Abrí un paréntesis

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hice un paréntesis, dentro de mi encierro voluntario, para diferenciar el privilegio de la libertad y el terror de la prisión. Abrí un espacio, entre un día y otro, con la idea de reconocer la fragancia y los tonos de las flores y la naturaleza. Me di un tiempo, antes de que escapen los minutos y las horas, con la intención de permanecer con la gente que amo y compartir el milagro de la vida, el sí y el no de la existencia. Hice una pausa, entre una cosa y otra, con la finalidad de abrir la ventana y admirar la profundidad del cielo, sentir las caricias del aire e identificar los rumores del oleaje. Realicé una parada en algún paraje del camino con el propósito hacer un balance de mi vida y andar por un sentido más pleno, feliz e intenso. Me propuse emprender un receso con el objetivo de rescatar mis sentimientos, alegría e ilusiones, perdidos, quizá, en un recodo del ayer. Llevé a cabo una tregua para reconciliarme conmigo, con los seres que amo, con la gente que me rodea, con la naturaleza, con el mundo. Tomé un lapso de mi historia para zambullirme en mí, en mi alma, y así volver a ser yo, mirar a Dios de frente y reír de nuevo. Aparté de mí la caminata del tiempo para deshacerme de apariencias, superficialidades, estulticia, mentira y tristeza. Acabé con mi desasosiego para seguir con interés de columpiarme en un paraíso nuevo, en una tierra de ensueño, en un reino donde tú sientas que soy yo, ellos y nosotros seamos hermanos y todos, en armonía y con equilibrio, descubramos el bien y la verdad para derramarlo siempre y así mantener encendida la luz de la vida. Abrí un paréntesis para renacer.

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Lección # 2 de Coronavirus

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“¡Hemos perdido todo!”, gritó la multitud, al siguiente día, cuando finalmente, tras la pandemia del Coronavirus, hombres y mujeres salieron de sus refugios y sintieron los abrazos y las caricias del sol y el viento. “Al contrario”, replicó un viejo, “hemos ganado. Muchos de nosotros, perdimos a nuestros seres amados y estamos tristes por su dolor y posterior ausencia física; pero aprendimos a coexistir, amarnos, valorar a la familia, respetar a los niños y a los ancianos, mirarnos como hermanos, compartir un episodio oscuro dentro de la historia. Estamos vivos. Nunca es tarde mientras exista la posibilidad de comenzar de nuevo, y esta vez con el compromiso y la responsabilidad de ser superiores a nuestros odios, crueldad, diferencias, ambición desmedida, egoísmo, injusticias, deshumanización, miedo, resentimiento, superficialidad e indiferencia. Tenemos el reto y la oportunidad de reconstruirnos. Renunciemos a esa especie humana tan soberbia, ignorante, superficial y necia que una y otra vez resbala a los mismos errores. Desterremos el odio y el mal de nosotros. Hemos ganado porque ahora somos más fuertes. Conocemos nuestras fortalezas y debilidades. Por nosotros y en memoria de quienes partieron ante el terror de la pandemia, subamos los peldaños de la evolución y seamos luz en vez de sombras”. Enardecida, la turba se arrojó contra el viejo, mientras otros, acaso la minoría, entendió que el ser humano terminará por aniquilarse a sí mismo si no enmienda sus sentimientos, ideas, costumbres y reacciones.

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Lección # 1 de Coronavirus

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El ser humano forma parte de la naturaleza y del mundo; sin embargo, su permanencia no es esencial. Si se extingue la raza humana, el planeta continuará su ruta indiferente porque una especie tan detractora no es grata ni sana, y menos se le extraña cuando desaparece del escenario. Ni siquiera los buitres, hienas y zopilotes, a los que con desdén la gente denomina animales de carroña, son capaces de causar tanto daño. Hasta las plantas y los árboles desprenden las flores y los frutos pútridos. Nadie extrañará a los hombres y mujeres que hoy, desnudos ante la guerra endémica del Coronavirus, permanecemos refugiados y atemorizados entre paredes y cosas, tan empequeñecidos e insignificantes como a quienes pisoteamos y destruimos aquellos años, cuando soberbios creímos que éramos eje del universo. En consecuencia, es hora de olvidar apariencias, apetitos y superficialidades con la idea de reflexionar y transformarnos en seres humanos sensibles, dignos, inteligentes, justos e íntegros, o confinarnos en el muladar que hemos creado y perecer irremediablemente.

