La Feria de Chapultepec

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba incluida en la lista de paseos familiares. Formaba parte de nuestros espacios de diversión y convivencia familiar. Era la Feria de Chapultepec, pletórica de juegos mecánicos, sensaciones, alegría, colores, emociones, ruidos y sorpresas. Por nuestras edades, las de la infancia dorada, resultaba imposible que mis hermanos y yo viviéramos la experiencia de abordar la Montaña Rusa, situación que contribuía a anhelar con ilusión los otros días, las horas juveniles, para ser aceptados en un juego que entonces parecía majestuoso e imponente.

Organizar un paseo familiar en el Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México, como los que realizábamos cada domingo, implicaba visitar el zoológico, mirar los animales y abordar el tren mecánico; aunque también incluía remar en el tradicional lago, comer chicharrones de harina con salsa picante, muy mexicana, y disfrutar paletas y helados de nieve, algodones de azúcar, y hasta romper la dieta cotidiana e incluir golosinas, bebidas gaseosas y tortas de jamón.

Acompañados de mis padres, mis hermanos y yo corríamos y jugábamos en los rincones legendarios de Chapultepec, con la idea de visitar, más tarde y si alcanzaba el tiempo, la Feria, a pesar de que yo, desde lo más profundo de mi ser, deseaba recorrer los salones del Castillo y del Museo Nacional de Antropología e Historia. Entre mis ocho y 10 años de edad, sentía una atracción irresistible por la Arqueología y los capítulos históricos. Eran recintos que me trasladaban a los otros días, a los muchos minutos del ayer, y eso ejercía un encanto inevitable en mí, un deleite que feliz hubiera cambiado por los juegos mecánicos; pero tenía hermanos ilusionados con la fantasía que en esa época ofrecía la Feria de Chapultepec.

Si no era a través de los paseos familiares, Chapultepec estaba presente cuando asistía, en la adolescencia, a un grupo Scout, hasta que años más tarde, en los momentos juveniles, fui una y otra vez, y finalmente, como lo soñé en la niñez, subí una y repetidas ocasiones a la Montaña Rusa, donde experimenté la sensación de vértigo. Subí cuantas veces fue mi deseo, con la idea de que nunca más lo volvería a hacer, y así fue en la Feria.

Transcurrió el tiempo. Hace menos de una década, regresé a la Feria de Chapultepec, acompañado de diversos familiares. Confiamos, entonces, en la formalidad y ética de la empresa; pero lamentablemente, comprobamos que la firma empresarial actuaba con un pie por delante de sus clientes, que son a quienes supuestamente se debe.

Es lógico que si llueve, resulta demasiado arriesgado utilizar los juegos mecánicos, sobre todo como la Montaña Rusa, el Martillo, la Rueda de la Fortuna y otros; no obstante, existe gran diferencia entre impedir el funcionamiento de los mismos y no devolver el importe de los boletos.

Por seguridad, uno entiende que no debe utilizar esos juegos durante la lluvia; pero la empresa aprovechó el aguacero para su beneficio y a nadie devolvió el costo de los boletos que no se utilizaron, y sus empleados y directivos, prepotentes, declaraban groseramente y retadores: “háganle como quieran”. Esa es, parece, una práctica común, y los hechos lo demuestran nuevamente.

Ya entonces, entre 2012 y 2013, se notaban descuido y pésima atención. Las instalaciones no se percibían tan seguras como uno cree al divertirse. El exceso de emotividad suele cegar a las personas. Daba la impresión de que lo único que les interesaba era enriquecerse por medio de fierros viejos que aparentaban ser juegos seguros.

Lamento que recientemente, el sábado 28 de septiembre de 2019, se haya descarrilado uno de los llamados “carritos” de la Montaña Rusa e impactado contra la estructura, provocando luto, y todo por falta de mantenimiento en las instalaciones. Triste noticia y realidad.

Los recuerdos se atesoran con la intención de recrearse en ciertas etapas de la existencia, o se guardan con el objetivo de aprender lecciones, o definitivamente el viento de la desmemoria los disipa, y cada ser humano tiene derecho y libertad de conservarlos u olvidarlos; pero una empresa, como la de la Feria de Chapultepec, debe, por obligación y responsabilidad, proporcionar mantenimiento a las instalaciones, a los juegos mecánicos, porque no se trata de cobrar y apropiarse del dinero de los usuarios en tiempo de lluvias, como lo enfrenté hace algunos años junto con otras personas, sino de convertirse en una compañía competitiva, excelente y ética. Debe ser una empresa con responsabilidad social. La Montaña Rusa es un juego mecánico que requiere atención y mantenimiento; no es un esqueleto de dinosaurio que en cualquier momento puede desmoronarse si no es restaurado y protegido por especialistas. En todo caso, el riesgo no es perder el dinero en caso de una contingencia ambiental, sino la vida ante un descuido por parte de la empresa.

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