Nuestro amor en época de Coronavirus… Parte I

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Qué días tan bellos e inolvidables los nuestros, mi Musa. Qué historia tan cautivante y prodigiosa compartimos. Qué amor tan auténtico y fiel. Cuántas luces y sombras aparecieron en nuestros capítulos. Colgamos incontables estrellas en el firmamento, contamos árboles en el bosque y contemplamos los pliegues turquesa y jade de las olas. Cabalgamos en la alegría, el tiempo y las ilusiones. Cuántos sabores, fragancias y colores. Hundimos los pies en la arena, en el barro, en el agua. Prendimos la luz con la idea de alumbrar el sendero y la apagamos cuando los luceros dictaron nuestros poemas y corrieron al lado nuestro. Demasiadas risas y algunas lágrimas, cual es la vida, con sus claroscuros. Cómo jugamos y disfrutamos cada instante que se fugó irrepetible. Hubo, entre nosotros, abrazos de amor, apoyo y consuelo. Hicimos planes y acordamos disfrutar cada momento de la travesía. Fuimos muy afortunados. Tu esencia y tu arcilla me encantaron tanto, que no te miento, te sentí en mí cada día y noche, y estoy seguro de que las llevaré en este plano y a otros cielos. Gracias, en verdad, por compartir y desvanecer mis horas y los días de soledad, por ser un tanto de mí y permitirme sentir mucho de ti. Acepto que tus manos de dama, siempre atentas a construir y dar, me cautivaron desde el principio, cuando mi mirada asombrada quedó fija en tus facciones y tus actos femeninos. Supe, desde el inicio, que me encontraba frente a ti, transformada en dama y mujer, musa y ángel, niña y estrella. Reímos tanto que aún escucho el eco de los años encantadores. Protagonizamos una historia, capítulos que siempre latirán en nosotros y enriquecerán nuestros seres interiores aquí y allá porque ya somos uno con dos rostros y un par de nombres. Recordarás que todavía hace algunas semanas, cuando la humanidad parecía tan feliz y despreocupada, y tú y yo jugábamos a la vida y al amor, anticipé que se acercaban los otros días, y mira, llegaron pronto y de improviso con algo terrible que tiene nombre y apellido, creado perversamente en algún laboratorio, capaz de causar dolor, pánico y muerte. Acosa al otro lado de las puertas y las ventanas, y entra a las moradas, invade los organismos y se impregna en la ropa, en la piel, en todas partes, cual enemigo que se se nutre de miedo colectivo y se fortalece al infectar masivamente. En estos días, los de la pandemia del Coronavirus, nuestro amor es superior y, por lo mismo, permanece encapsulado en burbujas, en cristales, en destellos.  Las esperanzas y las ilusiones son suspiros que se van y no vuelven ante el desconsuelo de la incertidumbre. Tras el ventanal, suspiro entre recuerdos e imágenes, con los latidos de mi corazón y mi respiración que pronuncian tu nombre, con las añoranzas que a veces parecen querer naufragar y hundirse ante un contagio o un descuido. La nuestra, ante la pandemia, es una nueva forma de amar y sentir. Podremos volver a reunirnos y estar juntos, o tal vez no, nadie lo sabe, porque muchos de nuestros rincones han ensombrecido y se encuentran intoxicados. Quizá regrese la luz, probablemente no. Mi mirada extraña la tuya, con tus pestañas de muñeca y tu cutis de manzana. Enclaustrado y en el destierro, mis manos extrañan las tuyas y aún las sienten. Tu alma y la mía son etéreas e inmortales, pero te extraño en la versión presente de tu existencia, te necesito con tus alegrías y enojos, con tus bromas y consejos, con tus rumores y silencios, con tu seriedad e informalidad, con tus juegos y solemnidades, con tu barro y tu esencia. Necesito expresarte lo que callé, lo que el tiempo se llevó. Me es preciso abrazarte con la intención de que me perdones, si alguna vez te lastimé o en caso de ausencia, por no cubrir tu sendero de flores, como lo prometí; mas tú lo sabes, ninguno  tenemos la certeza del regreso al escenario que sentimos tan nuestro. Si alguna vez no estoy contigo para llenar tu camino de flores y detalles, sentirás el pulso de mi alma en la tuya y mirarás el resplandor de la luz que alumbrará tus pasos a otro mundo, a un plano superior, al paraíso que intuimos nuestro. Huele a noche. Ya amanecerá y despertaremos en nuestro mundo, en el hogar que sentimos tan nuestro, o tal vez en otra frontera, en algún paraje lejano, en una morada que percibimos en nosotros. Qué historia y días los nuestros, mi Musa.

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