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Artistas, ¿dónde estamos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Artistas, ¿dónde estamos? ¿Por qué enmudecemos? ¿A qué hora sucumbimos? ¿Dónde escondimos nuestro arte? ¿En qué momento lo cambiamos, deformamos y pervertimos a cambio de dinero y reconocimiento público? ¿En qué parte quedaron nuestras letras, pinturas, esculturas y música? Siempre hemos colgado luceros en el cielo para alumbrar el mundo. ¿Por qué no hacerlo ahora que la humanidad lo necesita? Volvamos a escribir las palabras, los relatos, las historias y los poemas que encantan a los seres humanos y los acompañan en sus sueños y en la vida. Desterremos lo burdo. Pintemos de nuevo el mundo con nuestros colores. Saturemos de tonalidades y sonidos bellos y sublimes a las sociedades. Construyamos puentes y senderos más amigables y humanos, rodeados de riachuelos mágicos, arcoíris y flores. Deslicemos los pinceles y dejemos colores armoniosos en los rostros, y devolvamos las sonrisas, el amor, los sentimientos buenos. Esculpamos la belleza que se deletrea, mira y escucha en los sentimientos y las ideas nobles. En cada instrumento -violín, flauta, violonchelo, guitarra, acordeón, clarinete, piano- dejemos notas inspiradoras, música que conmueva los sentidos y devuelva la dicha, las ilusiones y la esperanza a incontables hombres y mujeres que hoy, ante el terror de una guerra mundial disfrazada de pandemia del coronavirus, intenta arrebatarles su presente y su mañana, su salud y su vida, sus sueños y sus fantasías. El mundo, en parte enfermo, refugiado y atemorizado, o ignorado por sus gobiernos y las élites poderosas, sufre lo indecible. No permitamos que el mal, las enfermedades, el miedo y la tristeza destruyan la arcilla e intenten que la esencia no se recuerde. Volvamos a contar historias, a leer poemas, a pintar los escenarios de tonalidades prodigiosas, a cantar y a acariciar los instrumentos musicales para que emitan notas de alegría y esperanza. Volvamos a nuestro quehacer, artistas. Acompañemos a la gente que con dolor y tristeza enmudece y se mira con desconcierto ante las noticias, la deshumanización, el pánico, la enfermedad, las fechorías, la brutalidad y el luto. Aparezcamos de nuevo no con aliento ni figura grosera e indigna de soberbia; seamos creadores y guardianes de los sueños, las ilusiones, la esperanza, el amor, los sentimientos nobles y la vida. Escribamos, pintemos, esculpamos, cantemos y hagamos música con la idea de enaltecer la dignidad humana, descubrir la nobleza de los sentimientos e iluminar el alma, no con la intención perversa de denigrar, aplastar, arrebatar, violar y confundir. Escribamos, pintemos, esculpamos y toquemos la música del amor y la vida, de la alegría y los sueños. Es momento de probarnos y dar lo mejor de nosotros, aunque a veces, en la soledad de nuestras  buhardillas, sintamos el peso del sufrimiento colectivo. Prendamos la luz y colguemos estrellas. ¿Dónde estamos, artistas?

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Nuestro amor en época de Coronavirus… Parte II

