Desde mi naufragio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Anhelaba un ángel y una musa,  una dama y una mujer, un tú y un yo. Mi búsqueda databa de mucho tiempo atrás, quizá de la infancia, probablemente de las horas juveniles, tal vez de siempre. No necesitaba una muñeca de aparador. Requería a alguien especial, con nombre y apellidos, para construir una historia, un romance, un paraíso, una ruta, un estilo…

Momentáneamente, me desterré del mundo cuando no te miré en sus desvaríos. Renuncié a los maquillajes, ambiciones desmedidas y apariencias ingratas al sentirte indiferente a los maniquíes y ausente de tanto cosmético y superficialidad de muñeca de aparador. Te supe mi musa cuando te miré de frente, en los espejos que cuelgan en la senda, en la ruta interior, rumbo a la cumbre, y descubrí atrás, junto a las mías, tus huellas. Me sumergí en las profundidades insospechadas de un océano sin final, en mi ser y en el arte, con la idea de regresar, ir y venir con una canasta pletórica de estrellas y flores de intensa policromía y exquisita fragancia, y una tarjeta, un papel con el lenguaje de mi amor por ti. Construí mi refugio en un lugar recóndito, donde las voces del aire y la lluvia, el resplandor del sol y el reflejo luminoso de la luna, tu presencia y tu aliento de musa, todos juntos, provoquen en mí tal inspiración que mis poemas sean la vida y el sueño, la risa y las ilusiones, la aurora y el ocaso, la alegría y la estancia infinita. Decidí ir y venir, abrir y cerrar la puerta de mi casa para acudir fielmente a tu encuentro y llevarte conmigo, refugiarme y de pronto salir, patinar al ritmo de la música que se percibe en el ambiente sidéreo, admirar la nieve y jugar en parajes boscosos, pasear contigo por las rutas de las arboledas, fuentes y calzadas, caminar a tu lado entre flores perfumadas y de intensa policromía, correr juntos una mañana, una tarde o una noche de lluvia, y empaparnos, sentir las gotas diáfanas deslizar por nuestros rostros y manos. Me convertí en esencia y en barro, en poema y en cascada, en estrella y en mineral, en agua y en tronco. Desde mi naufragio, entre letras, escojo los mejores signos para armar poemas y textos, poemas y textos que son mi vida, poemas y textos con tu nombre y el mío, poemas y textos con un tanto de ti y mucho de mí. Soy de aquí y de allá, náufrago del mundo y viajero del incomprensible infinito, desde donde construyo un vocabulario que, igual que los tulipanes que al otro día acaricia y sacude el viento, se vuelve rumor delicado y suave, palabras de amor que besan y deleitan al pronunciar tu nombre y confesar la locura de este amor.

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¿Y si te platico?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si escribimos una historia? ¿Y si soñamos? ¿Y si vivimos?

¿Y si te platico que anoche, mientras dormía, soñé que estaba contigo en una playa, en algún rincón lejano del mundo, donde las olas son caricias de Dios y uno percibe los susurros de la naturaleza, el lenguaje de la vida, los rumores del universo? ¿Y si te comento que al encontrarte a mi lado, asomé a tu mirada y descubrí con asombro el reflejo de mi rostro y la profundidad azul del cielo y del mar, como si las imágenes indicaran que existen rutas perdidas a otros paraísos? ¿Y si te explico que tomé tus manos y te invité a correr hasta un paraje desolado, entre cúmulos de arena, piedras y fragmentos de coral? ¿Y si te confieso que removí la arena, hasta encontrar una botella con un corcho? ¿Y si te narro que retiré el corcho y sustraje una hoja de papel en la que estaban inscritos tu nombre y el mío? ¿Y si te digo que mi letra formaba una propuesta de amor eterno? ¿Y si te relato que en el fondo de la botella se encontraba un anillo de oro con dos gotas, una de lluvia y otra de mar, convertidas en un diamante y en un zafiro, en ti y en mí, en tu sonrisa y en la mía, en lo mucho que eres yo y en lo tanto que soy tú?

