De esas historias que no se olvidan…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Son momentos que se recuerdan siempre por su alegría, por el amor tan grande y especial, por la vida que se experimenta y las ilusiones y los sueños que se expresan en realidades…

¿Y si te invito a mi poemario, a mi libreta de anotaciones, a mi mundo? ¿Y si al encontrarnos en las páginas de mi inspiración, entre un poema y otro, y patinar sobre las letras, te cargo y saltamos hasta las partituras? ¿Y si seguimos la ruta de los signos, en el cuaderno pautado, con la idea de escuchar la música del paraíso y bailar y patinar a su ritmo? ¿Y si al deslizar los patines sobre la nieve, resbalamos y caemos en la paleta de colores y sujetamos los pinceles con el objetivo de plasmar tu imagen y la mía en el lienzo de la vida, los sueños y el infinito? ¿Y si al transformarnos en siluetas y pintura, también somos formas, música y susurros? ¿Y si mientras patinamos en el más bello y supremo de los paisajes, confieso que siempre te he amado? ¿Y si abrimos el libro de nuestras biografías y comprobamos que tú y yo hemos palpitado siempre al unísono de las cascadas, los ríos, la lluvia y la nieve? ¿Y si al internarnos, en una excursión maravillosa e inolvidable, descubrimos que al tener tú un tanto de mí y yo de ti, pactamos un idilio bello e inagotable, un romance de esos que no se olvidan y dejan huella, un amor capaz de vibrar con la frecuencia del universo? ¿Y si al saber que somos criaturas de arcilla y seres etéreos, fundimos nuestras miradas y sumergimos tu esencia y la mía hasta profundidades recónditas e insospechadas, donde el silencio es lenguaje de Dios? ¿Y si al escucharlo, comprendemos que si eres flor, soy tallo, y juntos formamos la raíz que atrapa las formas, los colores y las fragancias, y les da sentido? ¿Y si somos viento, al amarnos, hasta balancear las ramas de los árboles y mover las hojas y las flores? ¿Y si somos luz, vida y alegría? ¿Y si somos oleaje que pronuncia tu nombre y el mío, con mucho del reflejo del cielo?

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La diferencia y los pequeños detalles que forman la grandeza

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada día, por insignificante que parezca, representa momentos de vida, pedazos de historia, oportunidades de crecimiento o fatal caída. Los instantes que se van, son trozos de existencia que no vuelven. Siempre hay una enseñanza en todo lo que uno experimenta durante las horas de su existencia.

Uno, en la vida, tiene opción de aprender y sumar y multiplicar detalles que propicien el crecimiento, la evolución, o negarse la oportunidad del conocimiento, por medio de las experiencias, y despreciar y pisotear a los demás en una carrera desbocada, carente de sentido, brújula y proyecto.

Ayer en la tarde, mientras caminaba por las callejuelas del centro histórico de la ciudad donde radico actualmente, coincidí con un gran amigo, Juan Manuel Ferreyra Cerriteño, quien a pesar de encontrarse al lado de su hermano, tuvo la cortesía de hacer un paréntesis con la idea de saludarme con la amabilidad y la educación que le caracterizan. Me abrazó como quien lo hace con un hermano y preguntó gentilmente sobre mi familia, mi salud, mis libros, mis actividades laborales y profesionales. Capté el gusto que sintió al expresarle mis más recientes andanzas. Comprendí, por lo mismo, que hay personas que aunque uno no las frecuente, siempre mantienen sus sentimientos abiertos. Son verdaderos amigos.

Noté el gusto del hombre. Tras la conversación breve, volvió a abrazarme con alegría y me deseó bendiciones y lo mejor de la vida. Este amigo, quien alguna vez, en el pasado, tuvo inquietudes espirituales y religiosas, siempre anda con un libro en la mano, y no como pose, sino con la intención de leer y aprender, sumar conocimiento que pone en práctica a través de sus acciones diarias.

Su bondad y gentileza es algo que se percibe de inmediato. Al despedirnos, lo recordé cuando por alguna razón coincidimos alguna hora distante de nuestras existencias. Es uno de esos seres humanos que no fingen porque son auténticos. Es un honor contar con su amistad.

Una vez que nos despedimos, quedé con una sensación muy grata. Crucé la calle. Me encontraba inmerso en mis reflexiones, cuando de improviso miré, a cierta distancia, a otro hombre que conozco, quien miró con lujuria a una joven que podría ser su hija, hasta provocar que su acoso la inquietara. El hombre detuvo momentáneamente su caminata y volteó a mirar las caderas de la muchacha.

De pronto, ambos coincidimos de frente. Lo saludé por cortesía más que por afecto, coincidencia profesional o amistad. Apenas contestó. No me extrañó la actitud en alguien que se ha desprestigiado por conductas burdas y deshonestas. Cada uno seguimos nuestra marcha.

Conocí a ambos en diferentes empresas periodísticas. El primero, mi amigo Juan Manuel, es un caballero, un hombre que se respeta a sí mismo, a su familia y a la gente que le rodea. Su nombre no es público. Optó por dedicarse a otras actividades. Es genuino, profundo y agradable. Camina libremente por las calles, sin agredir a la gente, libre y tranquilo, como quien no debe nada.

El segundo, en tanto, tiene un nombre público por las tareas que realiza; sin embargo, en el medio profesional y en diferentes sectores sociales, posee una imagen bastante negativa por su falta de educación y sus prácticas no muy éticas. Se mofa de la gente y molesta a los demás.

Obviamente, en los pequeños detalles se encuentra la grandeza. Es cuestión de educación. Juan Manuel se desenvolvió en un ambiente familiar sano, donde su padre y su madre se preocuparon e interesaron en él y en sus hermanos. Él acepto vivir con valores, mientras el otro, sin duda, coexistió en escenarios totalmente insanos. No podría imaginar a Juan Manuel acosando mujeres con la mirada ni transitando por la vida con abusos y majadería. Es superior. Me siento orgulloso de él y privilegiado al contar con su afecto y amistad. Le agradezco, también, que ayer me haya recordado el valor de la amabilidad y la sencillez humana.

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