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Permanezco en el destierro voluntario, mientras afuera, la primavera desliza sus pinceles sobre los jardines y la campiña; me encuentro en el encierro sin barrotes y candados, a la hora que los pájaros cantan libres, las mariposas vuelan ufanas y las abejas posan sobre las flores, como lo hacían al principio de los años; estoy aquí, en la prisión invisible que nosotros, los seres humanos, hemos creado para refugiarnos de la pandemia del coronavirus que otros hombres y mujeres, en algún rincón del mundo, alteraron en un laboratorio para cultivarlo aquí y allá, en una guerra despiadada y sin sentido. Estoy cerca del ventanal, entre la fragancia de las rosas y los tulipanes que el otro día corté para ti y no te entregué´por la urgencia de recluirnos en nuestras casas. Las flores huelen a ti, a tu perfume, a tu cabello, a nuestros encuentros interminables, al romance que una y otra vez vivimos. Al acariciar los pétalos y sentir su textura, palpo tu rostro, tus manos, tu piel. Descubro tu mirada y tu sonrisa en cada flor; pero también percibo tu esencia, esa forma tan tuya de ser cuando eres musa y ángel, dama y mujer. Me entero, por las noticias, que la pandemia acosa a la humanidad y entra sin recato a los organismos humanos, hasta consumirlos y dejar sus huellas de tortura; sin embargo, las rosas y los tulipanes que la otra mañana corté para ti, almacenan en su memoria los aromas y los colores del amor y la alegría. Conforme transcurren las horas y los días, noto que se marchitan irremediablemente. Los conservaré en un sitio especial. Quizá desprenderé los pétalos y los introduciré en el libro de poemas que te escribo cotidianamente, o tal vez los depositaré en un sobre para algún día, si la crisis se diluye, entregártelos tras un abrazo y un beso, con la idea de que sepas que hasta en el aislamiento pensé en ti y te sentí conmigo. Y si por infortunio ya no me encontrara aquí, recibirás el sobre con las rosas y los tulipanes yertos porque alguna vez prometí que cubriría tu sendero con flores.

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Y al siguiente día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, tras incendiarse la Amazonia y Australia, registrarse temblores, deshielarse la Atlántida, comprobar que el planeta puede ser impactado en cualquier momento por un asteroide, saturar el mundo de basura y plástico, amenazarse las naciones poderosas entre sí, aumentar la violencia, exterminar flora y fauna y perder los valores y el sentido real de la vida, la humanidad desembarcó a lo que pareció la noche sin final.

De pronto, siete mil 700 millones de personas, hombres y mujeres, naufragaron en la oscuridad y la desolación, en una espiral que les presentó diariamente la caducidad de la vida, las sombras de cada amanecer, el terror, la tristeza y el dolor de saberse tan frágiles y pasajeros.

Hospitales y cementerios se saturaron de rostros atemorizados, enfermos, compungidos y tristes, donde simples partículas de saliva, envenenadas por el coronavirus perversamente manipulado en algún laboratorio y cultivado en sitios estratégicos del planeta, demostró poseer mayor poder destructivo y letal que las armas nucleares.

Incomunicados, los moribundos partieron con el dolor y la tristeza de no despedirse de sus seres amados. El aislamiento y la enfermedad, mezclados con el pánico, se transformaron en mazmorras, de donde partieron a cementerios donde la gente respiró desesperación, horror y luto. Y afuera, las lágrimas apenas permitieron observar filas interminables para ingresar con muertos desencajados e irreconocibles.

Así, la pandemia derrumbó fronteras y murallas que los seres humanos creyeron indestructibles, y hasta desmoronó finanzas, economías, mercados, empleos, monedas y petróleo. Los seres humanos de plástico, asfalto y petróleo tambalearon.

Unos, tanto precavidos como especuladores, se aglomeraron en las tiendas de autoservicio, compraron alimentos enlatados y artículos de primera necesidad y agotaron incontables productos, mientras las clases menesterosas y los incrédulos atestiguaron la voracidad humana y la ausencia de raciocinio.

Médicos hubo que arriesgaron sus vidas al mantener contacto con personas contagiadas de coronavirus, mientras otros, en tanto, aprovecharon la coyuntura con el objetivo de lucrar y acumular mayor dinero por medio del dolor, la enfermedad, la ignorancia y la desesperación.

Quedó demostrado quiénes son gobernantes y políticos comprometidos y responsables con los pueblos y las naciones, y cuáles, en cambio, aprovechan los desastres con el propósito de modificar leyes, negociar acuerdos, mentir, lucrar y enriquecerse; aunque también quedaron en evidencia las sociedades maduras y las que se encuentran inmersas en miseria moral e intelectual.

Los estúpidos de la televisión que durante años normalizaron las situaciones negativas y condenaron y juzgaron la familia, las instituciones y los principios esenciales, quedaron al descubierto porque las circunstancias demostraron que los placeres pasajeros, la superficialidad, las modas impuestas, el consumismo y la obsesión de poseer automóviles, residencias y lujos para “valer” más en sociedad, solamente representan desahogo artificial de quienes son tan insignificantes y voluntariamente quedan atrapados en trampas tan crueles.

