Uno, a cierta hora…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, a cierta hora, entiende que no es el calzado para humillar, presumir o aplastar a los demás. Es para andar cómodo, libre y seguro durante la caminata, al alternar en palacios y en casas humildes. No son los zapatos para mortificarse si se manchan involuntariamente al andar por el lodo o si se rayan en los parajes abruptos y cubiertos de abrojos. Hay quienes experimentan mayor preocupación e inseguridad si su calzado se mancha al dar algunos pasos por callejuelas populares y rumbos empobrecidos, que causar daño a los más débiles. Es más trascendental interesarse en la ruta, en la senda, que en una marca de zapatos, los cuales, por cierto, siempre deben lucir limpios y presentables por tratarse del reflejo personal. Uno, en algún momento, descubre que no es el reloj lujoso lo más importante al presentarse ante las personas, sino administrar el tiempo y vivir cada segundo irrepetible en armonía, con equilibrio y plenamente. Uno, en determinado instante, comprende que no es la acumulación de dinero y cosas materiales lo que salva a la gente; es el uso que se da a una fortuna, es el destino bueno o malo lo que define la felicidad o la desdicha, es el bien que se hace a aquellos que requieren ayuda, es la medicina que se compra al enfermo desvalido, es el mendrugo que se ofrece al hambriento, es el empleo que se crea, es el puente que se construye para el progreso. Uno, a cierta edad, aprende que el conocimiento no sirve cuando se le condena a la soberbia o al abuso y la explotación en perjuicio de otros seres humanos y de los recursos naturales, porque simplemente es igual al estiércol que se acumula y se pudre o que se dispersa y enriquece la tierra. Uno, en alguna estación, desciende con un canasto pletórico de experiencias y sabe que la alegría y la tristeza, el amor y el odio, el bien y el mal, son un sí y un no, la opción de escalar la cumbre o desbarrancar al precipicio. Uno acepta, en determinada etapa, que los sentimientos y los valores no son maquillaje ni cutis de maniquí; sencillamente, dejan huellas en el rostro y en las manos que indican la dirección que se siguió durante la existencia. Uno, casi al final de la caminata, voltea a su alrededor y en cada mirada encuentra un motivo, un sendero, una biografía, un nombre, una historia, hasta entender que todos los seres merecen alcanzar la felicidad. Uno, un minuto y otro, no olvida que la vida es agua que se fuga, río que fluye y sigue su cauce para ser libre y pleno, porque estancarse significa volverse pútrido. Uno, en algún rincón, reconoce que la vida no es una carrera desbocada ni competencia egoísta contra otros; es experimentar las auroras y los ocasos, las luces y las sombras, con la idea de aprender, evolucionar, trascender y sentirse infinitamente dichoso. Uno, en el segundo postrero, identifica las huellas que dejó atrás, durante su jornada terrena, y sabe si son indelebles o si el viento de una tarde otoñal las borrará. Uno, en otro ciclo, admite que la familia, los amigos, la vida, la salud, los principios, el amor, la dignidad, los sentimientos y la alegría tienen mayor valor que una joya, un automóvil lujoso o una noche fugaz en alguna posada. Uno, casi al final, concluye que la envidia, el odio, el miedo, la avaricia y los sentimientos negativos, en general, atraen los trastornos mentales y orgánicos, hasta destruir a las personas, mientras lo positivo conduce a la salud, a la vida, a la luz, a lo excelso, a lo sublime. Uno, cualquier fecha, sabe que el fracaso y la mediocridad no consisten en un nivel socioeconómico; se basan en no atreverse, en no crecer, en no encontrarse consigo, en desviarse de la senda ante el brillo de apetitos y superficialidades. Uno, cierta vez, reflexiona acerca de la vida y la muerte, y deja de temer al comprobar que los días de su existencia fueron bellos y plenos, y al saber, obviamente, que con el ocaso existe la oportunidad de un paréntesis y la esperanza de una autora. Uno, ante la caminata del tiempo, ya no desperdicia los instantes pasajeros en amargura, dolor, envidia, murmuraciones, enojo, ambición desmedida, superficialidades y ausencia de valores, y opta por jugar a la vida con amor y alegría, con la dulzura de una mirada bienhechora, con la tranquilidad que regala una historia dedicada a la luz. Uno, después de todo, se sabe frágil, náufrago y forastero, de manera que destierra los antifaces, el maquillaje y los disfraces con la idea de asomar con su verdadero rostro, emprender el viaje e irradiar el más bello y sublime de los destellos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright 

7 comentarios en “Uno, a cierta hora…

  1. Hermosa y delicada reflexión, tan cierta , no hay nada como ser uno mismo en cualquier momento y lugar sin importar las superficialidades. Optar por jugar a la vida con amor y no desperdiciar los instantes pasajeros, se trata simple y sencillamente de disfrutar la vida.

    Me gusta

  2. Santiago tu texto tan hermoso como acertado es vivir la vida plenamente con amir hacia lo que hacemos y nuestros semejantes Dios te bendiga .

    Me gusta

Responder a Lucia Montero Covarrubias Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s