La señora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La penumbra y el silencio de la habitación, acentuaban el sollozo asfixiante de la señora, quien agonizaba en su lecho y permanecía rodeada de sus hijos y nietos que, desconsolados y entristecidos, acariciaban su cabeza, tomaban sus manos trémulas y la observaban como aquel que sabe, al término de la jornada, que nunca más volverá a mirar a la persona amada que se aleja del puerto rumbo a otro destino. Los descendientes de la mujer preguntaron el motivo de su llanto y ella, tras una pausa desconsoladora, solicitó perdón y confesó que desperdició los días de su existencia sin dar a otros lo suficiente de sí, argumento que rechazaron al recordarle que siempre se había distinguido por haber derramado el bien a los demás. Sus sentimientos, palabras y actos siempre habían sido elevados. Abrió los ojos cubiertos de lágrimas. Asomó de nuevo a la vida, quizá por unos instantes de regalo, tal vez por el esfuerzo e interés de dejar a sus familiares un ejemplo y una herencia, y aclaró que deseaba el perdón y que lloraba por el bien que pudo hacer y no llevó a cabo. Eso le dolía mucho. Pesaba demasiado. Explicó que la vida es tan breve, que apenas alcanzan los días para cultivar amor, alegría y sentimientos nobles. Aconsejó, en consecuencia, sembrar detalles todos los días, regalar sonrisas y palabras de aliento, dar lo mejor de sí, ayudar a los que enfrentan angustias, dolores, tristezas, hambre, preocupaciones y trastornos mentales y orgánicos. Cerró los párpados y también dio vuelta a la página postrera del libro de su existencia, sonriente, callada, serena, como quien se siente en paz y se retira en armonía consigo y con quienes le rodean. Sus parientes nunca olvidarían esas palabras entrecortadas por el dolor, por la vida que se le escapaba, por la enfermedad tan tóxica, por la hora de la cuenta: “imploro perdón y lloro por el bien que pude hacer y no realicé a favor de quienes más sufren”. Recuerdo aquella historia real de mis años juveniles. Pienso que si alguien que fue de virtud modelo y dedicó su vida a hacer el bien a los demás, lloraba y sufría lo indecible por las omisiones y por creer que no dio lo mejor de sí, uno debería reaccionar y emular su ejemplo, actuar con amor y honestidad, alumbrar y disipar las sombras, dejar huellas indelebles y aliviar el dolor ajeno. Hay que evitar, en el minuto final, llorar y sufrir por el bien que se pudo hacer y no se realizó.

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5 comentarios en “La señora

  1. Querido Santiago, este relato es verdaderamente conmovedor, La Señora debía de ser una gran persona, hasta en sus momentos finales llorar e implorar el perdón por lo que no pudo hacer…
    No se conformó con haber sido buena y ejemplar, aún quería más.
    Si cada uno de nosotros pensáramos solo un poquito como esta señora, la vida y el mundo sería mucho mejor.
    Me ha parecido un relato maravilloso, que además nos dices que fue real.
    Gracias por traernos algo bello y amable, aunque tú siempre lo haces mi elegante amigo.
    Recibe mis felicitaciones por tu escritura y tú ser.
    Un abrazo.

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    • Amiga Yvonne, te saludo con el gusto de siempre y agradezco tus palabras. En verdad existió esta señora. Yo tendría alrededor de 20 años de edad cuando ella murió. Me impresionó bastante porque como bien explicaste en tu comentario, dedicó su vida a hacer el bien a los demás y todavía pedía perdón y lloraba por lo que le faltó hacer. Verdaderamente fue una mujer entregada a una causa noble y elevada. Si todos tuviéramos algo como ella, aunque fuera mínimo, contribuiríamos a aliviar el dolor y las necesidades humanas. Recibe un abrazo con el afecto y la admiración que te tengo.

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  2. Santiago, me alegra mucho haber dedicado mi tiempo a leerte con calma. Tu blog me ha traído recuerdos e introspección; esta entrada en particular me ha conmovido, ha traído recuerdos que intento no traer de vuelta a menudo. Muchas gracias por tanto amor, muchas gracias por tanta verdad. Fuerte abrazo. Quinny!

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