Únicamente algunas personas se percataron de que cayeron los antifaces de algunas de las naciones que parecían ser potencias mundiales. Al mismo tiempo, fallecieron acaudalados y pobres, académicos e ignorantes, artistas e intelectuales, religiosos, gente famosa y anónima. La pandemia saltó cercas y entró a los organismos humanos sin importar edad, creencias, nivel socioeconómico y razas.

Esta vez, flora y fauna presenciaron la muerte de sus detractores. Mientras hombres y mujeres se refugiaron angustiados e insignificantes en sus casas, los colores retornaron al cielo y a la naturaleza. Regresaron las especies animales y vegetales a un entorno que de pronto fue intoxicado por seres humanos. Los ríos lucieron con luz y vida. Hasta los animales se animaron a pasear por las calles y las plazas de sus detractores humanos.

La trampa quedó al descubierto. La verdad asomó carente de máscaras. Se presentó desnuda y real: la especie pervertida, asesina y sucia del planeta es la de los seres humanos. Ninguna criatura más ha convertido el mundo en un asqueroso y vulgar espacio, en un muladar pútrido donde unos y otros se destrozan y odian tanto por la lucha de conseguir mayor riqueza material y placeres.

De pronto, las familias se reencontraron en casas frías, con el reto de transformarlas en hogares y reencontrarse y descubrir sus valores. Hubo oportunidad de reconocerse y convivir. Volvieron a los libros, al arte, al diálogo, a las comidas familiares. Fue la hora de la reconciliación.

Comprobaron, igualmente, que el mundo no son los celulares ni las redes sociales porque la vida es hoy, no después ni cuando se obtengan dinero, automóviles, residencias, lujos, placeres temporales, viajes costosos y fama. Eso es basura cuando no existe un sentido noble e inteligente.

Para muchos hombres y mujeres resultó tarde. Se hizo de noche. Descendió el telón de sus existencias. Quedaron, entre grilletes, oportunidades perdidas de ser felices, dar de sí, amar y convivir. Perdieron lo mejor de sus vidas. No se reconciliaron consigo ni con los demás.

El silencio y la soledad aterran a la mayoría de las personas, acaso porque los acostumbraron a ser maniquíes de aparador, probablemente por el horror de descubrirse sin antifaces, quizá por creer que el escándalo es condimento de la existencia, tal vez por todo y nada, y así transcurrieron los días, aprisionados en habitaciones, ante la opción de reencontrarse o enloquecer y perderse.

La noche oscura fue desgarradora. No todos soportaron la prueba. Ante la ausencia de historias interesantes en sus biografías, incontables personas buscaron en la estulticia de la televisión una epopeya artificial, un engaño, sin entender que cada instante es bello e irrepetible. Y sin darse cuenta, navegaron por la corriente ennegrecida, en una etapa histórica demasiado intensa.

El hoy se vuelve ayer ante la caminata de las horas. Y así aconteció, al otro día, cuando la humanidad despertó de su sueño y descubrió que estaba incompleta. La lista de nombres y apellidos tenía faltantes. El mundo parecía tan distinto. Todos eran más viejos.

De improviso, al siguiente día, la gente descubrió que existían dos opciones: seguir destruyendo la vida, creer que la acumulación de dinero y los placeres fugaces son sinónimos de grandeza y felicidad, apoderarse de los recursos naturales, asesinar la fauna y la flora, imponer modelos económicos y políticos aplastantes e injustos, permitir la violencia y las injusticias, denigrar los valores, autodestruirse y permanecer atrapada en fragmentos de plástico, o al contrario, sancionar a los culpables e irresponsables, castigar los delitos y la violencia, tender puentes, recuperar sus principios esenciales, coexistir con la naturaleza y hacer de cada momento una oportunidad de vida, evolución, alegría, respeto, progreso y amor.

