Como si el público mexicano fuera parte de sus telenovelas burdas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, como periodista, tiene el compromiso, la obligación y la responsabilidad social de actuar e informar con ética y objetividad, principalmente cuando se tratan asuntos y temas relacionados con la seguridad, vida, salud e integridad nacional.

Lamentablemente, hay quienes aprovechan las eventualidades que afectan a la sociedad para su beneficio personal y de grupo, incrementar sus utilidades económicas y nutrir su ego y soberbia, al grado de que incurren en el error y la perversidad de opinar e informar con dolo, confundir al público, generar dudas, provocar divisiones y propiciar que la población tome decisiones incorrectas y acordes a intereses ajenos al bien común.

Evidentemente, todos conocemos ejemplos de comentaristas, noticieros y periodistas que pierden respeto a su auditorio y actúan con desdén y prepotencia, amenazantes y engreídos, con la creencia de que son ídolos y dueños de la razón y la voluntad popular, entregados a las órdenes y a los intereses de sus amos insaciables.

Quienes hemos ejercido el quehacer periodístico con profesionalismo, en los campos de batalla, en los sitios donde verdaderamente se registran los acontecimientos, ausentes de maquillajes, guardaespaldas y helicópteros que descienden a los comunicadores transformados en super hombres que transitan sin rasguños, sudor y lodo por cuevas, abismos o selvas, sabemos lo que significa conseguir una noticia en medio de la adversidad y lo que la gente -hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos- espera de uno y del medio de comunicación que representa.

Para nadie es desconocido, en el mundo, que México es una de las naciones cuyos habitantes han consentido durante varias décadas que la televisión abierta y privada -entiéndase Televisa y TV Azteca- ingrese libremente a los hogares y sustituya a los padres, a las madres y a los profesores para convertirse en nodriza, en aya capaz de criticar, juzgar, mofarse y ridiculizar a la familia, las instituciones, el respeto, la dignidad, la educación y los valores, y normalizar, difundir y justificar la bajeza, la ausencia de sentimientos nobles, la violencia, la corrupción, las injusticias, las violaciones, la mentira, los vicios, los antagonismos, la estulticia, la ambición desmedida, las apariencias, el egoísmo, la delincuencia, la pasión por los instintos desbocados y las superficialidades.

La sociedad mexicana otorgó licencia a ambos medios de comunicación -Televisa y TV Azteca- para su intromisión en los hogares, en las casas, en todas partes, con la basura, en amplio porcentaje, de sus noticieros, cómicos, programas, anuncios comerciales y telenovelas. Enlodaron la dignidad humana y sepultaron la esencia, y a millones de personas con formación académica y sin estudios, acaudalados y pobres, las unificaron en sus costumbres, modas y conductas, hasta apoderarse de sus voluntades, masificarlas, darles tratamiento de mercancía en serie y colocarlas cual maniquíes burdos y estúpidos en los aparadores más sucios y tramposos.

Dueños de las conciencias mexicanas, las dos firmas televisivas adquirieron tanta influencia, que se creen dueñas del poder de decisión, las preferencias, la razón, los sentimientos y los apetitos de millones de hombres y mujeres de todas las clases sociales -caray, poseer un título universitario no es sinónimo de cultura, como ser millonario no significa necesariamente ser refinado ni inteligente-, a quienes han arrebatado sentido común, dinero, tiempo y vida.

Y mientras hunden a millones de familias en la basura que les ofrecen a través de sus pantallas, sirven a la ambición y los intereses de sus dueños y accionistas principales, quienes pactan alianzas y realizan negocios con la clase gobernante que se ha apropiado del país ante la pasividad, el miedo, la enajenación y la mediocridad colectiva, enriqueciéndose descomunalmente y transformándose así en las familias de las “oportunidades” históricas.

