He aprendido

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con el tiempo, he aprendido a armar palabras y colocar acentos, puntuación y signos con la finalidad de darles vida, convertirlas en sueños e ideas y crear mundos entre la razón y los sentidos; pero también los días me han enseñado a dibujar alegría y sonrisas en las caras infantiles, en la gente que amo y en las personas que transitan por las calles y los parques.

Al diluirse las horas, igual que la cera de las velas una noche interminable de tormenta, entendí que del cunero a la cama agónica existen unos cuantos años, determinado número de vueltas de las manecillas en la catátula de los relojes, y que de la misma forma en que se manifiesta la aurora, se expresa el ocaso.

Al inicio y al final es posible que aparezca una flor, un arreglo, un ramillete, y que luzca, lo mismo para la alegría que para la tristeza, su perfume, colorido y belleza natural, indiferente a las lágrimas de dicha que a las de dolor. Oh, todo es tan breve.

Comprendí que al nacer, uno inicia la historia con un nombre y apellidos, quizá con mucho de pasado o tal vez ausente de memoria de otros paraísos, y tiene que comenzar a escribir y protagonizar su biografía cada día, y si no se hace, los instantes enseñan con su silencio tan indiferente que nada, en el mundo, es permanente.

Así, queda claro que momento que no se aprovecha para reír, hacer el bien, amar, convivir con los seres que acompañan durante la jornada o que se cruzan en el camino, dar de sí, estudiar, producir y evolucionar en la luz, en los sentimientos e ideas nobles, es desdeñado y arrojado a la basura, al desprecio, al olvido, a la desmemoria. Es segundo o minuto, día o mes, año o década, parece, que se marcha y no vuelve más. Corrijo, es vida que se borra o a la que se derrama tinta voluntariamente.

Todo ser humano abre los ojos en la cuna y permanece acostado e incapaz, por su condición natural, de atenderse a sí mismo y sobrevivir, como también, en el lecho de muerte, alguien pierde toda posibilidad de ser independiente y decidir el rumbo y destino del siguiente minuto.

La vida y la muerte tomaron mis manos un día, otro y muchos más, y me acompañaron en todo momento, sin dejar de mostrar e insistir en que mirara y escudriñara correctamente el escenario humano, un panorama con claroscuros e innumerables huellas en diferentes direcciones, unas junto a otras o separadas, entre abismos, llanuras, cumbres, fronteras, murallas y puentes, a veces saturadas de colores y en ocasiones, en tanto, ausentes de tonalidades. Y lo hicieron, como siguen hasta la fecha, con la intención de enseñarme que la jornada humana es dual, un viaje en el que uno anda con la alternativa de vivir algunos años o morir inesperadamente. Sólo hay un suspiro entre abrir los ojos por primera vez y cerrarlos y recibir el aliento postrero.

En alguna estación de la caminata, a la vida y a la muerte, quienes jamás me han soltado las manos, coincidieron el tiempo, el recuerdo y el olvido, con la promesa de que esa vez, a diferencia de otras etapas, no serían rivales y me mostrarían, por lo mismo, algunos rasgos humanos.

Visitamos una casa y luego otra y tantas más que no recuerdo el número exacto, donde abrieron puertas de armarios y roperos y me mostraron antifaces, maquillajes, disfraces, y expresaron con desdén que eso era, precisamente, la superficialidad, la apariencia consumida en demostrar a otros lo que no se es, el engaño, lo pasajero, el destello.

Se mofaron de aquellos que dedican los años de sus existencias a endeudarse para adquirir modas y lujos, tapar el envejecimiento y callar las arrugas con matices ficticios, volverse crueles con la idea de acumular y presentarse acaudalados y poderosos,. Hay quienes diseñan estrategias y preparan tretas con el objetivo de gozar un placer momentáneo u obtener riqueza material, y olvidan que, después de todo, el amor, las cosas y lo intangible no solamente son para uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás, principalmente a quienes más lo necesitan.

Posteriormente, me mostraron a un ser humano -hombre o mujer, no lo recuerdo- que soberbio e irreflexivo, renunciaba con desdén a la belleza subyugante de un diamante precioso, que maltrataba y conservaba sucio y preso, al que inesperadamente, entre sus cambios de estado de ánimo, arrojó y cambio por innumerables piedras brillantes y corrientes.

La escena me sorprendió demasiado. Mis acompañantes, inseparables, explicaron que se trataba de la conducta de innumerables personas, quienes envueltas en el endema de su propia locura, cegados por apetitos pasajeros y ambición desmedida, renuncian a sus familias, a la gente que verdaderamente los ama, a los detalles, a la sencillez, a los valores, y se deslumbra por apariencias infieles, maniquíes pasajeros y cosas burdas y complejas con aspecto que despierta envidias.

Cuánto dolor y sufrimiento provocan tales hombres y mujeres a sus familiares, a sus parejas, a la gente que les rodea, a la humanidad, y pensar que sólo por la locura de arrebatar a otros sus sentimientos, su dinero, su tiempo, sus cuerpos, y gozar temporalmente sin importar los demás. No les importa si su destino es certero o incierto en el muladar donde se revuelcan porque lo importante para ellos, y su único valor, se encuentra en el dinero, en las apariencias, en los apetitos, en las superficialidades.

Mis acompañantes me llevaron a una carpa, donde las marionetas actuaban de acuerdo con el guión que no ellas, sino alguien que las manipulaba, había escrito. Convertidas en maniquíes de aparador, en muñecos vacíos de sentimientos e ideas, esclavizados a caprichos y estímulos carnales y materiales, en un ambiente ficticio, totalmente maquillado, aparecían y se marchaban del escenario de acuerdo con los intereses del titiritero. ¿En eso se ha convertido amplio porcentaje de la raza humana?, me pregunté. El silencio me respondió. Escuché sus rumores casi imperceptibles.

Aprendí, en consecuencia, que a las letras del abecedario uno les da el sentido que verdaderamente anhela desde la profundidad de su ser, y si en las mismas se perciben ausencia de énfasis, monotonía y contradicciones, es porque la vida ha perdido matices, equilibrio, armonía y luces, hasta volverse una obra absurda, superficial, discordante e insípida.

Es, por lo mismo, que uno debe agregar a su biografía detalles, sonrisas, actos nobles, amor, ideales, sueños, vivencias, sentimientos bellos, ilusiones, momentos, sí, instantes que se van una tarde y no vuelven. Cada uno tenemos la responsabilidad de hacer de nuestra historia algo bello, noble, genial, irrepetible, subyugante, magistral e inolvidable, a pesar del sí y el no de los días y de las luces y sombras que se presentan en la dualidad existencial como prueba personal y colectiva.

Con el tiempo, he aprendido a formar palabras con la intención de no olvidar mi nombre y mis apellidos, mi origen y mi destino, mis horas consumidas y mis anhelos para los días venideros, mi presente y mi vida entera, los rostros de la gente que tanto amo, los susurros del tiempo, la luz que pulsa en mi interior, la oportunidad de saberme yo y sentirme tú, ellos, todos, porque finalmente, ahora lo sé, somos eco y pedazos de un todo que añora y espera nuestro retorno feliz.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Un comentario en “He aprendido

  1. Vuelvo a confirmar eres un gran señor , un caballero, me encantó, gracias por compartir y regalar tu forma de ver la vida y sobretodo tu sensibilidad y sentir tu inspiración por la vida misma , un fuerte abrazo esperando te encuentres bien en compañía de toda tu familia..

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s