Al siguiente día, tras la pesadilla que se ocasionó a sí misma, la humanidad se encontró ante la disyuntiva de seguir el mismo camino de errores o transitar una senda noble y plena…

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Deseo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Deseo escuchar y mirar los juegos y las risas de los niños, sentir la lluvia que encanta a los enamorados, remar con la idea de que la gente es feliz, sentarme en una banca y escuchar los murmullos de la fuente, caminar por las calzadas y descubrir los rostros humanos. Anhelo, como antes, beber café al aire libre, formarme con la intención de entrar al cine o al teatro, recorrer museos, pasear en la campiña y recibir las caricias del aire y el sol. Quiero descubrir mi reflejo dichoso en los cristales de las tiendas, compartir momentos con la gente que amo tanto, conversar y relatar historias, escuchar a los demás, dar de mí y construir puentes y senderos sin final. Extraño los rumores y los silencios de la vida, los susurros de las auroras y del ocaso, los amaneceres perfumados y las noches estrelladas. Necesito dormir y reencontrarme conmigo, con la humanidad y la naturaleza, con el principio esencial, abrazar a todos, formar un gran círculo y girar, hasta despertar y comprobar que los días de dolor y epidemia sólo fueron un sueño, una pesadilla, y que al abrir el ventanal, entran la luz, el amor y la vida.

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Nuestro amor en época de Coronavirus… Parte I

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Qué días tan bellos e inolvidables los nuestros, mi Musa. Qué historia tan cautivante y prodigiosa compartimos. Qué amor tan auténtico y fiel. Cuántas luces y sombras aparecieron en nuestros capítulos. Colgamos incontables estrellas en el firmamento, contamos árboles en el bosque y contemplamos los pliegues turquesa y jade de las olas. Cabalgamos en la alegría, el tiempo y las ilusiones. Cuántos sabores, fragancias y colores. Hundimos los pies en la arena, en el barro, en el agua. Prendimos la luz con la idea de alumbrar el sendero y la apagamos cuando los luceros dictaron nuestros poemas y corrieron al lado nuestro. Demasiadas risas y algunas lágrimas, cual es la vida, con sus claroscuros. Cómo jugamos y disfrutamos cada instante que se fugó irrepetible. Hubo, entre nosotros, abrazos de amor, apoyo y consuelo. Hicimos planes y acordamos disfrutar cada momento de la travesía. Fuimos muy afortunados. Tu esencia y tu arcilla me encantaron tanto, que no te miento, te sentí en mí cada día y noche, y estoy seguro de que las llevaré en este plano y a otros cielos. Gracias, en verdad, por compartir y desvanecer mis horas y los días de soledad, por ser un tanto de mí y permitirme sentir mucho de ti. Acepto que tus manos de dama, siempre atentas a construir y dar, me cautivaron desde el principio, cuando mi mirada asombrada quedó fija en tus facciones y tus actos femeninos. Supe, desde el inicio, que me encontraba frente a ti, transformada en dama y mujer, musa y ángel, niña y estrella. Reímos tanto que aún escucho el eco de los años encantadores. Protagonizamos una historia, capítulos que siempre latirán en nosotros y enriquecerán nuestros seres interiores aquí y allá porque ya somos uno con dos rostros y un par de nombres. Recordarás que todavía hace algunas semanas, cuando la humanidad parecía tan feliz y despreocupada, y tú y yo jugábamos a la vida y al amor, anticipé que se acercaban los otros días, y mira, llegaron pronto y de improviso con algo terrible que tiene nombre y apellido, creado perversamente en algún laboratorio, capaz de causar dolor, pánico y muerte. Acosa al otro lado de las puertas y las ventanas, y entra a las moradas, invade los organismos y se impregna en la ropa, en la piel, en todas partes, cual enemigo que se se nutre de miedo colectivo y se fortalece al infectar masivamente. En estos días, los de la pandemia del Coronavirus, nuestro amor es superior y, por lo mismo, permanece encapsulado en burbujas, en cristales, en destellos.  Las esperanzas y las ilusiones son suspiros que se van y no vuelven ante el desconsuelo de la incertidumbre. Tras el ventanal, suspiro entre recuerdos e imágenes, con los latidos de mi corazón y mi respiración que pronuncian tu nombre, con las añoranzas que a veces parecen querer naufragar y hundirse ante un contagio o un descuido. La nuestra, ante la pandemia, es una nueva forma de amar y sentir. Podremos volver a reunirnos y estar juntos, o tal vez no, nadie lo sabe, porque muchos de nuestros rincones han ensombrecido y se encuentran intoxicados. Quizá regrese la luz, probablemente no. Mi mirada extraña la tuya, con tus pestañas de muñeca y tu cutis de manzana. Enclaustrado y en el destierro, mis manos extrañan las tuyas y aún las sienten. Tu alma y la mía son etéreas e inmortales, pero te extraño en la versión presente de tu existencia, te necesito con tus alegrías y enojos, con tus bromas y consejos, con tus rumores y silencios, con tu seriedad e informalidad, con tus juegos y solemnidades, con tu barro y tu esencia. Necesito expresarte lo que callé, lo que el tiempo se llevó. Me es preciso abrazarte con la intención de que me perdones, si alguna vez te lastimé o en caso de ausencia, por no cubrir tu sendero de flores, como lo prometí; mas tú lo sabes, ninguno  tenemos la certeza del regreso al escenario que sentimos tan nuestro. Si alguna vez no estoy contigo para llenar tu camino de flores y detalles, sentirás el pulso de mi alma en la tuya y mirarás el resplandor de la luz que alumbrará tus pasos a otro mundo, a un plano superior, al paraíso que intuimos nuestro. Huele a noche. Ya amanecerá y despertaremos en nuestro mundo, en el hogar que sentimos tan nuestro, o tal vez en otra frontera, en algún paraje lejano, en una morada que percibimos en nosotros. Qué historia y días los nuestros, mi Musa.