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Sección: Gente Isaías Ayala Alipio, contador distinguido del año 2019

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las palabras de agradecimiento y sorpresa resultan insuficientes cuando uno, inesperadamente, recibe la noticia de que ha sido electo para recibir un reconocimiento público por su trayectoria profesional, y más si entre el anuncio y el acto oficial existen unas cuantas horas, lapso que innegablemente se transforma en una espiral de remembranzas atrapadas en el ayer, en la memoria, y en la presencia de realidades inmediatas.

Surge, entonces, la necesidad de escribir algún mensaje. La caminata de las horas es impostergable y se presenta abrumadora ante los momentos de reflexión, remembranzas y redacción, igual que el oleaje imperturbable que se impacta contra los riscos y abraza la arena, en la playa. Llega el momento en que se acerca la hora del acto público, el espacio para ser reconocido, y el contenido de las hojas de papel, al leerlo y darle énfasis, proyectarán la humildad o la soberbia, la inteligencia o la superficialidad, el respeto o el desdén. La actitud ante el público y el sentido del discurso proyectarán al verdadero ser humano, descubrirán su grandeza o delatarán su trampa y bajeza.

Lo he vivido, en diversos instantes de mi existencia, y sé que, en esos casos, un mensaje de agradecimiento debe estar ausente de egolatría y vanidad. En lo sencillo se encuentra lo bello. La vida es más hermosa entre menos maquillaje se le aplique. La artificialidad es apariencia que oculta miedo, estulticia e inseguridad. Nunca he entendido la razón por la que mucha gente disfraza y esconde su belleza natural con maquillajes y productos totalmente artificiales. Lo mismo sucede con los discursos de agradecimiento.

Aclaro que no soy proclive a la adulación, motivo por el que quizá no formo parte de grupos que se favorecen mutuamente en cuestiones profesionales, económicas y laborales; sin embargo, cuando una persona, hombre o mujer, demuestra rasgos que van más allá del comportamiento normal y superan estados de mediocridad al aportar lo mejor de sí, manifiesto mi reconocimiento público con alegría, optimismo y sinceridad.

Hoy, hablaré de un profesional de la Contaduría Pública, quien recientemente fue reconocido a nivel nacional por su trayectoria, texto con el que iniciaré, en este espacio, una sección relacionada con biografías de personajes.

Al enterarme, hace días, de que el jurado calificador de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, liderada por Adrián Ruelas Estrada, favoreció con sus votos, como Contador Público Distinguido del Año, en su versión 2019, a Isaías Ayala Alipio, profesional michoacano que con anterioridad fue líder de esa agrupación, experimenté alegría. Es mi amigo. Lo conozco desde hace años. Se aglomeraron en mi memoria, por las conversaciones y experiencias que ha compartido conmigo en diferentes jornadas, recuerdos, capítulos, proyectos e historias.

Me animé a redactar este mensaje con la idea de difundir la noticia, no sin antes agradecer y valorar a quienes lo propusieron y a aquellos que votaron por él para nombrarlo Contador Público Distinguido del Año, premio que recibió durante la XLV Convención Nacional 2019 de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, en Playa del Carmen, Quintana Roo, rincón del sureste mexicano de extraordinaria belleza natural; sin embargo, antes de empezarlo, con la pantalla en blanco y la consumación de las horas, recordé los años juveniles de quien me ha otorgado su amistad, cuando él era estudiante de Contaduría en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, su ciudad natal.

