Pedro Infante en Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la tumba del abuelo. El nombre y los apellidos continúan inscritos en la lápida. La memoria no falla. La hojarasca y la tierra, en alianza con el sol, la lluvia y el viento, se empeñan en esconder la identidad del hombre, quien desde la década de los 40, en el inolvidable e irrepetible siglo XX, yace en el sepulcro, entre el silencio, los rumores y la soledad del Panteón Municipal de Morelia.

Las ramas de los árboles corpulentos se balancean y crujen al recibir las caricias del aire. Proyectan sus sombras jaspeadas sobre las lápidas y los monumentos mortuorios, hasta que la cortina del anochecer desciende y aparecen la luna y las estrellas en el firmamento.

Las hojas que cubren la tumba abandonada, han soltado aceite y manchado la placa pétrea en la que aparecen los datos del abuelo Domingo Cruz Acosta. Algunos, quizá, preguntarán quién fue ese hombre cuyo sepulcro permanece desolado, entre los murmullos y el silencio de la vida y la muerte.

Es él, don José Inés Estrada Ramírez, quien nació en 1935 y a sus 84 años de edad camina por los parajes y calzadas del cementerio moreliano, fundado durante postrimerías del siglo XIX, en la época del Porfiriato, en la capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México.

Camina el hombre como desafiando al tiempo. Coincidimos, como siempre, en algún sitio y me acompaña hasta la tumba solitaria de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del fallecido actor y cantante que millones de mexicanos han convertido en ídolo, Pedro Infante, Pedro Infante Cruz, si hay que escribir su nombre completo.

Don José Inés Estrada Ramírez, a quien estimo y ha hecho favor de concederme su amistad, es nieto de don Fermín Ramírez, primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, a final de la decimonovena centuria. Ese hombre fue enviado por el acaudalado y poderoso dueño de la Hacienda La Huerta, don Ramón Ramírez Núñez, primer presidente formal, en 1896, de la otrora Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, hoy de Comercio, Servicios y Turismo.

Aquel velador Fermín que presenció los fusilamientos que ejecutaban los solados en el cementerio y quien fue hombre longevo, tallador de lápidas de cantera, moró gran parte de su existencia en el interior del cementerio, donde nacieron dos de sus hijas, María y Carmen Ramírez. La primera, María, fue madre de don José Inés.

Si alguien, en nuestros días, conoce la historia y el mapa del cementerio ubicado en el antiguo predio El Huizachal, antaño perteneciente a la Hacienda La Huerta, es don José Inés Estrada García, hijo del primer artífice de sepulcros modernos, a partir del siglo XX.

No sin antes expresar “entiendo que eso es la vida, un paseo temporal en el mundo y el tránsito inmediato a la muerte”, el hombre, propietario de uno de los talleres de monumentos mortuorios de mayor tradición en la ciudad de Morelia, abre los expedientes de su memoria, escudriña los datos resguardados en su memoria, repasa los muchos días del ayer, cuando en 1954, a sus 19 años de edad, inició su convivencia con el actor y cantante Pedro Infante.

Sentados en una tumba, mientras recibimos las caricias del viento otoñal, repasa la historia y declara: “Pedro Infante llegaba al Panteón Municipal de Morelia cada tres meses. Aparecía de improviso, vestido de charro o con un traje elegante. No tenía fecha exacta para llegar. Previamente, me buscaba en el taller y me saludaba con mucha cortesía. Me abrazaba. Entonces lo acompañaba al cementerio”.

Y prosigue el hombre: “con frecuencia se trasladaba en un Cadillac corto, muy bonito y lujoso. Con él viajaban su madre y la actriz célebre del momento. Sí. Lo acompañaron innumerables actrices y cantantes”.

El hombre admite que quien más le impresionó fue Miroslava -Miroslava Stern o Miroslava Sternová Beková-, no solamente por su belleza y porte, sino por su estilo. “Era una mujer refinada, no tan superficial ni escandalosa como otras de las actrices y cantantes. Aunque en esa época la gente aseguraba que era una mujer nerviosa e irascible, conmigo y con los acompañantes, en el Panteón Municipal de Morelia, se comportaba con cortesía. Eso la hacía más hermosa, cautivante y extraordinaria”.

Relata don Fermín, a quien todavía lo buscan clientes de hace media centuria, que Pedro Infante se sentaba en una banca, a la entrada del cementerio, al lado de su madre, María del Refugio Cruz Aranda, y de la actriz o cantante que lo acompañaba, de sus hermanos Ángel y Pepe, de algunos amigos y de los sepultureros. “Mi familia también asistía a las reuniones trimestrales”, admite.

Agrega don Fermín que “aunque Pedro Infante llevaba guitarra, cantaba sin el acompañamiento del instrumento musical. Todos participábamos en la convivencia. Conversábamos y reíamos”.

Posteriormente, añade, “nos trasladábamos hasta la tumba de Domingo Cruz Acosta, su abuelo materno, donde proseguíamos con las canciones y la convivencia. Quien se alejaba, por su carácter altivo, era Ángel Infante Cruz; sin embargo, Pepe, el otro hermano, era simpático, platicador y agradable”.