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Prueba de laboratorio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El Coronavirus es un elemento alterado científicamente en algún laboratorio y cultivado, inicialmente, en sitios estratégicos para su propagación mundial y el consecuente exterminio de incontables seres humanos, desestabilizar mercados y finanzas internacionales, propiciar desabasto y miedo, acentuar la miseria colectiva y establecer bases de un orden nuevo, inmoral e injusto; sin embargo, también sugiere el juego en un tablero, una serie de ensayos que de alguna manera faciliten información exacta e invaluable en cuanto a rasgos relacionados con conductas masivas e individuales en el planeta, capacidad de reacción de gobiernos y sociedades, grados de unidad o ruptura colectiva y niveles de resistencia de la gente, entre otros temas. Se trata de matar, empobrecer, dividir, desequilibrar, enfrentar, confundir, enfermar. Somos, parece, prueba de laboratorio, marionetas que otros, los miembros de la élite que se ha apoderado del control mundial, manipulan. El tema del Coronavirus es ensayo y anticipo de las próximas guerras que se registrarán por la conquista del agua, los yacimientos minerales, las reservas naturales, los mercados y el predominio económico. Hay dos alternativas: acostumbrarnos a morir irresponsablemente o volver a ser hermanos y erradicar el Coronavirus, a sus creadores y todo esquema que provoque divisiones, muerte, ignorancia, confusión, miseria e injusticia.

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Los ancianos les estorban

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Quieren conocer el valor y el estado evolutivo de un pueblo? Revisen, entonces, el trato que la gente da a sus ancianos. Si es digno y respetuoso, definitivamente habrá personas nobles, prósperas, sanas y felices; al contrario, si es cruel e inhumano, algo putrefacto se percibirá de inmediato y prevalecerán la miseria, las injusticias, las simulaciones, la corrupción, las enfermedades y la desdicha

Una sociedad dividida y despiadada con los ancianos, es digna de lástima y repudio porque demuestra carencia de valores y miseria espiritual e intelectual. Es tan pobre que no contará entre sus días capítulos alegres y plenos 

Afortunadamente no es en todo el mundo, pero una y otra vez he escuchado, en algunas instituciones universitarias y sitios públicos, el clamor de no pocos jóvenes que aseguran que ellos, los ancianos, les estorban y arrebatan el espacio y el oxígeno que necesitan las generaciones actuales. En tanto, los gobiernos, en diversas naciones, enfrentan mortificación y problemas por los quebrantos financieros que les representan las personas mayores, ya que con la caminata del tiempo aumenta ese sector tan vulnerable de la población que requiere alimentación, pensiones, medicamentos, atención especializada, infraestructura hospitalaria y tratamientos costosos. Los ancianos, junto con personas con enfermedades como diabetes, cáncer y otros padecimientos, son el sector más débil y propenso a contagiarse de coronavirus y morir irremediablemente. Me pregunto si alguien obtiene ganancia con esta trampa.

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