Alguna vez, en cierto periódico, escribí y publiqué su reseña como ser humano y profesional de la Contaduría Pública, antecedente que me facilitó tomar la llave, abrir el cerrojo y repasar los expedientes de su pasado estudiantil. De inmediato acudieron a mi mente sus pláticas relacionadas con los consejos que le daban sus padres, don Isaías Ayala Varela y doña Alicia Alipio Téllez, quienes insistían en la importancia de actuar en la vida con rectitud y dejar huellas en lo que hiciera, porque eso, la constancia del trabajo y el comportamiento positivo, siempre será la mejor recomendación de un hombre o una mujer.

Una y otra vez, ellos, sus padres, insistieron en la importancia de que diera lo mejor de sí y devolviera a la sociedad parte de los beneficios obtenidos al recibir educación y formación profesional. Entendió que era fundamental, como estudiante, prepararse, enfrentar retos y superar obstáculos para alcanzar el éxito y así incorporarse a la gente productiva que cotidianamente aporta al engrandecimiento del sitio donde vive y contribuye al bienestar de su familia y la comunidad.

Ya egresado de la institución universitaria, comprendió que si bien es cierto debía formar parte de los mexicanos que se esfuerzan cotidianamente con el propósito de ofrecer servicios profesionales de calidad, apegados a la ética, resultaba indispensable sumar y multiplicar, es decir no conformarse con ser un contador público más, transformado en cifra y estadística, sino trascender a través del bien que se haga a los demás, a la población, al municipio, al estado, al país.

En consecuencia, Isaías Ayala Alipio decidió romper la inercia en la que muchas personas caen al titularse y no se conformó con la licenciatura en Contaduría Pública, sino decidió escalar otros peldaños académicos con la intención de prepararse mejor y estar capacitado para enfrentar adecuadamente y con éxito los retos de su profesión y ofrecer excelencia. Eso es lo que intentó conseguir, la excelencia. En realidad, se trata de una búsqueda constante e interminable. Dura toda la vida. Es un estilo.

Fue en el camino de su búsqueda, en cierto momento de su existencia, cuando descubrió que la vida no únicamente significa dedicarse a una profesión interesante por su naturaleza, formar una familia, coexistir en armonía con la gente y vivir dignamente, sino derramar actos positivos, colaborar en el desarrollo colectivo, aportar lo mejor de uno, compartir algo de sí.

El bien y la verdad, traducidos en valores y conocimiento, junto con las cosas materiales, no solamente son para uno, sino para lo que se pueda hacer en beneficio de los demás, y no me refiero a dádivas, hablo de acciones concretas y justamente definidas a favor de la sociedad. En esa medida, trascenderemos. Y pienso que Isaías Ayala Alipio se ha entregado a las causas y a los principios de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, lo cual me consta desde antes de que asumiera la presidencia de dicha agrupación y la responsabilidad de editar Cuestión, la revista institucional de la agrupación.

Lo conocí hace años, en una conferencia de prensa. Me gustó, entonces, su claridad y firmeza al hablar, el conocimiento tan actual que presentaba de los temas fiscales y su valor para declarar en contra de las políticas gubernamentales cuando le parecían negativas y perjudiciales para los contribuyentes y la sociedad en general.

Uno, como periodista debe ser imparcial al redactar entrevistas y ruedas de prensa; sin embargo, admito que disfrutaba mucho cuando declaraba en contra de diversas medidas autoritarias y unilaterales en materia fiscal, precisamente por ser una voz que protestaba enérgicamente a favor de los contribuyentes y la población.

Abro un paréntesis con la intención de expresar que este hombre, cuando fue presidente nacional de la institución mencionada, se entregó por completo a su responsabilidad, e incluso, hay que darlo a conocer, su despacho contable operó, en esa época, por profesionales que lo atendieron con ética y seriedad. Nunca se separó por completo de sus responsabilidades profesionales, pero me consta que durante un par de años su vida giró en torno a la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos.

En aquellos días, me llamó la atención que ahorraba significativamente recursos económicos de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, al grado de que solventaba los gastos de su automóvil, a pesar de utilizarlo frecuentemente en la atención de asuntos y compromisos institucionales. Soy testigo, incluso, de su austeridad al viajar a otras ciudades, cuando asistía a actividades de los colegios y asociaciones de contadores establecidos en el territorio nacional.

