Sus aviones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Le encantaban los aviones de dos alas. Tenía una colección a escala, marca Lodela, que armaba minuciosamente, mientras nosotros -mi madre, mis hermanos y yo-  escuchábamos sus historias interminables, relatos que por el deleite y la pasión con que hablaba, transportaban a otros lugares, a horas distantes, con gente de otros días.

Mi padre, emocionado, pegaba las piezas de los aviones con cuidado y de pronto consentía que nosotros, sus hijos, intentáramos unirlas, porque así era él cuando enseñaba el juego de la vida.

Hombre sabio, recordaba sus años juveniles, cuando aprendió a pilotear un avión de dos alas. Tenía la ilusión de emprender una hazaña, vivir una aventura inolvidable, conquistar el mundo. Narraba la sensación de volar y mirar el paisaje urbano y campirano desde la altura, entre las nubes que transitaban peregrinas. Era, aseguraba, como liberarse de las ataduras y sentirse libre y pleno, más cerca de la vida y la muerte, muy próximo a Dios.

Y un día, otro y muchos más se probó a sí mismo, e incluso fue testigo, a una hora aciaga, del accidente fatal que sufrieron su maestro y un sobrino de éste. Encontrándose en una sesión de vuelo, el aprendiz experimentó miedo y paralizó sus movimientos. El profesor, quien viajaba en la plaza trasera, golpeaba al muchacho con un bastón, ya que intentaba que reaccionara. No lo logró. Se mataron.

Cómo disfrutaba mi padre mirar las películas que exhibían aviones de dos alas. A su lado, conocí una multiplicidad de filmes. Recuerdo una película que me fascinó. Su título era “Los intrépidos hombres en sus máquinas voladoras”. La miramos diferentes ocasiones, junto con otras tantas películas que en aquella época, más que insertar escenas superficiales, se orientaban a divertir y generar verdadera emoción.

Tal vez, su juventud y su pasión por los aviones de dos alas, lo llevaron hasta Estados Unidos de Norteamérica, donde acudió puntual y de frente a su cita con el destino y la historia. Buscador de una aventura grandiosa e inolvidable, quizá no midió las consecuencias de su osadía al anotarse en la milicia y participar así, el 6 de junio de 1944, en el Día “D”, la operación Overlord, el desembarco de Normandía, la invasión aérea, marítima y terrestre más grande en la historia de la humanidad. No era lo que deseaba porque él amaba a la humanidad, más allá de que la gente simpatizara con los aliados o con los nazis. Él anhelaba una gran hermandad y sabía, por lo mismo, que el camino para conseguirlo no era por medio de la guerra.

Los relatos de mi padre, aquellas mañanas lluviosas, mientras participábamos en la tarea de armar los aviones a escala de dos alas y de otros modelos posteriores, superaban, en mucho, las escenas de las películas sobre el tema. Revivíamos, a través de su plática, los episodios que enfrentó al abandonar, junto con los integrantes de la tropa, la embarcación de asalto y recibir, antes de llegar a la playa, las ráfagas de balas y los bombardeos por parte de los nazis.

Sobreviviente de aquel acontecimiento, sabía que quienes participan en la guerra, están muertos porque las armas, el odio, la violencia, destruyen lo más valioso de los seres humanos, los desgarran, los marcan.

Fue un hombre extraordinario y noble. Su mayor tesoro fuimos nosotros, su familia. Desde que era pequeño, mientras las profesoras impartían su cátedra, él soñaba e imaginaba un aparato similar a los helicópteros, que volaba sobre su escuela, del que descendía una escalera por la que cargando a la niña que le cautivaba, ascendiera igual que un héroe, mientras cantaba aquel tango de Carlos Gardel, con la letra “adiós, muchachos, compañeros de mi vida… ” Ante el asombro de amigos, compañeros y maestros, él, mi padre, imaginaba que se iba volando con su historia y sus cosas, y así se fue una madrugada, cuando soñábamos ser más felices a la pequeña ciudad donde nos mudamos…

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