Un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día pensé que tal vez somos reflejo de nuestros sueños y espejismos, o acaso una ilusión, una fantasía, una sombra que se desvanece y no regresa más, o quizá una sucesión de recuerdos. Un día creí que en mi delirio de amarte, te había inventado. Un día, cuando el tiempo había pasado, imaginé que sólo era náufrago de mis remembranzas y que estaba, por lo mismo, en medio de mi locura. Un día, al encontrarte de nuevo, miré que la dirección de tu camino era igual al sentido de mi senda, y que ambos seguíamos la misma ruta. Un día, inesperadamente, me percaté de que ya estabas en mi morada y que jamás podría traicionarte porque no espero a alguien más. Un día, sin sospecharlo, me inspiraste y así fue como te transformaste en mi musa. Un día, al despertar, entró tu fragancia por mi ventana y me sentí envuelto en ti, hasta que el viento me llevó a tu lado y volamos juntos por el cielo y el mundo en un juego de esencia y arcilla. Un día prometí amarte y permanecer a tu lado siempre, y aquí estoy. Un día, ante la caminata de los minutos y las horas, tomé tus manos y miré tus ojos para que me sintieras real y supieras el encanto de ser tú y yo. Un día, al escribirte un poema, noté que mis manos ya conocían tu nombre y tus apellidos. Un día, al reír, sentí tu alegría. Un día, al llorar, percibí tu dolor. Un día, insisto, aprendí que en el amor, tú estás en mí y yo en ti, ausentes de contratos y grilletes, libres y unidos, rumbo a la inmortalidad que comienza en uno y se extiende hacia el infinito. Un día confesé con emoción lo tanto que te amo y me cautivas, y mira, aquí me encuentro, en ti y en mí. Un día como hoy, un día como ayer y mañana, un día como siempre, un día que se convirtió en biografía mutua, en nuestra historia, en destino compartido.

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Estamos incompletos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Algo falta. Percibo un sentido de ausencia en la escala de la vida. Estamos incompletos. No encuentro el encanto de la fauna y la flora de antaño en los bosques, llanuras, desiertos, selvas, barrancos y montañas. Cesaron los rumores de las cascadas, los ríos y las aves. Faltan tonalidades en la paleta de colores y signos en las partituras de la naturaleza. No somos los mismos. Hay una lista inmensa de faltantes. Cada día, nosotros, los seres humanos, somos más asfalto, plástico y petróleo. La tierra presenta su cutis ranurado, estéril y seco. Huele a sustancias tóxicas, a humo, a contaminación, no a tierra mojada por la lluvia ni a fragancias de flores y plantas dispersas en el paisaje. Oigo escándalo, gritos, estulticia; no escucho el trinar de los pájaros de bello plumaje ni el lenguaje de los mamíferos, y menos palabras amables por parte de los seres humanos. Es más difícil encontrar un paquidermo, un hipopótamo, un rinoceronte, un felino o una jirafa, que bacterias, microbios y formaciones extrañas que pululan en el mundo y amenazan acabar con toda señal de vida. Temo que existan mayor cantidad de armas, tácticas de guerra y actos de violencia que especies animales. Hemos cambiado. Algo perdimos en el camino, o tal vez nunca lo tuvimos. Enseñaron a hombres y mujeres a comportarse como maniquíes de aparador, rodeados de apetitos y superficialidades. La ambición es genuina cuando se trata de mejorar y superarse; pero mata a los individuos al volverse desmedida. Estamos incompletos. Las simulaciones son mayores que las acciones. Muchos optan por no aportar al mundo lo mejor de sí y hasta esquivan la responsabilidad de participar en la reconstrucción del mismo; pero en las redes sociales condenan y juzgan cada acto orientado a la destrucción. Somos aplaudidores de membrete. El plan de los poderosos es siniestro. Por eso les ha resultado perentorio descalificar y hacer pedazos a hombres y mujeres, a las familias, a las instituciones, los valores, las buenas costumbres. Quieren títeres. Les estorban los seres humanos de sentimientos e ideas. Es un grupo al que no le interesan tu nombre ni el mío, ni tampoco los de la gente que miramos a nuestro alrededor, porque para ellos somos número, cifra, estadística, utilidad monetaria. Nos están engañando. El mundo de las redes sociales es lo de hoy y qué útil, divertido e interesante resulta cuando se utilizan con equilibrio e inteligencia; pero es el extremo de una cadena miserable, el inicio de una prisión perpetua, porque esclavizan, presentan un escenario irreal y ofrecen costumbres, modas e ideas que manipulan a quienes carecen de madurez o pierden gradualmente el sentido común. Volteo a mi alrededor y descubro gente distraída en sus aparatos móviles, quitándose la oportunidad de presenciar un amanecer, un ocaso, el encanto de la lluvia, la profundidad del cielo o la convivencia con las personas que los aman y se encuentran a sus lados. Regalan muecas y sonrisas a quienes, igual que ellos, dependen de un aparato. Ríen ante un aparato móvil, frío e indiferente a la vida, y niegan una sonrisa al pequeño o al anciano que se encuentran a su lado. Me angustia pensar que en ciertos lugares existan mayor número de colmillos de marfil que elefantes y más trofeos que leones. Nos estamos quedando solos. Pronto nos veremos los rostros y descubriremos la tragedia. Ni siquiera hay respeto y tolerancia hacia los demás. No es el internet ni son otros factores los que están destruyendo el planeta; somos nosotros, cada uno con sus actitudes. Observo a mi alrededor la desolación del paisaje, reflejo innegable de las criaturas en que nos hemos convertido. Faltan sonrisas, alegría, autenticidad, entrega, sentimientos, amabilidad, acciones e ideas. Hemos roto la creatividad, la iniciativa, la originalidad. Algo esencial falta. Se siente su ausencia. Estamos incompletos.

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