Paralelamente, se involucró en la edición de la revista institucional, Cuestión, a la que durante el lapso de cuatro años ha dado calidad, estilo, forma y profesionalismo. Considero que en este renglón, el de la revista, ha adquirido amplia experiencia. Cada publicación es competitiva e interesante a nivel nacional. Me atrevo a asegurar que dentro de la agrupación nacional, es uno de los socios que más sabe acerca de diseño, elaboración y publicación de revistas, cuyos ejemplares, por cierto, nunca ha utilizado para promover su imagen.

Más allá de otras acciones, decidió entregar parte de su esfuerzo a instituciones que de alguna manera, por medio de su quehacer, participan en el progreso de México. Un ejemplo claro es su labor dentro de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 y protocolizada en 1896, y en la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, desde la que, en diferentes cargos y responsabilidades, ha actuado y emprendido acciones, al lado de sus colegas, en beneficio de quienes se dedican a tal profesión.

Considero que su quehacer, en diferentes gestiones, se ha orientado a difundir la ética y el profesionalismo dentro del ejercicio de la Contaduría Pública, conjuntamente con los programas de actualización y capacitación, la certificación e incluso las intervenciones con autoridades, funcionarios públicos y legisladores con el objetivo de que las leyes, los reglamentos y las acciones sean más acordes al cumplimiento y menos tendientes a la complejidad y el terrorismo fiscal.

Al mirar atrás, indudablemente descubre las huellas que todos, a nuestro paso, hemos dejado en el escenario de la vida; pero intuyo que observa, a los lados y hacia adelante, todo lo que falta, y detecta que es perentorio acelerar el paso con firmeza antes de que  él y nosotros, sus amigos, concluyamos el viaje de la existencia y tengamos que descender en alguna de las estaciones.

Los mexicanos de la hora contemporánea, son testigos de las batallas de su nación. Desde hace tiempo, México enfrenta problemas y crisis preocupantes en materias educativa, cultural, económica, política y de salud y seguridad. Les lastima el acoso de quienes se empeñan en causar luto, saquear al país, apoderarse del porvenir y la felicidad de las generaciones actuales y futuras, pisotear la dignidad humana, tergiversar y violar las leyes, prostituir la justicia, confundir a los jóvenes y mostrarles senderos erróneos, desaparecer instituciones tan significativas como la familia, desintegrar a la sociedad para dividirla, manipularla y controlarla.

No dudo que por los rasgos de su personalidad, Isaías Ayala Alipio, ya reconocido a nivel nacional por los profesionales de la Contaduría Pública, siempre hará llamados urgentes y convocará a todos -familiares, colegas, amigos, compañeros, sociedad- a reaccionar y abandonar las gradas de espectadores para transformarse, en la medida de sus capacidades, en protagonistas de los cambios que urgen en la nación. Tengo la certeza de que insistirá en sumar y multiplicar para bien de su entorno.

Lo imagino entre sus colegas, en los foros estatales, regionales y nacionales de contadores públicos, con la idea de que de nada servirá conseguir, en lo personal, familiar y gremial, niveles de bienestar superiores, si a nuestro alrededor prevalecen tantos riesgos. Probablemente invitará a otros profesionales a ir más allá de sus despachos, cargos y desempeño para ser quienes participen en el proceso de transformaciones que urgen en México.

En sus discursos, probablemente Isaías preguntará: ¿y saben dónde tenemos que comenzar? Entonces responderá: en nuestros hogares, en los despachos que encabezamos, en los cargos que ostentamos, en las acciones diarias, en nosotros mismos, en las escuelas, en la calle, en todas partes. En esa medida, iniciaremos una labor trascendental que hace mucho tiempo guardamos irresponsablemente en el armario con las consecuencias que actualmente enfrentamos.

