Murió la escuela…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Murió la escuela cuando, perversamente, la televisión se convirtió en nodriza de incontables generaciones, a quienes arrebató inocencia, valores e iniciativa, y transformó en maniquíes artificiales y superficiales de aparador, a los que idiotizó y manipuló. Murió la escuela en el momento en que los dueños del poder económico y político tomaron la decisión de sustraer del sistema educativo las clases de ética, la impartición de la materia denominada civismo, con la idea aparente de adelantar a la infancia y adolescencia, parcialmente, en ciertos temas, y así estimular apetitos, denigrar a la familia y derrocar la integridad. Murió la escuela cuando se acabaron los alimentos que las madres preparaban con intenso cariño a sus hijos y sustituyeron por productos sin valor nutricional. Murió la escuela en el instante en que ellos, los padres y las madres, cedieron y exigieron toda la responsabilidad educativa de sus hijos a los profesores, con el argumento de que cada día disponen de menos tiempo para atenderlos en el hogar, aunque se les mire jubilosos en bares y reuniones con sus amigos y parejas sentimentales o atrapados en el hechizo de los celulares y las redes sociales. Murió la escuela cuando no pocos de los maestros consideraron la enseñanza una carga o un negocio más que un ministerio y una vocación. Murió la escuela, un día, otro y muchos más, al autorizar los padres de familia que la televisión, la radio y las redes sociales, en internet, compartieran el derecho y la responsabilidad de educar y guiar a sus hijos, acaso sin percibir que el plan consistió en ridiculizar a la familia y los valores, y normalizar crímenes, violencia, deshonestidad, ultrajes, falsedad y vicios. Murió la escuela cuando los adultos sintieron mayor emoción de asistir a una agencia de automóviles, a una pasarela o a un espectáculo, que acompañar a sus hijos a una actividad escolar, compartir con ellos una experiencia familiar o simplemente convivir. Murió la escuela desde el minuto en que la historia se volvió oficial y a ciertos personajes se les maquilló como santos y a otros, en cambio, se les convirtió en demonios, paralelamente a la obligación de memorizar nombres, acontecimientos y fechas, en vez de asimilar lecciones para crecer y evitar los errores recurrentes del pasado. Murió la escuela al desdeñar la ciencia y creer que todo, incluida la vida, se soluciona por medio de agresividad, política, dinero e intolerancia. Murió la escuela al pisotear y desterrar los sueños e ilusiones de la infancia y la adolescencia, al incendiar sus etapas naturales para acelerar ciclos y obtener beneficios e intereses de grupo, al transformar a cada ser humano en estadística, en número, en cliente. Murió la escuela al sepultar el arte y los valores. Murió la escuela al aplicar la fórmula perversa de estimular el deseo de que minúsculas aspiren ser mayúsculas prematuramente. Murió la escuela al perder el itinerario, la ruta, el sentido, la esencia. Murió la escuela al eliminar la creatividad, las fantasías, los sueños, las ilusiones y la originalidad de niños y adolescentes. Murió la escuela al propiciar que la infancia y la adolescencia abandonara sus juegos para entregarse a adicciones y placeres de otras edades. Murió la escuela al quedar al descubierto que material y placenteramente resulta más fácil desnudarse y provocar escándalo, arrebatar, violar las leyes y despreciar la vida, que esforzarse en construir y respetar. Murió la escuela en el minuto en que niños y adolescentes formaron grupos para humillar y lastimar a los más débiles, a los seres distintos a la mayoría, a quienes permanecen en la soledad y desprotegidos. Murió la escuela al enseñar a las generaciones que vale más una calificación aprobatoria en operaciones aritméticas, que enseñar a dividir y restar lo negativo y sumar y multiplicar lo positivo. Murió la escuela al quedar confinados los maestros auténticos en el rincón de los soñadores e idealistas, sólo porque de la educación se han apoderado y beneficiado grupos más interesados en asuntos particulares que en la enseñanza y formación de las generaciones. Murió la escuela al pretender las autoridades, ante el conformismo, la pasividad y el silencio de los padres de familia, moldear el sistema educativo de acuerdo con sus intereses, y atacar y denigrar otras opciones de enseñanza. Murió la escuela a partir de la etapa en que el peligro y la muerte se proyectaron sombríamente en todos los espacios públicos. Murió la escuela al corromperse gobiernos e instituciones y valer más una prebenda que la educación y el porvenir de un niño o un adolescente. Murió la escuela al tener mayor significado y valor un billete, una traición o un número en la boleta de calificaciones que una idea, un sentimiento, una propuesta, una reflexión. Murió la escuela ante los escupitajos de la soberbia, la estupidez y la mediocridad. Murió la escuela al comportarse muchos de los maestros en seres humanos despiadados, ajenos a la sensibilidad humana e intolerantes a las necesidades y los sentimientos. Murió la escuela cuando los adultos -padres de familia, profesores, autoridades- actuaron con engaños y trampa en los asuntos cotidianos. Murió la escuela al valer más más un forro de acuerdo con los pactos y gustos de los profesores, que la atención y el interés de un niño pobre en aprender y formarse para ser una persona extraordinaria. Murió la escuela al volverse paso de grupos que la utilizaron cual requisito para más tarde estudiar Medicina, Leyes y otras materias que les sirvieron para lucrar con la salud, los conflictos y los problemas, convertidos en profesionistas ausentes de ética y sentido humano, ensoberbecidos con la gente que usan. Murió la escuela al incorporarse los planes de estudio a intereses ocultos, a un plan que necesariamente conducirá a la desintegración personal, familiar y social porque valen más la acumulación de fortunas, los negocios, la manipulación, el engaño, el control absoluto. Murió la escuela, es verdad; sin embargo, al perecer, significa que también sucumbieron los hogares, las familias, las instituciones, y que la infancia, la adolescencia y la juventud carecerán, por lo mismo, de un porvenir esplendoroso. Si tú, niño, adolescente, joven, formas parte de una familia con valores y tus maestros son personas entregadas a la enseñanza, a su vocación, agradece ese privilegio y abrázalos para sumar y multiplicar el bien, la verdad, la justicia y los valores. Si tu hogar y tu escuela tienen vida y no permanecen atrapados en un sepulcro, lleva luz a otras partes con la intención de propagar el bien y la verdad antes de que mueran más escuelas, como tristemente ha acontecido en México y otras naciones. Recuerda que al morir una escuela, también habrán fenecido incontables familias, maestros, valores y posibilidades de evolución. No debe morir una escuela más. Al contrario, hay que restaurarlas con el trabajo conjunto, responsable y comprometido de padres de familia, maestros y alumnos. Así, al sumar y multiplicar, exclamaremos: “nació una escuela”. Nació una escuela con estudiantes dignos y plenos, padres de familia responsables y profesores comprometidos con la enseñanza. Abrazos y felicitaciones a las generaciones, a las familias y a los maestros que pertenecen a una escuela con vida y rechazan la muerte de sus instituciones, a pesar de que amplio porcentaje de seres humanos se hayan convertido en contradicción y negación de la naturaleza, el bien y los principios fundamentales.

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