flores. Al agacharme, descubrí en la tierra un pequeño charco, demasiado insignificante para la gente que paseaba, de tal manera que reflejaba la inmensidad del cielo azul. Reflexioné, entonces, en cómo algo tan minúsculo tenía capacidad de proyectar la belleza y la grandiosidad celeste. Miré a la gente, unos leyendo el periódico, algunos abrazados, otros en los juegos mecánicos, en las bancas o caminando, y todos consumiendo los minutos de sus existencias. Casi nadie contabiliza los momentos de la vida porque pasan imperceptibles; no obstante, comprendí que amplio porcentaje de hombres y mujeres desperdician los años de sus existencias en apetitos pasajeros, banalidades, estulticia, modas y superficialidades, generalmente con mayor interés en el calzado que en el sendero y en las huellas, más proclives al destello de un automóvil que a una caminata inolvidable. Les interesa mucho el yate y suelen desdeñar el bote de remos que quizá les entregaría una aventura inolvidable. Es que ahora, ausente de cuerpo, sé que la vida se compone de momentos y que cada instante debe experimentarse en armonía y equilibrio, con total plenitud. La familia, el ser que uno elige como un gran amor y las verdaderas amistades, son un tesoro invaluable. La gente merece respeto. Felices aquellos que no juzgan ni hieren a los demás. Dichosos quienes más que exhibir manos con el brillo del oro y los diamantes, poseen huellas de sus actos nobles. El amor, la honestidad, la nobleza de sentimientos, el bien y la verdad provocan que las almas resplandezcan. Los rostros engreídos, la ambición desmedida, las manos que arrebatan, no pertenecen a los seres humanos más dichosos. Hay que reír sin mofarse de los demás. Muchas veces, en lo sencillo están lo bello y la riqueza. El cielo se alcanza no con la opulencia material ni con una colección de apetitos carnales; se conquista con sentimientos, ideas, actos y palabras positivos. Si tuviera oportunidad de retornar a la vida e iniciar mis años primaverales, correría hacia mis padres y los abrazaría con amor; lo mismo haría con mis hermanos. Lejos de atesorar mis juguetes, los compartiría. Cumpliría con el estudio, las tares y los exámenes, en la escuela; pero no me sentiría tan tenso porque después de todo se trata de un ciclo y las verdaderas pruebas de la vida no son a través de altas calificaciones, sino de la capacidad de respuesta que se tenga ante cada situación. No me aterrarían esos profesores endiosados y denunciaría a los malos compañeros, a los que suelen abusar de los débiles y pequeños. Ayudaría en las labores de casa, pero también jugaría y me divertiría intensamente. Desde los primeros años tendría conciencia de la brevedad de la existencia y trataría, por lo mismo, de enojarme menos, amar más, reír mucho, dar de mí a los demás y trazar rutas con mi ejemplo y mis huellas. No perdería los años en la obsesión miserable de acumular una fortuna, pero viviría dignamente. No fijaría mis metas y resultados en los rostros adustos y las actitudes burdas, sino en mí, en mi capacidad de respuesta y evolución. Me enamoraría fielmente y cultivaría un amor auténtico y dulce. Fabricaría sueños que envolvería en burbujas de cristal para posteriormente reventarlas con alegría e ilusión y hacerlas realidad. No desperdiciaría el tiempo en amargura, odio, envidia y resentimiento. No encadenaría mi vida al miedo y la tristeza. Sería cariñoso y sensible. Derrumbaría muros y aniquilaría la discordia, el coraje, la soberbia y el desprecio a los demás por sus creencias religiosas, su raza y sus ideologías. A uno, a otro y a muchos seres humanos más les estrecharía las manos para formar un gran círculo y sentirnos hermanos. Sería un niño feliz, un adolescente alegre, un joven pleno, un hombre maduro íntegro y un anciano dichoso, bueno y sabio. Haría feliz a la gente que me rodeara. Me convertiría en el hijo, el hermano, el padre y el abuelo ejemplar e inolvidable. Tendría amigos y no enemigos. Evitaría vivir endeudado. Recordaría que el amor, las cosas y la fortuna no solamente son para uno y los seres amados, sino para el bien que se pueda hacer a los demás. Construiría puentes y escalinatas, derrumbaría fronteras y murallas, buscaría los rumores del silencio y también me uniría a los susurros de la vida. Aprendería desde el amanecer de mis días que la vida merece experimentarse con nobleza, armonía, equilibrio y plenitud. No tendría ansiedades ni temores. Protagonizaría la historia humana más noble, intensa, sublime, bella e inolvidable; sin embargo, una noche asomé al espejo y no descubrí mi imagen porque ya era tarde y estaba muerto. Antes de desvanecerme, grite: “¡La estancia en el mundo es breve! ¡Vivan!”

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Aquellas flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo escribí para ti

¿Y si un día, una tarde o una noche de tu vida recibieras flores blancas y rosas sin nombre del remitente, pero con mi perfume y el fragmento de un poema en cada pétalo? ¿Y si al acariciar su textura, disfrutar su fragancia y admirar sus tonalidades, percibieras mi presencia? ¿Y si al asomar a la ventana, descubrieras en el jardín dos bicicletas y un par de mochilas, para ir tú y yo de paseo por el mundo y cruzar el umbral donde el tiempo y el espacio se desvanecen? ¿Y sí, por añadidura, al abrir la ventana sintieras que el aire que proviene del cielo juega con tu cabello? ¿Y si de pronto escucharas los susurros de Dios desde la profundidad y el silencio de nuestras almas y entre las nubes, al volar alegres y plenos? ¿Y si en algún minuto de tu existencia alguien tocara a la puerta de tu morada y al abrir encontraras un bouquet de flores de ensueño con tu perfume y el mío, y tras los pétalos definieras mi silueta con la idea de quedarme eternamente contigo? ¿Y si recibieras unas flores sin remitente, pero con mi aroma y el libro de nuestra historia?

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