Hoy más que antes, México necesita líderes y gente comprometida y responsable. Las voces auténticas se están apagando. Las agrupaciones empresariales, de profesionistas y de ciudadanos serán genuinas en la medida que verdaderamente representen a sus agremiados, pugnen por sus intereses legítimos y contribuyan al progreso integral de los municipios, los estados y la nación. Eso lo sabe muy bien Isaías Ayala Alipio.

En la convención nacional que los contadores públicos de México celebraron en Playa del Carmen, Quintana Roo, durante el mes de noviembre de 2019, Isaías Ayala Alipio manifestó ante el gobernador de esa entidad, Carlos Manuel Joaquín González, su agradecimiento al consejo directivo de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos, al jurado calificador y a todos los profesionales.

Por otra parte, el hecho de recibir el nombramiento de Contador Público Distinguido del Año, en su ciclo 2019, indudablemente representa un compromiso para mejorar, ser congruente con lo que siente, piensa, habla y hace; pero también lo estimula y obliga a mantener siempre la honestidad y el profesionalismo, a dar más de sí en la reconstrucción de México y participar en el fortalecimiento de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Contadores Públicos. En Playa del Carmen, compartió el reconocimiento nacional con todos los contadores públicos.

Junto con él, otro contador público, originario de Mérida, Yucatán, estado del sureste mexicano, Felipe Cervantes González, recibió dicho reconocimiento de manera paralela, distinción muy merecida, ya que no solamente se trata de un profesionista de excelencia, sino de un ser humano extraordinario. Tuve oportunidad de conocerlo y tratarlo, hace algunos años, en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.

La idea de iniciar la publicación de biografías, coincide con el interés de difundir la trayectoria y la labor de personas que aportan y contribuyen al engrandecimiento de su entorno. Es un reconocimiento a las huellas que dejan a favor de otros. Las generaciones jóvenes de la hora contemporánea, necesitan conocer ejemplos de personas reales que muchas veces renuncian a comodidades y tiempo para propiciar las oportunidades y transformaciones que el mundo requiere para crecer y evolucionar.