Durante sus años juveniles, antes de ser actor y cantante famoso, Pedro Infante “vivió en Morelia, en la calle Ortega y Montañez, Èl y su familia moraban en la contraesquina de una vecindad a la que los morelianos denominaban “La Chata”, cerca de García Obeso”, refiere don José Inés, quien explica que “el taller de carpintería se localizaba en el centro de la ciudad, en Miguel Silva, muy cerca de 1º de Mayo y Plan de Ayala”.

Habría que hacer un paréntesis para mencionar que de acuerdo con testimonios de personas que nacieron alrededor de 1930, en Morelia, Pedro Infante, que entonces era carpintero muy joven, tenía relación sentimental con una señora que vivía al poniente de la ciudad, cerca de la avenida Francisco I Madero, por las instalaciones de lo que actualmente es el Instituto Mexicano del Seguro Social.

“Pedro y Pepe Infante Cruz confiaban en mí. Me ofrecieron su amistad. Yo era muy joven entonces”, relata don José Inés, quien manifiesta que el otro hermano, Ángel, trataba a la gente con desprecio, “y tan mal se portó conmigo, que rehusó que yo realizara algunos trabajos sepulcrales. Me consideraba muy joven e inexperto. Prefirió que un señor a quien los morelianos conocían como Tato, con experiencia en un taller de mosaicos, efectuara el trabajo. Ese señor no cumplió ni entregó el trabajo encomendado”.

Dentro de sus remembranzas, José Inés cuenta que alguna vez la madre de Sonia Infante, Consuelo López, le solicitó la elaboración de un trabajo. Al ir a su domicilio, en Morelia, a cobrar la tarea, Sonia Infante abrió el portón “y casi me corrió; pero afortunadamente llegó su madre y le ordenó que se marchara. Me pagó y comentó que la muchacha era grosera y que había heredado la altivez y grosería del padre, Ángel Infante. Me percaté de que tenían una gran reunión en casa”.

La caminata de las horas es impostergable. Tras lavar la tumba del abuelo Domingo Cruz Acosta, don José Inés no olvida que después de la muerte de Pedro Infante, registrada en 1957, su hermano Pepe continuó con la tradición de visitar el sepulcro de su antepasado, en recuerdo, quizá, de aquellas tertulias trimestrales. “Pepe solía beber. Ya ebrio, el buen amigo iba al taller y me pedía que lo acompañara hasta el sepulcro de su abuelo porque olvidaba la ubicación”.

La muerte es compañera inseparable de don José Inés Estrada Ramírez. Siempre lo ha acompañado, y como él dice: “un día reposaré en este lugar”. En ese sitio vivió su abuelo Fermín. En el cementerio nacieron la madre y la tía de don José Inés, quien jugó entre las calzadas y las tumbas. Su abuelo tallaba lápidas en cantera y su padre fue el primer artífice de monumentos sepulcrales de la época moderna en Morelia. Él elabora lápidas y sepulcros. Conoce la historia del Panteón Municipal de Morelia.

Lo abrazo con gran emoción y afecto, como siempre. Acordamos reunirnos próximamente con la idea de convivir en algún paraje del Panteón Municipal de Morelia, donde almorzaremos. Habrá que desenterrar historias antes de que la desmemoria se nos adelante.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

 

4 comentarios en “Pedro Infante en Morelia

  1. SANTIAGO ES MUY BONITO TU RELATO , ES UN PLACER LEERTE , CADA PALABRA TRASPORTA LA MENTE ALGUN PAISAJE O LUGAR DONDE PUEDE VERSE CADA COSA TAL COMO LO DESCRIBES SIN SIQUIERA HABERLO VISTO , QUE DIOS TE BENDIGA Y SIGAS CON ESOS RELATOS TAN BONITOS , UN UNIVERSO DE BESOS.

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  2. Nuestro Pedro Infante Santiago. Crecí cantando sus canciones y cada que puedo busco información o detalles de su vida.
    Siempre me pareció un hombre muy del pueblo. Un artista muy original y con un carisma tremendo.
    Yo era una niña cuando comencé viendo sus películas que me encantaban y hasta el día de hoy no me las pierdo cuando las pasan en la tele.
    Nunca me aburre mirarlas vez tras vez.
    Esto que nos cuentas no lo sabía y me agrada saberlo. Y Don José Estrada que quizás sea mi pariente jaja. Bueno así se llamaba mi abuelo paterno José Ángel Estrada, el murió muy joven y no le conocí pero se que murió en 1934.
    Me lo has traído a la memoria con esta historia tan bonita e interesante.
    Gracias Santiago.
    He disfrutado leyendo y conociendo estos detalles de Pedro Infante.
    Yo vivo ahora en Texas pero soy mexicana.
    De Cohahuila.

    Un abrazo y mis Saludos Poeta.

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    • Qué interesante conocer más de ti, Esperanza. Fíjate que cuando me enteré de esta historia y visité la tumba del abuelo materno de Pedro Infante, quedé sorprendido porque generalmente su vida no es conocida en Morelia. Y sí, tienes razón, el hombre reunía todas las características de un provinciano de antaño, que era lo que daba un sentido a México. No soy moreliano, pero me fascina la historia de esta ciudad michoacana. Saludos.

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