Hace poco, Ricardo Salinas Pliego, magnate controvertido al que se atribuyen negocios multimillonarios y turbios con diferentes políticos y gobernantes mexicanos, y adeudos inmensos a las autoridades fiscales, y quien es presidente del Grupo Salinas y, por lo mismo, de TV Azteca, declaró pública e irresponsablemente que ellos, los mexicanos, no morirán de coronavirus, sino de hambre, con lo que generó temor y rebeldía, independientemente de dejar entrever su sentido inhumano y su respaldo a las autoridades federales, quienes inicialmente desdeñaron el problema de la epidemia.

Más allá de los negocios multimillonarios y sospechosos que se atribuyen a este hombre -uno de los más acaudalados de México-, hay que notar el desdén con que habla y entender que los millones de televidentes que existen en el territorio nacional, a  quienes ha intoxicado por medio del contenido de sus programas, no le merecen respeto y sí, en cambio, los considera instrumento de su riqueza material, personas clasificadas en serie y con valor utilitario.

Los medios de comunicación, y me refiero desde las empresas hasta los noticieros, reporteros y editorialistas, tenemos la responsabilidad histórica y social de informar con oportunidad y veracidad, crear conciencia e influir positivamente en la opinión pública, no hacer alarde de estupideces y prepotencia ni convertir los espacios en escenarios de batallas entre grupos de poder.

Y si Ricardo Salinas Pliego, el todopoderoso de los medios televisivos de México, utiliza su influencia con la idea de defender su proyecto ambicioso y egoísta, el otro, el conductor del principal noticiero de TV Azteca -Hechos de la Noche-, Javier Alatorre Soria, fiel a los intereses de su patrón y del grupo que representa y cegado por su endiosamiento y soberbia, se atrevió a exhortar recientemente, ante millones de familias que hoy permanecen en el aislamiento y temerosas de las consecuencias sanitarias, económicas, laborales y de seguridad que parecen ensombrecer el presente y el futuro de la humanidad, a desacatar las medidas de seguridad, el distanciamiento y las recomendaciones del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud en México, Hugo López-Gatell Ramírez, médico epidemiólogo, profesor e investigador, a quien minimizó con opiniones muy lamentables.

Habría que exigirles a Ricardo Salinas Pliego y a Javier Alatorre Soria que respeten a las familias mexicanas y no causen mayor rebeldía, necedad, daño, ignorancia, miedo y contagios a los mexicanos, de quienes han obtenido bastante provecho económico. Un medio de comunicación debe actuar con responsabilidad, ética, profesionalismo, seriedad y respeto. En vez de llamar a la desobediencia civil, que en alguna etapa se llevará a cabo porque la gente no podrá permanecer más tiempo en sus casas ante las necesidades apremiantes de trabajar, obtener percepciones económicas, solventar gastos y deudas y quizá hasta por el incremento de niveles de inseguridad versus la parálisis e ineptitud gubernamental, deben aconsejar, guiar y, en todo caso, enmendar y sugerir a las autoridades.

México se encuentra desmantelado. La corrupción y los saqueos por parte de políticos, gobernantes y grupos poderosos, han debilitado y empobrecido a la nación a través de los años. Hoy, independientemente del ocultamiento de cifras y las contradicciones y enigmas de la epidemia, el número de contagios aumenta considerablemente, y lo más preocupante son la incapacidad gubernamental y su torpeza para tratar la emergencia nacional, junto con la carencia de equipos, personal especializado, medicamento e instalaciones adecuadas, y la necedad, rebeldía e ignorancia social.

No es justo, en consecuencia, que un magnate y su empleado, un hombre altivo que hace años anunciaba las noticias a gritos y con sensacionalismo, aporten al caos nacional. Son crueles y despiadados, tan tontos como los que se dedican a reenviar a sus contactos todos los memes y rumores que reciben en sus equipos móviles. Y son peores por tener una intencionalidad perversa.

Pésima imagen han dejado un magnate y un responsable de noticiero. Se notaron, en sus respectivas declaraciones, ausencia de inteligencia y de sentido común, voracidad, manipulación, egoísmo y ambición desmedida, como si la vida fuera una de sus series o de sus telenovelas burdas.

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