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Murió la escuela…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Murió la escuela cuando, perversamente, la televisión se convirtió en nodriza de incontables generaciones, a quienes arrebató inocencia, valores e iniciativa, y transformó en maniquíes artificiales y superficiales de aparador, a los que idiotizó y manipuló. Murió la escuela en el momento en que los dueños del poder económico y político tomaron la decisión de sustraer del sistema educativo las clases de ética, la impartición de la materia denominada civismo, con la idea aparente de adelantar a la infancia y adolescencia, parcialmente, en ciertos temas, y así estimular apetitos, denigrar a la familia y derrocar la integridad. Murió la escuela cuando se acabaron los alimentos que las madres preparaban con intenso cariño a sus hijos y sustituyeron por productos sin valor nutricional. Murió la escuela en el instante en que ellos, los padres y las madres, cedieron y exigieron toda la responsabilidad educativa de sus hijos a los profesores, con el argumento de que cada día disponen de menos tiempo para atenderlos en el hogar, aunque se les mire jubilosos en bares y reuniones con sus amigos y parejas sentimentales o atrapados en el hechizo de los celulares y las redes sociales. Murió la escuela cuando no pocos de los maestros consideraron la enseñanza una carga o un negocio más que un ministerio y una vocación. Murió la escuela, un día, otro y muchos más, al autorizar los padres de familia que la televisión, la radio y las redes sociales, en internet, compartieran el derecho y la responsabilidad de educar y guiar a sus hijos, acaso sin percibir que el plan consistió en ridiculizar a la familia y los valores, y normalizar crímenes, violencia, deshonestidad, ultrajes, falsedad y vicios. Murió la escuela cuando los adultos sintieron mayor emoción de asistir a una agencia de automóviles, a una pasarela o a un espectáculo, que acompañar a sus hijos a una actividad escolar, compartir con ellos una experiencia familiar o simplemente convivir. Murió la escuela desde el minuto en que la historia se volvió oficial y a ciertos personajes se les maquilló como santos y a otros, en cambio, se les convirtió en demonios, paralelamente a la obligación de memorizar nombres, acontecimientos y fechas, en vez de asimilar lecciones para crecer y evitar los errores recurrentes del pasado. Murió la escuela al desdeñar la ciencia y creer que todo, incluida la vida, se soluciona por medio de agresividad, política, dinero e intolerancia. Murió la escuela al pisotear y desterrar los sueños e ilusiones de la infancia y la adolescencia, al incendiar sus etapas naturales para acelerar ciclos y obtener beneficios e intereses de grupo, al transformar a cada ser humano en estadística, en número, en cliente. Murió la escuela al sepultar el arte y los valores. Murió la escuela al aplicar la fórmula perversa de estimular el deseo de que minúsculas aspiren ser mayúsculas prematuramente. Murió la escuela al perder el itinerario, la ruta, el sentido, la esencia. Murió la escuela al eliminar la creatividad, las fantasías, los sueños, las ilusiones y la originalidad de niños y adolescentes. Murió la escuela al propiciar que la infancia y la adolescencia abandonara sus juegos para entregarse a adicciones y placeres de otras edades. Murió la escuela al quedar al descubierto que material y placenteramente resulta más fácil desnudarse y provocar escándalo, arrebatar, violar las leyes y despreciar la vida, que esforzarse en construir y respetar. Murió la escuela en el minuto en que niños y adolescentes formaron grupos para humillar y lastimar a los más débiles, a los seres distintos a la mayoría, a quienes permanecen en la soledad y desprotegidos. Murió la escuela al enseñar a las generaciones que vale más una calificación aprobatoria en operaciones aritméticas, que enseñar a dividir y restar lo negativo y sumar y multiplicar lo positivo. Murió la escuela al quedar confinados los maestros auténticos en el rincón de los soñadores e idealistas, sólo porque de la educación se han apoderado y beneficiado grupos más interesados en asuntos particulares que en la enseñanza y formación de las generaciones. Murió la escuela al pretender las autoridades, ante el conformismo, la pasividad y el silencio de los padres de familia, moldear el sistema educativo de acuerdo con sus intereses, y atacar y denigrar otras opciones de enseñanza. Murió la escuela a partir de la etapa en que el peligro y la muerte se proyectaron sombríamente en todos los espacios públicos. Murió la escuela al corromperse gobiernos e instituciones y valer más una prebenda que la educación y el porvenir de un niño o un adolescente. Murió la escuela al tener mayor significado y valor un billete, una traición o un número en la boleta de calificaciones que una idea, un sentimiento, una propuesta, una reflexión. Murió la escuela ante los escupitajos de la soberbia, la estupidez y la mediocridad. Murió la escuela al comportarse muchos de los maestros en seres humanos despiadados, ajenos a la sensibilidad humana e intolerantes a las necesidades y los sentimientos. Murió la escuela cuando los adultos -padres de familia, profesores, autoridades- actuaron con engaños y trampa en los asuntos cotidianos. Murió la escuela al valer más más un forro de acuerdo con los pactos y gustos de los profesores, que la atención y el interés de un niño pobre en aprender y formarse para ser una persona extraordinaria. Murió la escuela al volverse paso de grupos que la utilizaron cual requisito para más tarde estudiar Medicina, Leyes y otras materias que les sirvieron para lucrar con la salud, los conflictos y los problemas, convertidos en profesionistas ausentes de ética y sentido humano, ensoberbecidos con la gente que usan. Murió la escuela al incorporarse los planes de estudio a intereses ocultos, a un plan que necesariamente conducirá a la desintegración personal, familiar y social porque valen más la acumulación de fortunas, los negocios, la manipulación, el engaño, el control absoluto. Murió la escuela, es verdad; sin embargo, al perecer, significa que también sucumbieron los hogares, las familias, las instituciones, y que la infancia, la adolescencia y la juventud carecerán, por lo mismo, de un porvenir esplendoroso. Si tú, niño, adolescente, joven, formas parte de una familia con valores y tus maestros son personas entregadas a la enseñanza, a su vocación, agradece ese privilegio y abrázalos para sumar y multiplicar el bien, la verdad, la justicia y los valores. Si tu hogar y tu escuela tienen vida y no permanecen atrapados en un sepulcro, lleva luz a otras partes con la intención de propagar el bien y la verdad antes de que mueran más escuelas, como tristemente ha acontecido en México y otras naciones. Recuerda que al morir una escuela, también habrán fenecido incontables familias, maestros, valores y posibilidades de evolución. No debe morir una escuela más. Al contrario, hay que restaurarlas con el trabajo conjunto, responsable y comprometido de padres de familia, maestros y alumnos. Así, al sumar y multiplicar, exclamaremos: “nació una escuela”. Nació una escuela con estudiantes dignos y plenos, padres de familia responsables y profesores comprometidos con la enseñanza. Abrazos y felicitaciones a las generaciones, a las familias y a los maestros que pertenecen a una escuela con vida y rechazan la muerte de sus instituciones, a pesar de que amplio porcentaje de seres humanos se hayan convertido en contradicción y negación de la naturaleza, el bien y los principios fundamentales.

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Y si un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Te gustaría?

¿Y si un día, tras la caminata de la mañana, en alguna aldea mágica, en un rincón paradisíaco o a la orilla de un lago miro tus ojos y confieso que tengo un regalo especial para ti? ¿Y si sonríes y aceptas acompañarme? ¿Y si cubro tus ojos mientras entramos a la nevería y elijo para ti un helado? ¿Y si ya con el helado, decidimos sentarnos en la banca del parque, a un lado de la fuente, mientras el agua susurra su himno de alegría? ¿Y si prefieres disfrutar tu helado en un bote de remos? ¿Y si al remar yo y tú saborear el helado, descubres que contiene un papel en su interior? ¿Y si al desdoblar el trozo de papel, lees un mensaje? ¿Y si al leerlo, identificas mi letra y percibes mi fragancia?¿Y si al reconocer mi escrito, entiendes que mi propuesta es amarte toda la vida? ¿Y si encuentras un anillo entre la nieve? ¿Y si aceptas mi propuesta? ¿Y si jugamos al amor y a la vida?

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De plagio, derechos de autor y otras cosas…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Existe mayor grandeza en reconocer los errores que en acaparar y coleccionar reconocimientos y aplausos que provienen de la falsedad. Lo primero, significa presentarse con la mirada límpida y de frente, con una canasta pletórica de valores; lo segundo, en cambio, equivale a mostrar el lado oscuro, el rostro maquillado, y aprovechar la desmemoria e ignorancia colectivas.

Somos criaturas débiles. Tenemos demasiada fragilidad, al grado, incluso, de que en ocasiones, voluntariamente o sin desearlo, emprendemos acciones que dañan a otras personas, y el orgullo que cargamos impide solicitar perdón.

Estamos acostumbrados, parece, a ser muñecos de aparador, maniquíes de boutique, y con ayuda de la nodriza llamada televisión y del padrastro en que se ha transformado el lado oscuro del internet, competimos por enriquecernos, ser los más populares y llevar la delantera en todo, aunque implique, no pocas veces, aplastar y denigrar a los demás.

Amplio porcentaje de gente es capaz de presentar conductas perversas a cambio de obtener dinero, placeres, viajes, objetos materiales y fama, todo tan pasajero y superfluo como ellos; no obstante, las mayorías, transformadas en órgano colectivo, insensible a los sentimientos, lo excelso y los valores, se hinca y venera a tales personajes.

Hace poco, una bloguera plagió tres párrafos de 104 que forman parte de mi texto “Gota de agua”, acto que denuncié públicamente. Los publicó y difundió en su blog como si fuera la autora, en francés. No respetó mi autoría. Desconoce, en el caso extremo e increíble de ingenuidad, que todos mis textos los registro en Derechos de Autor y que, por lo mismo, se encuentran legalmente protegidos en todo el mundo, de manera que tengo facultades de demandar en los tribunales internacionales a quien robe parcial o totalmente mi obra.

Ya con la queja en las redes sociales, recibí apoyo de mis familiares, amigos y contactos, varios de los cuales enviaron mensajes enérgicos y de protesta a la bloguera, quien evidentemente rechazó aprobarlos para que aparecieran en el espacio correspondiente. Afortunadamente, modificó el contenido del enlace y cambió el título de mis tres párrafos plagiados en “Gota de agua”, al que en su momento denominó “Somos agua”, idea que planteo en la obra. Actualmente, el sitio lo ocupa un texto que se refiere a la obra “El milagro del agua”, de Masaru Emoto.

Aunque no entabló comunicación conmigo ni me pidió la disculpara, al menos suprimió mis párrafos, hecho que me tranquiliza y evitará conflictos y problemas legales a través de los tribunales internacionales.

Agradezco a mis familiares, amigos y contactos de las redes sociales, junto con los medios de comunicación que hicieron favor de publicar mi denuncia y mis colegas y compañeros blogueros, la presión para que la persona a la que me refiero, de la cual omito su identidad, eliminara los tres párrafos que presuntamente hurtó de mi obra “Gota de agua”.

Con lo anterior, considero que todos aprendimos una lección significativa que consiste en sumar y multiplicar esfuerzos para denunciar y combatir la ilegalidad. Si todos aplicamos este principio en nuestras vidas y humanamente nos apoyamos unos a otros, en lo minúsculo y en lo mayúsculo, creo que daremos un paso muy grande. Recuerden que una persona abusiva, en cualquier ámbito, no podrá sostenerse ante hombres y mujeres que coinciden en valores  y se unen en torno a una causa justa. Agradezco y valoro las muestras de apoyo y afecto que recibí de todos.

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Al dibujar tu mirada…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miré sus ojos. No había visto otros tan bellos. Y me gustaron sus pestañas. Me encantó ella. No necesitó maquillaje para inventar su belleza… ya la tenía

Al dibujar tu mirada, Dios sustrajo colores de la primera flor que brotó en el mundo y de los jardines de su paraíso, con el brillo e intensidad de las estrellas que aparecen cada noche en la pinacoteca celeste. hasta mezclarlos en su paleta de artista y deslizar los pinceles sutilmente. Al pintar tus ojos, el artista de la creación derramó agua que se transformó en cristales, en corriente de mágica belleza e ilusión que te conecta con la esencia y el barro, con las alas y las manos, con la vida y su policromía. Al pasar, una y otra vez, los pinceles sobre tu mirada, plasmó el espejo del infinito y los reflejos de la temporalidad, las tonalidades de la alegría y la verdad, la gama que se convierte en música cuando se le mira. Al dibujar e iluminar tus ojos, el pintor impregnó el encanto de tu mirada y la fórmula de la inmortalidad. Al pintar tu mirada, Dios derramó dos lágrimas tras experimentar en sí la emoción de crear algo más que dos diamantes. Al crear tus ojos, no olvidó que algún día, al fijarme en ti, me descubriría retratado, me mostrarías el reflejo de la vida y me conducirías a tu ruta interior, a parajes donde eres yo y soy tú, al punto de encuentro con la esencia y la tierra. Al pintar tu mirada, el artista de la creación me incluyó, aunque parezca la locura de un amor.

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